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Recuerden, los personajes de Slayers pertenecen a  su creador, de ninguna forma me estoy adjuicando propiedad alguna sobre  ellos.

Gracias MGA_FGA, Fany, Cass Metallium, Wolf Greywords y Zelda M.  También Gracias a Karo y a todos los que leen esta historia en el Altar de Zeros  ().

Esta vez sí me tardé mucho en actualizar, gomen nasai, minna-san.  Pero es que apenas unos días me acaban de hacer madrina de nuevo!!! Unos gemelos  hermosos, niño y niña, nacidos el 11 de septiembre. Ya lo sé, vaya día para  nacer, mientras muchos estaban de luto yo estaba de fiesta y festejando. Pero  así es la vida... una llama siempre viva que al apagarse en una vela se vuelve a  encender en otra. En este caso, en dos.

En fin, vamos al fic, que ya está  dejando de ser ran rosado y no me refiero al color.  Ejem.

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La noche se cernía sobre el herido paisaje. A lo  lejos se podían ver espacios completos fulgurando en la creciente obscuridad. La  esbelta figura de la Emperatriz de Koubuchi vestida en una liviana armadura  revestida de plata se distinguía perfectamente sobre el negro corcel. Su hermoso  rostro estaba endurecido pero sus ojos dorados parecían haber perdido el brillo.  Uno de los soldados se acercó temeroso e hizo una profunda reverencia. La  Emperatriz escuchó las noticias sin mostrar sentimiento alguno. Finalmente  despidió al soldado y luego de unos minutos hincó al corcel en dirección al  campamento.

Cuando estuvo lejos de los soldados y lejos de todo ser  viviente la Emperatriz desvió al animal del camino y se adentró en el bosque que  encubría el campamento de las tribus cercanas al lugar. A esas alturas la voz  del ataque ya se estaría corriendo. La Emperatriz se había encargado de plantar  sus estandartes donde cualquiera que se acercara al lugar pudiera reconocerlos  de inmediato.

Había pasado más de una semana desde el secuestro del joven  príncipe y cada día que pasaba se le hacía una eternidad. No habían dado con  rastro alguno, sólo la desaparición de dos caballos, el caballo preferido del  príncipe y otro de igual calidad.

Después de unos días la furia de la  Emperatriz se había convertido en una dolorosa sensación de pérdida e  impotencia. Pero iba a encontrar al príncipe, aún cuando le costara el invadir,  destruir y volcar hasta la última brizna de hierba que aquellos dos caballos  habían tocado en su huida.

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Ya era tarde en la noche y los  príncipes estaban en sus respectivas habitaciones. Xellos continuaba durmiendo  desde el suceso en la tarde. Descansando profundamente en su cama.

Una  silenciosa figura se deslizó dentro de su recámara. Con lentitud se acercó a la  cama y observó detenidamente al joven.

"Xellos." Llamó con determinación.  "Despierta." Le ordenó. Xellos despertó de inmediato y volvió su rostro hacia la  sombra. Aún en la obscuridad de su cuarto el joven reconoció la figura como  aquella del Primer Ministro e instintivamente gruñó muy profundo en su garganta.  El Ministro se echó a reir complacido.

"Veo que no me has olvidado."  Xellos intentó abalanzarse sobre el hombre pero el Ministro le ordenó quedarse  quieto. Sin poder hacer nada se quedó sobre la cama, en espera de lo que aquel  hombre tuviera que decirle.

"Muchacho, esta noche, cuando todos estén  profundamente dormidos. Tomarás esta daga y entrarás a la recámara donde duermen  el Rey y la Reina." Le dijo al tiempo que colocaba en su mano el arma. "Clavarás  el corazón del Rey y de la Reina mientras duermen. No harás ningún  ruido."

Xellos observó el arma con los ojos muy abiertos y luego fijó la  vista en el Ministro. Una luz púrpura se dejó ver por unos momentos haciendo que  el hombre se alejara un poco. Xellos temblaba de la ira. Hizo ademán de hablar  pero el Ministro lo silenció con un gesto.

El Ministro lo observó hasta  que los ojos del chico volvieron a la normalidad. Aún le asombraba el hecho de  que aquel mocoso fuera un demonio en realidad. Sonrió vilmente mientras le  levantaba la barbilla. "Eres muy poderoso como para arriesgarme a dejarte con  vida... ...¿no lo crees?" Nuevamente los ojos se tornaron de aquel color púrpura  y mientras el Ministro continuaba algunas hebras de su cabello tomaron su color  natural a pesar del collar.

"Dime, pequeño monstruo..." Dijo con una  sonrisa retorcida al tiempo que saboreaba la palabra y se deleitaba en la  sorpresa que le causaba al joven. "...¿qué me harás el día que te liberes del  collar?" Le preguntó ampliando aquella sádica sonrisa.

"El día que me  libere de este maldito collar voy a tomar mi espada de obscuridad y traspasaré  tu negro corazón. Tú sangre la alimentará y tu alma se consumirá lentamente en  agonía. Luego mi obscuridad consumirá tu cuerpo hasta que no queden mas que  negras cenizas." Todo esto lo dijo entre dientes y augurando el mayor  dolor.

"Eso pensé." Dijo al tiempo que lo soltaba desdeñosamente. "Bien,  pequeña sabandija, como ves, no me puedo arriesgar a tenerte cerca por mucho  tiempo, así que... ...cuando termines con la vida del Rey y la Reina, espero  que, como un acto de justicia, termines con la tuya." El Ministro sonrió  mientras se alejaba.

"Fue un desagradable placer conocerte, Xellos. Pero  será un inmenso regocijo deshacerme de ti y de paso... quedarme con la  princesa." Y diciendo esto se alejó hasta la puerta. "Ahora descansa hasta que  sea el momento de cumplir tu encomienda."

Desde su posición el Ministro  vio cómo el joven se volvía a recostar y prontamente caia en un profundo sueño,  desvaneciéndose así el color púrpura de sus ojos y cabellos. El hombre cerró la  puerta en silencio y desapareció pasillo abajo.

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La hora  había llegado y Xellos se encontró despertando contra su voluntad. Comenzó a  temblar descontroladamente pero su cuerpo parecía no tomarlo en consideración  mientras su mano buscaba entre las sábanas el arma que el Ministro le había  dado. Se cubrió con una bata y se puso unas zapatillas de seda.

Su cuerpo  se movía silencioso hacia la puerta de la habitación. Se sentía como si  estuviera dividido, su razón anhelaba que todo aquello fuera un sueño, pero  mientras se deslizaba por el pasillo a obscuras sabía que aquello no podía más  que ser una horrible pesadilla.

Cuando pasaba frente a la puerta de la  princesa trató con todas sus fuerzas de detenerse, de desviarse o siquiera  gritar para poder llamar la atención de la chiquilla, pero todo era en vano.  Maldijo el collar y maldijo el momento en que el Ministro lo había podido  encontrar solo en su habitación.

Xellos en realidad no sabía con  exactitud el cuarto donde dormían el Rey y la Reina, por lo que tendría que  vagar por el castillo hasta encontrarlo. Quizás eso le daría tiempo a ser  descubierto, a que algún sirviente lo detuviera o le preguntara qué hacía  despierto a esas horas. Al cabo de media hora comenzó a perder las esperanzas,  ya no le quedaban muchos pasillos por revisar.

Su cuerpo continuaba  temblando. No sólo le preocupaba la muerte de los padres de Filia, sino su  propia vida. Aquella mano que sostenía la daga pronto lo traicionaría.  Nuevamente volvió a rogar que alguien notara su presencia por los pasillos del  castillo. Varias veces había tratado de tropezar y hacer algun ruido que llamara  la atención, pero su cuerpo se negaba a obedecer.

Llegó a un pasillo  completamente diferente, adornado ricamente y con los emblemas reales  emblazonados en cada pared y puerta. Seguramente aquellas eran las habitaciones  del Rey y la Reina.

"Kuso." Susurró.

Su mano se detuvo temblorosa  en la primera puerta, la abrió silencioso y suspiró aliviado cuando la encontró  vacía. Pero no bien había respirado un poco su cuerpo siguió a la próxima  puerta. Esta habitación también estaba vacía y así casi todas las habitaciones.  Cuando llegó al final del pasillo se encontró con otro pasillo mucho más  adornado. Dos guardias vigilaban una puerta.

Sonrió con alegría, ahora  sólo tendría que caminar a donde se encontraban los guardias y éstos lo  detendrían. Fácil.

Caminó determinado hacia los hombres armados mientras  sonreía. Pero su sonrisa no duró demasiado. Los hombres al verlo se pusieron  pálidos y comenzaron a temblar a pesar de haber tomado posiciones de defensa.  *¿Qué les sucede a estos tontos?* Atinó a pensar antes que de su mano brotaran  dos flechas de energía y se clavaran en el pecho de los hombres a pesar de la  armadura.

Los hombres ya no se movieron mientras las flechas continuaban  clavadas. Sus miradas horrorizadas estaban inmóviles. Xellos comenzó a acercarse  nuevamente para su desespero. Abrió la puerta de la habitación y la cerró tras  de sí. Aquella era la antesala a la recámara real.

Cuando se acercaba a  la próxima puerta un pequeño ruido llamó su atención, era como si alguien se  aclarara la garganta. Giró suavemente y pudo discernir la figura de un hombre  sentado cómodamente en uno de los divanes.

"Buenas noches joven Xellos."  Dijo en una voz suave y apenas imperceptible, Xellos se sorprendió al poder  escucharlo, no entendía cómo era que aquel leve susurro llegaba a sus oídos tan  claramente. Levantó su mano y una flecha se formó en ella. Al lanzarla contra el  hombre la misma se deshizo en un campo mágico hexagonal muy parecido al que  había utilizado en el duelo con la princesa Lina.

"Detente." Dijo  finalmente el hombre y Xellos obedeció con cierto alivio. El hombre se levantó  del diván y se acercó. Xellos pudo entonces reconocerlo como el sastre  real.

"¿Qué haces vagando por los pasillos tan tarde en la noche?" Le  preguntó mientras se levantaba del diván con un gesto casi felino.

"Tengo  órdenes." Murmuró.

El hombre se tensó al tiempo que se acercaba y  entrecerró los ojos sospechosamente. "¿Cuáles órdenes y de quién?"

"De  parte del Ministro. Debo matar al rey y la reina y luego quitarme la vida."  Repitió monótonamente.

"¿Con esa arma?" Señaló la daga.

"Hai."  Susurró al tiempo que bajaba la cabeza.

El hombre le pidió el arma y  Xellos accedió de inmediato. Sentía que en cualquier momento su cuerpo se  revelaría a toda la presión por la que había pasado. Estaba débil aún y el  esfuerzo estaba cobrando su cuota.

"Joven Xellos, creo que aún está muy  cansado por el duelo de esta tarde. Sería buena idea que regresara a su recámara  y tratara de descansar. Le aconsejo que olvide las órdenes del Primer Ministro,  de hecho, le aconsejo que olvide todo este desagradable incidente." Xellos abrió  los ojos muy grandes. ¿Cómo era que aquel hombre sabía del duelo contra la  princesa? Nadie había estado allí para verlo. Además, el hombre le seguía  trayendo vagos recuerdos, recuerdos de un viaje agotador.

"Los  guardias..."

"No te preocupes por ellos, estarán bien en la mañana y  estoy seguro que no recordarán nada. Pero tú debes descansar. Olvida todo esto,  no te hace bien. ¿Quieres que te acompañe hasta tu recámara?" Le dijo al ver que  el joven se pasaba la mano por los ojos en un gesto cansado.

"Hai." Le  dijo Xellos algo mareado.

"Bien, entonces vamos."

Mientras salían  Xellos pudo ver cómo el sastre hacía desaparecer las flechas que estaban en los  cuerpos inmóviles de los guardias y cómo luego se desplomaban silenciosamente a  pesar de sus armaduras. Seguramente aquel no era un hombre cualquiera, después  de lo que estaba viendo dudaba que fuera realmente un sastre.

Caminaron  en silencio por los pasillos vacíos. Cada paso se le hacía más pesado según se  iban acercando a su habitación hasta que simplemente ya no pudo caminar. Youki  tuvo que ayudarlo a llegar hasta su cama y cuando ya estaba a punto de quedar  dormido atinó a preguntarle al sastre. La voz adormilada y arrastrada por el  cansancio.

"¿Quién eres?"

"Soy un amigo..." Le respondió el hombre  con una sonrisa.

"¿Por qué?" Le dijo con los ojos cansados.

"Sore  wa himitsu desu, alteza." Le dijo al tiempo que movía el dedo graciosamente.  Xellos se quedó absorto observando la pequeñs garra frente a su rostro. "Pero  permítame un pequeño regalo." El sastre cerró los ojos y luego de concentrarse  una sortija plateada, muy parecida a la que usaba el joven apareció suspendida  en el aire.

El sastre la tomó y procedió a remover una de las sortijas  que la princesa le había obsequiado al joven reemplazándola con aquella nueva.  "Cuando veas nuevamente al Ministro tocarás la piedra de la sortija de  inmediato, eso es una órden. En el momento en que lo hagas yo podré ver y  escuchar lo que te diga." Xellos asintió levemente. "Ahora descanse, no hay  necesidad de recordar nada de esto." El joven volvió a asentir, ya con los ojos  entrecerrados.

Youki se levantó de la cama y le dio un último vistazo al  joven. Suspiró aliviado y luego su mirada se endureció.

"Ministro, usted  no volverá a interferir en mis planes." Susurró mientras salía de la habitación  y se dirigía a su sastrería.

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Besos y abrazos a todos, cuidense mucho, ¡Ja Ne!
Demon Child
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