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La comida británica y las golosinas según la magia
You want to be careful with those, Ron warned Harry.
When they say every flavor, they mean every flavor.
(J. K. Rowling, Harry Potter and the Sorcerer’s Stone)
I
En estos tiempos en que los trastornos de la alimentación son tan comunes, valdría la pena hacerse la siguiente pregunta: ¿será acaso que las papilas gustativas ya no nos funcionen como antaño? Esto es porque considero que la comida tiene su encanto no sólo al verla sino también al degustarla. Tanto que algunos de los momentos culminantes de la literatura son los banquetes; me vienen a la memoria los fastuosos festines que se retratan en las novelas sobre la vida romana o en la haute société francesa de finales del siglo XIX y, con un tinte más cercano a nosotros, las reuniones familiares de las grandes festividades como la Navidad.
Seguramente varios libros harían que nuestras papilas (o que nuestro olfato) volvieran a ser las de antes, perdiendo cualquier repugnancia a la comida y, siguiendo en este tenor, pregunto: ¿a quién no se le antojaría el siguiente menú para la hora de la comida: roast beef, pollo rostizado, chuletas de cerdo y de cordero, papas fritas, pudín Yorkshire, y para adornar, al más puro estilo gourmet, guisantes, zanahorias, gravy, catsup y, por alguna extraña razón, pastillas de menta? Un menú completo, que a cualquiera haría agua la boca. Imaginen las chuletas que suavemente, mientras las masticas, se van deshaciendo en tu boca y dejan ese sabor tan particular que invitan a dar el siguiente mordisco por seguir deleitándose con el sabor de éstas, o las papas fritas aún humeantes que las consumes una a una ya que no quieres que se acaben pronto. Y tras este opíparo convite, los postres: grandes bolas de helado de todos los sabores imaginables, pays de manzana, tartas de melaza, éclairs de chocolate, bizcocho borracho, jalea, fresas, gelatina y arroz con leche (sugerencia para quienes planeen realizar este menú en su próxima fiesta: no usen la cacerola pequeña sino la grande, pues les aseguro que todos terminarán disfrutando cada uno de los platillos) De esta forma, J. K. Rowling en su obra Harry Potter and the sorecer’s stone nos provoca esta conjunción de sensaciones gustativas y olfativas sin olvidar, claro está, el aspecto visual de la presentación de cada platillo.
Una minuta bastante selecta para el banquete de inicio de cursos en la escuela de magia y hechicería Hogwarts, la cual ha de ser agradecida a los elfos domésticos quienes se desviven en atenciones a los estudiantes de magia. Cabe resaltar que más allá de la mera descripción tan minuciosa de los platillos (a diferencia de muchas otras obras de corte pseudo-realista en las que los personajes humanos no lo parecen, pues nunca se detienen para comer) está la sensación que provoca en el lector, convirtiéndose en una obra que despierta el apetito incluso a la persona más profundamente dominada por la anorexia; surgiendo, al mismo tiempo, la percepción olfativa de cada alimento puesto en las amplias mesas del gran salón de Hogwarts. Y mientras la autora sigue con la narración de la hora de la comida, cada vez que uno de los personajes se lleva un alimento a la boca el lector comparte con ellos la sensación de estar degustando, hic et nunc, el mismo sabor.
Sin duda, este libro junto con los otros tres de la saga, son excelentes para despertar el apetito, aunque cabe mencionar en estos días en los que prevalece la ortorexia que los platillos y las golosinas que se mencionan no son aptas para personas con problemas de salud tales como arteriosclerosis o problemas cardiacos, pues es, de hecho, una comida desbalanceada en que el lector sólo se puede explicar a través de la magia el hecho de que alguien pueda vivir hasta 150 años siguiendo esta dieta tradicionalmente británica, baste como ejemplo la carta del festín de Navidad en el HP and the sorcerer’s stone: [En la mesa había] un ciento de pavos rostizados, platones de chipolatas, montañas de papas asadas y cocidas, torres de chícharos en mantequilla, grandes soperas llenas de espeso y delicioso gravy, salsa de mora y enormes barras galletas. [Y en la tarde hubo] Pudín de Navidad flameado, buñuelos, sándwiches de pavo y bizcocho borracho. Nuevamente es un menú suculento, al cual se le podría adjudicar una frase hecha: digno de la mesa de un rey o al menos de una escuela de magia y hechicería de primer mundo.
II
Si ya el menú es bastante fastuoso y suficiente para que todo el proceso fisiológico por el cual se despierta nuestro apetito se ponga en marcha; es bueno recordar que entre comidas de vez en cuando surge el ánimo por consumir una pequeña golosina, sea pues la variedad de golosinas a bordo del expreso de Hogwarts nuestro marco de referencia para considerar que aun nuestra lengua no ha paladeado todo lo posible: Ranas de chocolate, grageas de todos los sabores, chicle de bombas extragrandes, galletas rellenas de dulce de calabaza, pasteles en forma de caldero, varitas envinadas. Todo es delicioso excepto, claro está, por el riesgo que se corren con las grageas de todos los sabores pues tal es la advertencia que Ron Weasley hace a Harry Potter: cuando dicen todos los sabores realmente son TODOS los sabores (pues, en lo personal, no me gustaría encontrarme una gragea con sabor a cera de oído tal y como le sucede a Albus Dumbledore, director de Hogwarts). Y no es ni una parte de todas las golosinas que se pueden disfrutar en el mundo mágico, algunas de ellas, incluso peligrosas —pero sabrosas, a pesar de todo— tal y como las gomitas de ácido que dejan un agujero en la lengua, chiclosos lanzallamas para arrojar fuego por la boca, malvaviscos explosivos y otras golosinas que serían la tortura de un diabético, pero la delicia de quien las saboreara.
III
Incluso en el ámbito culinario existe una ambivalencia entre lo sabroso y lo francamente repugnante, que en el campo de la magia se puede definir como comida de vivos, es decir, todos los platillos dignos de degustarse y que tan sólo con nombrarlos hacen que salivemos (al más puro estilo del perro de Pavlov, valga la analogía), y la comida de muertos que no se le antojaría ni a una mujer embarazada en el más intenso arrebato de probar algo nuevo; o que tal sería un menú compuesto por pescado podrido, haggis (estómago de borrego relleno) agusanado, queso y cacahuates enmohecidos. Si esto no es suficiente para negarse a comer cualquiera de estos suculentos manjares para los muertos, el postre tampoco es apetecible sino por el sabor al menos por el espantoso color gris calavera del cremel que lo recubre; ¡qué desgracia que no todo pueda ser delicioso en el mundo mágico! Pero todo lo demás en la carta de platillos del mundo mágico es de lo más apto para satisfacer al paladar más exigente y eso sin contar que para los fanáticos de la buena bebida también hay minuta selecta: Cerveza de mantequilla, hidromiel, jarabe de grosellas, y ron además del infaltable jugo de calabaza. Bastante refrescante todo ello y, ante todo, con ese toque tan especial que puede hacer de la comida mágica aun más exquisita y estimulante que los alimentos muggles.
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