"LUMEN GENTIUM"
Vaticano II, (21/Nov./1964)
Índice
CAP. 1: EL
MISTERIO DE LA IGLESIA.
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La voluntad del Padre Eterno sobre la salvación universal (1, 2)
Misión y obra del Hijo (3)
El Espíritu santificador de la Iglesia (4)
El reino de Dios (5)
Las varias figuras de la Iglesia (6)
La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo (7)
La Iglesia visible y espiritual a un tiempo (8)
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CAP. II: EL PUEBLO DE DIOS. |
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Nueva Alianza y nuevo Pueblo (9)
El sacerdocio común (10.)
Ejercicio del sacerdocio común en los sacramentos (11)
Sentido de la fe y de los carismas en el Pueblo de Dios (12)
Universalidad y catolicidad del único Pueblo de Dios (13)
Los fieles católicos (14)
Vínculos de la Iglesia con los cristianos no católicos (15)
Los no cristianos (16)
Carácter misionero de la Iglesia (17) | |
CAP. III: DE LA CONSTITUCION JERARQUICA DE LA IGLESIA Y EN PARTICULAR SOBRE EL EPISCOPADO.
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Proemio (18.)
La institución de los Apóstoles (19)
Los Obispos, sucesores de los Apóstoles (20)
El episcopado como sacramento (21)
El Colegio de los Obispos y su Cabeza (22)
Relaciones de los Obispos dentro de la Iglesia (23)
El ministerio de los Obispos (24.)
El oficio de enseñar de los Obispos (25)
El oficio de los Obispos de santificar (26)
Oficio de los Obispos de regir (27.)
Los presbíteros y sus relaciones con Cristo, con los bispos, con el presbiterio y con el pueblo cristiano (28)
Los diáconos (29) |
| CAP. IV: LOS LAICOS.
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Peculiaridad (30)
Qué se entiende por laicos (31)
Dignidad de los laicos. Unidad en la
diversidad (32)
El apostolado de los laicos (33)
Consagración del mundo (34)
El testimonio de su vida (35)
En las estructuras humanas (36)
Relaciones de los laicos con la jerarquía (37)
Conclusión (38)
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| CAP. V: UNIVERSAL VOCACION A LA SANTIDAD EN LA IGLESIA. |
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Llamamiento a la santidad (39)
El Divino Maestro y modelo de toda perfección (40)
La santidad en los diversos estados (41)
Los consejos evangélicos (42) |
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CAP. VI: DE LOS
RELIGIOSOS. |
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La profesión de los consejos evangélicos en la Iglesia (43)
Naturaleza e importancia del stado religioso en la Iglesia (44)
Bajo la autoridad de la Iglesia (45)
Estima de la profesión de los consejos evangélicos (46)
Perseverancia (47) |
| CAP. VII: INDOLE ESCATOLOGICA DE LA IGLESIA PEREGRINANTE Y SU UNION CON LA IGLESIA CELESTIAL. |
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Indole escatológica de nuestra vocación en la Iglesia (48)
Comunión de la Iglesia celestial con la Iglesia peregrinante (49)
Relaciones de la Iglesia peregrinante con la Iglesia celestial (50)
El Concilio establece disposiciones pastorales (51)
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| CAP. VIII: LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARIA, MADRE DE DIOS, EN EL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA. |
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Proemio (52)
La Bienaventurada Virgen y la Iglesia (53)
Intención del Concilio (54)
La Madre del Mesías en el Antiguo Testamento (55)
María en la Anunciación (56)
La Bienaventurada Virgen y el Niño Jesús (57)
La Bienaventurada Virgen en el ministerio público de Jesús (58)
La Bienaventurada Virgen después de la Ascensión de Jesús (59)
María, esclava del Señor, en la obra de la redención y de la santificación (60)
Maternidad espiritual (61, 62)
María, como Virgen y Madre, tipo de la Iglesia (63, 64)
Virtudes de María que han de ser imitadas por la Iglesia (65)
Naturaleza y fundamento del culto (66)
Espíritu de la predicación y del culto (67)
María, signo del pueblo de Dios (68)
María interceda por la unión de los cristianos (69)
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CONSTITUCION DOGMATICA:
LUMEN GENTIUM (LG)
SOBRE LA IGLESIA.
PABLO VI, OBISPO
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS,
JUNTAMENTE CON LOS PADRES
DEL SACROSANTO
CONCILIO,
PARA PERPETUA MEMORIA.
CAP. 1: EL MISTERIO DE LA IGLESIA.
Por ser Cristo
luz de las gentes, este sagrado Concilio, reunido bajo la inspiración del
Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con su
claridad, que resplandece sobre el haz de la Iglesia, anunciando el
Evangelio a toda criatura
(cf. Mc. 16,15). Y como la Iglesia es en Cristo
como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la
unidad de todo el género humano, insistiendo en el ejemplo de los Concilios
anteriores, se propone declarar con toda precisión a sus fieles y a todo el
mundo su naturaleza y su misión universal. Las condiciones de estos tiempos
añaden a este deber de la Iglesia una mayor urgencia, para que todos los
hombres, unidos hoy más íntimamente con toda clase de relaciones sociales,
técnicas y culturales, consigan también la plena unidad en Cristo.
La voluntad del Padre Eterno sobre la salvación universal
El Padre Eterno
creó el mundo universo por un libérrimo y misterioso designio de su
sabiduría y de su bondad, decretó elevar a los hombres a la participación de
la vida divina y, caídos por el pecado de Adán, no los abandonó,
dispensándoles siempre su auxilio, en atención a Cristo Redentor, "que es la
imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura" (Col. 1,15). A todos
los elegidos desde toda la eternidad el Padre "los conoció de antemano y los
predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que este sea el
primogénito entre muchos hermanos" (Rom. 8,19). Determinó convocar a los
creyentes en Cristo en la Santa Iglesia, que fue ya prefigurada desde el
origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de
Israel y en el Antiguo Testamento, constituida en los últimos tiempos,
manifestada por la efusión del Espíritu Santo, y se perfeccionará
gloriosamente al fin de los tiempos. Entonces, como se lee en los Santos
Padres, todos los justos descendientes de Adán, "desde Abel el justo hasta
el último elegido", se congregarán ante el Padre en una Iglesia universal.
Misión y obra del Hijo
Vino, pues, el
Hijo, enviado por el Padre, que nos eligió en El antes de la creación del
mundo, y nos predestinó a la adopción de hijos, porque en El se complació
restaurar todas las cosas (cfr. Ef. 1,4-5, 10). Cristo, pues, en
cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los
cielos, nos reveló su misterio, y efectuó la redención con su obediencia. La
Iglesia, o reino de Cristo, presente ya en el misterio, crece visiblemente
en el mundo por el poder de Dios. Comienzo y expansión manifestada de nuevo
tanto por la sangre y el agua que manan del costado abierto de Cristo
crucificado (cf. Jn. 19,34), cuanto por las palabras de Cristo alusivas a su
muerte en la cruz: "Y yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré todos a
mí" (Jn. 12,32). Cuantas veces se renueva sobre el altar el sacrificio de la
cruz, en que nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolado ( 1 Cor. 5,7), se
efectúa la obra de nuestra redención. Al propio tiempo, en el sacramento del
pan eucarístico se representa y se produce la unidad de los fieles, que
constituyen un solo cuerpo en Cristo (cf. 1 Cor. 10,17). Todos los hombres
son llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos,
por quien vivimos y hacia quien caminamos.
El Espíritu santificador de la Iglesia
Consumada, pues,
la obra, que el Padre confió el Hijo en la tierra (cf. Jn. 17,4), fue
enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que santificara a
la Iglesia, y de esta forma los que creen en Cristo pudieran acercarse al
Padre en un mismo Espíritu (cf. Ef. 2,18). El es el Espíritu de la vida, o
la fuente del agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn. 4,14; 7,38-39),
por quien vivifica el Padre a todos los hombres muertos por el pecado hasta
que resucite en Cristo sus cuerpos mortales (cf. Rom. 8-10-11). El Espíritu
habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo (1
Cor. 3,16; 6,19), y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos (cf.
Gal. 4,6; Rom. 8,1516,26). Con diversos dones jerárquicos y carismáticos
dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia (cf. Ef. 4, 11-12; 1
Cor. 12-4; Gal. 5,22), a la que guía hacía toda verdad (cf. Jn. 16,13) y
unifica en comunión y ministerio. Hace rejuvenecer a la Iglesia por la
virtud del Evangelio, la renueva constantemente y la conduce a la unión
consumada con su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús:
"¡Ven!" (cf. Ap. 22,17). Así se manifiesta toda la Iglesia como "una
muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo".
El reino de Dios
El misterio de la
santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues nuestro Señor Jesús dio
comienzo a su Iglesia predicando la buena nueva, es decir, el Reino de Dios,
prometido muchos siglos antes en las Escrituras: "Porque el tiempo está
cumplido, y se acercó el Reino de Dios" (Mc. 1,15; cf. Mt. 4,17). Ahora
bien, este Reino comienza a manifestarse como una luz delante de los
hombres, por la palabra, por las obras y por la presencia de Cristo. La
palabra de Dios se compara a una semilla, depositada en el campo (Mc. 4,14):
quienes la reciben con fidelidad y se unen a la pequeña grey (Lc. 12,32) de
Cristo, recibieron el Reino; la semilla va germinando poco a poco por su
vigor interno, y va creciendo hasta el tiempo de la siega (cf. Mc. 4,26-29).
Los milagros, por su parte, prueban que el Reino de Jesús ya vino sobre la
tierra: "Si expulso los demonios por el dedo de Dios, sin duda que el Reino
de Dios ha llegado a vosotros" (LC. 11,20; cf. Mt. 12,28). Pero, sobre todo,
el Reino se manifiesta en la Persona del mismo Cristo, Hijo del Hombre, que
vino "a servir, y a dar su vida para redención de muchos" (Mc. 10,45).
Pero habiendo
resucitado Jesús, después de morir en la cruz por los hombres, apareció
constituido para siempre como Señor, como Cristo y como Sacerdote (cf. Act.
2,36; Heb. 5,6; 7,1721), y derramó en sus discípulos el Espíritu prometido
por el Padre (cf. Act. 2,33). Por eso la Iglesia, enriquecida con los dones
de su Fundador, observando fielmente sus preceptos de caridad, de humildad y
de abnegación, recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios, de
establecerlo en medio de todas las gentes, y constituye en la tierra el
germen y el principio de este Reino. Ella en tanto, mientras va creciendo
poco a poco, anhela el Reino consumado, espera con todas sus fuerzas, y
desea ardientemente unirse con su Rey en la gloria.
Las varias figuras de la Iglesia
Como en el
Antiguo Testamento la revelación del Reino se propone muchas veces bajo
figuras, así ahora la íntima naturaleza de la Iglesia se nos manifiesta
también bajo diversos símbolos tomados de la vida pastoril, de la
agricultura, de la construcción, de la familia y de los esponsales que ya se
vislumbran en los libros de los profetas.
La Iglesia es,
pues, un "redil", cuya única y obligada puerta es Cristo (Jn. 10,1-10). Es
también una grey, cuyo Pastor será el mismo Dios, según las profecías (cf.
Is. 40,11; Ez. 34,11ss), y cuyas ovejas aunque aparezcan conducidas por
pastores humanos, son guiadas y nutridas constantemente por el mismo Cristo,
buen Pastor, y Príncipe de pastores (cf. Jn. 10,11; 1 Pe. 5,4), que dio su
vida por las ovejas (cf. Jn. 10,11-16).
La Iglesia es
"agricultura" o labranza de Dios (1 Cor. 3,9). En este campo crece el
vetusto olivo, cuya santa raíz fueron los patriarcas en la cual se efectuó y
concluirá la reconciliación de los judíos y de los gentiles (Rom. 11,13-26).
El celestial Agricultor la plantó como viña elegida (Mt. 21,3343; cf. Is.
5,1ss). La verdadera vid es Cristo, que comunica la savia y la fecundidad a
los sarmientos, es decir, a nosotros, que estamos vinculados a El por medio
de la Iglesia y sin El nada podemos hacer (Jn. 15,1-5).
Muchas veces
también la Iglesia se llama "edificación" de Dios (1 Cor. 3,9). El mismo
Señor se comparó a la piedra rechazada por los constructores, pero que fue
puesta como piedra angular (Mt. 21,42; cf. Act. 4,11; 1 Pe. 2,7; Sal.
118,22). Sobre aquel fundamento levantan los apóstoles la Iglesia (cf. 1 Cor.
3,11) y de él recibe firmeza y cohesión. A esta edificación se le dan
diversos nombres: casa de Dios (1 Tim. 3,15), en que habita su "familia",
habitación de Dios en el Espíritu (Ef. 2,19-22), tienda de Dios con los
hombres (Ap. 21,3) y, sobre todo, "templo" santo, que los Santos Padres
celebran representado en los santuarios de piedra, y en la liturgia se
compara justamente a la ciudad santa, la nueva Jerusalén. Porque en ella
somos ordenados en la tierra como piedras vivas (1 Pe. 2,5). San Juan, en la
renovación del mundo contempla esta ciudad bajando del cielo, del lado de
Dios ataviada como una esposa que se engalana para su esposo (Ap. 21,1ss).
La Iglesia, que es llamada también "la Jerusalén de arriba" y madre nuestra
(Gal. 4,26; cf. Ap. 12,17), se representa como la inmaculada "esposa" del
Cordero inmaculado (Ap. 19,1; 21,2.9; 22,17), a la que Cristo "amó y se
entregó por ella, para santificarla" (Ef. 5,26), la unió consigo con alianza
indisoluble y sin cesar la "alimenta y abriga" (cf. Ef. 5,24), a la que, por
fin, enriqueció para siempre con tesoros celestiales, para que podamos
comprender la caridad de Dios y de Cristo para con nosotros que supera toda
ciencia (cf. Ef. 3,19). Pero mientras la Iglesia peregrina en esta tierra
lejos del Señor (cf. 2 Cor. 5,6), se considera como desterrada, de forma que
busca y piensa las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra
de Dios, donde la vida de la Iglesia está escondida con Cristo en Dios hasta
que se manifieste gloriosa con su Esposo (cf. Col. 3,1-4).
La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo
El Hijo de Dios,
encarnado en la naturaleza humana, redimió al hombre y lo transformó en una
nueva criatura (cf. Gal. 6,15; 2 Cor. 5,17), superando la muerte con su
muerte y resurrección. A sus hermanos, convocados de entre todas las gentes,
los constituyó místicamente como su cuerpo, comunicándoles su Espíritu.
La vida de Cristo
en este cuerpo se comunica a los creyentes, que se unen misteriosa y
realmente a Cristo, paciente y glorificado, por medio de los sacramentos.
Por el bautismo nos configuramos con Cristo: "Porque también todos nosotros
hemos sido bautizados en un solo Espíritu" (1 Cor. 12,13). Rito sagrado con
que se representa y efectúa la unión con la muerte y resurrección de Cristo:
"Con El hemos sido sepultados por el bautismo, par participar en su muerte",
mas si "hemos sido injertados en El por la semejanza de su muerte, también
lo seremos por la de su resurrección" (Rom. 6,4-5). En la fracción del pan
eucarístico, participando realmente del cuerpo del Señor, nos elevamos a una
comunión con El y entre nosotros mismos. "Porque el pan es uno, somos muchos
un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan" (1 Cor. 10,17).
Así todos nosotros quedamos hechos miembros de su cuerpo (cf. 1 Cor. 12,27),
"pero cada uno es miembro del otro" (Rom. 12,5).
Pero como todos
los miembros del cuerpo humano, aunque sean muchos, constituyen un cuerpo,
así los fieles en Cristo (cf. 1 Cor. 12,12). También en la constitución del
cuerpo de Cristo hay variedad de miembros y de ministerios. Uno mismo es el
Espíritu que distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia, según
sus riquezas y la diversidad de los ministerios (cf. 1 Cor. 12,1-11). Entre
todos estos dones sobresale la gracia de los apóstoles, a cuya autoridad
subordina el mismo Espíritu incluso a los carismáticos (cf. 1 Cor. 14).
Unificando el
cuerpo, el mismo Espíritu por sí y con su virtud y por la interna conexión
de los miembros, produce y urge la caridad entre los fieles. Por tanto, si
un miembro tiene un sufrimiento, todos los miembros sufren con el; o si un
miembro es honrado, gozan juntamente todos los miembros (cf. 1 Cor. 12,26).
La cabeza de este cuerpo es Cristo. El es la imagen del Dios invisible, y en
El fueron creadas todas las cosas.. El es antes que todos, y todo subsiste
en El. El es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia. El es el principio, el
primogénito de los muertos, para que tenga la primacía sobre todas las cosas
(cf. Col. 1,5-18). El domina con la excelsa grandeza de su poder los cielos
y la tierra y lleva de riquezas con su eminente perfección y su obra todo el
cuerpo de su gloria (cf. Ef. 1,18-23). Es necesario que todos los miembros
se asemejen a El hasta que Cristo quede formado en ellos (cf. Gal. 4,19).
Por eso somos asumidos en los misterios de su vida, conformes con El,
sepultados y resucitados juntamente con El, hasta que reinemos con El (cf.
Fil. 3,21; 2 Tim. 2,11; Ef. 2,6; Col. 2,12 etc.). Peregrinos todavía sobre
la tierra siguiendo sus huellas en el sufrimiento y en la persecución, nos
unimos a sus dolores como el cuerpo a la Cabeza, padeciendo con El, para ser
con el glorificados (cf. Rom. 8,17). Por El "el cuerpo entero, alimentado y
trabado por las coyunturas y ligamentos, crece con crecimiento divino" (Col.
2,19). El dispone constantemente en su cuerpo, es decir, en la Iglesia, los
dones de los servicios por los que en su virtud nos ayudamos mutuamente en
orden a la salvación, para que siguiendo la verdad en la caridad, crezcamos
por todos los medios en El, que es nuestra Cabeza (cf. Ef. 4,11-16).
Mas para que
incesantemente nos renovemos en El (cf. Ef. 4,23), nos concedió participar
en su Espíritu, que siendo uno mismo en la Cabeza y en los miembros, de tal
forma vivifica, unifica y mueve todo el cuerpo, que su operación pudo ser
comparada por los Santos Padres con el servicio que realiza el principio de
la vida, o el alma, en el cuerpo humano.
Cristo, por
cierto, ama a la Iglesia como a su propia Esposa, como el varón que amando a
su mujer ama su propio cuerpo (cf. Ef. 5,25-28); pero la Iglesia , por su
parte, está sujeta a su Cabeza (Ef. 5,23-24). "Porque en El habita
corporalmente toda la plenitud de la divinidad"(Col. 2,9), colma de bienes
divinos a la Iglesia, que es su cuerpo y su plenitud (cf. Ef. 1,22-23), para
que ella anhele y consiga toda la plenitud de Dios (cf. Ef. 3,19).
La Iglesia visible y espiritual a un tiempo
Cristo, Mediador
único, estableció su Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de
caridad en este mundo como una trabazón visible, y la mantiene
constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y la gracia. Pero la
sociedad dotada de órganos jerárquicos, y el cuerpo místico de Cristo,
reunión visible y comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia
dotada de bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas, porque
forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro
divino. Por esta profunda analogía se asimila al Misterio del Verbo
encarnado. Pues como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como órgano
de salvación a El indisolublemente unido, de forma semejante a la unión
social de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo, que la vivifica, para el
incremento del cuerpo (cf. f. 4,16).
Esta es la única
Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos una, santa, católica y
apostólica, la que nuestro Salvador entregó después de su resurrección a
Pedro para que la apacentara (Jn. 24,17), confiándole a él y a los demás
apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt. 28,18), y la erigió para siempre
como "columna y fundamento de la verdad" (1 Tim. 3,15). Esta Iglesia
constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, permanece en la
Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en
comunión con él, aunque pueden encontrarse fuera de ella muchos elementos de
santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo,
inducen hacia la unidad católica. Mas como Cristo efectuó la redención en la
pobreza y en la persecución, así la Iglesia es la llamada a seguir ese mismo
camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación. Cristo
Jesús, "existiendo en la forma de Dios, se anonadó a sí mismo, tomando la
forma de siervo" (Fil. 2,69), y por nosotros, "se hizo pobre, siendo rico"
(2 Cor. 8,9); así la Iglesia, aunque el cumplimiento de su misión exige
recursos humanos, no está constituida para buscar la gloria de este mundo,
sino para predicar la humildad y la abnegación incluso con su ejemplo.
Cristo fue enviado por el Padre a "evangelizar a los pobres y levantar a los
oprimidos" (Le. 4,18), "para buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc.
19,10); de manera semejante la Iglesia abraza a todos los afligidos por la
debilidad humana, más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la
imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus
necesidades y pretende servir en ellos a Cristo. Pues mientras Cristo,
santo, inocente, inmaculado (Heb. 7,26), no conoció el pecado (2 Cor. 5,21),
sino que vino sólo a expiar los pecados del pueblo (cf. Heb. 21,7), la
Iglesia, recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo
que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la
renovación. La Iglesia, "va peregrinando entre las persecuciones del mundo y
los consuelos de Dios", anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que
El venga (cf. 1 Cor. 11,26). Se vigoriza con la fuerza del Señor resucitado,
para vencer con paciencia y con caridad sus propios sufrimientos y
dificultades internas y externas, y descubre fielmente en el mundo el
misterio de Cristo, aunque entre penumbras, hasta que al fin de los tiempos
se descubra con todo esplendor.
CAP. II: EL
PUEBLO DE DIOS.
Nueva Alianza y nuevo Pueblo
En todo tiempo y
en todo pueblo son adeptos a Dios los que le temen y practican la justicia (cf.
Act. 10,35). Quiso, sin embargo, Dios santificar y salvar a los hombres no
individualmente y aislados entre sí, sino constituirlos en un pueblo que le
conociera en la verdad y le sirviera santamente. Eligió como pueblo suyo el
pueblo de Israel, con quien estableció una alianza, y a quien instruyo
gradualmente manifestándole a Sí mismo y sus divinos designios a través de
su historia, y santificándolo para Sí. Pero todo esto lo realizó como
preparación y figura de la nueva alianza, perfecta que había de efectuarse
en Cristo, y de la plena revelación que había de hacer por el mismo Verbo de
Dios hecho carne. "He aquí que llega el tiempo -dice el Señor-, y haré una
nueva alianza con la casa de Israel y con la casa de Judá. Pondré mi ley en
sus entrañas y la escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos, y
ellos serán mi pueblo... Todos, desde el pequeño al mayor, me conocerán",
afirma el Señor (Jer. 31,3134). Nueva alianza que estableció Cristo, es
decir, el Nuevo Testamento en su sangre (cf. 1 Cor. 11,25), convocando un
pueblo de entre los judíos y los gentiles que se condensara en unidad no
según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera un nuevo Pueblo de Dios.
Pues los que creen en Cristo, renacidos de germen no corruptible, sino
incorruptible, por la palabra de Dios vivo (cf. 1 Pe. 1,23), no de la carne,
sino del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn. 3,5-6), son hechos por fin
"linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición ...
que en un tiempo no era pueblo, y ahora pueblo de Dios" (Pe. 2,9-10). Ese
pueblo mesiánico tiene por Cabeza a Cristo, "que fue entregado por nuestros
pecados y resucitó para nuestra salvación" (Rom. 4,25), y habiendo
conseguido un nombre que está sobre todo nombre, reina ahora gloriosamente
en los cielos. Tienen por condición la dignidad y libertad de los hijos de
Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene
por ley el nuevo mandato de amar, como el mismo Cristo nos amó (cf. Jn.
13,34). Tienen últimamente como fin la dilatación del Reino de Dios, incoado
por el mismo Dios en la tierra, hasta que sea consumado por El mismo al fin
de los tiempos cuanto se manifieste Cristo, nuestra vida (cf. Col. 3,4) , y
"la misma criatura será libertad de la servidumbre de la corrupción para
participar en la libertad de los hijos de Dios" (Rom. 8,21). Aquel pueblo
mesiánico, por tanto, aunque de momento no contenga a todos los hombres, y
muchas veces aparezca como una pequeña grey es, sin embargo, el germen
firmísimo de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano.
Constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de caridad y de
verdad, es empleado también por El como instrumento de la redención
universal y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra
(cf. Mt. 5,13-16).
Así como el
pueblo de Israel según la carne, el peregrino del desierto, es llamado
alguna vez Iglesia (cf. 2 Esd. 13,1; Núm. 20,4; Deut. 23, 1ss), así el nuevo
Israel que va avanzando en este mundo hacia la ciudad futura y permanente (cf.
Heb. 13,14) se llama también Iglesia de Cristo (cf. Mt. 16,18), porque El la
adquirió con su sangre (cf. Act. 20,28), la llenó de su Espíritu y la
proveyó de medios aptos para una unión visible y social. La congregación de
todos los creyentes que miran a Jesús como autor de la salvación, y
principio de la unidad y de la paz, es la Iglesia convocada y constituida
por Dios para que sea sacramento visible de esta unidad salutífera, para
todos y cada uno. Rebosando todos los límites de tiempos y de lugares, entra
en la historia humana con la obligación de extenderse a todas las naciones.
Caminando, pues, la Iglesia a través de peligros y de tribulaciones, de tal
forma se ve confortada por al fuerza de la gracia de Dios que el Señor le
prometió, que en la debilidad de la carne no pierde su fidelidad absoluta,
sino que persevera siendo digna esposa de su Señor, y no deja de renovarse a
sí misma bajo la acción del Espíritu Santo hasta que por la cruz llegue a la
luz sin ocaso.
El sacerdocio común
Cristo Señor,
Pontífice tomado de entre los hombres (cf. Heb. 5,1-5), a su nuevo pueblo
"lo hizo Reino de sacerdotes para Dios, su Padre" (cf. Ap. 1,6; 5,9-10). Los
bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la
regeneración y por la unción del Espíritu Santo, para que por medio de todas
las obras del hombre cristiano ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien
las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a la luz admirable (cf. 1
Pe. 2,4-10). Por ello, todos los discípulos de Cristo, perseverando en la
oración y alabanza a Dios (cf. Act. 2,42.47), han de ofrecerse a sí mismos
como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rom. 12,1), han de dar
testimonio de Cristo en todo lugar, y a quien se la pidiere, han de dar
también razón de la esperanza que tienen en la vida eterna (cf. 1 Pe. 3,15).
El sacerdocio
común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el
uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del
sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual. Porque el
sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y
dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo
a Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en cambio, en virtud del
sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y
acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y
caridad operante.
Ejercicio del sacerdocio común en los sacramentos
La condición
sagrada y orgánicamente constituida de la comunidad sacerdotal se actualiza
tanto por los sacramentos como por las virtudes. Los fieles, incorporados a
la Iglesia por el bautismo, quedan destinados por el carácter al culto de la
religión cristiana y, regenerados como hijos de Dios, tienen el deber de
confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la
Iglesia. Por el sacramento de la confirmación se vinculan más estrechamente
a la Iglesia, se enriquecen con una fortaleza especial del Espíritu Santo, y
de esta forma se obligan con mayor compromiso a difundir y defender la fe,
con su palabra y sus obras, como verdaderos testigos de Cristo. Participando
del sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda vida cristiana, ofrecen a
Dios la Víctima divina y a sí mismos juntamente con ella; y así, tanto por
la oblación como por la sagrada comunión, todos toman parte activa en la
acción litúrgica, no confusamente, sino cada uno según su condición. Pero
una vez saciados con el cuerpo de Cristo en la asamblea sagrada, manifiestan
concretamente la unidad del pueblo de Dios aptamente significada y
maravillosamente producida por este augustísimo sacramento. Los que se
acercan al sacramento de la penitencia obtienen el perdón de la ofensa hecha
a Dios por la misericordia de Este, y al mismo tiempo se reconcilian con la
Iglesia, a la que, pecando, ofendieron, la cual, con caridad, con ejemplos y
con oraciones, les ayuda en su conversión. La Iglesia entera encomienda al
Señor, paciente y glorificado, a los que sufren, con la sagrada unción de
los enfermos y con la oración de los presbíteros, para que los alivie y los
salva (cf. Sant. 5,14-16); más aún, los exhorta a que uniéndose libremente a
la pasión y a la muerte de Cristo (Rom. 8,17; Col. 1 24; 2 Tim. 2,11-12; 1
Pe. 4,13), contribuyan al bien del Pueblo de Dios. Además, aquellos que
entre los fieles se distinguen por el orden sagrado, quedan destinados en el
nombre de Cristo para apacentar la Iglesia con la palabra y con la gracia de
Dios. Por fin, los cónyuges cristianos, en virtud del sacramento del
matrimonio, por el que manifiestan y participan del misterio de la unidad y
del fecundo amor entre Cristo y la Iglesia (Ef. 5,32), se ayudan mutuamente
a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación de los
hijos, y, por tanto, tienen en su condición y estado de vida su propia
gracia en el Pueblo de Dios (cf. 1 Cor. 7,7). Pues de esta unión conyugal
procede la familia, en que nacen los nuevos ciudadanos de la sociedad
humana, que por la gracia del Espíritu Santo quedan constituidos por el
bautismo en hijos de Dios para perpetuar el Pueblo de Dios en el correr de
los tiempos. En esta como Iglesia doméstica, los padres han de ser para con
sus hijos los primeros predicadores de la fe, tanto con su palabra como con
su ejemplo, y han de fomentar la vocación propia de cada uno, y con especial
cuidado la vocación sagrada.
Los fieles todos,
de cualquier condición y estado que sean, fortalecidos por tantos y tan
poderosos medios, son llamados por Dios cada uno por su camino a la
perfección de la santidad por la que el mismo Padre es perfecto.
Sentido de la fe y de los carismas en el Pueblo de Dios
El pueblo santo
de Dios participa también del don profético de Cristo, difundiendo su vivo
testimonio, sobre todo por la vida de fe y de caridad, ofreciendo a Dios el
sacrificio de la alabanza, el fruto de los labios que bendicen su nombre (cf.
Heb. 13,15). La universalidad de los fieles que tiene la unción del Santo (cf.
1 Jn. 2,20-17) no puede fallar en su creencia, y ejerce ésta su peculiar
propiedad mediante el sentimiento sobrenatural de la fe de todo el pueblo,
cuando "desde el Obispo hasta los últimos fieles seglares" manifiestan el
asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres. Con ese sentido
de la fe que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el Pueblo de Dios, bajo la
dirección del magisterio, al que sigue fidelísimamente, recibe no ya la
palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cf. 1 Tes. 2,13),
se adhiere indefectiblemente a la fe dada de una vez para siempre a los
santos (cf. Jud. 3), penetra profundamente con rectitud de juicio y la
aplica más íntegramente en la vida.
Además, el mismo
Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al Pueblo de Dios por los
Sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que
"distribuye sus dones a cada uno según quiere" (1 Cor. 12,11), reparte entre
los fieles de cualquier condición incluso gracias especiales, con que los
dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos
para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia según aquellas
palabras: "A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común
utilidad" (1 Cor. 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los
más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a
las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y
consuelo. Los dones extraordinarios no hay que pedirlos temerariamente, ni
hay que esperar de ellos con presunción los frutos de los trabajos
apostólicos, sino que el juicio sobre su autenticidad y sobre su aplicación
pertenece a los que presiden la Iglesia, a quienes compete sobre todo no
apagar el Espíritu, sino probarlo todo y quedarse con lo bueno (cf. 1 Tes.
5,1921).
Universalidad y catolicidad del único Pueblo de Dios
Todos los hombres
son llamados a formar parte del Pueblo de Dios. Por lo cual este Pueblo,
siendo uno y único, ha de abarcar el mundo entero y todos los tiempos para
cumplir los designios de la voluntad de Dios, que creó en el principio una
sola naturaleza humana y determinó congregar en un conjunto a todos sus
hijos, que estaban dispersos (cf. Jn. 11,52). Para ello envió Dios a su Hijo
a quien constituyó heredero universal (cf. He. 1,2), para que fuera Maestro,
Rey y Sacerdote nuestro, Cabeza del nuevo y universal pueblo de los hijos de
Dios. Para ello, por fin, envió al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador,
que es para toda la Iglesia, y para todos y cada uno de los creyentes,
principio de asociación y de unidad en la doctrina de los Apóstoles y en la
unión, en la fracción del pan y en la oración (cf. Act. 2,42).
Así, pues, de
todas las gentes de la tierra se compone el Pueblo de Dios, porque de todas
recibe sus ciudadanos, que lo son de un reino, por cierto no terreno, sino
celestial. Pues todos los fieles esparcidos por la haz de la tierra
comunican en el Espíritu Santo con los demás, y así "el que habita en Roma
sabe que los indios son también sus miembros". Pero como el Reino de Cristo
no es de este mundo (cf. Jn. 18,36), la Iglesia, o Pueblo de Dios,
introduciendo este Reino no arrebata a ningún pueblo ningún bien temporal,
sino al contrario, todas las facultades, riquezas y costumbres que revelan
la idiosincrasia de cada pueblo, en lo que tienen de bueno, las favorece y
asume; pero al recibirlas las purifica, las fortalece y las eleva. Pues sabe
muy bien que debe asociarse a aquel Rey, a quien fueron dadas en heredad
todas las naciones (cf. Sal. 2,8) y a cuya ciudad llevan dones y obsequios (cf.
Sal. 71 (72), 10; Is. 60,4-7; Ap. 21,24). Este carácter de universalidad,
que distingue al Pueblo de Dios, es un don del mismo Señor por el que la
Iglesia católica tiende eficaz y constantemente a recapitular la Humanidad
entera con todos sus bienes, bajo Cristo como Cabeza en la unidad de su
Espíritu. En virtud de esta catolicidad cada una de las partes presenta sus
dones a las otras partes y a toda la Iglesia, de suerte que el todo y cada
uno de sus elementos se aumentan con todos lo que mutuamente se comunican y
tienden a la plenitud en la unidad. De donde resulta que el Pueblo de Dios
no sólo congrega gentes de diversos pueblos, sino que en sí mismo está
integrado de diversos elementos, Porque hay diversidad entre sus miembros,
ya según los oficios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien
de sus hermanos; ya según la condición y ordenación de vida, pues muchos en
el estado religioso tendiendo a la santidad por el camino más arduo
estimulan con su ejemplo a los hermanos. Además, en la comunión eclesiástica
existen Iglesias particulares, que gozan de tradiciones propias,
permaneciendo íntegro el primado de la Cátedra de Pedro, que preside todo el
conjunto de la caridad, defiende las legítimas variedades y al mismo tiempo
procura que estas particularidades no sólo no perjudiquen a la unidad, sino
incluso cooperen en ella. De aquí dimanan finalmente entre las diversas
partes de la Iglesia los vínculos de íntima comunicación de riquezas
espirituales, operarios apostólicos y ayudas materiales. Los miembros del
Pueblo de Dios están llamados a la comunicación de bienes, y a cada una de
las Iglesias pueden aplicarse estas palabras del Apóstol: "El don que cada
uno haya recibido, póngalo al servicio de los otros, como buenos
administradores de la multiforme gracia de Dios" (1 Pe. 4,10).
Todos los hombres
son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que prefigura y
promueve la paz y a ella pertenecen de varios modos y se ordenan, tanto los
fieles católicos como los otros cristianos, e incluso todos los hombres en
general llamados a la salvación por la gracia de Dios.
Los fieles católicos
El sagrado
Concilio pone ante todo su atención en los fieles católicos y enseña,
fundado en la Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrina es
necesaria para la Salvación. Pues solamente Cristo es el Mediador y el
camino de la salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia,
y El, inculcando con palabras concretas la necesidad de la fe y del bautismo
(cf. Mc. 16,16; Jn. 3,5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia,
en la que los hombres entran por el bautismo como puerta obligada. Por lo
cual no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia católica fue
instituida por Jesucristo como necesaria, rehusaran entrar o no quisieran
permanecer en ella. A la sociedad de la Iglesia se incorporan plenamente los
que, poseyendo el Espíritu de Cristo, reciben íntegramente sus disposiciones
y todos los medios de salvación depositados en ella, y se unen por los
vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del régimen
eclesiástico y de la comunión, a su organización visible con Cristo, que la
dirige por medio del Sumo Pontífice y de los Obispos. Sin embargo, no
alcanza la salvación, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien no
perseverando en la caridad permanece en el seno de la Iglesia "en cuerpo",
pero no "en corazón". No olviden, con todo, los hijos de la Iglesia que su
excelsa condición no deben atribuirla a sus propios méritos, sino a una
gracia especial de Cristo: y si no responden a ella con el pensamiento, las
palabras y las obras, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad.
Los catecúmenos que, por la moción del Espíritu Santo, solicitan con
voluntad expresa ser incorporados a la Iglesia, se unen a ella por este
mismo deseo; y la madre Iglesia los abraza ya amorosa y solícitamente como a
hijos.
Vínculos de la Iglesia con los cristianos no católicos
La Iglesia se
siente unida por varios vínculos con todos lo que se honran con el nombre de
cristianos, por estar bautizados, aunque no profesan íntegramente la fe, o
no conservan la unidad de comunión bajo el Sucesor de Pedro. Pues conservan
la Sagrada Escritura como norma de fe y de vida, y manifiestan celo
apostólico, creen con amor en Dios Padre todopoderoso, y en el hijo de Dios
Salvador, están marcados con el bautismo, con el que se unen a Cristo, e
incluso reconocen y reciben en sus propias Iglesias o comunidades eclesiales
otros sacramentos. Muchos de ellos tienen episcopado, celebran la sagrada
Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen Madre de Dios. Hay que
contar también la comunión de oraciones y de otros beneficios espirituales;
más aún, cierta unión en el Espíritu Santo, puesto que también obra en ellos
su virtud santificante por medio de dones y de gracias, y a algunos de ellos
les dio la fortaleza del martirio. De esta forma el Espíritu promueve en
todos los discípulos de Cristo el deseo y la colaboración para que todos se
unan en paz en un rebaño y bajo un solo Pastor, como Cristo determinó. Para
cuya consecución la madre Iglesia no cesa de orar, de esperar y de trabajar,
y exhorta a todos sus hijos a la santificación y renovación para que la
señal de Cristo resplandezca con mayores claridades sobre el rostro de la
Iglesia.
Los no cristianos
Por fin, los que
todavía no recibieron el Evangelio, están ordenados al Pueblo de Dios por
varias razones. En primer lugar, por cierto, aquel pueblo a quien se
confiaron las alianzas y las promesas y del que nació Cristo según la carne
(cf. Rom. 9,45); pueblo, según la elección, amadísimo a causa de los padres;
porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables (cf. Rom. 11,28-29).
Pero el designio de salvación abarca también a aquellos que reconocen al
Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que
confesando profesar la fe de Abraham adoran con nosotros a un solo Dios,
misericordiosos, que ha de juzgar a los hombres en el último día. Este mismo
Dios tampoco está lejos de otros que entre sombras e imágenes buscan al Dios
desconocido, puesto que les da a todos la vida, la inspiración y todas las
cosas (cf. Act. 17,25-28), y el Salvador quiere que todos los hombres se
salven (cf. 1 Tim. 2,4). Pues los que inculpablemente desconocen el
Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se
esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su
voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la
salvación eterna. La divina Providencia no niega los auxilios necesarios
para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un
claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la
gracia divina, en conseguir una vida recta. La Iglesia aprecia todo lo bueno
y verdadero, que entre ellos se da, como preparación evangélica, y dado por
quien ilumina a todos los hombres, para que al fin tenga la vida. pero con
demasiada frecuencia los hombres, engañados por el maligno, se hicieron
necios en sus razonamientos y trocaron la verdad de Dios por la mentira
sirviendo a la criatura en lugar del Criador (cf. Rom. 1,24-25), o viviendo
y muriendo sin Dios en este mundo están expuestos a una horrible
desesperación. Por lo cual la Iglesia, recordando el mandato del Señor:
"Predicad el Evangelio a toda criatura (cf. Mc. 16,16), fomenta
encarecidamente las misiones para promover la gloria de Dios y la salvación
de todos.
Carácter misionero de la Iglesia
Como el Padre
envió al Hijo, así el Hijo envió a los Apóstoles (cf. Jn. 20,21), diciendo:
"Id y enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt.
28,19-20). Este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad salvadora,
la Iglesia lo recibió de los Apóstoles con la encomienda de llevarla hasta
el fin de la tierra (cf. Act. 1,8). De aquí que haga suyas las palabras del
Apóstol: "¡Ay de mí si no evangelizara!" (1 Cor. 9,16), por lo que se
preocupa incansablemente de enviar evangelizadores hasta que queden
plenamente establecidas nuevas Iglesias y éstas continúen la obra
evangelizadora. Por eso se ve impulsada por el Espíritu Santo a poner todos
los medios para que se cumpla efectivamente el plan de Dios, que puso a
Cristo como principio de salvación para todo el mundo. predicando el
Evangelio, mueve a los oyentes a la fe y a la confesión de la fe, los
dispone para el bautismo, los arranca de la servidumbre del error y de la
idolatría y los incorpora a Cristo, para que crezcan hasta la plenitud por
la caridad hacia El. Con su obra consigue que todo lo bueno que haya
depositado en la mente y en el corazón de estos hombres, en los ritos y en
las culturas de estos pueblos, no solamente no desaparezca, sino que cobre
vigor y se eleve y se perfeccione para la gloria de Dios, confusión del
demonio y felicidad del hombre. Sobre todos los discípulos de Cristo pesa la
obligación de propagar la fe según su propia condición de vida. Pero aunque
cualquiera puede bautizar a los creyentes, es, no obstante, propio del
sacerdote el consumar la edificación del Cuerpo de Cristo por el sacrificio
eucarístico, realizando las palabras de Dios dichas por el profeta: "Desde
el orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes, y en
todo lugar se ofrece a mi nombre una oblación pura" (Mal. 1,11). Así, pues
ora y trabaja a un tiempo la Iglesia, para que la totalidad del mundo se
incorpore al Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu Santo, y
en Cristo, Cabeza de todos, se rinda todo honor y gloria al Creador y Padre
universal.
CAP. III: DE LA CONSTITUCION JERARQUICA DE LA IGLESIA Y EN PARTICULAR SOBRE EL EPISCOPADO.
Proemio
En orden a
apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituyó
en su Iglesia diversos ministerios ordenados al bien de todo el Cuerpo.
Porque los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus
hermanos, a fin de que todos cuantos son miembros del Pueblo de Dios y
gozan, por tanto, de la verdadera dignidad cristiana, tiendan todos libre y
ordenadamente a un mismo fin y lleguen a la salvación.
Este santo
Concilio, siguiendo las huellas del Vaticano I, enseña y declara a una con
él que Jesucristo, eterno Pastor, edificó la santa Iglesia enviando a sus
Apóstoles como El mismo había sido enviado por el Padre (cf. Jn. 20,21), y
quiso que los sucesores de éstos, los Obispos, hasta la consumación de los
siglos, fuesen los pastores en su Iglesia. Pero para que el episcopado mismo
fuese uno solo e indiviso, estableció al frente de los demás apóstoles al
bienaventurado Pedro, y puso en él el principio visible y perpetuo
fundamento de la unidad de la fe y de comunión. Esta doctrina de la
institución perpetuidad, fuerza y razón de ser del sacro Primado del Romano
Pontífice y de su magisterio infalible, el santo Concilio la propone
nuevamente como objeto firme de fe a todos los fieles y, prosiguiendo dentro
de la misma línea, se propone, ante la faz de todos, profesar y declarar la
doctrina acerca de los Obispos, sucesores de los apóstoles, los cuales junto
con el sucesor de Pedro, Vicario de Cristo y Cabeza visible de toda la
Iglesia, rigen la casa de Dios vivo.
La institución de los Apóstoles
El Señor Jesús,
después de haber hecho oración al Padre, llamando a sí a los que El quiso,
eligió a los doce para que viviesen con El y enviarlos a predicar el Reino
de Dios (cf. Mc. 3,13-19; Mt. 10,1-42): a estos, Apóstoles (cf. Lc. 6,13)
los fundó a modo de colegio, es decir, de grupo estable, y puso al frente de
ellos, sacándolo de en medio de los mismos, a Pedro (cf. Jn. 21,15-17). A
éstos envió Cristo, primero a los hijos de Israel, luego a todas las gentes
(cf. Rom. 1,16), para que con la potestad que les entregaba, hiciesen
discípulos suyos a todos los pueblos, los santificasen y gobernasen (cf. Mt.
28,16-20; Mc. 16,15; Lc. 24,45-48; Jn. 20,21-23) y así dilatasen la Iglesia
y la apacentasen, sirviéndola, bajo la dirección del Señor, todos los días
hasta la consumación de los siglos (cf. Mt. 28,20). En esta misión fueron
confirmados plenamente el día de Pentecostés (cf. Act. 2,1-26), según la
promesa del Señor: "Recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que vendrá
sobre vosotros, y seréis mis testigos así en Jerusalén como en toda la Judea
y Samaría y hasta el último confín de la tierra" (Act. 1,8). Los Apóstoles,
pues, predicando en todas partes el Evangelio (cf. Mc. 16,20), que los
oyentes recibían por influjo del Espíritu Santo, reúnen la Iglesia universal
que el Señor fundó sobre los Apóstoles y edificó sobre el bienaventurado
Pedro su cabeza, siendo la piedra angular del edificio Cristo Jesús (cf. Ap.
21,14; Mt. 16,18; Ef. 2,20).
Los Obispos, sucesores de los Apóstoles
Esta divina
misión confiada por Cristo a los Apóstoles ha de durar hasta el fin de los
siglos (cf. Mt. 28,20), puesto que el Evangelio que ellos deben transmitir
en todo tiempo es el principio de la vida para la Iglesia. Por lo cual los
Apóstoles en esta sociedad jerárquicamente organizada tuvieron cuidado de
establecer sucesores.
En efecto, no
sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio, sino que a fin de que
la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, los
Apóstoles, a modo de testamento, confiaron a sus cooperadores inmediatos el
encargo de acabar y consolidar la obra por ellos comenzada, encomendándoles
que atendieran a toda la grey en medio de la cual el Espíritu Santo, los
había puesto para apacentar la Iglesia de Dios (cf. Act. 20,28).
Establecieron, pues, tales colaboradores y les dieron la orden de que, a su
vez, otros hombres probados, al morir ellos, se hiciesen cargo del
ministerio. Entre los varios ministerios que ya desde los primeros tiempos
se ejercitan en la Iglesia, según testimonio de la tradición, ocupa el
primer lugar el oficio de aquellos que, constituidos en el episcopado, por
una sucesión que surge desde el principio, conservan la sucesión de la
semilla apostólica primera. Así, según atestigua San Ireneo, por medio de
aquellos que fueron establecidos por los Apóstoles como Obispos y como
sucesores suyos hasta nosotros, se pregona y se conserva la tradición
apostólica en el mundo entero.
Así, pues, los
Obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el ministerio de
la comunidad para presidir sobre la grey en nombre de Dios como pastores,
como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados
de autoridad. Y así como permanece el oficio concedido por Dios
singularmente a Pedro como a primero entre los Apóstoles, y se transmite a
sus sucesores, así también permanece el oficio de los Apóstoles de apacentar
la Iglesia que permanentemente ejercita el orden sacro de los Obispos han
sucedido este Sagrado Sínodo que los Obispos han sucedido por institución
divina en el lugar de los Apóstoles como pastores de la Iglesia, y quien a
ellos escucha, a Cristo escucha, a quien los desprecia a Cristo desprecia y
al que le envió (cf. Lc. 10,16).
El episcopado como sacramento
Así, pues, en los
Obispos, a quienes asisten los presbíteros, Jesucristo nuestro Señor está
presente en medio de los fieles como Pontífice Supremo. Porque, sentado a la
diestra de Dios Padre, no está lejos de la congregación de sus pontífices,
sino que principalmente, a través de su servicio eximio, predica la palabra
de Dios a todas las gentes y administra sin cesar los sacramentos de la fe a
los creyentes y, por medio de su oficio paternal (cf. 1 Cor. 4,15), va
agregando nuevos miembros a su Cuerpo con regeneración sobrenatural;
finalmente, por medio de la sabiduría y prudencia de ellos rige y guía al
Pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinación hacia la eterna felicidad.
Estos pastores, elegidos para apacentar la grey del Señor, son los ministros
de Cristo y los dispensadores de los misterios de Dios (cf. 1 Cor. 4,1), y a
ellos está encomendado el testimonio del Evangelio de la gracia de Dios (cf.
Rom. 15,16; Act. 20,24) y la administración del Espíritu y de la justicia en
gloria (cf. 2 Cor. 3,8-9).
Para realizar
estos oficios tan altos, fueron los apóstoles enriquecidos por Cristo con la
efusión especial del Espíritu Santo (cf. Act. 1,8; 2,4; Jn. 20, 22-23), y
ellos, a su vez, por la imposición de las manos transmitieron a sus
colaboradores el don del Espíritu (cf. 1 Tim. 4,14; 2 Tim. 1,6-7), que ha
llegado hasta nosotros en la consagración episcopal. Este Santo Sínodo
enseña que con la consagración episcopal se confiere la plenitud del
sacramento del Orden, que por esto se llama en la liturgia de la Iglesia y
en el testimonio de los Santos Padres "supremo sacerdocio" o "cumbre del
ministerio sagrado". Ahora bien, la consagración episcopal, junto con el
oficio de santificar, confiere también el oficio de enseñar y regir, los
cuales, sin embargo, por su naturaleza, no pueden ejercitarse sino en
comunión jerárquica con la Cabeza y miembros del Colegio. En efecto, según
la tradición, que aparece sobre todo en los ritos litúrgicos y en la
práctica de la Iglesia, tanto de Oriente como de Occidente es cosa clara que
con la imposición de las manos se confiere la gracia del Espíritu Santo y se
imprime el sagrado carácter, de tal manera que los Obispos en forma eminente
y visible hagan las veces de Cristo, Maestro, Pastor y Pontífice y obren en
su nombre. Es propio de los Obispos el admitir, por medio del Sacramento del
Orden, nuevos elegidos en el cuerpo episcopal.
El Colegio de los Obispos y su Cabeza
Así como, por
disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un solo
Colegio Apostólico, de igual modo se unen entre sí el Romano Pontífice,
sucesor de Pedro, y los Obispos sucesores de los Apóstoles. Ya la más
antigua disciplina, conforme a la cual los Obispos establecidos por todo el
mundo comunicaban entre sí y con el Obispo de Roma por el vínculo de la
unidad, de la caridad y de la paz, como también los concilios convocados,
para resolver en común las cosas más importantes después de haber
considerado el parecer de muchos, manifiestan la naturaleza y forma colegial
propia del orden episcopal. Forma que claramente demuestran los concilios
ecuménicos que a lo largo de los siglos se han celebrado. Esto mismo lo
muestra también el uso, introducido de antiguo, de llamar a varios Obispos a
tomar parte en el rito de consagración cuando un nuevo elegido ha de ser
elevado al ministerio del sumo sacerdocio. Uno es constituido miembro del
cuerpo episcopal en virtud de la consagración sacramental y por la comunión
jerárquica con la Cabeza y miembros del Colegio.
El Colegio o
cuerpo episcopal, por su parte, no tiene autoridad si no se considera
incluido el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza del mismo,
quedando siempre a salvo el poder primacial de éste, tanto sobre los
pastores como sobre los fieles. Porque el Pontífice Romano tiene en virtud
de su cargo de Vicario de Cristo y Pastor de toda Iglesia potestad plena,
suprema y universal sobre la Iglesia, que puede siempre ejercer libremente.
En cambio, el orden de los Obispos, que sucede en el magisterio y en el
régimen pastoral al Colegio Apostólico, y en quien perdura continuamente el
cuerpo apostólico, junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin
esta Cabeza, es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la
universal Iglesia, potestad que no puede ejercitarse sino con el
consentimiento del Romano Pontífice. El Señor puso tan sólo a Simón como
roca y portador de las llaves de la Iglesia (Mt. 16,18-19), y le constituyó
Pastor de toda su grey (cf. Jn. 21,15ss); pero el oficio que dio a Pedro de
atar y desatar, consta que lo dio también al Colegio de los Apóstoles unido
con su Cabeza (Mt. 18,18; 28,16-20). Este Colegio expresa la variedad y
universalidad del Pueblo de Dios en cuanto está compuesto de muchos; y la
unidad de la grey de Cristo, en cuanto está agrupado bajo una sola Cabeza.
Dentro de este Colegio, los Obispos, actuando fielmente el primado y
principado de su Cabeza, gozan de potestad propia en bien no sólo de sus
propios fieles, sino incluso de toda la Iglesia, mientras el Espíritu Santo
robustece sin cesar su estructura orgánica y su concordia. La potestad
suprema que este Colegio posee sobre la Iglesia universal se ejercita de
modo solemne en el Concilio Ecuménico. No puede hacer Concilio Ecuménico que
no se aprobado o al menos aceptado como tal por el sucesor de Pedro. Y es
prerrogativa del Romano Pontífice convocar estos Concilios Ecuménicos,
presidirlos y confirmarlos. Esta misma potestad colegial puede ser
ejercitada por Obispos dispersos por el mundo a una con el Papa, con tal que
la Cabeza del Colegio los llame a una acción colegial, o por lo menos
apruebe la acción unida de ellos o la acepte libremente para que sea un
verdadero acto colegial.
Relaciones de los Obispos dentro de la Iglesia
La unión colegial
se manifiesta también en las mutuas relaciones de cada Obispo con las
Iglesias particulares y con la Iglesia universal. El Romano Pontífice, como
sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo visible de unidad,
así de los Obispos como de la multitud de los fieles. Del mismo modo, cada
Obispo es el principio y fundamento visible de unidad en su propia Iglesia,
formada a imagen de la Iglesia universal; y de todas las Iglesias
particulares queda integrada la una y única Iglesia católica. Por esto cada
Obispo representa a su Iglesia, tal como todos a una con el Papa,
representan toda la Iglesia en el vínculo de la paz, del amor y de la
unidad. Cada uno de los Obispos, puesto al frente de una Iglesia particular,
ejercita su poder pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que se le ha
confiado, no sobre las otras Iglesias ni sobre la Iglesia universal. Pero,
en cuanto miembros del Colegio episcopal y como legítimos sucesores de los
Apóstoles, todos deben tener aquella solicitud por la Iglesia universal que
la institución y precepto de Cristo exigen, que si bien no se ejercita por
acto de jurisdicción, contribuye, sin embargo, grandemente, al progreso de
la Iglesia universal. Todos los Obispos, en efecto, deben promover y
defender la unidad de la fe y la disciplina común en toda la Iglesia,
instruir a los fieles en el amor del Cuerpo místico de Cristo, sobre todo de
los miembros pobres y de los que sufren o son perseguidos por la justicia (cf.
Mt. 5,10); promover, en fin, toda acción que sea común a la Iglesia, sobre
todo en orden a la dilatación de la fe y a la difusión plena de la luz de la
verdad entre todos los hombres. Por lo demás, es cosa clara que gobernando
bien sus propias Iglesias como porciones de la Iglesia universal,
contribuyen en gran manera al bien de todo el Cuerpo místico, que es también
el cuerpo de todas las Iglesias.
El cuidado de
anunciar el Evangelio en todo el mundo pertenece al cuerpo de los pastores,
ya que a todos ellos en común dio Cristo el mandato imponiéndoles un oficio
común, según explicó ya el Papa Celestino a los padres del Concilio de Efeso.
Por tanto, todos los Obispos, en cuanto se lo permite el desempeño de su
propio oficio, deben colaborar entre sí y con el sucesor de Pedro, a quien
particularmente se le ha encomendado el oficio excelso de propagar la
religión cristiana. Deben, pues, con todas sus fuerzas proveer no sólo de
operarios para la mies, sino también de socorros espirituales y materiales,
ya sea directamente por sí, ya sea excitando la ardiente cooperación de los
fieles. Procuren finalmente los Obispos, según el venerable ejemplo de la
antigüedad, prestar una fraternal ayuda a las otras Iglesias, sobre todo a
las Iglesias vecinas y más pobres, dentro de esta universal sociedad de la
caridad.
La divina
Providencia ha hecho que en diversas regiones las varias Iglesias fundadas
por los Apóstoles y sus sucesores, con el correr de los tiempos se hayan
reunido en grupos orgánicamente unidos que, dentro de la unidad de fe y la
única constitución divina de la Iglesia universal, gozan de disciplina
propia, de ritos litúrgicos propios y de un propio patrimonio teológico y
espiritual. Entre los cuales, concretamente las antiguas Iglesias
patriarcales, como madres en la fe, engendraron a otras como a hijas, y con
ellas han quedado unidas hasta nuestros días, por vínculos especiales de
caridad, tanto en la vida sacramental como en la mutua observancia de
derechos y deberes. Esta variedad de Iglesias locales, dirigidas a un solo
objetivo, muestra admirablemente la indivisa catolicidad de la Iglesia. Del
mismo modo las Conferencias Episcopales hoy en día pueden desarrollar una
obra múltiple y fecunda a fin de que el sentimiento de la colegialidad tenga
una aplicación concreta.
El ministerio de los Obispos
Los Obispos, en
su calidad de sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor a quien se ha
dado toda potestad en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todas
las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos
los hombres logren la salvación por medio de la fe, el bautismo y el
cumplimiento de los mandamientos (cf. Mt. 28,18; Mc. 16,1516; Act.
26,17ss.). Para el desempeño de esta misión, Cristo Señor prometió a sus
Apóstoles el Espíritu Santo, a quien envió de hecho el día de Pentecostés
desde el cielo para que, confortados con su virtud, fuesen sus testigos
hasta los confines de la tierra ante las gentes, pueblos y reyes (cf. Act.
1,8; 2,1ss.; 9,15). Este encargo que el Señor confió a los pastores de su
pueblo es un verdadero servicio, y en la Sagrada Escritura se llama muy
significativamente "diakonía", o sea ministerio (cf. Act. 1,1725; 21,19; Rom.
11,13; 1 Tim. 1,12).
La misión
canónica de los Obispos puede hacerse ya sea por las legítimas costumbres
que no hayan sido revocadas por la potestad suprema y universal de la
Iglesia, ya sea por las leyes dictadas o reconocidas por la misma autoridad,
ya sea también directamente por el mismo sucesor de Pedro : y ningún Obispo
puede ser elevado a tal oficio contra la voluntad de éste, o sea cuando él
niega la comunión apostólica.
El oficio de enseñar de los Obispos
Entre los oficios
principales de los Obispos se destaca la predicación del Evangelio. Porque
los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para
Cristo y son los maestros auténticos, es decir, herederos de la autoridad de
Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de
creerse y ha de aplicarse a la vida, la ilustran con la luz del Espíritu
Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación las cosas nuevas y las cosas
viejas (cf. Mt. 13,52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de la
grey los errores que la amenazan (cf. 2 Tim. 4,1-4). Los Obispos, cuando
enseñan en comunión por el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos
como los testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte
tienen obligación de aceptar y adherirse con religiosa sumisión del espíritu
al parecer de su Obispo en materias de fe y de costumbres cuando él la
expone en nombre de Cristo. Esta religiosa sumisión de la voluntad y del
entendimiento de modo particular se debe al magisterio auténtico del Romano
Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca
con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se adhiera al parecer
expresado por él según el deseo que haya manifestado él mismo, como puede
descubrirse ya sea por la índole del documento, ya sea por la insistencia
con que repite una misma doctrina, ya sea también por las fórmulas
empleadas. Aunque cada uno de los prelados por sí no posea la prerrogativa
de la infalibilidad, sin embargo, si todos ellos, aun estando dispersos por
el mundo, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el Sucesor
de Pedro, convienen en un mismo parecer como maestros auténticos que exponen
como definitiva una doctrina en las cosas de fe y de costumbres, en ese caso
anuncian infaliblemente la doctrina de Cristo. la Iglesia universal, y sus
definiciones de fe deben aceptarse con sumisión. Esta infalibilidad que el
Divino Redentor quiso que tuviera su Iglesia cuando define la doctrina de fe
y de costumbres, se extiende a todo cuanto abarca el depósito de la divina
Revelación entregado para la fiel custodia y exposición. Esta infalibilidad
compete al Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal, en razón de su
oficio, cuando proclama como definitiva la doctrina de fe o de costumbres en
su calidad de supremo pastor y maestro de todos los fieles a quienes ha de
confirmarlos en la fe (cf. Lc. 22,32). Por lo cual, con razón se dice que
sus definiciones por sí y no por el consentimiento de la Iglesia son
irreformables, puesto que han sido proclamadas bajo la asistencia del
Espíritu Santo prometida a él en San Pedro, y así no necesitan de ninguna
aprobación de otros ni admiten tampoco la apelación a ningún otro tribunal.
Porque en esos casos el Romano Pontífice no da una sentencia como persona
privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en
quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia
misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica. La infalibilidad
prometida a la Iglesia reside también en el cuerpo de los Obispos cuando
ejercen el supremo magisterio juntamente con el sucesor de Pedro. A estas
definiciones nunca puede faltar el asenso de la Iglesia por la acción del
Espíritu Santo en virtud de la cual la grey toda de Cristo se conserva y
progresa en la unidad de la fe.
Cuando el Romano
Pontífice o con él el Cuerpo Episcopal definen una doctrina lo hacen siempre
de acuerdo con la Revelación, a la cual, o por escrito, o por transmisión de
la sucesión legítima de los Obispos, y sobre todo por cuidado del mismo
Pontífice Romano, se nos transmite íntegra y en la Iglesia se conserva y
expone con religiosa fidelidad, gracias a la luz del Espíritu de la verdad.
El Romano Pontífice y los Obispos, como lo requiere su cargo y la
importancia del asunto, celosamente trabajan con los medios adecuados, a fin
de que se estudie como debe esta Revelación y se la proponga apropiadamente
y no aceptan ninguna nueva revelación pública dentro del divino depósito de
la fe.
El oficio de los Obispos de santificar
El Obispo,
revestido como está de la plenitud del Sacramento del Orden, es "el
administrador de la gracia del supremo sacerdocio", sobre todo en la
Eucaristía que él mismo celebra, ya sea por sí, ya sea por otros, que hace
vivir y crecer a la Iglesia. Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente
presente en todas las legítimas reuniones locales de los fieles, que, unidos
a sus pastores, reciben también el nombre de Iglesia en el Nuevo Testamento.
Ellas son, cada una en su lugar, el Pueblo nuevo, llamado por Dios en el
Espíritu Santo y plenitud (cf. 1 Tes. 1,5). En ellas se congregan los fieles
por la predicación del Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la
Cena del Señor "a fin de que por el cuerpo y la sangre del Señor quede unida
toda la fraternidad". En toda celebración, reunida la comunidad bajo el
ministerio sagrado del Obispo, se manifiesta el símbolo de aquella caridad y
"unidad del Cuerpo místico de Cristo sin la cual no puede haber salvación".
En estas comunidades, por más que sean con frecuencia pequeñas y pobres o
vivan en la dispersión, Cristo está presente, el cual con su poder da unidad
a la Iglesia, una, católica y apostólica. Porque "la participación del
cuerpo y sangre de Cristo no hace otra cosa sino que pasemos a ser aquello
que recibimos".
Ahora bien, toda
legítima celebración de la Eucaristía la dirige el Obispo, al cual ha sido
confiado el oficio de ofrecer a la Divina Majestad el culto de la religiosa
cristiana y de administrarlo conforme a los preceptos del Señor y las leyes
de la Iglesia, las cuales él precisará según su propio criterio adaptándolas
a su diócesis.
Así, los Obispos,
orando por el pueblo y trabajando, dan de muchas maneras y abundantemente de
la plenitud de la santidad de Cristo. Por medio del ministerio de la palabra
comunican la virtud de Dios a todos aquellos que creen para la salvación (cf.
Rom. 1,16), y por medio de los sacramentos, cuya administración sana y
fructuosa regulan ellos con su autoridad, santifican a los fieles. Ellos
regulan la administración del bautismo, por medio del cual se concede la
participación en el sacerdocio regio de Cristo. Ellos son los ministros
originarios de la confirmación, dispensadores de las sagradas órdenes, y los
moderadores de la disciplina penitencial; ellos solícitamente exhortan e
instruyen a su pueblo a que participe con fe y reverencia en la liturgia y,
sobre todo, en el santo sacrificio de la misa. Ellos, finalmente, deben
edificar a sus súbditos, con el ejemplo de su vida, guardando su conducta no
sólo de todo mal, sino con la ayuda de Dios, transformándola en bien dentro
de lo posible para llegar a la vida terna juntamente con la grey que se les
ha confiado.
Oficio de los Obispos de regir
Los Obispos rigen
como vicarios y legados de Cristo las Iglesias particulares que se les han
encomendado, con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos, pero
también con su autoridad y con su potestad sagrada, que ejercitan únicamente
para edificar su grey en la verdad y la santidad, teniendo en cuenta que el
que es mayor ha de hacerse como el menor y el que ocupa el primer puesto
como el servidor (cf. Lc. 22,26-27). Esta potestad que personalmente poseen
en nombre de Cristo, es propia, ordinaria e inmediata aunque el ejercicio
último de la misma sea regulada por la autoridad suprema, y aunque, con
miras a la utilidad de la Iglesia o de los fieles, pueda quedar circunscrita
dentro de ciertos límites. En virtud de esta potestad, los Obispos tienen el
sagrado derecho y ante Dios el deber de legislar sobre sus súbditos, de
juzgarlos y de regular todo cuanto pertenece al culto y organización del
apostolado.
A ellos se les
confía plenamente el oficio pastoral, es decir, el cuidado habitual y
cotidiano de sus ovejas, y no deben ser tenidos como vicarios del Romano
Pontífice, ya que ejercitan potestad propia y son, con verdad, los jefes del
pueblo que gobiernan. Así, pues, su potestad no queda anulada por la
potestad suprema y universal, sino que, al revés, queda afirmada,
robustecida y defendida, puesto que el Espíritu Santo mantiene
indefectiblemente la forma de gobierno que Cristo Señor estableció en su
Iglesia.
El Obispo,
enviado por el Padre de familias a gobernar su familia, tenga siempre ante
los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser servido, sino a
servir (cf. Mt. 20,28; Mc. 10,45); y a entregar su vida por sus ovejas (cf.
J. 10, 11). Sacado de entre los hombres y rodeado él mismo de flaquezas,
puede apiadarse de los ignorantes y de los errados (cf. Heb. 5,1-2). No se
niegue a oír a sus súbditos, a los que como a verdaderos hijos suyos abraza
y a quienes exhorta a cooperar animosamente con él. Consciente de que ha de
dar cuenta a Dios de sus almas (cf. Heb. 13,17), trabaje con la oración, con
la predicación y con todas las obras de caridad por ellos y también por los
que todavía no son de la única grey; a éstos téngalos por encomendados en el
Señor. Siendo él deudor para con todos, a la manera de Pablo, esté dispuesto
a evangelizar a todos (cf. Rom. 1,14-15) y no deje de exhortar a sus fieles
a la actividad apostólica y misionera. Los fieles, por su lado, deben estar
unidos a su Obispo como la Iglesia lo está con Cristo y como Cristo mismo lo
está con el Padre, para que todas las cosas armonicen en la unidad y crezcan
para la gloria de Dios (cf. 2 Cor. 4,15).