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Así Habló Zarathustra
(Selecciones)

Friedrich Nietzsche

1883-1891

Prólogo de Zarathustra

I

Al cumplir los treinta años1 Zarathustra abandonó su patria y los lagos de su patria, y se retiró a la montaña. Allí podía gozar de su espíritu y su soledad, y así vivió durante diez años, sin fatigarse. No obstante, al fin, su corazón experimentó un cambio; y cierta mañana en que se levantó con la aurora naciente, se encaró con el Sol y le dijo:

``¡Oh, Tú, Gran Astro! Si te faltasen aquellos a quienes iluminas, ¿qué sería de tu felicidad? Durante diez años, día tras día, has comparecido ante la boca de mi cueva: de seguro ya te habrías cansado, tanto de tu luz como de tu girar eterno, a no ser por mí, por mi águila y mi serpiente. Pero nosotros te aguardábamos todas las mañanas, recibíamos de ti lo que te sobraba, y te bendecíamos con agradecimiento.

Pues bien: ya estoy hastiado de mi sabiduría, como lo están las abejas que han acumulado un exceso de miel. Yo necesito manos que se tiendan hacia mí.

Yo desearía otorgar y repartir mercedes, hasta que los sabios entre los hombres volvieran a gozar de su locura, y los pobres a gozar nuevamente de su riqueza.

Para ello debo descender a los abismos2, al igual que lo haces tú cuando cae el día. ¡Oh Astro, pletórico de riqueza! Cuando te ocultas tras los mares llevas la claridad y la luz a los mismísimos infiernos3. ¡Bendíceme, pues, Apacible Ojo, ya que puedes contemplar sin envidia cualquier dicha, por grande que sea!

Bendice también la copa que intenta desbordarse. ¡Ojalá fluya de ella el agua de oro, y esparza por doquier su aroma delicioso y los reflejos de tu alegría!

Mira: esa copa quiere vaciarse, Y Zarathustra quiere volver a ser hombre.''

Y así comenzó el descenso de Zarathustra.

II

Zarathustra descendió de la montaña completamente solo, sin topar con nadie en su camino. Pero, a poco de haberse internado en el bosque, se halló de improviso con un anciano que acababa de abandonar su santa choza para recoger raíces en el bosque. Y el anciano habló a Zarathustra de este modo:

``No me resultas desconocido, viajero: pasaste por aquí mismo, muchos años ha. Te llamabas Zarathustra, y has cambiado mucho. Entonces subías hacia la montaña tus cenizas: ¿es que intentas ahora bajar tu fuego al valle? ¿Acaso no temes las penas que se aplican a los incendiarios?

Sí, con seguridad te conozco, Zarathustra. Tus ojos son puros, y en los rasgos de tu boca no hay expresión de asco. No parece sino que vienes bailando.

Zarathustra ha cambiado. Se ha hecho niño. Zarathustra está muy despierto. ¿Tienes tú, acaso, algo que ver con los que duermen?4.

Al igual que en el mar, vivías en la soledad, y el mar te sustentaba. ¡Ay, infeliz de tí! ¡Ahora quieres pisar suelo firme! ¡Ay de ti, que quieres caminar por tu propio pie! ¿Intentas quizá arrastrar tu cuerpo de nuevo por ti mismo?''

Zarathustra respondió:

``Yo amo a los hombres''

Y el santo dijo:

``Y ¿para qué bajé yo al bosque y fui en busca del desierto? ¿Acaso no fue porque amaba demasiado a los hombres? Más ahora amo a Dios: ya no amo a los hombres. El hombre es, a mi ver, una realidad imperfecta. El amor a los hombres me mataría.''

Zarathustra replicó:

``Yo no hablo meramente de amor. Yo traigo a los hombres un presente.''

``No les traigas nada -dijo el santo-, antes bien, quítales algo; y ayúdales, si en algo puedes, mientras a ti te convenga: nada les irá mejor. Y, si algo quieres dar, no les des más que alguna limosna; y espera a que te la pidan.''

``No -contestó Zarathustra-, yo no doy limosnas. No soy lo bastante pobre como para dar limosnas.''

El santo sonrió al oír aquellas palabras, y prosiguió:

``Veremos si es que aceptan tus regalos. Pues desconfían mucho de los anacoretas o de los solitarios, y nunca creen a quienes les llevamos presentes.

Nuestras pisadas les suenan a excesivamente solitarias en plena calle. Y cuando por la noche están acostados y oyen los pasos de algún hombre mucho antes de que el sol haya salido, suelen preguntárse: ¿Adónde irá ese ladrón?

¡No vayas a hundirte entre los hombres! ¡Quédate en el bosque! Antes que con ellos ¡vete con las bestias! ¿Por qué no ser lo que soy yo, un oso entre los osos, un pájaro entre los pájaros?''

``Y qué hace el santo en el bosque?'', preguntó Zarathustra.

A lo que el santo contestó: ``Compongo canciones y las canto. Mientras hago esas canciones, río, lloro y murmuro; y así es como alabo al Señor. Entre cantos y lágrimas, risas y murmullos, alabo al Señor mi Dios. Pero, veamos, ¿qué presente es ése que nos traes?''

Al oír Zarathustra esas palabras, se inclinó ante el anciano y dijo:

``¿Qué es lo que yo podría daros? ¡Será mejor que me dejéis partir cuanto antes, no vaya a quitaros algo!''

Y así se separaron uno de otro, el anciano y el hombre, riéndose como dos chiquillos.

Cuando Zarathustra estuvo solo, vino a decirle a su corazón: ``¿Será posible? Ese santo varón, metido ahí en su bosque, ¡no ha oído aún que Dios ha muerto!''

III

Cuando Zarathustra entró en la ciudad más cercana al bosque, halló un gran gentío congregado en la plaza.bHabía corrido la voz de que llegaba un titiritero. Y Zarathustra habló al pueblo con estas palabras:

``Yo predico el Superhombre. Yo os anuncio el Superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Quién de vosotros ha hecho algo para superarle?

Todos los seres, hasta el presente, han originado algo superior a ellos mismos; ¡y mientras, vosotros, queréis ser el refluir de esa marea y retornar a la animalidad, mejor que superar al hombre! ¿Qué es el mono para el hombre? Un motivo de risa, o una dolorosa vergüenza. Pues otro tanto debe ser el hombre para el Superhombre: una irrisión, o una afrentosa vergüenza. ¡Habéis ya recorrido el sendero que va desde el gusano al hombre, pero queda aún en vosotros mucho de gusano!

En tiempos pasados fuisteis simios, ¡pero ahora es el hombre más simio que cualquier simio! Y el más sabio de todos vosotros no pasa de ser una realidad disparatada, un ser híbrido de planta y fantasma. Mas ¿os digo yo que os transforméis en plantas o en fantasmas?

Escuchadme, os diré qué es el Superhombre:

El Superhombre es el sentido de la tierra. Que vuestra voluntad diga: ¡sea el Superhombre el sentido de la tierra!

¡Hermanos míos, yo os exhorto a que permanezcáis fieles al sentido de la tierra, y nunca prestéis fe a quienes os hablen de esperanzas ultraterrenas! Son destiladores de veneno, concientes o inconscientes. Son menospreciadores de la tierra, moribundos y emponzoñados, y la tierra les resulta fatigosa. ¡Por eso desean abandonarla!

Antaño, los crímenes contra Dios eran los máximos crímenes, la blasfemia contra Dios era la máxima blasfemia. Pero Dios ha muerto, y con él han muerto esas blasfemias y han desaparecido esos delitos. Hogaño el crimen más terrible es el crimen contra la tierra; es decir, poner por encima del sentido de la tierra las entrañas de lo incognoscible.

¡Oh, mas el alma misma estaba macilenta, horrorosa y famélica, y la crueldad era su deleite!

Pero, hablad vosotros, hermanos míos. ¿Qué os dice vuestro cuerpo sobre vuestra alma? ¿No es vuestra alma miseria, o basura, o una sucia voluptuosidad?

Verdaderamente, el hombre es una corriente impura y cenagosa. Hay que tornarse Océano, para poder recibir tal corriente turbia y cenagosa sin contaminarse de su impureza.

Escuchadme, yo os diré lo que es el Superhombre. El Superhombre es la misma cosa que el Océano de que os hablaba, aquel en que puede sumergirse vuestro gran menosprecio.

¿Qué es lo más grande que puede sucederos? Que llegue la hora del gran menosprecio, la hora en que os asquéis de vuestra propia felicidad, o de vuestra razón, o de vuestra virtud. La hora en que os digáis: ¿Qué me importa mi felicidad si no es más que miseria, o basura, o una voluptuosidad lamentable? Y, en cambio, ¡la felicidad debiera justificar incluso la existencia!

La hora en que os digáis: ¿qué me importa mi razón? ¿Acaso ansía ésta el saber, como el león su alimento?, ¿o es pobre y sucia, una voluptuosidad harto miserable?5.

La hora en que os digáis: ¿Qué me importa mi virtud? Aún no me ha proporcionado ni un instante siquiera de embriaguez. ¡Cuán harto estoy de lo bueno y de lo malo dentro de mí! ¡No es todo sino miseria, o basura, o una miserable voluptuosidad!

La hora en que os habréis de decir: ¿Qué me importa mi justicia? No veo que yo sea pasión y frialdad. Y sin embargo, el justo debe ser pasión y frialdad.

La hora en que os habréis de decir: ¿Qué me importa mi compasión? Esa compasión, ¿acaso no es la cruz en la que clavan al que ama a los hombres? Pero mi compasión no es cruxifixión.

¿Lo habréis anunciado ya? ¿Lo habéis gritado ya? ¡Ojalá ya os hubiera oído gritarlo!

¡No son vuestros pecados, sino vuestra moderación, lo que clama al cielo! ¡Vuestra mezquindad, aún dentro de vuestros pecados, es lo que clama al cielo!

¿Dónde se hallará el rayo que os lama con su lengua de fuego? ¿Dónde la locura que habría de inocularos?

Pues bien, yo os predico el Superhombre. ¡El Superhombre es ese rayo, el Superhombre es esa locura!''

Cuando Zarathustra hubo terminado su discurso, salió una voz de entre la multitud, y dijo:

``¡Ya hemos escuchado bastante al titiritero! ¡Ahora queremos ver lo que hace!''

Entonces el populacho se rió de Zaratustra. Y el titiritero, creyendo que aquellas palabras se dirigían a él, comenzó su actuación.

V

Cuando Zarathustra hubo pronunciado tales palabras, se volvió hacia el pueblo y enmudeció. ``¡Vedlos -se dijo- cómo ríen! No me comprenden, no es mi boca la adecuada a esos oídos.

¿Será preciso destrozar sus oídos, para que aprendan a oír con los ojos? ¿Habrá que atronar al modo de los tambores, o de los predicadores de la Cuaresma, o de los misioneros? ¿O será más bien que sólo hacen caso de los tartamudos?

Existe algo de lo que se sienten intensamente orgullosos. ¿Cómo llaman a eso en lo que cifran su orgullo? Cultura lo llaman, y es lo que les distingue de los cabreros.

Por eso les hiere la palabra "desdén". Hay que hablarles de su orgullo. Hay que hablarles incluso del más despreciable de entre ellos: el último hombre.''

Y Zarathustra, dirigiéndose al pueblo, le habló así:

``Ha llegado el momento de que el hombre se proponga su meta. Ha llegado el momento de que el hombre siembre la semilla de sus más preciosas esperanzas.

Todavía es su suelo bastante rico. Más llegará un día en que tal suelo será demasiado estéril y miserable, y ningún árbol elevado podrá ya crecer en él.

¡Ay! ¿Se aproxima acaso el tiempo en que el hombre no podrá ya disparar las flechas de su anhelo más alláa del hombre mismo, y la cuerda de su arco no podrá ya vibrar?

Yo os lo anuncio: es preciso llevar aún algún caos dentro de sí para poder engendrar estrellas danzarinas. Yo os lo anuncio: aún se agita algún caos en vuestro interior.

¡Ay! Se acercan los tiempos en que ya no podréis dar a luz estrellas danzarinas. ¡Ay! ¡Se acercan sin duda los tiempos del hombre más despreciable, de un hombre que ya no sabrá despreciarse a sí mismo!

¡Mirad! Voy a mostraros el último hombre.

¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es deseo? ¿Qué es una estrella? Esas preguntas se hace el último hombre, entre gesticulaciones y guiños.

La tierra se ha empequeñecido, y sobre ella da brincos el último hombre, el que todo lo empequeñece. Su linaje es inmortal, como el del pulgón: el último hombre es el que más vive.

"¡Nosotros hemos descubierto la felicidad!", se dicen los últimos hombres, entre gesticulaciones y guiños.

Han abandonado los parajes en que la existencia era dura, pues necesitaban calor. Aún aman al prójimo, y se acercan a él, porque necesitan calor. El enfermar y el desconfiar se les antoja pecaminoso. Andan siempre con cautelas. ¡Qué tonto quien sigue tropezando con otros hombres, o con las piedras!

Una pizca de veneno de vez en cuando condimenta los ensueños. Y mucho veneno al final da un morir agradable.

Se trabaja aún, porque el trabajo es una distracción: mas hay que procurar que tal distracción no haga daño. No haya ni pobres ni ricos: ambas cosas son demasiado molestas. ¿Quién quiere aún gobernar? ¿Quién aún obedecer? También esas dos cosas resultan demasiado molestas.

"¡No haya pastores ni rebaños!" Todos quieren lo mismo, todos son iguales; y quien no se conforme, al manicomio.

"En otros tiempos todos parecían locos", dicen los más sutiles, entre gesticulaciones y guiños.

Son prudentes, y saben todo lo que ha ocurrido: por eso sus burlas no tienen fin. Todavía disputan, pero para reconciliarse pronto: lo contrario estropea la digestión.

Se tienen pequeños placeres para el día y para la noche; pero hay que respetar siempre la salud.

"Hemos descubierto la felicidad", repiten los últimos hombres, entre gesticulaciones y guiños''.

Y así terminó el primer discurso de Zarathustra, también llamado ``El prólogo''6. Pues en aquel punto le interrumpió el griterío y el regocijo de la multitud.

``¡Danos esos últimos hombres, Zarathustra!'' -gritaban a coro-. ¡Haznos como ese Último Hombre, y quédate tú con tu Superhombre!''

Y todo el pueblo se reía a carcajadas, emitiendo extraños ruidos con la lengua.

Entonces Zarathustra, muy entristecido, dijo a su corazón:

``No me entienden. No soy la boca para esos oídos.

Sin duda he vivido demasiado tiempo en la montañas, y he escuchado demasiado tiempo a los arroyuelos y a los árboles: ahora les hablo como si también ellos fueran cabreros.

Mi alma está empapada de placidez, radiante y sosegada como los montes por la mañana. Pero ellos piensan que yo soy frío, un bufón que usa de ironías siniestras.

Me miran y se ríen; y, mientras se ríen, me odian. En esa risa hay hielo.''

IX

Tanto tiempo durmió Zarathustra que sobre su rostro no sólo pasó la aurora, sino también el mediodía. Mas al fin abrió los ojos, y miró a su alrededor, asombrado: asombrado tanto del silencio como de sí mismo. Después se levantó apresuradamente, como el navegante que divisa tierra firme, y lanzó un grito de alegría, pues una verdad nueva se le había revelado. Entonces habló así a su corazón:

``Un rayo de luz atraviesa mi alma. Mis ojos se abren ante una luz nueva. Necesito compañeros vivos, no compañeros muertos ni cadáveres, que he de llevar a cuestas por dondequiera que vaya.

Necesito compañeros vivos, que me sigan, porque se sigan a sí mismos, y vayan adonde yo vaya.

Un rayo de luz, una luz nueva, ha aparecido en mi horizonte. ¡Zarathustra no debe hablar al pueblo, sino a compañeros! ¡Zarathustra no debe actuar como un pastor o un perro de rebaños!

¡Para incitar a muchos a apartarse del rebaño, para eso he venido! Pueblos y rebaños se enfadarán conmigo, me gruñirán: los pastores llamarán ladrón a Zarathustra. Pastores les llamo, aunque a sí mismos se llaman los buenos y justos. Pastores les llamo, aunque a sí mismos se llaman creyentes de la fe verdadera.

¡Ved a los buenos y justos! ¿A quién odian por encima de todo? Al que rompe sus tablas de valores, al quebrantador, al infractor. ¡Pero ese es el creador!

¡Ved a los creyentes de todas las creencias! ¿A quién odian por encima de todo? Al que rompe sus tablas de valores, al quebrantador, al infractor. ¡Pero ese es el creador!

Compañeros para su andar busca el creador, y no cadáveres, ni tampoco rebaños y creyentes. Colaboradores busca el creador, que escriban nuevos valores en nuevas tablas.

Compañeros busca el creador, colaboradores en la recolección, pues todo está en él maduro para la cosecha. Pero le faltan las cien hoces, por eso arranca las espigas y se encoleriza.

Compañeros busca el creador, que sepan afilar sus hoces. Se les llamará demoledores, y despreciadores del bien y del mal. Pero ellos cosecharán y celebrarán las fiestas.

Compañeros en la creación busca Zarathustra, compañeros para cosechar y para celebrar las fiestas. ¿Qué podría hacer con rebaños, y pastores, y cadáveres?.

Y tú, mi primer compañero, descansa en paz. Te he proporcionado buena sepultura en el hueco del árbol, estás en buen abrigo contra los lobos7.

Pero no me separo de ti, porque mi tiempo ha pasado. Entre la aurora y el mediodía ha venido a mí una verdad nueva.

No debo ser pastor ni sepulturero. Ni quiero volver a hablar al pueblo: por última vez he hablado a un muerto.

A los creadores, a los cosechadores, a los que celebran fiestas quiero unirme; quiero mostrarles el nuevo arco iris y los escalones que conducen al Superhombre.

Cantaré mi canción para los eremitas, o para las parejas solas8; y a quién tenga todavía oídos para oír cosas inauditas le abrumaré el corazón con mi dicha.

Hacia mi meta voy, y sigo mi propia ruta: saltaré por encima de los indecisos y de los rezagados. ¡Sea mi marcha el ocaso de ellos!''

Los Discursos de Zarathustra

De Las Tres Transformaciones

Voy a hablaros de las tres transformaciones del espíritu: de cómo el espíritu se transforma en camello, el camello en león, y finalmente el león en niño.

Muchas cargas soporta el espíritu cuando está poseído de reverencia, el espíritu vigoroso y sufrido. Su fortaleza pide que se le cargue con los pesos más formidables.

``¿Qué es lo más pesado?'', se pregunta el espíritu sufrido. Y se arrodilla, como el camello, en espera de que le carguen.

``¿Qué es lo más pesado, oh héroes?'', se pregunta el espíritu sufrido para cargar con ello, y que le regocije su fortaleza.

Lo más pesado, ¿no es arrodillarse, para humillar la soberbia? ¿Hacer que la locura resplandezca, para burlarse de la propia sabiduría?

¿O bien separarse de los suyos, cuando todos celebran la victoria? ¿O escalar las elevadas montañas, para tentar al tentador?

¿O acaso alimentarse de las bellotas y los yerbajos del conocimiento, y padecer hambre en el alma por amor a la verdad? ¿O acaso estar enfermo y mandar a paseo a quienes intentan consolarnos, para trabar amistad con los sordos, con aquellos que jamás oyen lo que uno desea?

¿O tal vez zambullirse bajo el agua sucia, cuando es ésta el agua de la verdad, sin apartar de sí las frías ranas, los calientes sapos? ¿O tal vez amar a quienes nos deprecian, y tender la mano a cuantos fantasmas se proponen asustarnos?

Todas esas pesadísimas cargas toma sobre sí el espíritu sufrido; a semejanza del camello, que camina cargado por el desierto, así marcha él hacia su desierto.

Pero en lo más solitario de ese desierto se opera la segunda transformación: en león se transforma el espíritu, que quiere conquistar su propia libertad, y ser señor de su propio desierto.

Aquí busca a su último señor: quiere ser amigo de su señor y su Dios, a fin de luchar victorioso contra el dragón.

¿Cuál es ese gran dragón a quién el espíritu no quiere seguir llamando señor o Dios? Ese gran dragón no es otro que el ``tú debes''. Frente al mismo, el espíritu del león dice: yo quiero.

El ``tú debes'' le sale al paso como un animal escamoso y refulgente en oro, y en cada una de sus escamas brilla con letras doradas el ``tú debes''.

Milenarios valores brillan en esas escamas, y el más prepotente de todos los dragones habló así:

``Todos los valores de las cosas brillan en mí.

Todos los valores han sido ya creados. Yo soy todos los valores. Por ello, ¡no debe seguir habiendo un "yo quiero"!'' Así habló aquel dragón.

Hermanos míos ¿para qué es necesario en el espíritu un león así? ¿No basta acaso con el animal sufrido, que es respetuoso, y a todo renuncia?

Crear valores nuevos no es cosa que esté tampoco al alcance del león. Pero sí lo está el propiciarse libertad para creaciones nuevas.

Para crearse libertad, y oponer un sagrado no al deber -para eso hace falta el león.

Crearse el derecho a valores nuevos, ésa es la más tremenda conquista para el espíritu sufrido y reverente. En verdad, para él eso equivale a una rapiña, a algo propio de animales de presa.

Como su cosa más santa, el espíritu amó en su tiempo a tú debes. Hasta en lo más santo tiene ahora que encontrar ilusión y capricho, para robar el quedar libre de su amor: para ese robo es necesario el león.

Mas ahora decidme, hermanos míos: ¿qué es capaz de hacer el niño, que ni siquiera el león haya podido hacer? ¿Para qué, pues, habría de convertirse en niño el león carnicero?

Sí, hermanos míos, para el juego divino del crear se necesita un santo decir ``sí'': el espíritu lucha ahora por su voluntad propia, el que se retiró del mundo conquista ahora su mundo.

Tres transformaciones del espíritu os he mencionado: os he mostrado cómo el espíritu se transforma en camello, luego el camello en león, y finalmente el león en niño.

Así habló Zarathustra.

Y entonces residía en la ciudad llamada ``la Vaca de Muchos Colores''.

Del Árbol de La Montaña

Zarathustra había visto que cierto joven le rehuía. Mas una tarde, mientras caminaba solo por las montañas que rodean la ciudad denominada ``La Vaca de Muchos Colores'', se topó en su caminar con aquel joven, sentado en el suelo y recostado en un árbol, mientras contemplaba el valle con su mirada cansada. Zarathustra abrazó el árbol contra el cual se apoyaba el mozo y dijo:

``Si yo quisiera sacudir con mis manos este árbol, no podría.

Por el contrario, el invisible viento lo maltrata y lo dobla a su gusto. Manos invisibles son las que nos doblan y maltratan.''

Entonces el muchacho se levantó, consternado, y dijo:

``Estoy oyendo la voz de Zarathustra, ahora justamente, cuando en él pensaba.''

Y Zarathustra le contestó:

``¿Y por eso te asustas? Ocurre con los hombres lo mismo que con los árboles. Cuanto más intentan erguirse hacia la altura y hacia la luz, tanto más profundamente hunden sus raíces en el suelo, hacia lo oscuro, hacia lo hondo -hacia el mal.''

``¡Hacia el mal, es muy cierto! -exclamó el joven-. ¿Cómo es que puedes saber cuanto está ocurriendo dentro de mi alma?''

Zarathustra sonrió, y le respondió:

``Almas hay que jamás se descubren, como no sea que antes se las invente.''

``¡En el mal, es muy cierto! -volvió a exclamar el joven-. Tu has dicho la verdad, Zarathustra. Desde que quiero elevarme hacia la altura, yo ya no creo en mí, y nadie cree en mí. ¿Cómo ha sido eso?

Me transformo demasiado aprisa. Mi Hoy contradice a mi Ayer. A menudo salto los peldaños, mientras subo -eso ningún peldaño me lo perdona.

Cuando estoy arriba, me hallo siempre solo. Entonces nadie me habla, y el frío de la soledad me hace estremecer. ¿Qué es lo que busco en la altura?

Mi desprecio y mi anhelo crecen juntos; cuanto más arriba llego, desprecio más a quienes suben. ¿Qué buscan esos en las alturas?

¡Cuánto llego a avergonzarme de mis ascensos y mis tropezones! ¡Cuánto me mofo de mi violento jadear! ¡Cuánto odio al que vuela! ¡Cuánto cansancio siento en la altura!''

Entonces enmudeció el joven, y Zarathustra, mirando hacia el árbol junto al cual se hallaban, habló así:

``Este árbol se encuentra aquí, solitario, en la montaña; ha crecido muy por encima de hombres y animales. Si quisiera hablar, nadie le entendería: tanto es lo que ha crecido.

Ahora va esperando y va esperando..., ¿qué es lo que va esperando? Habita demasiado cerca del asiento de las nubes. ¿Esperará, acaso, un primer rayo?''

Tras oír esas palabras de Zarathustra, el jóven exclamó con viveza:

``Si, Zarathustra, tú dices la verdad. Cuando yo quería llegar a lo alto, anhelaba mi caída. ¡Y tú eres el rayo que yo esperaba! Contémplame y dime: ¿Qué es lo que soy, desde que apareciste entre nosotros? ¡La Envidia de ti es lo que me ha aniquilado!''

Así habló el muchacho y lloró con amargura. Mas Zarathustra le asió por el talle y se lo llevó consigo.

Y, tras haber caminado un breve trecho, Zarathustra volvió a tomar la palabra, y dijo:

``Me has desgarrado el corazón. Mucho mejor que tus palabras, es tu ojo el que me advierte el peligro que te amenaza.

Todavía no eres libre. Todavía buscas la libertad. Tu búsqueda te ha vuelto insomne y te ha desvelado en demasía.

Quieres llegar libre a la altura, tu alma está sedienta de estrellas. Mas también tus malos instintos están sedientos de libertad.

Mientras tus perros salvajes quieren libertad y ladran de placer en su cueva, tu espíritu se propone abrir todas las cárceles.

Para mí sigues siendo un prisionero que sueña con la libertad. ¡Ay, el alma de esos prisioneros se vuelve inteligente, pero también astuta y mala!

Quien liberó su espíritu sigue necesitando de prurificación: queda aún en él mucho de cárcel y de moho: su ojo tiene aún que volverse puro.

Sí, en verdad conozco tu peligro. Mas por mi amor y mi esperanza te conjuro: ¡no arrojes de ti tu amor ni tu esperanza!

Aún te sientes noble, y aún te estiman como noble los demás, que te aborrecen y te miran con envidia: saben que un noble les estorba a todos en su camino.

Hasta a los buenos les es el noble obstáculo en su caminar: y aun cuando le llamen bueno, lo que con eso buscan es alejarle de su camino.

El noble quiere crear algo nuevo, y una nueva virtud. El bueno quiere lo viejo, y que lo viejo se conserve.

Mas el peligro que amenaza al noble no es volverse bueno, sino insolente, sarcástico y demoledor.

¡Ay, también he conocido nobles que perdieron su más alta esperanza, y desde entonces calumniaron todas las esperanzas elevadas!.

A partir de entonces, viven insolentemente, entre breves placeres, y apenas se trazan metas de más de un breve día.

``¡El espíritu es también voluptuosidad!'', así se dijeron. Y entonces se les quebraron las alas del espíritu: este se arrastra ahora de un lado a otro, y mancilla todo lo que roe.

Antaño soñaron con ser héroes, pero se han quedado en libertinos. Pesadumbre y horror es para ellos el héroe.

Mas yo te conjuro con mi amor y con mi esperanza: ¡no expulses al héroe que hay en tu alma! ¡Conserva santa tu más alta esperanza!''

Así habló Zarathustra.

Del Nuevo Ídolo

En algún lugar quedan todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados.

¿Estados? ¿Qué es eso? ¡Pues bien, abrid los oídos! ¡Voy a deciros mi palabra sobre la muerte de los pueblos!

Estado es el nombre que se da al más frío de todos los monstruos fríos. El Estado miente con toda frialdad, y de su boca sale esta mentira: ``Yo, el Estado, soy el pueblo.''

¡Qué gran mentira! Creadores fueron quienes crearon los pueblos, por la fe y el amor: así sirvieron a la vida.

Aniquiladores son quienes ponen trampas a la multitud, y denominan Estado a tal obra: suspenden sobre los hombros una espada, y cien apetitos.

Donde todavía existe pueblo, éste no entiende al Estado, y le odia, considerándole como un mal de ojo, como un crimen contra las costumbres y los derechos.

Yo os hago esta advertencia: cada pueblo habla su propia lengua del bien y del mal: su vecino no la entiende. Cada pueblo se ha inventado su lenguaje en costumbres y derechos.

Mas el Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal. Cuanto dice es mentira, y cuanto tiene es porque lo ha robado.

Todo en él es falso; con dientes robados muerde, ese mordedor. Hasta sus entrañas son falsas.

Confusión de lenguas del bien y del mal: esa señal os doy como señal del Estado. ¡Y, en verdad, esa señal indica voluntad de muerte! En verdad, hace señas a los predicadores de la muerte.

¡Vienen al mundo demasiados hombres! Para los superflus fue inventado el Estado. ¡Ved cómo convoca a los superfluos, cómo los devora, y los tritura, y los rumia!

``Sobre la tierra, nada existe más grande que yo: yo soy el dedo ordenador de Dios.'' Así ruge el monstruo. ¡Y no son sólo los de orejas largas y vista corta los que se postran de rodillas!9.

¡Ay, también en vosotros, de alma grande, el monstruo desliza sus sombrías mentiras! ¡Ay, él adivina cuáles son los corazones generosos y ansiosos de prodigarse!

¡Sí, también os adivina a vosotros, los vencedore del viejo Dios! ¡Salisteis del combate fatigados, y vuestra fatiga redunda ahora en provecho del nuevo ídolo!

El nuevo ídolo quiere rodearse de héroes y hombres de honor. ¡Ese frío monstruo se complace en calentarse al sol de las buenas conciencias!

Si vosotros le adoráis, el nuevo ídolo os lo concederá todo a vosotros: por ello compra el brillo de vuestra virtud y la mirada de vuestros ojos orgullosos.

¡Quiere que le sirváis de cebo para atraer a los superfluos! ¡Sí, una infernal artimaña ha sido aquí inventada, un corcel de muerte enjaezado con el tintineante adorno de honores divinos!

Aquí ha sido inventada, para muchos, una muerte que se precia de ser vida: en realidad, un servicio íntimo para todos los predicadores de la muerte, una servidumbre a la medida del deseo de todos los predicadores de la muerte.

Estado llamo yo al lugar donde todos, buenos y malos, son bebedores de venenos; Estado, al lugar donde todos, buenos y malos, aseguran su perdición. Estado, al lugar donde se llama ``la vida'' al lento suicidarse de todos.

¡Contemplad a esos superfluos! Roban para sí las obras de los inventores y los tesoros de los sabios, y llaman cultura a sus latrocinios. ¡Y todo se vuelve para ellos enfermedad y reveses!

¡Contemplad a los superfluos! Siempre están enfermos, dan salida libre a su bilis, y la llaman periódico. ¡Unos a otros se devoran, y ni siquiera pueden digerirse!

¡Contemplad a esos superfluos! Adquieren riquezas, y con ello resultan más pobres. Quieren poedr, y, en primer lugar, la palanqueta del poder, el oro -¡esos insolventes!

¡Contemplad cómo trepan esos ágiles simios! Trepan unos por encima de otros, arrastrándose así al cieno y a la profundidad.

¡Todos quieren llegar al trono! Su locura consiste en creer que la felicidad radica en el trono. -Y, con frecuencia, el fango se asienta en el trono, y también el trono se asienta en el fango.

Dementes son para mí todos ellos, y atolondrados, simios trepadores. Su ídolo, ese monstruo helado, me huele mal: todos me huelen mal, esos servidores del ídolo.

Hermanos míos, ¿es que queréis ahogaros con el aliento de sus hocicos y sus concupiscencias? ¡Mejor haríais rompiendo las ventanas y saltando al aire libre!

¡Huid del mal olor! ¡Alejaos de las ciegas idolatrías de los superfluos!

¡Huid del mal olor! ¡Alejaos del humo de esos sacrificios humanos!

Aún está la tierra a disposición de las almas grandes. Todavía quedan muchos puestos vacantes para eremitas solitarios o en pareja, puestos saturados del perfume de mares silenciosos.

Todavía queda abierta, ante las almas grandes, la posibilidad de una vida libre. En verdad, quien menos posee, tanto menos es poseído, ¡Alabada sea la pequeña pobreza!.

Donde el Estado acaba, allí comienza el hombre que no es superfluo: allí comienza la canción de quienes son necesarios, la melodía única e insustituible.

Allí donde el Estado acaba. -¡Vedlo, hermanos míos! ¿No veis el arco iris, y los puentes hacia el Superhombre?

Así habló Zarathustra.

De Las Moscas del Mercado

¡Amigo mío, cobíjate en tu soledad! Te veo ensordecido por el estruendo de los grandes hombres, y afligido por los aguijones de los pequeños.

El bosque y la roca saben callarse dignamente contigo. Vuelve, pues, a asemejarte a tu amado, el árbol de dilatadas ramas, que escucha en silencio, suspendido sobre el mar.

Donde la soledad acaba, allí comienza el mercado, y donde comienza el mercado allí comienzan también el ruido de los grandes comediantes y el zumbar de los moscones venenosos.

En el mundo jamás salen a flote las cosas buenas, a menos que alguien las represente: a tales actores el pueblo les llama grandes hombres.

El pueblo comprende poco lo grande, esto es, lo creador. Posee en cambio gran olfato para todos los actores y comediantes que simulan cosas grandes.

El mundo gira en derrredor de los inventores de nuevos valores -gira de una manera invisible. Pero el pueblo y la fama giran en derredor de los grandes comediantes. ¡Así marcha el mundo!

El comediante tiene espíritu, pero poca conciencia del espíritu. Cree siempre en aquello que mejor le permite llevar a los otros a creer -a creer en él.

Mañana tendrá una nueva fe, y pasado mañana otra nueva. Al igual que el pueblo, el comediante tiene sentidos rápidos y presentimientos mudables.

Derribar. -A eso llama demostrar. Enloquecer a las gentes: a eso llama convencer. Y la sangre es, para él, el mejor de los argumentos.

A las verdades introducibles sólo en oídos delicados, les llama mentira, y nada. ¡En verdad, no cree sino en los dioses que arman gran ruido sobre el mundo!

¡Rebosante de bufones solemnes está el mercado! -¡Y el pueblo, entretanto, se vanagloria de sus grandes hombres! Estos son, para él, los señores del momento.

Pero el momento les apremia: y así ellos te apremian a ti. Quieren de ti un ``sí'' o un ``no''. ¡Desgraciado de ti, si intentas situar tu silla entre un pro y un contra!

¡Oh, amante de la verdad, no envidies jamás a esos espíritus acuciantes e incondicionales! La verdad nunca se colgó del brazo de un incondicional.

¡Vuelve a tu refugio y aíslate de la gente atropellada! Solamente en el mercado le asaltan a uno con un ``¿sí o no?''.

Todos los pozos profundos son lentos en sus experiencias. Necesitan mucho tiempo para saber qué fue lo que cayó en su fondo.

Todo lo grande se aparta del mercado y de la fama. Apartados han vivido, sin excepción, los inventores de nuevos valores.

¡Amigo mío, escapa a tu soledad! Te veo acribillado por moscones venenosos. ¡Huye hacia la altura, hacia donde soplan vientos ásperos y recios!

(...).


Notas al pie

... años1
En la imitación, corrección e inversión, en dosis distintas, del Evangelio, que es gran parte el Zarathustra, Nietzsche comienza por dar como edad inicial del profeta de su evangelio los treinta años, la edad inicial del Jesús de los sinópticos. Pero mientras a los treinta años Jesús empieza su predicación, Zarathustra se retira a las montañas como etapa previa. Y esta etapa, de incubación, va a durar diez años.
... abismos2
Untergehen, ``ir hacia abajo'' (Zarathustra, de la montaña al valle; el Sol, del mediodía al ocaso), significa hundirse, sumergirse, también ponerse (el Sol), y perderse. Untergehend es el ``poniente''. Indudablemente Nietzsche juega con la reunión de todos esos sentidos.
... infiernos3
Dicho, naturalmente, en el sentido de la antigua Grecia: el mundo inferior, el oscuro mundo imaginado bajo la tierra.
...4
La resonancia evangélica del Zarathustra va de la mano de la influencia del viejo pensamiento de los griegos presocráticos, Heráclito, Empédocles, Parménides, etc., que caló en Nietzsche desde su juventud. Aquí, como tantas veces, son las imágenes y el estilo de Heráclito lo que aflora en Nietzsche. Por lo demás, el paralelismo de los versículos bíblicos y la concisión aforística de Heráclito son los principales modelos a tener en cuenta en la construcción del Zarathustra.
...5
De Nietzsche se ha hecho con frecuencia (y de nuevo últimamente) un abanderado de la ``moderna'' reacción contra la razón; y sería, sin duda, estúpido ignorar o negar su irracionalismo. Pero una estupidez no menor se comete a menudo al confundirle con quienes desprecian, o desaconsejan, el saber. La ``razón'' que a Nietzsche ``no le importa'' es, aquí nos lo dice él, la que ``no ansía el saber como el león su alimento''. Ahora bien, eso, que ennoblece las intenciones de Nietzsche, y le distingue de tanto antiilustrado oscurantista y de tanto primitivista ``anticultura'', no significa que él mismo no abandonase, de hecho, el camino del saber, para refugiarse en un voluntarismo muchas veces ciego y obseso; un abandono que, en buena parte, se explica por su ``selecto'' desprecio a la laboriosidad, su temperamento poco compatible con la larga dedicación a una tarea realista y constante, y su consecuente fracaso en el mundo de la sabiduría oficial de la universidad germánica.
...6
Hay aquí un juego de palabras alemán. ``Prólogo'', en correspondencia literal con la etimología griega de la palabra, se dice Vorrede, ``prediscurso'', discurso preliminar, mientras que ``erste rede'' significa ``primer discurso''. La siguiente parte del libro se titulará ``Discursos (Reden) de Zarathustra''.
... lobos7
Eh??
... solas8
Se pierde aquí el juego de palabras del original alemán. El eremita, o anacoreta, es el ``uno-solo'' (Ein-siedler), palabra que utiliza Nietzsche como modelo para crear ``Zwei-siedler'', el ``par-solo'', la ``pareja en soledad''.
...9
Alusión a Hegel, de quien es casi una paráfrasis la anterior frase entrecomillada.


2003-04-21
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