"LUMEN GENTIUM"
Vaticano II, (21/Nov./1964)
Los presbíteros y sus relaciones con Cristo, con los Obispos, con el presbiterio
y con el pueblo cristiano
Cristo, a quien
el Padre santificó y envió al mundo (Jn. 10,36), ha hecho participantes de
su consagración y de su misión a los Obispos por medio de los apóstoles y de
sus sucesores. Ellos han encomendado legítimamente el oficio de su
ministerio en diverso grado a diversos sujetos en la Iglesia. Así, el
ministerio eclesiástico de divina institución es ejercitado en diversas
categorías por aquellos que ya desde antiguo se llamaron Obispos
presbíteros, diáconos. Los presbíteros, aunque no tienen la cumbre del
pontificado y en el ejercicio de su potestad dependen de los Obispos, con
todo están unidos con ellos en el honor del sacerdocio y, en virtud del
sacramento del orden, han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del
Nuevo Testamento, según la imagen de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote (Act.
5,1-10; 7,24; 9,11-28), para predicar el Evangelio y apacentar a los fieles
y para celebrar el culto divino. Participando, en el grado propio de su
ministerio del oficio de Cristo, único Mediador (1 Tim. 2,5), anuncian a
todos la divina palabra. Pero su oficio sagrado lo ejercitan, sobre todo, en
el culto eucarístico o comunión, en el cual, representando la persona de
Cristo, y proclamando su Misterio, juntan con el sacrificio de su Cabeza,
Cristo, las oraciones de los fieles (cf. 1 Cor. 11,26), representando y
aplicando en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor, el único
Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí
mismo al Padre, como hostia inmaculada (cf. Heb. 9,14-28). Para con los
fieles arrepentidos o enfermos desempeñan principalmente el ministerio de la
reconciliación y del alivio. Presentan a Dios Padre las necesidades y
súplicas de los fieles (cf. Heb. 5,1-4). Ellos, ejercitando, en la medida de
su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la familia de
Dios como una fraternidad, animada y dirigida hacia la unidad y por Cristo
en el Espíritu, la conducen hasta Dios Padre. En medio de la grey le adoran
en espíritu y en verdad (cf. Jn. 4,24). Se afanan finalmente en la palabra y
en la enseñanza (cf. 1 Tim. 5,17), creyendo en aquello que leen cuando
meditan en la ley del Señor, enseñando aquello en que creen, imitando
aquello que enseñan. Los presbíteros, como próvidos colaboradores del orden
episcopal, como ayuda e instrumento suyo llamados para servir al Pueblo de
Dios, forman, junto con su Obispo, un presbiterio dedicado a diversas
ocupaciones. En cada una de las congregaciones de fieles, ellos representan
al Obispo con quien están confiada y animosamente unidos, y toman sobre sí
una parte de la carga y solicitud pastoral y la ejercitan en el diario
trabajo. Ellos, bajo la autoridad del Obispo, santifican y rigen la porción
de la grey del Señor a ellos confiada, hacen visible en cada lugar a la
Iglesia universal y prestan eficaz ayuda a la edificación del Cuerpo total
de Cristo (cf. Ef. 4,12). Preocupados siempre por el bien de los hijos de
Dios, procuran cooperar en el trabajo pastoral de toda la diócesis y aun de
toda la Iglesia. Los presbíteros, en virtud de esta participación en el
sacerdocio y en la misión, reconozcan al Obispo como verdadero padre y
obedézcanle reverentemente. El Obispo, por su parte, considere a los
sacerdotes como hijos y amigos, tal como Cristo a sus discípulos ya no los
llama siervos, sino amigos (cf. Jn. 15,15). Todos los sacerdotes, tanto
diocesanos como religiosos, por razón del orden y del ministerio, están,
pues, adscritos al cuerpo episcopal y sirven al bien de toda la Iglesia
según la vocación y la gracia de cada cual. En virtud de la común ordenación
sagrada y de la común misión, los presbíteros todos se unen entre sí en
íntima fraternidad, que debe manifestarse en espontánea y gustosa ayuda
mutua, tanto espiritual como material, tanto pastoral como personal, en las
reuniones, en la comunión de vida de trabajo y de caridad.
Respecto de los
fieles, a quienes con el bautismo y la doctrina han engendrado
espiritualmente (cf. 1 Cor. 4,15; 1 Pe. 1,23), tengan la solicitud de padres
en Cristo. Haciéndose de buena gana modelos de la grey (1 Pe. 5,3), así
gobiernen y sirvan a su comunidad local de tal manera que ésta merezca
llamarse con el nombre que es gala del Pueblo de Dios único y total, es
decir, Iglesia de Dios (cf. 1 Cor. 1,2; 2 Cor. 1,1). Acuérdese que con su
conducta de todos los días y con su solicitud muestran a fieles e infieles,
a católicos y no católicos, la imagen del verdadero ministerio sacerdotal y
pastoral y que deben, ante la faz de todos, dar testimonio de verdad y de
vida, y que como buenos pastores deben buscar también (cf. Lc. 15,4-7) a
aquellos que, bautizados en la Iglesia católica, han abandonado, sin
embargo, ya sea la práctica de los sacramentos, ya sea incluso la fe. Como
el mundo entero tiende, cada día más, a la unidad de organización civil,
económica y social, así conviene que cada vez más los sacerdotes, uniendo
sus esfuerzos y cuidados bajo la guía de los Obispos y del Sumo Pontífice,
eviten todo conato de dispersión para que todo el género humano venga a la
unidad de la familia de Dios.
Los diáconos
En el grado
inferior de la jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición de
manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio. Así
confortados con la gracia sacramental en comunión con el Obispo y su
presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la
palabra y de la caridad. Es oficio propio del diácono, según la autoridad
competente se lo indicare, la administración solemne del bautismo, el
conservar y distribuir la Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y
bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos, leer la
Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el
culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir los
ritos de funerales y sepelios. Dedicados a los oficios de caridad y
administración, recuerden los diáconos el aviso de San Policarpo:
"Misericordiosos, diligentes, procedan en su conducta conforme a la verdad
del Señor, que se hizo servidor de todos".
Teniendo en
cuenta que, según la disciplina actualmente vigente en la Iglesia latina, en
muchas regiones no hay quien fácilmente desempeñe estas funciones tan
necesarias para la vida de la Iglesia, se podrá restablecer en adelante el
diaconado como grado propio y permanente en la jerarquía. Tocará a las
distintas conferencias episcopales el decidir, oportuno para la atención de
los fieles, y en dónde, el establecer estos diáconos. Con el consentimiento
del Romano Pontífice, este diaconado se podrá conferir a hombres de edad
madura, aunque estén casados, o también a jóvenes idóneos; pero para éstos
debe mantenerse firme la ley del celibato.
CAP. IV: LOS LAICOS.
Peculiaridad
El Santo Sínodo,
una vez declaradas las funciones de la jerarquía, vuelve gozosamente su
espíritu hacia el estado de los fieles cristianos, llamados laicos. Cuanto
se ha dicho del Pueblo de Dios se dirige por igual a los laicos, religiosos
y clérigos; sin embargo, a los laicos, hombres y mujeres, en razón de su
condición y misión, les corresponden ciertas particularidades cuyos
fundamentos, por las especiales circunstancias de nuestro tiempo, hay que
considerar con mayor amplitud. Los sagrados pastores conocen muy bien la
importancia de la contribución de los laicos al bien de toda la Iglesia.
Pues los sagrados pastores saben que ellos no fueron constituidos por Cristo
para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia cerca del
mundo, sino que su excelsa función es apacentar de tal modo a los fieles y
de tal manera reconocer sus servicios y carismas, que todos, a su modo,
cooperen unánimemente a la obra común. Es necesario, por tanto, que todos
"abrazados a la verdad, en todo crezcamos en caridad, llegándonos a Aquél
que es nuestra Cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo trabado y unido por
todos los ligamentos que lo unen y nutren para la operación propia de cada
miembro, crece y se perfecciona en la caridad" (Ef. 4, 15-16).
Qué se entiende por laicos
Por el nombre de
laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los
miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado
religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que,
por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo
de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética
y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo
cristiano en la Iglesia y en el mundo.
El carácter
secular es propio y peculiar de los laicos. Los que recibieron el orden
sagrado, aunque algunas veces pueden tratar asuntos seculares, incluso
ejerciendo una profesión secular, están ordenados principal y directamente
al sagrado ministerio, por razón de su vocación particular, en tanto que los
religiosos, por su estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el
mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las
bienaventuranzas. A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino
de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en
el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones,
así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las
que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a
cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo
que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del
mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo,
con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en
especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a
los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen
continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para
la gloria del Creador y del Redentor.
Dignidad de los laicos. Unidad en la diversidad
La Iglesia santa,
por voluntad divina, está ordenada y se rige con admirable variedad. "Pues a
la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y todos los miembros
no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en
Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros" (Rom.
12,4-5).
El pueblo elegido
de Dios es uno: "Un Señor, una fe, un bautismo" (Ef. 4,5); común la dignidad
de los miembros por su regeneración en Cristo, gracia común de hijos, común
vocación a la perfección, una salvación, una esperanza y una indivisa
caridad. Ante Cristo y ante la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón
de estirpe o nacimiento, condición social o sexo, porque "no hay judío ni
griego, no hay siervo ni libre, no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros
sois "uno" en Cristo Jesús" (Gal. 3,28; cf. Col. 3,11).
Aunque no todos
en la Iglesia marchan por el mismo camino, sin embargo, todos están llamados
a la santidad y han alcanzado la misma fe por la justicia de Dios (cf. 2;
Pe. 1,1). Y si es cierto que algunos, por voluntad de Cristo, han sido
constituidos para los demás como doctores, dispensadores de los misterios y
pastores, sin embargo, se da una verdadera igualdad entre todos en lo
referente a la dignidad y a la acción común de todos los fieles para la
edificación del Cuerpo de Cristo. La diferencia que puso el Señor entre los
sagrados ministros y el resto del Pueblo de Dios lleva consigo la unión,
puesto que los pastores y los demás fieles están vinculados entre sí por
necesidad recíproca; los pastores de la Iglesia, siguiendo el ejemplo del
Señor, pónganse al servicio los unos de los otros, y al de los demás fieles,
y estos últimos, a su vez asocien su trabajo con el de los pastores y
doctores. De este modo, en la diversidad, todos darán testimonio de la
admirable unidad del Cuerpo de Cristo; pues la misma diversidad de gracias,
servicios y funciones congrega en la unidad a los hijos de Dios, porque
"todas estas cosas son obras del único e idéntico Espíritu" (1 Cor. 12,11).
Si, pues, los seglares, por designación divina, tienen a Jesucristo por
hermano, que siendo Señor de todas las cosas vino, sin embargo, a servir y
no a ser servido (cf. Mt. 20,28), así también tienen por hermanos a quienes,
constituidos en el sagrado ministerio, enseñando, santificando y gobernando
con la autoridad de Cristo, apacientan la familia de Dios de tal modo que se
cumpla por todos el mandato nuevo de la caridad. A este respecto dice
hermosamente San Agustín: "Si me aterra el hecho de lo que soy para
vosotros, eso mismo me consuela, porque estoy con vosotros. Para vosotros
soy el obispo, con vosotros soy el cristiano. Aquél es el nombre del cargo;
éste de la gracia; aquél el del peligro; éste, el de la salvación".
El apostolado de los laicos
Los laicos
congregados en el Pueblo de Dios y constituidos en un solo Cuerpo de Cristo
bajo una sola Cabeza, cualesquiera que sean, están llamados, a fuer de
miembros vivos, a procurar el crecimiento de la Iglesia y su perenne
santificación con todas sus fuerzas, recibidas por beneficio del Creador y
gracia del Redentor.
El apostolado de
los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, a
cuyo apostolado todos están llamados por el mismo Señor en razón del
bautismo y de la confirmación. Por los sacramentos, especialmente por la
Sagrada Eucaristía, se comunica y se nutre aquel amor hacia Dios y hacia los
hombres, que es el alma de todo apostolado. Los laicos, sin embargo, están
llamados, particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia en los
lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a
través de ellos. Así, pues, todo laico, por los mismos dones que le han sido
conferidos, se convierte en testigo e instrumento vivo, a la vez, de la
misión de la misma Iglesia "en la medida del don de Cristo" (Ef. 4,7).
Además de este
apostolado, que incumbe absolutamente a todos los fieles, los laicos pueden
también ser llamados de diversos modos a una cooperación más inmediata con
el apostolado de la jerarquía, como aquellos hombres y mujeres que ayudaban
al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho en el Señor (cf.
Fil. 4,3; Rom. 16,3ss.). Por los demás, son aptos para que la jerarquía les
confíe el ejercicio de determinados cargos eclesiásticos, ordenados a un fin
espiritual.
Así, pues,
incumbe a todos los laicos colaborar en la hermosa empresa de que el divino
designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los
tiempos y de todas las tierras. Abraseles, pues, camino por doquier para
que, a la medida de sus fuerzas y de las necesidades de los tiempos,
participen también ellos, celosamente, en la misión salvadora de la Iglesia.
Consagración del mundo
Cristo Jesús,
Supremo y eterno sacerdote porque desea continuar su testimonio y su
servicio por medio de los laicos, vivifica a éstos con su Espíritu e
ininterrumpidamente los impulsa a toda obra buena y perfecta. Pero aquellos
a quienes asocia íntimamente a su vida y misión también les hace partícipes
de su oficio sacerdotal, en orden al ejercicio del culto espiritual, para
gloria de Dios y salvación de los hombres. Por lo que los laicos, en cuanto
consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, tienen una vocación
admirable y son instruidos para que en ellos se produzcan siempre los más
abundantes frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, preces y proyectos
apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso
del alma y de cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias
de la vida si se sufren pacientemente, se convierten en "hostias
espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo" (1 Pe. 2,5), que en la
celebración de la Eucaristía, con la oblación del cuerpo del Señor, ofrecen
piadosísimamente al Padre. Así también los laicos, como adoradores en todo
lugar y obrando santamente, consagran a Dios el mundo mismo.
El testimonio de su vida
Cristo, el gran
Profeta, que por el testimonio de su vida y por la virtud de su palabra
proclamó el Reino del Padre, cumple su misión profética hasta la plena
manifestación de la gloria, no sólo a través de la jerarquía, que enseña en
su nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes
por ello, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la
gracia de la palabra (cf. Act. 2,17-18; Ap. 19,10) para que la virtud del
Evangelio brille en la vida cotidiana familiar y social. Ellos se muestran
como hijos de la promesa cuando fuertes en la fe y la esperanza aprovechan
el tiempo presente (cf. Ef. 5,16; Col. 4,5) y esperan con paciencia la
gloria futura (cf. Rom. 8,25). Pero que no escondan esta esperanza en la
interioridad del alma, sino manifiéstenla en diálogo continuo y en el
forcejeo "con los espíritus malignos" (Ef. 6,12), incluso a través de las
estructuras de la vida secular. Así como los sacramentos de la Nueva Ley,
con los que se nutre la vida y el apostolado de los fieles, prefiguran el
cielo nuevo y la tierra nueva (cf. Ap. 21,1), así los laicos, se hacen
valiosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos (cf. Heb. 11,1),
así asocian, sin desmayo, la profesión de fe con la vida de fe. Esta
evangelización, es decir, el mensaje de Cristo, pregonado con el testimonio
de la vida y de la palabra, adquiere una nota específica y una peculiar
eficacia por el hecho de que se realiza dentro de las comunes condiciones de
la vida en el mundo.
En este quehacer
es de gran valor aquel estado de vida que está santificado por un especial
sacramento, es decir, la vida matrimonial y familiar. Aquí se encuentra un
ejercicio y una hermosa escuela para el apostolado de los laicos cuando la
religión cristiana penetra toda institución de la vida y la transforma más
cada día. Aquí los cónyuges tienen su propia vocación para que ellos, entre
sí, y sus hijos, sean testigos de la fe y del amor de Cristo. La familia
cristiana proclama muy alto tanto las presentes virtudes del Reino de Dios
como la esperanza de la vida bienaventurada. Y así, con su ejemplo y
testimonio, arguye al mundo el pecado e ilumina a los que buscan la verdad.
Por tanto, los
laicos, también cuando se ocupan de las cosas temporales, pueden y deben
realizar una acción preciosa en orden a la evangelización del mundo. Porque
si bien algunos de entre ellos, al faltar los sagrados ministros o estar
impedidos éstos en caso de persecución, les suplen en determinados oficios
sagrados en la medida de sus facultades, y aunque muchos de ellos consumen
todas sus energías en el trabajo apostólico, conviene, sin embargo, que
todos cooperen a la dilatación e incremento del Reino de Cristo en el mundo.
Por ello, trabajen los laicos celosamente por conocer más profundamente la
verdad revelada e impetren insistentemente de Dios el don de la sabiduría.
En las estructuras humanas
Cristo, hecho
obediente hasta la muerte y, en razón de ello, exaltado por el Padre (cf.
Flp. 2,8-9), entró en la gloria de su reino; a El están sometidas todas las
cosas hasta que El se someta a sí mismo y todo lo creado al Padre, para que
Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 Cor. 15,27-28). Tal potestad la
comunicó a sus discípulos para que quedasen constituidos en una libertad
regia, y con la abnegación y la vida santa vencieran en sí mismos el reino
del pecado (cf. Rom. 6,12), e incluso sirviendo a Cristo también en los
demás, condujeran en humildad y paciencia a sus hermanos hasta aquel Rey, a
quien servir es reinar. Porque el Señor desea dilatar su Reino también por
mediación de los fieles laicos; un reino de verdad y de vida, un reino de
santidad y de gracia, un reino de justicia, de amor y de paz, en el cual la
misma criatura quedará libre de la servidumbre de la corrupción en la
libertad de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rom. 8,21). Grande,
realmente, es la promesa, y grande el mandato que se da a los discípulos.
"Todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de
Dios" (1 Cor. 3,23). Deben, pues, los fieles conocer la naturaleza íntima de
todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios y, además,
deben ayudarse entre sí, también mediante las actividades seculares, para
lograr una vida más santa, de suerte que el mundo se impregne del espíritu
de Cristo y alcance más eficazmente su fin en la justicia, la caridad y la
paz. Para que este deber pueda cumplirse en el ámbito universal, corresponde
a los laicos el puesto principal. Procuren, pues, seriamente que por su
competencia en los asuntos profanos y por su actividad, elevada desde dentro
por la gracia de Cristo, los bienes creados se desarrollen al servicio de
todos y cada uno de los hombres y se distribuyan mejor entre ellos, según el
plan del Creador y la iluminación de su Verbo, mediante el trabajo humano,
la técnica y la cultura civil; y que a su manera conduzcan a los hombres al
progreso universal en la libertad cristiana y humana. Así Cristo, a través
de los miembros de la Iglesia, iluminará más y más con su luz salvadora a
toda la sociedad humana. A más de lo dicho, los laicos procuren coordinar
sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo, si en
algún caso incitan al pecado, de modo que todo esto se conforme a las normas
de la justicia y favorezca, más bien que impida, la practica de las
virtudes. Obrando así impregnarán de sentido moral la cultura y el trabajo
humano. De esta manera se prepara a la vez y mejor el campo del mundo para
la siembra de la divina palabra, y se abren de par en par a la Iglesia las
puertas por las que ha de entrar en el mundo el mensaje de la paz.
En razón de la
misma economía de la salvación, los fieles han de aprender diligentemente a
distinguir entre los derechos y obligaciones que les corresponden por su
pertenencia a la Iglesia y aquellos otros que les competen como miembros de
la sociedad humana. Procuren acoplarlos armónicamente entre sí, recordando
que, en cualquier asunto temporal, deben guiarse por la conciencia
cristiana, ya que ninguna actividad humana, ni siquiera en el orden
temporal, puede sustraerse al imperio de Dios. En nuestro tiempo,
concretamente, es de la mayor importancia que esa distinción y esta armonía
brille con suma claridad en el comportamiento de los fieles para que la
misión de la Iglesia pueda responder mejor a las circunstancias particulares
del mundo de hoy. Porque, así como debe reconocerse que la ciudad terrena,
vinculada justamente a las preocupaciones temporales, se rige por principios
propios, con la misma razón hay que rechazar la infausta doctrina que
intenta edificar a la sociedad prescindiendo en absoluta de la religión y
que ataca o destruye la libertad religiosa de los ciudadanos.
Relaciones de los laicos con la jerarquía
Los laicos, como
todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con abundancia, de
los sagrados pastores, de entre los bienes espirituales de la Iglesia, ante
todo, los auxilios de la Palabra de Dios y de los sacramentos; y han de
hacerles saber, con aquella libertad y confianza digna de Dios y de los
hermanos en Cristo, sus necesidades y sus deseos. En la medida de los
conocimientos, de la competencia y del prestigio que poseen, tienen el
derecho y, en algún caso, la obligación de manifestar su parecer sobre
aquellas cosas que dicen relación al bien de la Iglesia. Hágase esto, si las
circunstancias lo requieren, mediante instituciones establecidas al efecto
por la Iglesia, y siempre con veracidad, fortaleza y prudencia, con
reverencia y caridad hacia aquellos que, por razón de su oficio sagrado,
personifican a Cristo.
Procuren los
seglares, como los demás fieles, siguiendo el ejemplo de Cristo, que con su
obediencia hasta la muerte abrió a todos los hombres el gozoso camino de la
libertad de los hijos de Dios, aceptar con prontitud y cristiana obediencia
todo lo que los sagrados pastores, como representantes de Cristo, establecen
en la Iglesia actuando de maestros y gobernantes. Y no dejen de encomendar a
Dios en sus oraciones a sus prelados, para que, ya que viven en continua
vigilancia, obligados a dar cuenta de nuestras almas, cumplan esto con gozo
y no con angustia (cf. Heb. 13,17). Los sagrados pastores, por su parte,
reconozcan y promuevan la dignidad y la responsabilidad de los laicos en la
Iglesia. Hagan uso gustosamente de sus prudentes consejos, encárguenles, con
confianza, tareas en servicio de la Iglesia, y déjenles libertad y espacio
para actuar, e incluso denles ánimo para que ellos, espontáneamente, asuman
tareas propias. Consideren atentamente en Cristo, con amor de padres, las
iniciativas, las peticiones y los deseos propuestos por los laicos. Y
reconozcan cumplidamente los pastores la justa libertad que a todos compete
dentro de la sociedad temporal.
De este trato
familiar entre los laicos y pastores son de esperar muchos bienes para la
Iglesia, porque así se robustece en los seglares el sentido de su propia
responsabilidad, se fomenta el entusiasmo y se asocian con mayor facilidad
las fuerzas de los fieles a la obra de los pastores. Pues estos últimos,
ayudados por la experiencia de los laicos, pueden juzgar con mayor precisión
y aptitud lo mismo los asuntos espirituales que los temporales, de suerte
que la Iglesia entera, fortalecida por todos sus miembros, pueda cumplir con
mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo.
Conclusión
Cada seglar debe
ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y
señal del Dios vivo. Todos en conjunto y cada cual en particular deben
alimentar al mundo con frutos espirituales (cf. Gal. 5,22) e infundirle
aquel espíritu del que están animados aquellos pobres, mansos y pacíficos, a
quienes el Señor, en el Evangelio, proclamó bienaventurados (cf. Mt. 5,3-9).
En una palabra, "lo que es el alma en el cuerpo, esto han de ser los
cristianos en el mundo".
CAP. V: UNIVERSAL VOCACION A LA SANTIDAD EN LA IGLESIA.
Llamamiento a la santidad
La Iglesia, cuyo
misterio expone este sagrado Concilio, creemos que es indefectiblemente
santa, ya que Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y el Espíritu
llamamos "el solo Santo", amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a
sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef. 5,25-26), la unió a sí mismo
como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para
gloria de Dios. Por eso, todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía,
ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad, según aquello del
Apóstol : "Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación" (1
Tes. 4,3; Ef. 1,4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta incesantemente
y se debe manifestar en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce
en los fieles; se expresa de múltiples modos en todos aquellos que, con
edificación de los demás, se acercan en su propio estado de vida a la cumbre
de la caridad; pero aparece de modo particular en la práctica de los que
comúnmente llamamos consejos evangélicos. Esta práctica de los consejos, que
por impulso del Espíritu Santo algunos cristianos abrazan, tanto en forma
privada como en una condición o estado admitido por la Iglesia, da en el
mundo, y conviene que lo dé, un espléndido testimonio y ejemplo de esa
santidad.
El Divino Maestro y modelo de toda perfección
Nuestro Señor
Jesucristo predicó la santidad de vida, de la que El es Maestro y Modelo, a
todos y cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que fuesen. "Sed,
pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto" (Mt. 5,
48). Envió a todos el Espíritu Santo, que los moviera interiormente, para
que amen a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y
con todas las fuerzas (cf. Mc. 12,30), y para que se amen unos a otros como
Cristo nos amó (cf. Jn. 13,34; 15,12). Los seguidores de Cristo, llamados
por Dios, no en virtud de sus propios méritos, sino por designio y gracia de
El, y justificados en Cristo Nuestro Señor, en la fe del bautismo han sido
hechos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo
santos; conviene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan
conservarla y perfeccionarla en su vida, con la ayuda de Dios. Les amonesta
el Apóstol a que vivan "como conviene a los santos" (Ef. 5,3, y que "como
elegidos de Dios, santos y amados, se revistan de entrañas de misericordia,
benignidad, humildad, modestia, paciencia" (Col. 3,12) y produzcan los
frutos del Espíritu para santificación (cf. Gal. 5,22; Rom. 6,22). Pero como
todos tropezamos en muchas cosas (cf. Sant. 3,2), tenemos continua necesidad
de la misericordia de Dios y hemos de orar todos los días: "Perdónanos
nuestras deudas" (Mt. 6, 12).
Fluye de ahí la
clara consecuencia que todos los fieles, de cualquier estado o condición,
son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la
caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad
terrena, un nivel de vida más humano. Para alcanzar esa perfección, los
fieles, según la diversas medida de los dones recibidos de Cristo, siguiendo
sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del
Padre, deberán esforzarse para entregarse totalmente a la gloria de Dios y
al servicio del prójimo. Así la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos
abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la Iglesia la
vida de tantos santos.
La santidad en los diversos estados
Una misma es la
santidad que cultivan en cualquier clase de vida y de profesión los que son
guiados por el espíritu de Dios y, obedeciendo a la voz del Padre, adorando
a Dios y al Padre en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y
cargado con la cruz, para merecer la participación de su gloria. Según eso,
cada uno según los propios dones y las gracias recibidas, debe caminar sin
vacilación por el camino de la fe viva, que excita la esperanza y obra por
la caridad. Es menester, en primer lugar, que los pastores del rebaño de
Cristo cumplan con su deber ministerial, santamente y con entusiasmo, con
humildad y fortaleza, según la imagen del Sumo y Eterno sacerdote, pastor y
obispo de nuestras almas; cumplido así su ministerio, será para ellos un
magnífico medio de santificación. Los escogidos a la plenitud del sacerdocio
reciben como don, con la gracia sacramental, el poder ejercitar el perfecto
deber de su pastoral caridad con la oración, con el sacrificio y la
predicación, en todo género de preocupación y servicio episcopal, sin miedo
de ofrecer la vida por sus ovejas y haciéndose modelo de la grey (cf. 1 Pe.
5,13). Así incluso con su ejemplo, han de estimular a la Iglesia hacia una
creciente santidad.
Los presbíteros,
a semejanza del orden de los Obispos, cuya corona espiritual forman
participando de la gracia del oficio de ellos por Cristo, eterno y único
Mediador, crezcan en el amor de Dios y del prójimo por el ejercicio
cotidiano de su deber; conserven el vínculo de la comunión sacerdotal;
abunden en toda clase de bienes espirituales y den a todos un testimonio
vivo de Dios, emulando a aquellos sacerdotes que en el transcurso de los
siglos nos dejaron muchas veces con un servicio humilde y escondido,
preclaro ejemplo de santidad, cuya alabanza se difunde por la Iglesia de
Dios. Ofrezcan, como es su deber, sus oraciones y sacrificios por su grey y
por todo el Pueblo de Dios, conscientes de lo que hacen e imitando lo que
tratan. Así, en vez de encontrar un obstáculo en sus preocupaciones
apostólicas, peligros y contratiempos, sírvanse más bien de todo ello para
elevarse a más alta santidad, alimentando y fomentando su actividad con la
frecuencia de la contemplación, para consuelo de toda la Iglesia de Dios.
Todos los presbíteros, y en particular los que por el título peculiar de su
ordenación se llaman sacerdotes diocesanos, recuerden cuánto contribuirá a
su santificación el fiel acuerdo y la generosa cooperación con su propio
Obispo. Son también participantes de la misión y de la gracia del supremo
sacerdote, de una manera particular, los ministros de orden inferior, en
primer lugar los diáconos, los cuales, al dedicarse a los misterios de
Cristo y de la Iglesia, deben conservarse inmunes de todo vicio y agradar a
Dios y ser ejemplo de todo lo bueno ante los hombres (cf. 1 Tim. 3,8-10;
12-13). Los clérigos, que llamados por Dios y apartados para su servicio se
preparan para los deberes de los ministros bajo la vigilancia de los
pastores, están obligados a ir adaptando su manera de pensar y sentir a tan
preclara elección, asiduos en la oración, fervorosos en el amor, preocupados
siempre por la verdad, la justicia, la buena fama, realizando todo para
gloria y honor de Dios. A los cuales todavía se añaden aquellos seglares,
escogidos por Dios, que, entregados totalmente a las tareas apostólicas, son
llamados por el Obispo y trabajan en el campo del Señor con mucho fruto.
Conviene que los
cónyuges y padres cristianos, siguiendo su propio camino, se ayuden el uno
al otro en la gracia, con la fidelidad en su amor a lo largo de toda la
vida, y eduquen en la doctrina cristiana y en las virtudes evangélicas a la
prole que el Señor les haya dado. De esta manera ofrecen al mundo el ejemplo
de una incansable y generoso amor, construyen la fraternidad de la caridad y
se presentan como testigos y cooperadores de la fecundidad de la Madre
Iglesia, como símbolo y al mismo tiempo participación de aquel amor con que
Cristo amó a su Esposa y se entregó a sí mismo por ella. Un ejemplo análogo
lo dan los que, en estado de viudez o de celibato, pueden contribuir no poco
a la santidad y actividad de la Iglesia. Y por su lado, los que viven
entregados al duro trabajo conviene que en ese mismo trabajo humano busquen
su perfección, ayuden a sus conciudadanos, traten de mejorar la sociedad
entera y la creación, pero traten también de imitar, en su laboriosa
caridad, a Cristo, cuyas manos se ejercitaron en el trabajo manual, y que
continúa trabajando por la salvación de todos en unión con el Padre; gozosos
en la esperanza, ayudándose unos a otros en llevar sus cargas, y sirviéndose
incluso del trabajo cotidiano para subir a una mayor santidad, incluso
apostólica. Sepan también que están unidos de una manera especial con Cristo
en sus dolores por la salvación del mundo todos los que se ven oprimidos por
la pobreza, la enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos o
padecen persecución por la justicia: todos aquellos a quienes el Señor en su
Evangelio llamó Bienaventurados, y a quienes: "El Señor... de toda gracia,
que nos llamó a su eterna gloria en Cristo Jesús, después de un poco de
sufrimiento, nos perfeccionará El mismo, nos confirmará, nos solidificará"
(1 Pe. 5,10).
Por consiguiente,
todos los fieles cristianos, en cualquier condición de vida, de oficio o de
circunstancias, y precisamente por medio de todo eso, se podrán santificar
de día en día, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre
Celestial, con tal de cooperar con la voluntad divina, manifestando a todos,
incluso en el servicio temporal, la caridad con que Dios amó al mundo.
Los consejos evangélicos
"Dios es caridad
y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en El" (1 Jn.
4,16). Y Dios difundió su caridad en nuestros corazones por el Espíritu
Santo que se nos ha dado (cf. Rom. 5,5). Por consiguiente, el don principal
y más necesario es la caridad con la que amamos a Dios sobre todas las cosas
y al prójimo por El. Pero a fin de que la caridad crezca en el alma como una
buena semilla y fructifique, debe cada uno de los fieles oír de buena gana
la Palabra de Dios y cumplir con las obras de su voluntad, con la ayuda de
su gracia, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la
Eucaristía, y en otras funciones sagradas, y aplicarse de una manera
constante a la oración, a la abnegación de sí mismo, a un fraterno y
solícito servicio de los demás y al ejercicio de todas las virtudes. Porque
la caridad, como vínculo de la perfección y plenitud de la ley (cf. Col.
3,14), gobierna todos los medios de santificación, los informa y los conduce
a su fin. De ahí que el amor hacia Dios y hacia el prójimo sea la
característica distintiva del verdadero discípulo de Cristo.
Así como Jesús,
el Hijo de Dios, manifestó su caridad ofreciendo su vida por nosotros, nadie
tiene un mayor amor que el que ofrece la vida por El y por sus hermanos (cf.
1 Jn. 3,16; Jn. 15,13). Pues bien, ya desde los primeros tiempos algunos
cristianos se vieron llamados, y siempre se encontrarán otros llamados a dar
este máximo testimonio de amor delante de todos, principalmente delante de
los perseguidores. El martirio, por consiguiente, con el que el discípulo
llega a hacerse semejante al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la
salvación del mundo, asemejándose a El en el derramamiento de su sangre, es
considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la
caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados
para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de
la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia. La
santidad de la Iglesia se fomenta también de una manera especial en los
múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los
observen sus discípulos, entre los que descuella el precioso don de la
gracia divina que el Padre da a algunos (cf. Mt. 19,11; 1 Cor. 7,7) de
entregarse más fácilmente sólo a Dios en la virginidad o en el celibato, sin
dividir con otro su corazón (cf. 1 Cor. 7,32-34). Esta perfecta continencia
por el reino de los cielos siempre ha sido considerada por la Iglesia en
grandísima estima, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial
extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo.
La Iglesia
considera también la amonestación del Apóstol, quien, animando a los fieles
a la práctica de la caridad, les exhorta a que "sientan en sí lo que se debe
sentir en Cristo Jesús", que "se anonadó a sí mismo tomando la forma de
esclavo... hecho obediente hasta la muerte" (Flp. 2,7-8), y por nosotros "
se hizo pobre, siendo rico" (2 Cor. 8,9). Y como este testimonio e imitación
de la caridad y humildad de Cristo, habrá siempre discípulos dispuestos a
darlo, se alegra la Madre Iglesia de encontrar en su seno a muchos, hombres
y mujeres, que sigan más de cerca el anonadamiento del Salvador y la ponen
en más clara evidencia, aceptando la pobreza con la libertad de los hijos de
Dios y renunciando a su propia voluntad, pues ésos se someten al hombre por
Dios en materia de perfección, más allá de lo que están obligados por el
precepto, para asemejarse más a Cristo obediente. Quedan, pues, invitados y
aun obligados todos los fieles cristianos a buscar la santidad y la
perfección de su propio estado. Vigilen, pues, todos por ordenar rectamente
sus sentimientos, no sea que en el uso de las cosas de este mundo y en el
apego a las riquezas, encuentren un obstáculo que les aparte, contra el
espíritu de pobreza evangélica, de la búsqueda de la perfecta caridad, según
el aviso del Apóstol: "Los que usan de este mundo, no se detengan en eso,
porque los atractivos de este mundo pasan" (cf. 1 Cor. 7,31).
CAP. VI: DE LOS RELIGIOSOS.
La profesión de los consejos evangélicos en la Iglesia
Los consejos
evangélicos, castidad ofrecida a Dios, pobreza y obediencia, como consejos
fundados en las palabras y ejemplos del Señor y recomendados por los
Apóstoles, por los padres, doctores y pastores de la Iglesia, son un don
divino que la Iglesia recibió del Señor, y que con su gracia se conserva
perpetuamente. La autoridad de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo,
se preocupó de interpretar esos consejos, de regular su práctica y de
determinar también las formas estables de vivirlos. De ahí ha resultado que
han ido creciendo, a la manera de un árbol que se ramifica espléndido y
pujante en el campo del Señor a partir de una semilla puesta por Dios,
formas diversísimas de vida monacal y cenobítica (vida solitaria y vida en
común) en gran variedad de familias que se desarrollan, ya para ventaja de
sus propios miembros, ya para el bien de todo el Cuerpo de Cristo. Y es que
esas familias ofrecen a sus miembros todas las condiciones para una mayor
estabilidad en su modo de vida, una doctrina experimentada para conseguir la
perfección, una comunidad fraterna en la milicia de Cristo y una libertad
mejorada por la obediencia, en modo de poder guardar fielmente y cumplir con
seguridad su profesión religiosa, avanzando en la vida de la caridad con
espíritu gozoso. Un estado, así, en la divina y jerárquica constitución de
la Iglesia, no es un estado intermedio entre la condición del clero y la
condición seglar, sino que de ésta y de aquélla se sienten llamados por Dios
algunos fieles al goce de un don particular en la vida de la Iglesia para
contribuir, cada uno a su modo, en la misión salvífica de ésta.
Naturaleza e importancia del estado religioso en la Iglesia
Por los votos, o
por otros sagrados vínculos análogos a ellos a su manera, se obliga el fiel
cristiano a la práctica de los tres consejos evangélicos antes citados,
entregándose totalmente al servicio de Dios sumamente amado, en una entrega
que crea en él una especial relación con el servicio y la gloria de Dios. Ya
por el bautismo había muerto el pecado y se había consagrado a Dios; ahora,
para conseguir un fruto más abundante de la gracia bautismal trata de
liberarse, por la profesión de los consejos evangélicos en la Iglesia, de
los impedimentos que podrían apartarle del fervor de la caridad y de la
perfección del culto divino, y se consagra más íntimamente al divino
servicio. Esta consagración será tanto más perfecta cuanto por vínculos más
firmes y más estables se represente mejor a Cristo, unido con vínculo
indisoluble a su Esposa, la Iglesia.
Y como los
consejos evangélicos tienen la virtud de unir con la Iglesia y con su
ministerio de una manera especial a quienes los practican, por la caridad a
la que conducen, la vida espiritual de éstos es menester que se consagre al
bien de toda la Iglesia. De ahí hace el deber de trabajar según las fuerzas
y según la forma de la propia vocación, sea con la oración, sea con la
actividad laboriosa, por implantar o robustecer en las almas el Reino de
Cristo y dilatarlo por el ancho mundo. De ahí también que la Iglesia proteja
y favorezca la índole propia de los diversos Institutos religiosos. Por
consiguiente, la profesión de los consejos evangélicos aparece como un
distintivo que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la
Iglesia a cumplir sin desfallecimiento los deberes de la vocación cristiana.
Porque, al no tener el Pueblo de Dios una ciudadanía permanente en este
mundo, sino que busca la futura, el estado religioso, que deja más libres a
sus seguidores frente a los cuidados terrenos, manifiesta mejor a todos los
presentes los bienes celestiales -presentes incluso en esta vida- y, sobre
todo, da un testimonio de la vida nueva y eterna conseguida por la redención
de Cristo y preanuncia la resurrección futura y la gloria del Reino
celestial. Y ese mismo estado imita más de cerca y representa perpetuamente
en la Iglesia aquella forma de vida que el Hijo de Dios escogió al venir al
mundo para cumplir la voluntad del Padre y que dejó propuesta a los
discípulos que quisieran seguirle. Finalmente, pone a la vista de todos, de
una manera peculiar, la elevación del Reino de Dios sobre todo lo terreno y
sus grandes exigencias; demuestra también a la Humanidad entera la
maravillosa grandeza de la virtud de Cristo que reina y el infinito poder
del Espíritu Santo que obra maravillas en su Iglesia.
Por consiguiente,
un estado cuya esencia está en la profesión de los consejos evangélicos,
aunque no pertenezca a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece,
sin embargo, de una manera indiscutible, a su vida y a su santidad.
Bajo la autoridad de la Iglesia
Siendo un deber
de la jerarquía eclesiástica al apacentar al Pueblo de Dios y conducirlo a
los pastos mejores (cf. Ez. 34,14), toca también a ella dirigir con la
sabiduría de sus leyes la práctica de los consejos evangélicos, con los que
se fomenta de un modo singular la perfección de la caridad hacia Dios y
hacia el prójimo. La misión jerarquía, siguiendo dócilmente el impulso del
Espíritu Santo admite las reglas propuestas por varones y mujeres ilustres,
y las aprueba auténticamente después de una más completa ordenación, y,
además está presente con su autoridad vigilante y protectora en el
desarrollo de los Institutos, erigidos por todas partes para la edificación
del Cuerpo de Cristo, a fin de que crezcan y florezcan en todos modos, según
el espíritu de sus fundadores.
El Sumo
Pontífice, por razón de su primado sobre toda la Iglesia, mirando a la mejor
providencia por las necesidades de toda la grey del Señor, puede eximir de
la jurisdicción de los ordinarios y someter a su sola autoridad cualquier
Instituto de perfección y a todos y cada uno de sus miembros. Y por la misma
razón pueden ser éstos dejados o confiados a la autoridad patriarcal propia.
Los miembros de estos Institutos, en el cumplimiento de sus deberes para con
la Iglesia según la forma peculiar de su Instituto, deben prestar a los
Obispos la debida reverencia y obediencia según las leyes canónicas, por su
autoridad pastoral en las Iglesias particulares y por la necesaria unidad y
concordia en el trabajo apostólico. La Iglesia no sólo eleva con su sanción
la profesión religiosa a la dignidad de un estado canónico, sino que la
presenta en la misma acción litúrgica como un estado consagrado a Dios. Ya
que la misma Iglesia, con la autoridad recibida de Dios, recibe los votos de
los profesos, les obtiene del Señor, con la oración pública, los auxilios y
la gracia divina, les encomienda a Dios y les imparte una bendición
espiritual, asociando su oblación al sacrificio eucarístico.
Estima de la profesión de los consejos evangélicos
Pongan, pues,
especial solicitud los religiosos en que, por ellos, la Iglesia demuestre
mejor cada día a fieles e infieles, el Cristo, ya sea entregado a la
contemplación en el monte, ya sea anunciando el Reino de Dios a las turbas,
sanando enfermos y heridos, convirtiendo los pecadores a una vida correcta,
bendiciendo a los niños, haciendo el bien a todos, siempre obediente a la
voluntad del Padre que le envió.
Tengan por fin
todos bien entendido que la profesión de los consejos evangélicos, aunque
lleva consigo la renuncia de bienes que indudablemente se han de tener en
mucho, sin embargo, no es un impedimento para el desarrollo de la persona
humana, sino que, por su misma naturaleza, la favorece grandemente. Porque
los consejos evangélicos, aceptados voluntariamente según la vocación
personal de cada uno, contribuyen no poco a la purificación del corazón y a
la libertad del espíritu, excitan continuamente el fervor de la caridad y,
sobre todo, como se demuestra con el ejemplo de tantos santos fundadores,
son capaces de asemejar más la vida del hombre cristiano con la vida
virginal y pobre que para sí escogió Cristo Nuestro Señor y abrazó su Madre
la Virgen. Ni piense nadie que los religiosos por su consagración, se hacen
extraños a la Humanidad o inútiles para la ciudad terrena. Porque, aunque en
algunos casos no estén directamente presente ante los coetáneos, los tienen,
sin embargo, presentes, de un modo más profundo, en las entrañas de Cristo y
cooperan con ellos espiritualmente para que la edificación de la ciudad
terrena se funde siempre en Dios y se dirija a El, "no sea que trabajen en
vano los que la edifican". Por eso, este Sagrado Sínodo confirma y alaba a
los hombres y mujeres, hermanos y hermanas que, en los monasterios, en las
escuelas y hospitales o en las misiones, ilustran a la Esposa de Cristo con
la constante y humilde fidelidad en su consagración y ofrecen a todos los
hombres generosamente los más variados servicios.
Perseverancia
Esmérese por
consiguiente todo el que haya sido llamado a la profesión de esos consejos,
por perseverar y destacarse en la vocación a la que ha sido llamado, para
que más abunde la santidad en la Iglesia y para mayor gloria de la Trinidad,
una e indivisible, que en Cristo y por Cristo es la fuente y origen de toda
santidad.
CAP. VII: INDOLE ESCATOLOGICA DE LA IGLESIA PEREGRINANTE Y SU UNION CON LA IGLESIA CELESTIAL.
Indole escatológica de nuestra vocación en la Iglesia
La Iglesia a la
que todos hemos sido llamados en Cristo Jesús y en la cual, por la gracia de
Dios, conseguimos la santidad, no será llevada a su plena perfección sino
"cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas" (Act. 3,21)
y cuando, con el género humano, también el universo entero, que está
íntimamente unido con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente
renovado (cf. Ef. 1,10; Col. 1,20; 2 Pe. 3,10-13). Porque Cristo levantado
en alto sobre la tierra atrajo hacia Sí a todos los hombres (cf. J. 12,32);
resucitando de entre los muertos (cf. Rom. 6,9) envió a su Espíritu
vivificador sobre sus discípulos y por El constituyó a su Cuerpo que es la
Iglesia, como Sacramento universal de salvación; estando sentado a la
diestra del Padre, sin cesar actúa en el mundo para conducir a los hombre a
su Iglesia y por Ella unirlos a Sí más estrechamente, y alimentándolos con
su propio Cuerpo y Sangre hacerlos partícipes de su vida gloriosa. Así que
la restauración prometida que esperamos, ya comenzó en Cristo, es impulsada
con la venida del Espíritu Santo y continúa en la Iglesia, en la cual por la
fe somos instruidos también acerca del sentido de nuestra vida temporal, en
tanto que con la esperanza de los bienes futuros llevamos a cabo la obra que
el Padre nos ha confiado en el mundo y labramos nuestra salvación (cf. Flp.
2,12). La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, hasta nosotros (cf. 1
Cor. 10,11), y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y
empieza a realizarse en cierto modo en el siglo presente, ya que la Iglesia,
aun en la tierra, se reviste de una verdadera, si bien imperfecta, santidad.
Y mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que tenga su morada
la santidad (cf. 2 Pe. 3,13), la Iglesia peregrinante, en sus sacramentos e
instituciones, que pertenecen a este tiempo, lleva consigo la imagen de este
mundo que pasa, y Ella misma vive entre las criaturas que gimen entre
dolores de parto hasta el presente, en espera de la manifestación de los
hijos de Dios (cf. Rom. 8,19-22).
Unidos, pues, a
Cristo en la Iglesia y sellados con el sello del Espíritu Santo, "que es
prenda de nuestra herencia" (Ef. 1,14), somos llamados hijos de Dios y lo
somos de verdad (cf. 1 Jn. 3,1); pero todavía no hemos sido manifestados con
Cristo en aquella gloria (cf. Col. 3,4), en la que seremos semejantes a
Dios, porque lo veremos tal cual es (cf. 1 Jn. 3,2). Por tanto, "mientras
habitamos en este cuerpo, vivimos en el destierro lejos del Señor" (2 Cor.
5,6), y aunque poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro
interior (cf. Rom. 8,23) y ansiamos estar con Cristo (cf. Flp. 1,23). Ese
mismo amor nos apremia a vivir más y más para Aquel que murió y resucitó por
nosotros (cf. 2 Cor. 5,15). Por eso ponemos toda nuestra voluntad en agradar
al Señor en todo (cf. 2 Cor. 5,9), y nos revestimos de la armadura de Dios
para permanecer firmes contra las asechanzas del demonio y poder resistir en
el día malo (cf. Ef. 6,11-13). Y como no sabemos ni el día ni la hora, por
aviso del Señor, debemos vigilar constantemente para que, terminado el único
plazo de nuestra vida terrena (cf. Heb. 9,27), si queremos entrar con El a
las nupcias merezcamos ser contados entre los escogidos (cf. Mt. 25,31-46);
no sea que, como aquellos siervos malos y perezosos (cf. Mt. 25,26), seamos
arrojados al fuego eterno (cf. Mt. 25,41), a las tinieblas exteriores en
donde "habrá llanto y rechinar de dientes" (Mt. 22,13-25,30). En efecto,
antes de reinar con Cristo glorioso, todos debemos comparecer "ante el
tribunal de Cristo para dar cuenta cada cual según las obras buenas o malas
que hizo en su vida mortal (2 Cor. 5,10); y al fin del mundo "saldrán los
que obraron el bien, para la resurrección de vida; los que obraron el mal,
para la resurrección de condenación" (Jn. 5,29; cf. Mt. 25,46). Teniendo,
pues, por cierto, que "los padecimientos de esta vida presente son nada en
comparación con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros" (Rom.
8,18; cf. 2 Tim. 2,11-12), con fe firme esperamos el cumplimiento de "la
esperanza bienaventurada y la llegada de la gloria del gran Dios y Salvador
nuestro Jesucristo" (Tit. 2,13), quien "transfigurará nuestro pobre cuerpo
en un cuerpo glorioso semejante al suyo" (Flp. 3,21) y vendrá "para ser"
glorificado en sus santos y para ser "la admiración de todos los que han
tenido fe" (2 Tes. 1,10).
Comunión de la Iglesia celestial con la Iglesia peregrinante
Así, pues, hasta
cuando el Señor venga revestido de majestad y acompañado de todos sus
ángeles (cf. Mt. 25,3) y destruida la muerte le sean sometidas todas las
cosas (cf. 1 Cor. 15,26-27), algunos entre sus discípulos peregrinan en la
tierra otros, ya difuntos, se purifican, mientras otros son glorificados
contemplando claramente al mismo Dios, Uno y Trino, tal cual es; mas todos,
aunque en grado y formas distintas, estamos unidos en fraterna caridad y
cantamos el mismo himno de gloria a nuestro Dios. Porque todos los que son
de Cristo y tienen su Espíritu crecen juntos y en El se unen entre sí,
formando una sola Iglesia (cf. Ef. 4,16). Así que la unión de los peregrinos
con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se
interrumpe; antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se fortalece
con la comunicación de los bienes espirituales. Por lo mismo que los
bienaventurados están más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más
eficazmente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella
misma ofrece a Dios en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más
dilatada edificación (cf. 1 Cor. 12,12-27). Porque ellos llegaron ya a la
patria y gozan "de la presencia del Señor" (cf. 2 Cor. 5,8); por El, con El
y en El no cesan de interceder por nosotros ante el Padre, presentando por
medio del único Mediador de Dios y de los hombres, Cristo Jesús ( 1 Tim.
2,5), los méritos que en la tierra alcanzaron; sirviendo al Señor en todas
las cosas y completando en su propia carne, en favor del Cuerpo de Cristo
que es la Iglesia lo que falta a las tribulaciones de Cristo (cf. Col.
1,24). Su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad.
Relaciones de la Iglesia peregrinante con la Iglesia celestial
La Iglesia de los
peregrinos desde los primeros tiempos del cristianismo tuvo perfecto
conocimiento de esta comunión de todo el Cuerpo Místico de Jesucristo, y así
conservó con gran piedad el recuerdo de los difuntos, y ofreció sufragios
por ellos, "porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los
difuntos para que queden libres de sus pecados" (2 Mac. 12,46). Siempre
creyó la Iglesia que los apóstoles y mártires de Cristo, por haber dado un
supremo testimonio de fe y de amor con el derramamiento de su sangre, nos
están íntimamente unidas; a ellos, junto con la Bienaventurada Virgen María
y los santos ángeles , profesó peculiar veneración e imploró piadosamente el
auxilio de su intercesión. A éstos, luego se unieron también aquellos otros
que habían imitado más de cerca la virginidad y la pobreza de Cristo, y, en
fin, otros, cuyo preclaro ejercicio de virtudes cristianas y cuyos divinos
carismas lo hacían recomendables a la piadosa devoción e imitación de los
fieles.
Al mirar la vida
de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos impulsan a
buscar la Ciudad futura (cf. Heb. 13,14-11,10), y al mismo tiempo aprendemos
cuál sea, entre las mundanas vicisitudes, al camino seguro conforme al
propio estado y condición de cada uno, que nos conduzca a la perfecta unión
con Cristo, o sea a la santidad. Dios manifiesta a los hombres en forma viva
su presencia y su rostro, en la vida de aquellos, hombres como nosotros que
con mayor perfección se transforman en la imagen de Cristo (cf. 2 Cor.
3,18). En ellos, El mismo nos habla y nos ofrece su signo de ese Reino suyo
hacia el cual somos poderosamente atraídos, con tan grande nube de testigos
que nos cubre (cf. Heb. 12,1) y con tan gran testimonio de la verdad del
Evangelio.
Y no sólo
veneramos la memoria de los santos del cielo por el ejemplo que nos dan,
sino aún más, para que la unión de la Iglesia en el Espíritu sea corroborada
por el ejercicio de la caridad fraterna (cf. Ef. 4,1-6). Porque así como la
comunión cristiana entre los viadores nos conduce más cerca de Cristo, así
el consorcio con los santos nos une con Cristo, de quien dimana como de
Fuente y Cabeza toda la gracia y la vida del mismo Pueblo de Dios. Conviene,
pues, en sumo grado, que amemos a estos amigos y coherederos de Jesucristo,
hermanos también nuestros y eximios bienhechores; rindamos a Dios las
debidas gracias por ello, "invoquémoslos humildemente y, para impetrar de
Dios beneficios por medio de su Hijo Jesucristo, único Redentor y Salvador
nuestro, acudamos a sus oraciones, ayuda y auxilios. En verdad, todo genuino
testimonio de amor ofrecido por nosotros a los bienaventurados, por su misma
naturaleza, se dirige y termina en Cristo, que es la "corona de todos los
santos", y por El a Dios, que es admirable en sus santos y en ellos es
glorificado". Nuestra unión con la Iglesia celestial se realiza en forma
nobilísima, especialmente cuando en la sagrada liturgia, en la cual "la
virtud del Espíritu Santo obra sobre nosotros por los signos sacramentales",
celebramos juntos, con fraterna alegría, la alabanza de la Divina Majestad,
y todos los redimidos por la Sangre de Cristo de toda tribu, lengua, pueblo
y nación (cf. Ap. 5,9), congregados en una misma Iglesia, ensalzamos con un
mismo cántico de alabanza de Dios Uno y Trino. Al celebrar, pues, el
Sacrificio Eucarístico es cuando mejor nos unimos al culto de la Iglesia
celestial en una misma comunión, "venerando la memoria, en primer lugar, de
la gloriosa siempre Virgen María, del bienaventurado José y de los
bienaventurados Apóstoles, mártires y santos todos".
El Concilio establece disposiciones pastorales
Este Sagrado
Sínodo recibe con gran piedad tan venerable fe de nuestros antepasados
acerca del consorcio vital con nuestros hermanos que están en la gloria
celestial o aún están purificándose después de la muerte; y de nuevo
confirma los decretos de los sagrados Concilios Niceno II, Florentino y
Tridentino. Junto con esto, por su solicitud pastoral, exhorta a todos
aquellos a quienes corresponde para que traten de apartar o corregir
cualesquiera abusos, excesos o defectos que acaso se hubieran introducido y
restauren todo conforme a la mejor alabanza de Cristo y de Dios. Enseñen,
pues, a los fieles que el auténtico culto a los santos no consiste tanto en
la multiplicidad de los actos exteriores cuanto en la intensidad de un amor
práctico, por el cual para mayor bien nuestro y de la Iglesia, buscamos en
los santos "el ejemplo de su vida, la participación de su intimidad y la
ayuda de su intercesión". Y, por otro lado, expliquen a los fieles que
nuestro trato con los bienaventurados, si se considera en la plena luz de la
fe, lejos de atenuar el culto latréutico debido a Dios Padre, por Cristo, en
el Espíritu Santo, más bien lo enriquece ampliamente.
Porque todos los
que somos hijos de Dios y constituimos una familia en Cristo (cf. Heb. 3,6),
al unirnos en mutua caridad y en la misma alabanza de la Trinidad,
correspondemos a la íntima vocación de la Iglesia y participamos con gusto
anticipado de la liturgia de la gloria perfecta del cielo. Porque cuando
Cristo aparezca y se verifique la resurrección gloriosa de los muertos, la
claridad de Dios iluminará la ciudad celeste y su Lumbrera será el Cordero (cf.
Ap. 21,24). Entonces toda la Iglesia de los santos, en la suma beatitud de
la caridad, adorará a Dios y "al Cordero que fue inmolado" (Ap. 5,12), a una
voz proclamando "Al que está sentado en el Trono y al Cordero: la alabanza
el honor y la gloria y el imperio por los siglos de los siglos" (Ap.
5,13-14).
CAP. VIII: LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARIA, MADRE DE DIOS, EN EL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA.
Proemio
El benignísimo y
sapientísimo Dios, al querer llevar a término la redención del mundo,
"cuando llegó la plenitud del tiempo, envió a su Hijo hecho de mujer... para
que recibiésemos la adopción de hijos" (Gal. 4,4-5). "El cual por nosotros,
los hombres, y por nuestra salvación, descendió de los cielos, y se encarnó
por obra del Espíritu Santo de María Virgen". Este misterio divino de
salvación se nos revela y continúa en la Iglesia, a la que el Señor
constituyó como su Cuerpo, y en ella los fieles, unidos a Cristo, su Cabeza,
en comunión con todos sus Santos, deben también venerar la memoria, "en
primer lugar, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y
Señor Jesucristo".
La Bienaventurada Virgen y la Iglesia
En efecto, la
Virgen María, que según el anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su
corazón y en su cuerpo y entregó la vida al mundo, es conocida y honrada
como verdadera Madre de Dios Redentor. Redimida de un modo eminente, en
atención a los futuros méritos de su Hijo y a El unida con estrecho e
indisoluble vínculo, está enriquecida con esta suma prerrogativa y dignidad:
ser la Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el
sagrario del Espíritu santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con
mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas. Al mismo tiempo ella
está unida en la estirpe de Adán con todos los hombres que han de ser
salvados; más aún, es verdaderamente madre de los miembros de Cristo por
haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son
miembros de aquella cabeza, por lo que también es saludada como miembro
sobreeminente y del todo singular de la Iglesia, su prototipo y modelo
destacadísimo en la fe y caridad y a quien la Iglesia católica, enseñada por
el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad como a Madre
amantísima.
Intención del Concilio
Por eso, el
Sacrosanto Sínodo, al exponer la doctrina de la Iglesia, en la cual el
Divino Redentor, realiza la salvación, quiere aclarar cuidadosamente tanto
la misión de la Bienaventurada Virgen María en el misterio del Verbo
Encarnado y del Cuerpo Místico, como los deberes de los hombres redimidos
hacia la Madre de Dios, Madre de Cristo y Madre de los hombres, en especial
de los creyentes, sin que tenga la intención de proponer una completa
doctrina de María, ni tampoco dirimir las cuestiones no llevadas a una plena
luz por el trabajo de los teólogos. Conservan, pues, su derecho las
sentencias que se proponen libremente en las Escuelas católicas sobre
Aquélla, que en la Santa Iglesia ocupa después de Cristo el lugar más alto y
el más cercano a nosotros.
II. OFICIO DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION.
La Madre del Mesías en el Antiguo Testamento
La Sagrada
Escritura del Antiguo y del Nuevo Testamento y la venerable Tradición,
muestran en forma cada vez más clara el oficio de la Madre del Salvador en
la economía de la salvación y, por así decirlo, lo muestran ante los ojos.
Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la Salvación en
la cual se prepara, paso a paso, el advenimiento de Cristo al mundo. Estos
primeros documentos, tal como son leídos en la Iglesia y son entendidos bajo
la luz de una ulterior y más plena revelación, cada vez con mayor claridad,
iluminan la figura de la mujer Madre del Redentor; ella misma, bajo esta luz
es insinuada proféticamente en la promesa de victoria sobre la serpiente,
dada a nuestros primeros padres caídos en pecado (cf. Gen. 3,15). Así
también, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre
será Emmanuel (Is. 7,14; Miq. 5,2-3; Mt. 1,22-23). Ella misma sobresale
entre los humildes y pobres del Señor, que de El esperan con confianza la
salvación. En fin, con ella, excelsa Hija de Sión, tras larga espera de la
primera, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva
economía, cuando el Hijo de Dios asumió de ella la naturaleza humana para
librar al hombre del pecado mediante los misterios de su carne.
María en la Anunciación
El Padre de las
Misericordias quiso que precediera a la Encarnación la aceptación de parte
de la Madre predestinada, para que así como la mujer contribuyó a la muerte,
así también contribuirá a la vida. Lo cual vale en forma eminente de la
Madre de Jesús, que dio al mundo la vida misma que renueva todas las cosas y
que fue adornada por Dios con dones dignos de tan gran oficio. Por eso, no
es extraño que entre los Santos Padres fuera común llamar a la Madre de Dios
toda santa e inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu
Santo y hecha una nueva criatura. Enriquecida desde el primer instante de su
concepción con esplendores de santidad del todo singular, la Virgen Nazarena
es saludada por el ángel por mandato de Dios como "llena de gracia" (cf. Lc.
1,28), y ella responde al enviado celestial: "He aquí la esclava del Señor,
hágase en mí según tu palabra" (Lc. 1,38). Así María, hija de Adán,
aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús, y abrazando la
voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin impedimento de pecado
alguno, se consagró totalmente a sí misma, cual, esclava del Señor, a la
Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención con El
y bajo El, por la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, los Santos
Padres estima a María, no como un mero instrumento pasivo, sino como una
cooperadora a la salvación humana por la libre fe y obediencia. Porque ella,
como dice San Ireneo, "obedeciendo fue causa de la salvación propia y de la
del género humano entero". Por eso, no pocos padres antiguos en su
predicación, gustosamente afirman: "El nudo de la desobediencia de Eva fue
desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la
incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe" ; y comparándola con Eva,
llaman a María Madre de los vivientes, y afirman con mayor frecuencia: "La
muerte vino por Eva; por María, la vida".
La Bienaventurada Virgen y el Niño Jesús
La unión de la
Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento
de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte; en primer término,
cuando María se dirige a toda prisa a visitar a Isabel, es saludada por ella
a causa de su fe en la salvación prometida, y el precursor saltó de gozo (cf.
Lc. 1,41-45) en el seno de su Madre; y en la Natividad, cuando la Madre de
Dios, llena de alegría, muestra a los pastores y a los Magos a su Hijo
primogénito, que lejos de disminuir consagró su integridad virginal. Y
cuando, ofrecido el rescate de los pobres, lo presentó al Señor en el
Templo, oyó al mismo tiempo a Simeón que anunciaba que el Hijo sería signo
de contradicción y que una espada atravesaría el alma de la Madre para que
se manifestasen los pensamientos de muchos corazones (cfr. Lc. 2,34-35). Al
Niño Jesús perdido y buscado con dolor, sus padres lo hallaron en el templo,
ocupado en las cosas que pertenecían a su Padre, y no entendieron su
respuesta. Mas su Madre conservaba en su corazón, meditándolas, todas estas
cosas (cf. Lc. 2,41-51).
La Bienaventurada Virgen en el ministerio público de Jesús
En la vida
pública de Jesús, su Madre aparece significativamente; ya al principio
durante las nupcias de Caná de Galilea, movida a misericordia, consiguió por
su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn. 2,1-11).
En el decurso de su predicación recibió las palabras con las que el Hijo (cf.
Lc. 2,19-51), elevando el Reino de Dios sobre los motivos y vínculos de la
carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que oían y observaban
la palabra de Dios como ella lo hacía fielmente (cf. Mc. 3,35; Lc. 11,
27-28). Así también la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de
la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz, en donde, no
sin designio divino, se mantuvo de pie (cf. Jn. 19, 25), se condolió
vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su
sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada
por Ella misma, y, por fin, fue dada como Madre al discípulo por el mismo
Cristo Jesús, moribundo en la Cruz con estas palabras: "¡Mujer, he ahí a tu
hijo!" (Jn. 19,26-27).
La Bienaventurada Virgen después de la Ascensión de Jesús
Como quiera que
plugo a Dios no manifestar solemnemente el sacramento de la salvación humana
antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos a los Apóstoles
antes del día de Pentecostés "perseverar unánimemente en la oración con las
mujeres, y María la Madre de Jesús y los hermanos de Este" (Act. 1,14); y a
María implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo, quien ya la había
cubierto con su sombra en la Anunciación. Finalmente, la Virgen Inmaculada,
preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la
vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida
por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejará más plenamente a
su Hijo, Señor de los que dominan (Ap. 19,16) y vencedor del pecado y de la
muerte.
III. LA BIENAVENTURADA VIRGEN Y LA IGLESIA
María, esclava del Señor, en la obra de la redención y de la santificación
Unico es nuestro
Mediador según la palabra del Apóstol: "Porque uno es Dios y uno el Mediador
de Dios y de los hombres, un hombre, Cristo Jesús, que se entregó a Sí mismo
como precio de rescate por todos" (1 Tim. 2,5-6). Pero la misión maternal de
María hacia los hombres, de ninguna manera obscurece ni disminuye esta única
mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el
influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres no es
exigido por ninguna ley, sino que nace del Divino beneplácito y de la
superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella
depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla,
fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo.
Maternidad espiritual
La Bienaventurada
Virgen, predestinada, junto con la Encarnación del Verbo, desde toda la
eternidad, cual Madre de Dios, por designio de la Divina Providencia, fue en
la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor, y en forma singular la
generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del
Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en
el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras El moría en la Cruz,
cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y
la encendida caridad en la restauración de la vida sobrenatural de las
almas. por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia.
Y esta maternidad
de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en
que prestó fiel asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación
al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues
una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que
continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna
salvación. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que
peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado
hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la Bienaventurada Virgen
en la Iglesia es invocada con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro,
Mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite ni
agregue a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador. Porque ninguna
criatura puede compararse jamás con el Verbo Encarnado nuestro Redentor;
pero así como el sacerdocio de Cristo es participado de varias maneras tanto
por los ministros como por el pueblo fiel, y así como la única bondad de
Dios se difunde realmente en formas distintas en las criaturas, así también
la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en sus
criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única.
La Iglesia no
duda en atribuir a María un tal oficio subordinado: lo experimenta
continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para que, apoyados en
esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador.
María, como Virgen y Madre, tipo de la Iglesia
La Bienaventurada
Virgen, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, con la que
está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y dones, está
unida también íntimamente a la Iglesia. la Madre de Dios es tipo de la
Iglesia, orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo.
Porque en el misterio de la Iglesia que con razón también es llamada madre y
virgen, la Bienaventurada Virgen María la precedió, mostrando en forma
eminente y singular el modelo de la virgen y de la madre, pues creyendo y
obedeciendo engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y esto sin
conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como una nueva
Eva, practicando una fe, no adulterada por duda alguna, no a la antigua
serpiente, sino al mensaje de Dios. Dio a luz al Hijo a quien Dios
constituyó como primogénito entre muchos hermanos (Rom. 8,29), a saber, los
fieles a cuya generación y educación coopera con materno amor.
Ahora bien, la
Iglesia, contemplando su arcana santidad e imitando su caridad, y cumpliendo
fielmente la voluntad del Padre, también ella es hecha Madre por la palabra
de Dios fielmente recibida: en efecto, por la predicación y el bautismo
engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el
Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y también ella es virgen que custodia pura
e íntegramente la fe prometida al Esposo, e imitando a la Madre de su Señor,
por la virtud del Espíritu Santo conserva virginalmente la fe íntegra, la
sólida esperanza, la sincera caridad.
Virtudes de María que han de ser imitadas por la Iglesia
Mientras que la
Iglesia en la Beatísima Virgen ya llegó a la perfección, por la que se
presenta sin mancha ni arruga (cf. Ef. 5,27), los fieles, en cambio, aún se
esfuerzan en crecer en la santidad venciendo el pecado; y por eso levantan
sus ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad de los elegidos,
como modelo de virtudes. La Iglesia, reflexionando piadosamente sobre ella y
contemplándola en la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración entra
más profundamente en el sumo misterio de la Encarnación y se asemeja más y
más a su Esposo. Porque María, que habiendo entrado íntimamente en la
historia de la Salvación, en cierta manera en sí une y refleja las más
grandes exigencias de la fe, mientras es predicada y honrada atrae a los
creyentes hacia su Hijo y su sacrificio hacia el amor del Padre. La Iglesia,
a su vez, buscando la gloria de Cristo, se hace más semejante a su excelso
tipo, progresando continuamente en la fe, la esperanza y la caridad,
buscando y bendiciendo en todas las cosas la divina voluntad. Por lo cual,
también en su obra apostólica, con razón, la Iglesia mira hacia aquella que
engendró a Cristo, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen,
precisamente para que por la Iglesia nazca y crezca también en los corazones
de los fieles. La Virgen en su vida fue ejemplo de aquel afecto materno, con
el que es necesario estén animados todos los que en la misión apostólica de
la Iglesia cooperan para regenerar a los hombres.
IV. CULTO DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN EN LA IGLESIA
Naturaleza y fundamento del culto
María, que por la
gracia de Dios, después de su Hijo, fue exaltada sobre todos los ángeles y
los hombres, en cuanto que es la Santísima Madre de dios, que intervino en
los misterios de Cristo, con razón es honrada con especial culto por la
Iglesia. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos la Bienaventurada
Virgen en honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles
en todos sus peligros y necesidades acuden con sus súplicas. Especialmente
desde el Sínodo de Efeso, el culto del Pueblo de Dios hacia María creció
admirablemente en la veneración y en el amor, en la invocación e imitación,
según palabras proféticas de ella misma: "Me llamarán bienaventurada todas
las generaciones, porque hizo en mí cosas grandes el que es poderoso" (Lc.
1,48). Este culto, tal como existió siempre en la Iglesia, aunque es del
todo singular, difiere esencialmente del culto de adoración, que se rinde al
Verbo Encarnado, igual que al Padre y al Espíritu Santo, y contribuye
poderosamente a este culto. Pues las diversas formas de la piedad hacia la
Madre de Dios, que la Iglesia ha aprobado dentro de los límites de la
doctrina santa y ortodoxa, según las condiciones de los tiempos y lugares y
según la índole y modo de ser de los fieles, hacen que, mientras se honra a
la Madre, el Hijo, por razón del cual son todas las cosas (cf. Col. 1,15-16)
y en quien tuvo a bien el Padre que morase toda la plenitud (Col. 1,19), sea
mejor conocido, sea amado, sea glorificado y sean cumplidos sus
mandamientos.
Espíritu de la predicación y del culto
El Sacrosanto
Sínodo enseña en particular y exhorta al mismo tiempo a todos los hijos de
la Iglesia a que cultiven generosamente el culto, sobre todo litúrgico,
hacia la Bienaventurada Virgen, como también estimen mucho las prácticas y
ejercicios de piedad hacia ella, recomendados en el curso de los siglos por
el Magisterio, y que observen religiosamente aquellas cosas que en los
tiempos pasados fueron decretadas acerca del culto de las imágenes de
Cristo, de la Bienaventurada Virgen y de los Santos. Asimismo exhorta
encarecidamente a los teólogos y a los predicadores de la divina palabra que
se abstengan con cuidado tanto de toda falsa exageración, como también de
una excesiva estrechez de espíritu, al considerar la singular dignidad de la
Madre de Dios. Cultivando el estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos
Padres y doctores y de las Litúrgicas de la Iglesia bajo la dirección de
Magisterio, ilustren rectamente los dones y privilegios de la Bienaventurada
Virgen, que siempre están referidos a Cristo, origen de toda verdad,
santidad y piedad, y, con diligencia, aparten todo aquello que sea de
palabra, sea de obra, pueda inducir a error a los hermanos separados o a
cualesquiera otros acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia. Recuerden,
pues, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un afecto
estéril y transitorio, ni en vana credulidad, sino que procede de la fe
verdadera, por la que somos conducidos a conocer la excelencia de la Madre
de Dios y somos excitados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la
imitación de sus virtudes.
V. MARIA, SIGNO DE ESPERANZA CIERTA Y CONSUELO PARA EL PUEBLO DE DIOS PEREGRINANTE
María, signo del pueblo de Dios
Entre tanto, la
Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en
cuerpo y alma es la imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada
en el futuro siglo, así en esta tierra, hasta que llegue el día del Señor (cf.
2 Pe. 3,10), antecede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante como signo
de esperanza y de consuelo.
María interceda por la unión de los cristianos
Ofrece gran gozo
y consuelo para este Sacrosanto Sínodo, el hecho de que tampoco falten entre
los hermanos separados quienes tributan debido honor a la Madre del Señor y
Salvador, especialmente entre los orientales, que corren parejos con
nosotros por su impulso fervoroso y ánimo devoto en el culto de la siempre
Virgen Madre de Dios. Ofrezcan todos los fieles súplicas insistentes a la
Madre de Dios y Madre de los hombres, para que ella, que asistió con sus
oraciones a la naciente Iglesia, ahora también, ensalzada en el cielo sobre
todos los bienaventurados y los ángeles en la comunión de todos los santos,
interceda ante su Hijo para que las familias de todos los pueblos tanto los
que se honran con el nombre de cristianos, como los que aún ignoran al
Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia en un solo Pueblo
de Dios, para gloria de la Santísima e individua Trinidad.
Todas y cada una
de las cosas contenidas en esta Constitución han obtenido el beneplácito de
los Padres del Sacrosanto Concilio.
Y nos, en virtud de la potestad
apostólica recibida de Cristo, juntamente con los Venerables Padres, las
aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu Santo, y mandamos que lo
así decidido conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.
Roma, en San
Pedro, 21 de noviembre de 1964.
Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia Católica. (Pablo VI)
(Siguen las firmas de los Padres Conciliares.)