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De grado le albergarían,
mas ninguno se arriesgaba:
que el rey don Alfonso al Cid
la tenía grande saña.
Antes del anochecer a Burgos llegó la carta
con severas prevenciones
y fuertemente sellada:
que a Mio Cid Ruy Díaz
nadie le diese posada,
y si alguno se la diese
supiera que le esperaba:
que perdería sus bienes
y los ojos de la cara,
y que además perdería
salvación de cuerpo y alma.
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