
| Página principal | Textos de investigación | Ensayos | Enlaces | Contacto | Noticias | FAQ'S | Mapa del sitio |
LA RUPTURA DEL GÉNERO POLICIACO EN DIARIO DE UN KILLER SENTIMENTAL
INTRODUCCIÓN
Las oposiciones entre este lado del Atlántico y aquél siempre son bastante patentes en todos los ámbitos, incluyendo, desde luego, el plano literario, en el cual se pueden observar innumerables ejemplos de adaptaciones de movimientos literarios desde la entrada europea a este continente. Sin embargo, éstas lo son verdaderamente en todo el sentido de la palabra: la literatura americana no es una simple calca de los paradigmas europeos, sino que éstos ofrecen una forma, que se configura a partir de la realidad americana que, en muchas ocasiones, tiende a modificar y desordenar el modelo primario.
El tema que interesa en esta reflexión es un género de origen sajón: la novela policíaca, junto a otro de la misma procedencia: la novela de espías: ambas englobadas dentro del marco de la ficción criminal (crime fiction) y su adaptación en la obra del chileno Luis Sepúlveda, Diario de un killer sentimental.
Este texto, cuyo título de inicio es engañoso, pues no tiene la forma de un diario convencional, es un híbrido bastante peculiar entre la trama policíaca desde la tradición de la novela negra norteamericana, pues toma el punto de vista de un asesino, con una particularidad: el protagonista no es el malo, sino que es un mercenario. Este carácter lo acerca al espía, por sus técnicas y tipo de motivaciones. Los crímenes que ejecuta no son meros actos de placer o de habilidad, sino que tienen una intervención de beneficio ajeno, en este caso, a una entidad secreta (mientras que el espía favorece a una institución allende él: la del Estado).
Amén de lo anterior, hay una serie de clichés que son resemantizados y modificados, aunados a una serie de anécdotas argumentales que resultan extrañas a la línea clásica de cualquiera de los géneros que aparecen en el fondo del texto. Así, este análisis pretende dar cuenta de estos fenómenos de modificación dentro de la obra de Sepúlveda.
Como una segunda aproximación, debe tomarse en cuenta que, tal y como se ha mencionado, el modelo iberoamericano trastoca los esquemas europeos; esto es particularmente cierto en el caso de la ficción criminal y su carácter de denuncia social. Sobre este punto existen dos ejemplos en la novela: la guerra contra las drogas y la cuestión kurda, cada una con sus singularidades también examinadas en este breve estudio.
Subversión y transgresiones
Para comprender cuáles son los puntos en los que hay trasgresiones y rupturas al género policiaco, es pertinente apuntar lo que la crítica señala que éste debe o no tener. La larga tradición y estudios sobre este tipo de novela (varios de los cuales fueron hechos por los mismos autores) establecieron una serie de esquemas en cierta medida rígidos para distinguir al género de otros, así como para dar una especificación, de acuerdo a estos cánones, de lo que se consideraba una buena o una mala novela policíaca. Una de estas definiciones de los años 20 del siglo pasado menciona lo siguiente:
Van Dine enuncia como axioma la siguiente definición: La novela policial es una especie de juego de inteligencia [...] en la que el autor debe medirse lealmente con el lector.
De esta definición extrae las siguientes consecuencias:
[...] 3) La verdadera novela policial debe estar exenta de intriga amorosa. Si se introdujera el amor, se perturbaría el mecanismo puramente intelectual del problema.
[...] 13) Las sociedades secretas, las maffias [sic], no pueden tener cabida en una novela policial. El autor que las incluye pasa al terreno de la novela de aventuras o de la novela de espionaje. (Boileau-Narejac, 1968: 80-81).[1]
Si el estudio de Diario de un killer sentimental se atiene a estas premisas, entonces puede comprenderse dónde se dan las dos primeras trasgresiones de la novela. Con respecto al tema amoroso, el mismo protagonista reconoce que, de acuerdo con lo esperado en su profesión, él debería ser una persona solitaria, oculta tras el velo del anonimato, sin relación con el mundo. Así, al dejar de lado este lugar común de asesino solitario, comienza a deshacer los clichés que han acompañado su trabajo y ocasionan un fenómeno extra-literario: mientras más normas trasgrede, la novela rompe con más paradigmas propios del género que está como sustento primario.[2]
Un profesional vive solo. Para aliviar el cuerpo, el mundo le ofrece un montón de putas. Siempre había respetado a rajatabla esa consigna misógina. Siempre. Hasta que la conocí. [...] Salimos del café y nos metimos en el primer hotel que encontramos. No recordaba haber estado con una chica tan inexperta; no sabía nada, pero tenía ganas de aprender. Y aprendió, tanto que violé la regla elemental de la soledad y me transformé en un killer con pareja. (Sepúlveda, 1998: 13-14).
Pero el cambio más dramático sucede inmediatamente después: el origen de la motivación para el trabajo ha cambiado. Ya no es el bien egoísta que rige al policía, por la satisfacción personal de resolver un caso; tampoco es el criminal que gracias a su fechoría obtiene el placer de demostrar su superioridad; mucho menos es el clásico espía que actúa en pro de su patria; el móvil tampoco es la venganza. Todo lo contrario, la motivación principal es la pasión de enamoramiento, como fuerza constructora, arrebatadora. Igualmente, a lo largo de este proceso, el descuido y la imprudencia son otros rasgos que se van implantando en la novela y que contraponen la sagacidad característica de los protagonistas de los géneros policiaco y de espías con una tendencia moderna de atribuirles un papel de víctimas cuando son tomados por sorpresa. A partir de esto, puede explicarse la situación en el Gran Bazar de Estambul, cuando el killer es tomado desprevenido por los falsos vendedores de alfombra.
Y entretanto fui violando varias reglas de seguridad, sobre todo las que insisten en la soledad, en permanecer anónimo, desconocido, en no ser más que una sombra, y así el lugar en que establecía mis contactos pasó a ser una oficina a la que tenía que acudir todos los días por la mañana. [...] Durante esos tres años cumplí con varios encargos en Asia y América, y creo que hasta me superé como profesional porque actúe rápido para regresar a ella. Lo dicho: me había comido el coco. (Sepúlveda, 1998: 15).
Esta relación con el minón francés tiene un final burlesco que traspasa el cliché del policía o espía sobrehumano que termina conquistando a la chica. Aunque al principio se cae en ese esquema, el final de la relación da un giro de 180 grados, pues el killer termina por ser un hombre engañado. “Y así, pasé la noche de aquel mal día sin abrir la botella, aunque sentía unas ganas terribles de emborracharme [...] porque, por muy cornudo que sea, un profesional siempre es un profesional.” (Sepúlveda, 1998: 20). Ahora bien, hacia el desenlace, este personaje femenino también tiene rasgos muy particulares que la apartan de los personajes-tipos: no es la damisel in distress de la novela policíaca con tendencia al final feliz, tampoco es la víctima del villano, lo que la situaría cercana al síndrome de Estocolmo[3], dado que no está en contra de su voluntad, y aunque se acerca más a la femme fatale estilo Mata Hari de la novela de espionaje que hay que asesinar porque está con el malo, no es ésta la razón principal de matarla. Por ende, el autor textual ha creado un personaje bastante sui generis, que se vincula a una situación en la que el comportamiento de killer también ha roto las normas, al cortar con lo que ha sido su propio desarrollo a lo largo de la diégesis.
—Sácame de aquí... —gimió contra mi pecho.
—Seguro, mi amor —le susurré al oído antes de disparar bajo su precioso seno izquierdo.
—Sí, es cierto, la amaba, pero en mi último trabajo no podía actuar de otra manera. Era un killer, y los profesionales no mezclan el trabajo con los sentimientos. (Sepúlveda, 1998: 74).
Violencia y más violencia
Si hay una trangresión en los lugares comunes de la novela policíaca, el conflicto por drogas que señala las motivaciones en el trasfondo desde el inicio y, de manera más marcada hacia el final de la narración, posee una repercusión en la complejidad del personaje y los movimientos por los que pasa a lo largo de la trama, lo cual impide encasillarlo como un mero traslado textual de las novelas de espías o policíacas, aun cuando pueden percibirse ambas tradiciones en la forma como está configurado. Aquí entra un segundo rompimiento: no es el criminal que actúa solo, o el policía-detective que actúa por el imperio de la legislación, sino que killer se encuentra en una situación marginal más allá de la ley y del orden, en un mundo con reglas particulares. Este esquema no corresponde propiamente a la tipología de la crime fiction definida por Van Dine, pues la pregunta que surge es ¿quién está subvencionando las actividades de killer? La respuesta apunta a una sociedad secreta que está por encima de organizaciones de gran poder como la DEA y que tiene la capacidad de superar barreras internacionales a fin de llevar a cabo sus objetivos. Esto incide enormemente en el carácter de killer, pues él no se asume como un vulgar sicario, pero al mismo tiempo lo hace entrar en conflicto interno. Aquí, la rigidez del deber que poseen héroes —al estilo James Bond—, o villanos de cumplir su objetivo a rajatabla queda deshecha, con lo que el personaje también se sale de la convención.
«Ese tipo es un encargo como cualquier otro, nada más. Un encargo que, apenas deje de respirar, representa para mí un cheque con seis ceros a la derecha, libre de impuestos, así que déjate de pendejadas» [...] ¿Qué diablos me estaba ocurriendo? De pronto me vi a mi mismo preguntando qué había hecho ese tipo al hombre de los encargos. «Quiero saber por qué tengo que matarlo. Ridículo. La única razón es un cheque con seis ceros a la derecha.» (Sepúlveda, 1998: 16-17).
Esto tiene un vínculo con una situación de ruptura no exclusiva de esta novela, sino de la narrativa policíaca iberoamericana en general, que es la introducción de la problemática de esta realidad al esquema británico o norteamericano. En la novela, el tópico paralelo a la trama sentimental es la cuestión de las drogas, y más específicamente de la llamada War on drugs establecida por el gobierno norteamericano.[4]
—Bueno, ya sabes a qué he venido, pero antes quiero saber por qué lo haces. ¿Por qué metes droga buena y barata en Estados Unidos?
—Porque los odio... A los gringos hay..., hay que podrirlos... ¿Quieren heroína?... Pues yo se la doy... y casi gratis... Hay que podrirlos por dentro... Es la única salida que tenemos los latinoamericanos, ¿entiendes?... Por cada «espalda mojada»..., por cada mexicano... que humillan en su puta frontera..., yo..., yo pudro a varios de ellos, ¿entiendes?... (Sepúlveda, 1998: 73-74).[5]
Los recovecos del protagonista se hacen patentes en las dudas que tiene sobre su misión, lo cual lo separa de manera relativamente contundente del clásico personaje de ficción criminal. No es alguien que actúe en automático, tampoco pretende averiguar las motivaciones del crimen ajeno, sino que la mirada introspectiva está dirigida a sí mismo, con una serie de dudas que, hasta este momento, han alterado las situaciones convencionales del asesino común y corriente o del agente secreto.
—¿Por qué tengo que liquidarlo?
[...] — Por qué no. Bien. Víctor Mújica está jugando sucio con todo el mundo. Este tipo no se ha saltado un semáforo en rojo en toda su vida y, sin embargo, tiene en jaque a varias sociedades que negocian con drogas en Estados Unidos. Ha montado un enorme tinglado que le permite proveerse en los mercados asiáticos y que ha hecho caer los precios. Esto no les gusta a los colombianos ni a los chicos de Miami, pero hasta ahora no han podido tocarle el pelo, y eso porque él se ha buscado la mejor de las protecciones.
—¿La DEA?
—Exacto. [...] (Sepúlveda, 1998: 53-54).
Las dos transgresiones, la amorosa y la del cliché como personaje mercenario, se entremezclan en las reflexiones tras el error cometido en el hotel de Estambul. Por un lado, la trama amorosa ha debilitado la habilidad del asesino impecable; al mismo tiempo, comienzan a surgir organizaciones que desligan al personaje de una trama policíaca o de novela negra convencional y la acercan a la novela de espías. De ahí que el resultado sea una quimera tipológica que se refleja en la diégesis y en la prosopografía de killer.
Salí a la calle y, caminando sin rumbo, me perdí una vez más. ¿Qué demonios me estaba pasando? Por primera vez en mi larga e impecable trayectoria profesional, había puesto a mi futura víctima sobre aviso, tenía probablemente a los hombres de la DEA pisándome los talones y la mitad de los comerciantes de las tres mil tiendas del Gran Bazar estaría dando mi descripción a la policía o al ejército turco. Maldición, me había echado encima a la mismísima OTAN. (Sepúlveda, 1998: 47).
Sin duda, el equívoco más atípico de la novela y que, si bien tiene antecedentes, no resulta común, es el protagonista salvado por el villano. Este encuentro fortuito es parte de los errores de killer según su forma clásica de personaje mercenario, por lo que, incluso cuando no es una situación sin precedentes literarios, resulta un evento de ruptura condicionado por la propia acción novelística.[6]
El hombre al que tarde o temprano tendría que matar me había salvado el pellejo y me conducía de la mano por los vericuetos del Gran Bazar de Estambul.
[...] Entonces el tipo me miró fijamente a los ojos. De alguna manera, mis palabras acababan de decirle que yo no era el que esperaba.
—¿Quién demonios eres? —preguntó llevándose una mano a la cintura para recordarme que iba armado con un treinta ocho con silenciador.
—Soy el ángel exterminador. Mi objetivo es matarte, pero no aquí. [...] (Sepúlveda, 1998: 45-47).
Si el problema de las drogas tenía una consecuencia palpable en la configuración prosopográfica de killer, y terminaba expresándose en ciertos eventos de la trama, la segunda cuestión sobre la violencia en un tema ajeno al canon de la literatura policíaca es la cuestión kurda, el cual sólo influye de manera anecdótica y no tiene un gran peso, salvo para contextualizar las acciones. Este problema sería uno de los reflejos de la preocupación social que se manifiesta en la literatura policíaca iberoamericana. Sin embargo, mientras que el tema de las drogas es mucho más pertinente, la situación del terrorismo kurdo sólo se puede explicar como un guiño autobiográfico que, empero, da luz sobre las preocupaciones sociales del autor (el ecologismo, las dictaduras, la defensa de los pueblos indígenas, el tráfico internacional de productos prohibidos, entre otros). Por ello, la llegada a Turquía, en medio de este clima de intranquilidad, se manifiesta expresamente en que killer es orillado a actuar de manera incómoda, lo que aunado a su situación previa de vivir entre las pasiones, prevén el desastre subsecuente. Así, el entorno se ha vuelto un ambiente que incide sobre la progresión de eventos: “No estaba preparado para actuar en Estambul, no conocía la ciudad y, desde que dejé atrás el aeropuerto, los militares turcos me pusieron nervioso. Miraban insistentemente a cualquiera que, según ellos, pudiera ser kurdo o tuviera algo que ver con los kurdos.” (Sepúlveda, 1998: 33-34). El segundo caso es mucho más tangencial, pero más revelador acerca de la situación kurda como una nota de análisis del contexto del autor, así como de la conciencia crítica social que posee la obra.[7]
—¿Qué le pareció Estambul? [...]
—¿Cómo sabe que vengo de allá?
—Porque es el último vuelo internacional. En Frankfurt aterriza un avión cada tres minutos, pero los vuelos que vienen de Turquía llegan a la pista de alta seguridad. Es por los kurdos, ¿sabe? Son una pandilla de terroristas, y los alemanes toman precauciones (Sepúlveda, 1998: 51).
CONCLUSIONES
De entrada, la transgresión de los cánones sobre los que tradicionalmente se mueve la novela policíaca muestra un fenómeno común de la posmodernidad literaria como el período de ruptura y trastocamiento con un fin meramente lúdico. Esto tiene un efecto muy patente en la clasificación genérica, pues impide el anquilosamiento de las formas al dotarlas de una nueva perspectiva, a pesar de la obligada creación de nuevos clisés. Igualmente notable es la forma de condensar esta serie de desvíos en un texto relativamente corto con una intención claramente destinada a crear un ritmo creciente entre los errores y confusiones que conducen al humor no de vena tan reflexiva, sino mucho más tendiente a la carcajada. Más trascendental es el hecho de que todo lo anterior se desarrolle a partir de un solo personaje y cuyos actos y caracterización mental expresan perfectamente esta transformación, amén de que en él se implantan los cambios que causan la imposibilidad de clasificar dentro de un rígido esquema a esta novela. Por otra parte, la cuestión de la Guerra contra las drogas es, sin duda, una profunda reflexión que no puede pasar inadvertida dada la actualidad del tema y que, por tanto, le da un cariz de crítica social a la obra, pero que, al mismo tiempo, incide sobre la trama con parte de los elementos que la alejan de las convenciones manejadas a lo largo de la historia de la ficción criminal. El guiño muy marginal sobre los kurdos revela un problema de gran importancia para los lectores europeos (la mayoría de quienes leen la obra de Sepúlveda), así como a los americanos, y que salta sigilosamente para dar cuenta de uno de los problemas irresolutos que afronta la contemporaneidad. De esta forma, Sepúlveda no sólo ha logrado construir una obra basada en una vuelta de tuercas de modelos antiguos, sino que ha logrado introducir una serie de problemas a la reflexión literaria, los cuales, no obstante, funcionan como elementos que, per se, dan una nueva variante a la novela policiaca, al introducir problemáticas cuya fuerza, además, recae sobre la forma en que se desarrolla la diégesis y la forma como se dan las trasgresiones, al tiempo que conducen, como la gran mayoría de las obras literarias hodiernas a una inquietante reflexión: ¿qué nos queda por hacer para resolver esas situaciones?
BIBLIOGRAFÍA
Alatorre, Sara, et. al (eds.). 1991. Los porqués de la mente humana (México: Reader’s Digest).
Barthez, Roland. 2005. “Estructura del ‘suceso’”, en Roberto Ferro (comp.). Antología de narrativa policíaca (Buenos Aires).
Boileau-Narcejac. 1968. La novela policial. Letras Mayúsculas, 7 (Buenos Aires: Paidós).
Chandler, Raymond. 2005. “Verosimilitud y género”, en Roberto Ferro (comp.). Antología de narrativa policíaca (Buenos Aires).
Sepúlveda, Luis. 1998. “Diario de un killer sentimental” en Diario de un killer sentimental seguido de Yacaré. Andanzas, 338 (México: Tusquets).
Todorov. Tzevetan. 2005. “Tipología del relato policial”, en Roberto Ferro (comp.). Antología de narrativa policíaca (Buenos Aires).
VVAA. 2005a. “DEA”, en Wkipedia http://en.wikipedia.org/Drug_Enforcement_Administration/ (28 abril de 2005).
VV.AA. 2005b. “Prohibition (drugs), en Wikipedia ”http://en.wikipedia.org/Prohibition_(drugs)/ (28 abril de 2005).
VV.AA. 2005c. “Kurds”, en Wikipedia http://en.wikipedia.org/Kurdish_people/ (28 abril de 2005).
VV.AA. 2005d. “Kadek”, en Wikipedia http://en.wikipedia.org/Kurdistan_Workers_Party (28 abril de 2005).
[1] Una opinión que es compartida por Raymond Chandler, quien pocos años después escribiría lo siguiente:
El interés por el amoroso casi siempre debilita la obra policial, pues introduce un tipo de suspenso que resulta antagónico en la lucha precisamente, de las “especies” de la “novela policial” [...] El único tipo efectivo de interés amorosa es el que trae aparejado un riesgo personal para el detective pero que, simultáneamente y de manera instintiva, se siente como un mero episodio. Un detective verdaderamente bueno nunca se casa. (Chandler, 2005: 36. Las comillas son del autor).
[2] La novela policial por excelencia no es aquella que transgrede las reglas del género, sino la que se conforma a ellas. [...] La segunda forma es el suspenso y en este caso va de la causa al efecto: se nos muestran primero las causas [...] y nuestro interés está sentido por la espera de lo que acontecerá. [...] Este tipo de interés era inconcebible en a novela de enigma, pues sus personajes [...] estaban [...] inmunizados, nada podía ocurrirles. La situación se revierte en la novela negra: todo es posible y el detective arriesga su salud si acaso no su vida. (Todorov, 2005: 37, 40).
[3] “Hace varios años, una mujer fue tomada como rehén en un asalto bancario en Estocolmo, Suecia, y en el lapso de sus 131 horas de cautiverio se enamoró de uno de los asaltantes. Esta peculiar reacción fue un caso extremo, desde luego, pero en mayor o menor grado puede observarse en muchos otros rehenes, y por eso ha recibido el apelativo de síndrome de Estocolmo.” (Alatorre, et. al, 1991: 50). Esta situación pudiera pensarse aquí, dado que ella está con el villano, pero en este mundo difuso entre novela de espionaje y en el que los límites del bien y el mal se vuelven confusos, no se puede achacar esta situación. Por otro lado, el comportamiento típico en el síndrome de Estocolmo (tanto en la vida real, cuanto en la ficción literaria o cinematográfica) es el tratar de dañar a aquel que se opone al villano, lo cual no sucede aquí. Un buen ejemplo ficcional se puede encontrar en la película The World is not enough (El mundo no basta, 1999) de la saga cinematográfica de James Bond.
[4] The DEA is also criticized for allegedly focusing only on the operations that it can seize the most money from, namely the organized crime cross border trafficking of heroin and cocaine. [La DEA ha sido criticada, también, porque supuestamente sólo se enfoca en operaciones de las que puede obtener más dinero, particularmente el tráfico de heroína y cocaína a cargo del crimen organizado que cruza la frontera] (VV: AA., 2005a. La traducción es mía).
In response to rising drug use amongst young people and the counter-culture in particular, efforts to enforce prohibition were strengthened in many countries from the late 1960s onwards. In 1972 United States president Richard Nixon announced the commencement of the so-called War on Drugs. Later, President Reagan added the position of drug czar to the President's Executive Office. [En respuesta al creciente uso de drogas entre los jóvenes y la contracultura en particular, se endurecieron los esfuerzos para implantar la prohibición en muchos países desde finales de los años 60. En 1972, el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, anunció el inicio de la llamada Guerra contra las drogas. Más tarde, el presidente Reagan añadió el puesto de zar anti-drogas a la oficina ejecutiva del presidente]
A War on Drugs is usually run like a modern war with police and other law enforcement officers instead of military personnel. The apparatus prepared for the War is ordinarily organized to face guerrilla situations, armed attacks or counter-attacks and bombings. These tactics include espionage, as undercover agents (spies) are used to infiltrate drug use and trafficking circles. [La Guerra contra las drogas se lleva a cabo como una guerra moderna como policía y otros agentes de la ley en lugar de personal militar. La estructura para la guerra está ordinariamente organizada para encarar situaciones de guerrilla, ataques y contraataques armados y bombardeos. Estas tácticas incluyen el espionaje, como agentes encubiertos (espías) que se infiltran en los círculos de uso y tráfico de drogas] (VV. AA., 2005b: La traducción es mía).
[5] “Una foto en Perú, otra en México. Pensar en líos de coca era demasiado simple; además, esa clase de asuntos los arreglan los sicarios, a no ser que el infractor sea un VIP.” (Sepúlveda, 1998: 25). Nótese cómo killer establece una distancia entre su trabajo y el del sicario, lo que afecta directamente a la tipología del personaje, ¿es una especie de policía de alguna organización cuyas funciones son las de conservar el orden en un mundo que se rige por normar distintas a las del civil, aun cuando se mueven en este mismo?, ¿o acaso es sólo un sicario a suelo que niega su identidad?
[6] Al parecer todas las relaciones inmanentes al suceso pueden reducirse a dos tipos. El primero es la relación de causalidad. Es una realidad extraordinariamente frecuente [...] y, desde luego, desde ese punto de vista, hay clisés poderosísimos [...] Pero en todos los casos en que la causalidad es en cierto modo normal [...] no se pone el énfasis en la relación misma, aunque ésta sigue formando la estructura del relato; el interés se desplaza hacia lo que podría llamarse las dramatis personae [...] especies de de esencias emocionales, destinadas a vivificar el cliché. (Barthez, 2005: 83).
[7] Comprising more than 30 million people, they are said to be the world's largest ethnic group without its own state. For over a century, many Kurds have been campaigning (some through violence as well as political means) for the right to their own state, which is often called Kurdistan [...] However, despite their efforts and the assistance of some European countries, all the region's governments are opposed the concept, which would require them to give up parts of their own territories to create a Kurdish homeland. (VV. AA, 2005c) [Con sus más de 30 millones de personas, se dice que son el grupo étnico más grande sin nación propia. Por más de un siglo, los kurdos han luchado (a través de medios violentos y políticos) por el derecho a tener su Estado, que llaman Kurdistán [...] Empero, a pesar de los esfuerzos y la ayuda de algunos países europeos, los gobiernos de la región se oponen a ello, pues implicaría ceder parte de sus territorios para crear una tierra kurda (La traducción es mía)]
The Congress for Freedom and Democracy in Kurdistan (Kadek), formerly known as the Kurdistan Workers Party (Kurdish: Partiya Karkerên Kurdistan or PKK) was one of several organisations striving for the creation of an independent Kurdish state […]. It arose from a radical youth movement in Turkey during the 1970s proclaiming itself a revolutionary socialist national "liberation movement" following a Marxist-Leninist doctrine, though since then it has abandoned much of its leftist doctrine.
[…] In its campaign for Kurdish independence, the organisation has committed atrocities against both Turkish and Kurdish civilians. However, the Turkish Government has also been accused of widespread atrocities in its campaign to suppress the organization, and has continued to repress efforts by the Kurdish people in Turkey to secure regional autonomy or independence (VV.AA, 2005d). [El Congreso para la libertad y la democracia en Kurdistan (Kadek), conocido antiguamente como Partido Kurdo de los Trabajadores (en kurdo Partiya Karkerên Kurdistan o PKK) fue una de las organizaciones que peleaban por un estado kurdo independiente. [...] Surgió de un movimiento juvenil radical en Turquía durante los setenta y se proclamó como un movimiento de liberación nacional revolucionario y socialista, de línea marxista-leninista, aunque, desde entonces, ha abandonado mucho de su doctrina de izquierdas. En su campaña por la independencia kurda, la organización ha cometido crímenes en contra de civiles turcos y kurdos. Sin embargo, el gobierno turco también ha sido acusado de un sinnúmero de atrocidades para acabar con la organización, y ha reprimido los esfuerzos por asegurar la autonomía regional o la independencia del pueblo kurdo en Turquía. (La traducción es mía. Las negritas son del texto original)]
Copyright © 2005 por Alejandro Velázquez. Todos los derechos reservados.