La Visita

Vino una tarde
orquestada en las cuerdas de la brisa
con los pies emplumados de silencio
Y las manos terrosas de metal.
No te inquietes, me dijo,
no soy yo quien deshoja
el almanaque de tus sueños
todavía refulge tu ventana
y las aves dibujan obstinados gorjeos
es posible que aun puedas enhebrar
un espléndido rosario
con las mariposas ingenuas.
No te asombres
no te apures,
pero yo desde entonces
perdí el hilo
de la urdimbre colosal de mi existencia
y esperando la noche de los tiempos
estoy aquí
aureolada de cenizas
más cero que todo
más nada que nunca.
Martha Napolitano