{Excalibur Mithril}

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LAS AVENTURAS DE TOM BOMBADIL

(J.R.RTolkien)

Colaboración de Dark Nowel

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Las Aventuras de Tom Bombadil y otros versos del Libro Rojo

Traducido por Ramón Passolas (Eldarion)

XV

La campana del mar

Caminaba junto al mar, y vino a mí, como un rayo de luz estelar en la húmeda arena,

una concha blanca como una campana; temblando fue a parar a mi mano mojada.

En mis agitados dedos pude oir como despertaba un sonido en su interior,

como una boya balanceándose junto a la barra de un puerto,

una llamada que sonaba sobre mares infinitos, ahora lejana y débil.

Entonces vi un bote flotando en silencio en la marea nocturna, vacio y gris.

“¡Es muy tarde! ¿Por qué esperar?” Salté a bordo y grité: “¡Llévame lejos!”

Me llevó lejos, húmedo de rocío, envuelto por la niebla, herido por el sueño,

a una playa extraña, en una tierra extraña.

En el crepúsculo más allá del abismo oí una campana balancearse en la marejada,

sonando, sonando, mientras rugían los rompientes

en los ocultos dientes de un peligroso arrecife;

y llegué por fin a una extensa orilla.

Blanca centeallaba, y el mar hervía con estrellas espejeantes en una red de plata;

riscos de piedra pálidos como huesos en la espuma lunar lanzaban destellos de humedad.

Arena brillante se deslizaba por mi mano, polvo de perlas y joyas pulverizadas,

caracolas de ópalo, rosas de coral, flautas verdes de amatista.

Pero bajo el alero de los riscos se abrían lóbregas cuevas,

con cortinas de maleza, oscuras y grises;

un aire frío agitó mis cabellos, y la luz se desvaneció, mientras yo me alejaba.

Un verde riachuelo bajaba la colina; bebí sus aguas para alivio de mi corazón.

Subí su escalera, hasta un hermoso país de eterna vigilia, lejos del mar,

salté por los prados de sombras palpitantes; allí yacían flores como estrellas caídas,

y en un estanque azul, frío y vidrioso, nenúfares como lunas flotantes.

Los alisos dormían, y los sauces lloraban junto a un lento río de hierbas onduladas;

espadas de lirio guardaban los vados, y verdes lanzas y flechas de caña.

El eco de una canción sonó toda la tarde abajo en el valle; muchas cosas corrían aquí y allá:

Liebres blancas como la nieve, ratones que surgían de agujeros;

polillas aladas con ojos brillantes;

en una tensa quietud los tejones miraban fijamente desde oscuras puertas.

Oí canciones allí, música en el aire, pies apresurados en el verde suelo.

Pero a donde quiera que fuese ocurría lo mismo:

Los pies huían, y todo quedaba tranquilo; nunca un saludo,

sólo las fugaces cañas, las voces, y cuernos en la colina.

De hojas de río y gavillas de juncos Me hice una capa de verde enjoyado,

una larga vara, y un dorado estandarte;

mis ojos brillaban como brillan las estrellas.

De flores coronado me subí a un montículo, y de modo penetrante,

como el canto del gallo grité orgullosamente:

“¿Por qué os ocultáis? ¿Por qué nadie habla, a donde quiera que voy?

Aquí estoy ahora, Señor de esta tierra, con mi espada de lirio y mi maza de caña.

¡Contestad a mi llamada! ¡Venid todos! ¡Habladme con palabras! ¡Mostradme vuestras caras!”

Llegó una nube negra como una mortaja nocturna, fui a tientas como un oscuro topo,

caí al suelo, mis manos se arrastraban con los ojos ciegos y la espalda doblada.

Subí a un árbol: se alzaba silencioso con las hojas muertas;

desnudas estaban sus ramas.

Allí debí sentarme, dejando vagar mi ingenio, mientras los búhos roncaban en su hueco hogar. Me quedé allí un día y un año:

Los escarabajos golpeaban las ramas putrefactas, ñas arañas tejían,

en el musgo levantaban Bejines que asomaban en mis rodillas.

Finalmente llegó la luz en mi larga noche, y vi como mi cabello colgaba gris.

“¡Aunque esté encorvado, debo encontrar el mar!

Me he perdido, y no conozco el camino, ¡Pero partiré!”

Entonces tropezé; la sombra cayó sobre mi como un murciélago cazador;

en mis oidos sopló un viento errante, e intenté cubrirme con ropas andrajosas.

Mis manos estaban rotas, mis rodillas cansadas, y los años pesaban sobre mi espalda,

cuando la lluvia en mi cara trajo un sabor salado, y pude oler el aroma de los pecios del mar.

Los pájaros llegaron navegando, aullando, lamentándose, oí voces en frías cuevas,

focas ladrando, el gruñido de las rocas, y el mugir de las rocas en los acantilados.

El invierno pasó veloz; me sumergí en la niebla, llevé mis años hasta el fin del mundo;

la nieve estaba en el aire, el hielo en mis cabellos, la oscuridad se extendía en la última orilla.

El barco aún esperaba a flote, llevado por la corriente, sacudiendo la proa.

Cansado yací en él, mientras me llevaba, saltando las olas, cruzando los mares,

pasando junto a viejos cascos, repletos de gaviotas y grandes buques repletos de luz,

que llegaban a puerto, oscuros como cuervos, silenciosos como la nieve, en la noche profunda.

Las casas estaban cerradas, el viento sigiloso las rodeaba, las calles estaban vacías.

Me senté junto a una puerta,

y donde una suave lluvia cayó en un desagüe arrojé todo cuanto llevaba:

En mi apretada mano algunos granos de arena, y una concha marina silenciosa y muerta.

Nunca escuchará mi oído el sonido de esa campana,

ni hollarán mis pies aquella orilla nunca más, ya que en una callejuela triste,

En un callejón ciego, o en una larga calle camino furioso.

Me hablo a mi mismo;

porque siguen sin hablar, aquellos a quienes encuentro

FIN

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