Resoplas mirando hacia un costado. ¿Por qué el hombre se sentó tan cerca de ti, habiendo sitios vacíos en el comedor? Tampoco te mueves de tu propio asiento. Es un acuerdo tácito: ninguno de los dos piensa ceder.
En un acto de completa sinceridad (anormal en ti) te confiesas que el contacto humano no es tan desagradable. Hay un plácido confort en aquella silenciosa compañía. Es curioso, pero quince minutos cerca de aquel extraño te apaciguan más que un baño de agua caliente.
Son solo ustedes dos junto a otro noctámbulo de la noche, sentado también sobre la barra, pero del otro lado. El mozo comienza a pasar el trapo sobre la mesada indicando que falta poco para cerrar. Sabes que no podrás seguir estirando lo inevitable. El arma pide acción a gritos dentro de tu apretado bolso. Es tiempo de completar el encargo.
Decides poner manos a la obra cuando, de pronto, una voz murmura a tu lado:
– ¿Por qué vienes acá todas las noches? – dice él mientras ordena dos whiskeys –. Siempre estás desde las 11 hasta después del cierre. Me da mucha curiosidad.
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