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Comentario sobre la identidad latinoamericana
Sobre el uso de los conceptos Iberoamérica, Latinoamérica e Hispanoamérica y sus referentes, no sólo existe una extensa diversidad de definiciones, sino también un amplio debate acerca de lo que debe ser incluido en esas categorías. Aun mayor es el problema en el ámbito de la identidad del habitante de la América no-sajona, así como de la forma en que esta cuestión se refleja en la cultura y, particularmente, en nuestra área de estudio, la literatura.
Desde mi punto de vista, nuestra realidad de América no-sajona[1] se conforma por elementos comunes como la ausencia del elemento de cultura ánglica; una mentalidad, una cultura y una variedad lingüística que combina lo europeo, lo amerindio y lo africano (cuya proporción varía en cada país); que presenta problemas heredados de los años de dependencia económica de naciones poderosas, así como de una sucesión de gobiernos que, en ocasiones, han agravado los problemas; amén de un alto nivel de discriminación interna. En cuanto a su cultura, y sobre todo a la literatura, evidentemente hay temas que la cohesionan, sobre todo, su enfoque a la sociedad, su conformación y sus dificultades, más cercano a la realidad percibida por el autor (aunque sobran ejemplos de excepciones a esta aseveración). Destaca la inclusión del elemento irreal, de lo autóctono, de la indómita naturaleza, del hombre común y su relación con el poderoso, así como el predominio de las lenguas europeas como símbolo de cultura (dado que son pocos autores los que escriben en lenguas nativas de América).
A partir de la lectura de Barreiro, Houaiss y Coulthard en América Latina en su literatura, se puede apreciar sólo una parte del amplio problema de todos los países al sur del río Bravo[2] en el aspecto cultural, a partir de rasgos como la búsqueda de expresión y de contenido —lo cual remite nuevamente a la pregunta por nuestra identidad—; pues los tres términos más comunes para definir el resto del territorio que no es canadiense ni estadounidense, no reflejan la verdadera identidad —al menos cultural-racial—. Y si bien el nombre Afroamérica es más integrador que Iberoamérica, no es del todo exacto.[3] En todo caso, esta cuestión tiene un gran efecto en la literatura, pues la lengua no sólo se verá como expresión del contenido, sino que los idiomas y la cultura nativa olvidada tenderán a ser rescatados a partir de la literatura indigenista; la cultura más discriminada de herencia africana será retomada por el llamado negrismo; todo esto sin dejar de lado los períodos de anti-yanquismo, de rechazo a la cultura hispánica y afrancesamiento que tendrán una gran repercusión a lo largo de la historia de la literatura de lo que Martí llamaría Nuestra América; en fin, en palabras de Barreiro: «si, como dije, el continente mestizo es una síntesis, su literatura es síntesis de América mestiza».
Además de lo anterior, deben destacarse ideas tales como la situación particular de cada país; en particular en virtud de la división de los países de habla española, Brasil e islas antillanas cuyas expresiones culturales dependen de elementos concretos inherentes a la realidad particular de cada país. También, es importante señalar cómo todos los productos de cultura han sufrido cambios a lo largo de la historia, tal y como lo señala Coulthard en su ensayo. De esta forma, se debe añadir una perspectiva diacrónica al denominado crisol de razas europea, africana y americana, con lo cual la identidad latinoamericana y su expresión cultural, y por extensión, su literatura, es una suma de estratos histórico-socioculturales que en su conjunto conforman al iberoamericano contemporáneo.
En suma, para abordar esta compleja problemática no sólo debe tomarse el aspecto ideológico, social, cultural e histórico de una pregunta que tiene relativamente poco tiempo de ser abordada (y que enfrenta nuevos retos debido a los movimientos globalizadores coetáneos), sino que debe abordarse la perspectiva de la iberoamericanidad como una suma de diversos productos culturales, de la integración de modelos ajenos a las corrientes principales que integran América, del vínculo continental y entre los países que conforman la llamada Iberoamérica, así como del descarte de muchas otras ideologías. En conjunto, una problemática cuya respuesta pareciera hacerse inasible debido a la falta de consenso sobre quiénes somos y qué nos ha hecho ser de esta manera.
[1] Inmediatamente podría surgir la interrogante sobre la cuestión de los hispanics (según la terminología inglesa) en territorio de EUA o Canadá. ¿Acaso su cultura sigue perteneciendo al marco de la América no-sajona? y, ¿en qué grado han perneado la cultura de dichos países, con lo cual los límites de lo anglo y lo iberoamericano se volverían más difusos?
[2] Esta delimitación geográfica puede resultar arbitraria sobremanera, según lo señalado en la nota de pie anterior, o si se toma el caso de ciertas islas antillanas, cuya cultura está más cerca de lo anglosajón, pero su realidad no. (Incluso autores como los premios Nobel Walcott y Naipaul son considerados por los libros de texto estadounidenses como representantes de la literatura inglesa, aun cuando sus obras reflejan la herencia multicultural, incluso asiática —de la India, para ser precisos, en el caso de Naipaul—, en dichos países-islas).
[3] Este es uno de los factores que hacen que, en lo personal, sustituya la nomenclatura Hispanoamérica, Iberoamérica o Latinoamérica por América no-sajona; empero, hay ciertas problemáticas como la planteada en la primera nota a pie que pueden descalificar este término que he acuñado (aunque ignoro si ya ha sido usado por algún otro autor).
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