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1 Poco tiempo
después, el rey envió al ateniense Geronta para obligar a los judíos a que
desertaran de las leyes de sus padres y a que dejaran de vivir según las
leyes de su Dios;
2 y además para
contaminar el Templo de Jerusalén, dedicándolo a Zeus Olímpico, y el de
Garizim, a Zeus Hospitalario, como lo habían pedido los habitantes del
lugar.
3 Este
recrudecimiento del mal era para todos penoso e insoportable.
4 El Templo
estaba lleno de desórdenes y orgías por parte de los paganos que holgaban
con meretrices y que en los atrios sagrados andaban con mujeres, y hasta
introducían allí cosas prohibidas.
5 El altar estaba
repleto de víctimas ilícitas, prohibidas por las leyes.
6 No se podía ni
celebrar el sábado, ni guardar las fiestas patrias, ni siquiera confesarse
judío;
7 antes bien eran
obligados con amarga violencia a la celebración mensual del nacimiento del
rey con un banquete sacrificial y, cuando llegaba la fiesta de Dióniso, eran
forzados a formar parte de su cortejo, coronados de hiedra.
8 Por instigación
de los habitantes de Tolemaida salió un decreto para las vecinas ciudades
griegas, obligándolas a que procedieran de la misma forma contra los judíos
y a que les hicieran participar en los banquetes sacrificiales,
9 con orden de
degollar a los que no adoptaran el cambio a las costumbres griegas. Podíase
ya entrever la calamidad inminente.
10 Dos mujeres
fueron delatadas por haber circuncidado a sus hijos; las hicieron recorrer
públicamente la ciudad con los niños colgados del pecho, y las precipitaron
desde la muralla.
11 Otros que se
habían reunido en cuevas próximas para celebrar a escondidas el día séptimo,
fueron denunciados a Filipo y quemados juntos, sin que quisieran hacer nada
en su defensa, por respeto a la santidad del día.
12 Ruego a los
lectores de este libro que no se desconcierten por estas desgracias; piensen
antes bien que estos castigos buscan no la destrucción, sino la educación de
nuestra raza;
13 pues el no
tolerar por mucho tiempo a los impíos, de modo que pronto caigan en
castigos, es señal de gran benevolencia.
14 Pues con las
demás naciones el Soberano, para castigarlas, aguarda pacientemente a que
lleguen a colmar la medida de sus pecados; pero con nosotros ha decidido no
proceder así,
15 para que no
tenga luego que castigarnos, al llegar nuestros pecados a la medida colmada.
16 Por eso mismo
nunca retira de nosotros su misericordia: cuando corrige con la desgracia,
no está abandonando a su propio pueblo.
17 Quede esto
dicho a modo de recuerdo. Después de estas pocas palabras, prosigamos la
narración.
18 A Eleazar, uno
de los principales escribas, varón de ya avanzada edad y de muy noble
aspecto, le forzaban a abrir la boca y a comer carne de puerco.
19 Pero él,
prefiriendo una muerte honrosa a una vida infame, marchaba voluntariamente
al suplicio del apaleamiento,
20 después de
escupir todo, que es como deben proceder los que tienen valentía rechazar
los alimentos que no es lícito probar ni por amor a la vida.
21 Los que
estaban encargados del banquete sacrificial contrario a la Ley, tomándole
aparte en razón del conocimiento que de antiguo tenían con este hombre, le
invitaban a traer carne preparada por él mismo, y que le fuera lícita; a
simular como si comiera la mandada por el rey, tomada del sacrificio,
22 para que,
obrando así, se librara de la muerte, y por su antigua amistad hacia ellos
alcanzara benevolencia.
23 Pero él,
tomando una noble resolución digna de su edad, de la prestancia de su
ancianidad, de sus experimentadas y ejemplares canas, de su inmejorable
proceder desde niño y, sobre todo, de la legislación santa dada por Dios, se
mostró consecuente consigo diciendo que se le mandara pronto al Hades.
24 «Porque a
nuestra edad no es digno fingir, no sea que muchos jóvenes creyendo que
Eleazar, a sus noventa años, se ha pasado a las costumbres paganas,
25 también ellos
por mi simulación y por mi apego a este breve resto de vida, se desvíen por
mi culpa y yo atraiga mancha y deshonra a mi vejez.
26 Pues aunque me
libre al presente del castigo de los hombres, sin embargo ni vivo ni muerto
podré escapar de las manos del Todopoderoso.
27 Por eso, al
abandonar ahora valientemente la vida, me mostraré digno de mi ancianidad,
28 dejando a los
jóvenes un ejemplo noble al morir generosamente con ánimo y nobleza por las
leyes venerables y santas.» Habiendo dicho esto, se fue enseguida al
suplicio del apaleamiento.
29 Los que le
llevaban cambiaron su suavidad de poco antes en dureza, después de oír las
referidas palabras que ellos consideraban una locura;
30 él, por su
parte, a punto ya de morir por los golpes, dijo entre suspiros: «El Señor,
que posee la ciencia santa, sabe bien que, pudiendo librarme de la muerte,
soporto flagelado en mi cuerpo recios dolores, pero en mi alma los sufro con
gusto por temor de él.»
31 De este modo
llegó a su tránsito. (No sólo a los jóvenes, sino también a la gran mayoría
de la nación, Eleazar dejó su muerte como ejemplo de nobleza y recuerdo de
virtud.)
1 Sucedió también
que siete hermanos apresados junto con su madre, eran forzados por el rey,
flagelados con azotes y nervios de buey, a probar carne de puerco (prohibida
por la Ley).
2 Uno de ellos,
hablando en nombre de los demás, decía así: «¿Qué quieres preguntar y saber
de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que violar las leyes de
nuestros padres.»
3 El rey, fuera
de sí, ordenó poner al fuego sartenes y calderas.
4 En cuanto
estuvieron al rojo, mandó cortar la lengua al que había hablado en nombre de
los demás, arrancarle el cuero cabelludo y cortarle las extremidades de los
miembros, en presencia de sus demás hermanos y de su madre.
5 Cuando quedó
totalmente inutilizado, pero respirando todavía, mandó que le acercaran al
fuego y le tostaran en la sartén. Mientras el humo de la sartén se difundía
lejos, los demás hermanos junto con su madre se animaban mutuamente a morir
con generosidad, y decían:
6 «El Señor Dios
vela y con toda seguridad se apiadará de nosotros, como declaró Moisés en el
cántico que atestigua claramente: "Se apiadará de sus siervos".»
7 Cuando el
primero hizo así su tránsito, llevaron al segundo al suplicio y después de
arrancarle la piel de la cabeza con los cabellos, le preguntaban: «¿Vas a
comer antes de que tu cuerpo sea torturado miembro a miembro?»
8 El respondiendo
en su lenguaje patrio, dijo: «¡No!» Por ello, también éste sufrió a su vez
la tortura, como el primero.
9 Al llegar a su
último suspiro dijo: «Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el
Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una
vida eterna.»
10 Después de
éste, fue castigado el tercero; en cuanto se lo pidieron, presentó la
lengua, tendió decidido las manos
11 (y dijo con
valentía: «Por don del Cielo poseo estos miembros, por sus leyes los desdeño
y de El espero recibirlos de nuevo).»
12 Hasta el punto
de que el rey y sus acompañantes estaban sorprendidos del ánimo de aquel
muchacho que en nada tenía los dolores.
13 Llegado éste a
su tránsito, maltrataron de igual modo con suplicios al cuarto.
14 Cerca ya del
fin decía así: «Es preferible morir a manos de hombres con la esperanza que
Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él; para ti, en cambio, no habrá
resurrección a la vida.»
15 Enseguida
llevaron al quinto y se pusieron a atormentarle.
16 El, mirando al
rey, dijo: «Tú, porque tienes poder entre los hombres aunque eres mortal,
haces lo que quieres. Pero no creas que Dios ha abandonado a nuestra raza.
17 Aguarda tú y
contemplarás su magnifico poder, cómo te atormentará a ti y a tu linaje.»
18 Después de
éste, trajeron al sexto, que estando a punto de morir decía: «No te hagas
ilusiones, pues nosotros por nuestra propia culpa padecemos; por haber
pecado contra nuestro Dios (nos suceden cosas sorprendentes).
19 Pero no
pienses quedar impune tú que te has atrevido a luchar contra Dios.»
20 Admirable de
todo punto y digna de glorioso recuerdo fue aquella madre que, al ver morir
a sus siete hijos en el espacio de un solo día, sufría con valor porque
tenía la esperanza puesta en el Señor.
21 Animaba a cada
uno de ellos en su lenguaje patrio y, llena de generosos sentimientos y
estimulando con ardor varonil sus reflexiones de mujer, les decía:
22 «Yo no sé cómo
aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la
vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno.
23 Pues así el
Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el
origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con
misericordia, porque ahora no miráis por vosotros mismos a causa de sus
leyes.»
24 Antíoco creía
que se le despreciaba a él y sospechaba que eran palabras injuriosas.
Mientras el menor seguía con vida, no sólo trataba de ganarle con palabras,
sino hasta con juramentos le prometía hacerle rico y muy feliz, con tal de
que abandonara las tradiciones de sus padres; le haría su amigo y le
confiaría altos cargos.
25 Pero como el
muchacho no le hacía ningún caso, el rey llamó a la madre y la invitó a que
aconsejara al adolescente para salvar su vida.
26 Tras de
instarle él varias veces, ella aceptó el persuadir a su hijo.
27 Se inclinó
sobre él y burlándose del cruel tirano, le dijo en su lengua patria: «Hijo,
ten compasión de mí que te llevé en el seno por nueve meses, te amamanté por
tres años, te crié y te eduqué hasta la edad que tienes (y te alimenté).
28 Te ruego,
hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al ver todo lo que hay en ellos,
sepas que a partir de la nada lo hizo Dios y que también el género humano ha
llegado así a la existencia.
29 No temas a
este verdugo, antes bien, mostrándote digno de tus hermanos, acepta la
muerte, para que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en la
misericordia.»
30 En cuanto ella
terminó de hablar, el muchacho dijo: «¿Qué esperáis? No obedezco el mandato
del rey; obedezco el mandato de la Ley dada a nuestros padres por medio de
Moisés.
31 Y tú, que eres
el causante de todas las desgracias de los hebreos, no escaparás de las
manos de Dios.
32 (Cierto que
nosotros padecemos por nuestros pecados.)
33 Si es verdad
que nuestro Señor que vive, está momentáneamente irritado para castigarnos y
corregirnos, también se reconciliará de nuevo con sus siervos.
34 Pero tú, ¡oh
impío y el más criminal de todos los hombres!, no te engrías neciamente,
entregándote a vanas esperanzas y alzando la mano contra sus siervos;
35 porque todavía
no has escapado del juicio del Dios que todo lo puede y todo lo ve.
36 Pues ahora
nuestros hermanos, después de haber soportado una corta pena por una vida
perenne, cayeron por la alianza de Dios; tú, en cambio, por el justo juicio
de Dios cargarás con la pena merecida por tu soberbia.
37 Yo, como mis
hermanos, entrego mi cuerpo y mi vida por las leyes de mis padres, invocando
a Dios para que pronto se muestre propicio con nuestra nación, y que tú con
pruebas y azotes llegues a confesar que él es el único Dios.
38 Que en mí y en
mis hermanos se detenga la cólera del Todopoderoso justamente descargada
sobre toda nuestra raza.»
39 El rey, fuera
de sí, se ensañó con éste con mayor crueldad que con los demás, por
resultarle amargo el sarcasmo.
40 También éste
tuvo un limpio tránsito, con entera confianza en el Señor.
41 Por último,
después de los hijos murió la madre.
42 Sea esto
bastante para tener noticia de los banquetes sacrificiales y de las
crueldades sin medida.
1 Judas, llamado
también Macabeo, y sus compañeros entraban sigilosamente en los pueblos,
llamaban a sus hermanos de raza y acogiendo a los que permanecían fieles al
judaísmo, llegaron a reunir 6.000 hombres.
2 Rogaban al
Señor que mirase por aquel pueblo que todos conculcaban; que tuviese piedad
del santuario profanado por los hombres impíos;
3 que se
compadeciese de la ciudad destruida y a punto de ser arrasada, y que
escuchase las voces de la sangre que clamaba a él;
4 que se acordase
de la inicua matanza de niños inocentes y de las blasfemias proferidas
contra su nombre, y que mostrase su odio al mal.
5 Macabeo, con su
tropa organizada, fue ya invencible para los gentiles, al haberse cambiado
en misericordia la cólera del Señor.
6 Llegando de
improviso, incendiaba ciudades y pueblos; después de ocupar las posiciones
estratégicas, causaba al enemigo grandes pérdidas.
7 Prefería la
noche como aliada para tales incursiones. La fama de su valor se extendía
por todas partes.
8 Al ver Filipo
que este hombre progesaba paulatinamente y que sus éxitos eran cada día más
frecuentes, escribió a Tolomeo, estratega de Celesiria y Fenicia para que
viniese en ayuda de los intereses del rey.
9 Este designó
enseguida a Nicanor, hijo de Patroclo, uno de sus primeros amigos, y le
envió al frente de no menos de 20.000 hombres de todas las naciones para
exterminar la raza entera de Judea. Puso a su lado a Gorgias, general con
experiencia en lides guerreras.
10 Nicanor
intentaba, por su parte, saldar con la venta de prisioneros judíos, el
tributo de 2.000 talentos que el rey debía a los romanos.
11 Pronto envió a
las ciudades marítimas una invitación para que vinieran a comprar esclavos
judíos, prometiendo entregar noventa esclavos por un talento sin esperarse
el castigo del Todopoderoso que estaba a punto de caer sobre él.
12 Llegó a Judas
la noticia de la expedición de Nicanor. Cuando comunicó a los que le
acompañaban que el ejército se acercaba,
13 los cobardes y
desconfiados de la justicia divina, comenzaron a escaparse y alejarse del
lugar;
14 los demás
vendían todo lo que les quedaba, y pedían al mismo tiempo al Señor que
librara a los que el impío Nicanor tenía vendidos aun ante de haberse
enfrentado.
15 Si no por
ellos, sí por las alianzas con sus padres y porque invocaban en su favor el
venerable y majestuoso Nombre.
16 Después de
reunir a los suyos, en número de 6.000, el Macabeo les exhortaba a no
dejarse amedrentar por los enemigos y a no temer a la muchedumbre de
gentiles que injustamente venían contra ellos, sino a combatir con valor,
17 teniendo a la
vista el ultraje que inicuamente habían inferido al Lugar Santo, los
suplicios infligidos a la ciudad y la abolición de las instituciones
ancestrales.
18 «Ellos, les
dijo, confían en sus armas y en su audacia; pero nosotros tenemos nuestra
confianza puesta en Dios Todopoderoso, que puede abatir con un gesto a los
que vienen contra nosotros y al mundo entero.»
19 Les enumeró
los auxilios dispensados a sus antecesores, especialmente frente a
Senaquerib, cuando perecieron 185.000,
20 y el recibido
en Babilonia, en la batalla contra los gálatas, cuando entraron en acción
todos los 8.000 judíos junto a los 4.000 macedonios, y cuando los macedonios
se hallaban en apuros, los 8.000 derrotaron a 120.000, gracias al auxilio
que les llegó del cielo, y se hicieron con un gran botín.
21 Después de
haberlos enardecido con estas palabras y de haberlos dispuesto a morir por
las leyes y por la patria, dividió el ejército en cuatro cuerpos.
22 Puso a sus
hermanos, Simón, José y Jonatán, al frente de cada cuerpo, dejando a las
órdenes de cada uno 1.500 hombres.
23 Además mandó a
Esdrías que leyera el libro sagrado; luego, dando como consigna «Auxilio de
Dios», él mismo al frente del primer cuerpo trabó combate con Nicanor.
24 Al ponerse el
Todopoderoso de su parte en la lucha, dieron muerte a más de 9.000 enemigos,
hirieron y mutilaron a la mayor parte del ejército de Nicanor, y a todos los
demás los pusieron en fuga.
25 Se apoderaron
del dinero de los que habían venido a comprarlos. Después de haberlos
perseguido bastante tiempo, se volvieron, obligados por la hora,
26 pues era
víspera del sábado, y por esta causa no continuaron en su persecución.
27 Una vez que
hubieron amontonado las armas y recogido los despojos de los enemigos,
comenzaron la celebración del sábado, desbordándose en bendiciones y
alabanzas al Señor que en aquel día les había salvado, estableciendo el
comienzo de su misericordia.
28 Al acabar el
sábado, dieron una parte del botín a los que habían sufrido la persecución,
así como a las viudas y huérfanos; ellos y sus hijos se repartieron el
resto.
29 Hecho esto, en
rogativa pública rogaron al Señor misericordioso que se reconciliara del
todo con sus siervos.
30 En su combate
con las tropas de Timoteo y Báquides, mataron a éstos más de 20.000 hombres,
se adueñaron por completo de altas fortalezas y dividieron el inmenso botín
en partes iguales, una para ellos y otra para los que habían sufrido la
persecución, los huérfanos y las viudas, así como para los ancianos.
31 Con todo
cuidado reunieron las armas capturadas en lugares convenientes y llevaron a
Jerusalén el resto de los despojos.
32 Mataron al
filarca de la escolta de Timoteo, hombre muy impío que había causado mucho
pesar a los judíos.
33 Mientras
celebraban la victoria en su patria, quemaron a los que habían incendiado
los portones sagrados, así como a Calístenes, que estaban refugiados en una
misma casita, y que recibieron así la merecida paga de su impiedad.
34 Nicanor, tres
veces criminal, que había traído a los mil comerciantes para la venta de los
judíos,
35 con el auxilio
del Señor, quedó humillado por los mismos que él despreciaba como los más
viles; despojándose de sus galas, como un fugitivo a campo través, buscando
la soledad llegó hasta Antioquía con mucha suerte, después del desastre de
su ejército.
36 El que había
pretendido saldar el tributo debido a los romanos con la venta de los
prisioneros de Jerusalén, proclamaba que los judíos tenían a Alguien que les
defendía, y que los judíos eran invulnerables por el hecho de que seguían
las leyes prescritas por Aquél.
1 Sucedió por
este tiempo que Antíoco hubo de retirarse desordenadamente de las regiones
de Persia.
2 En efecto,
habiendo entrado en la ciudad llamada Persépolis, pretendió saquear el
santuario y oprimir la ciudad; ante ello, la muchedumbre sublevándose acudió
a las armas y le puso en fuga; y sucedió que Antíoco, ahuyentado por los
naturales del país, hubo de emprender una vergonzosa retirada.
3 Cuando estaba
en Ecbátana, le llegó la noticia de lo ocurrido a Nicanor y a las tropas de
Timoteo.
4 Arrebatado de
furor, pensaba vengar en los judíos la afrenta de los que le habían puesto
en fuga, y por eso ordenó al conductor que hiciera avanzar el carro sin
parar hasta el término del viaje. Pero ya el juicio del Cielo se cernía
sobre él, pues había hablado así con orgullo: «En cuanto llegue a Jerusalén,
haré de la ciudad una fosa común de judíos.»
5 Pero el Señor
Dios de Israel que todo lo ve, le hirió con una llaga incurable e invisible:
apenas pronunciada esta frase, se apoderó de sus entrañas un dolor
irremediable, con agudos retortijones internos,
6 cosa totalmente
justa para quien había hecho sufrir las entrañas de otros con numerosas y
desconocidas torturas.
7 Pero él de
ningún modo cesaba en su arrogancia; estaba lleno todavía de orgullo,
respiraba el fuego de su furor contra los judíos y mandaba acelerar la
marcha. Pero sucedió que vino a caer de su carro que corría velozmente y,
con la violenta caída, todos los miembros de su cuerpo se le descoyuntaron.
8 El que poco
antes pensaba dominar con su altivez de superhombre las olas del mar, y se
imaginaba pesar en una balanza las cimas de las montañas, caído por tierra,
era luego transportado en una litera, mostrando a todos de forma manifiesta
el poder de Dios,
9 hasta el punto
que de los ojos del impío pululaban gusanos, caían a pedazos sus carnes, aun
estando con vida, entre dolores y sufrimientos, y su infecto hedor apestaba
todo el ejército.
10 Al que poco
antes creía tocar los astros del cielo, nadie podía ahora llevarlo por la
insoportable repugnancia del hedor.
11 Así comenzó
entonces, herido, a abatir su excesivo orgullo y a llegar al verdadero
conocimiento bajo el azote divino, en tensión a cada instante por los
dolores.
12 Como ni él
mismo podía soportar su propio hedor, decía: «Justo es estar sumiso a Dios y
que un mortal no pretenda igualarse a la divinidad.»
13 Pero aquel
malvado rogaba al Soberano de quien ya no alcanzaría misericordia,
prometiendo
14 que declararía
libre la ciudad santa, a la que se había dirigido antes a toda prisa para
arrasarla y transformarla en fosa común,
15 que
equipararía con los atenienses a todos aquellos judíos que había considerado
dignos, no de una sepultura, sino de ser arrojados con sus niños como pasto
a las fieras;
16 que adornaría
con los más bellos presentes el Templo Santo que antes había saqueado; que
devolvería multiplicados todos los objetos sagrados; que suministraría a sus
propias expensas los fondos que se gastaban en los sacrificios;
17 y, además, que
se haría judío y recorrería todos los lugares habitados para proclamar el
poder de Dios.
18 Como sus
dolores de ninguna forma se calmaban, pues había caído sobre él el justo
juicio de Dios, desesperado de su estado, escribió a los judíos la carta
copiada a continuación, en forma de súplica, con el siguiente contenido:
19 «A los
honrados judíos, ciudadanos suyos, con los mejores deseos de dicha, salud y
prosperidad, saluda el rey y estratega Antíoco.
20 Si os
encontráis bien vosotros y vuestros hijos, y vuestros asuntos van conforme a
vuestros deseos, damos por ello rendidas gracias.
21 En cuanto a
mí, me encuentro postrado sin fuerza en mi lecho, con un amistoso recuerdo
de vosotros. A mi vuelta de las regiones de Persia, contraje una molesta
enfermedad y he considerado necesario preocuparme de vuestra seguridad
común.
22 No desespero
de mi situación, antes bien tengo grandes esperanzas de salir de esta
enfermedad;
23 pero
considerando que también mi padre, con ocasión de salir a campaña hacia las
regiones altas, designó su futuro sucesor,
24 para que, si
ocurría algo sorprendente o si llegaba alguna noticia desagradable, los
habitantes de las provincias no se perturbaran, por saber ya a quién quedaba
confiado el gobierno;
25 dándome cuenta
además de que los soberanos de alrededor, vecinos al reino, acechan las
oportunidades y aguardan lo que pueda suceder, he nombrado rey a mi hijo
Antíoco, a quien muchas veces, al recorrer las satrapías altas, os he
confiado y recomendado a gran parte de vosotros. A él le he escrito lo que
sigue.
26 Por tanto os
exhorto y ruego que acordándoos de los beneficios recibidos en común y en
particular, guardéis cada uno también con mi hijo la benevolencia que tenéis
hacia mí.
27 Pues estoy
seguro de que él, realizando con moderación y humanidad mis proyectos, se
entenderá bien con vosotros.»
28 Así pues,
aquel asesino y blasfemo, sufriendo los peores padecimientos, como los había
hecho padecer a otros, terminó la vida en tierra extranjera, entre montañas,
en el más lamentable infortunio.
29 Filipo, su
compañero, trasladaba su cuerpo; mas, por temor al hijo de Antíoco, se
retiró a Egipto, junto a Tolomeo Filométor.
1 Macabeo y los
suyos, guiados por el Señor, recuperaron el Templo y la ciudad,
2 destruyeron los
altares levantados por los extranjeros en la plaza pública, así como los
recintos sagrados.
3 Después de
haber purificado el Templo, hicieron otro altar; tomando fuego de pedernal
del que habían sacado chispas, tras dos años de intervalo ofrecieron
sacrificios, el incienso y las lámparas, y colocaron los panes de la
Presencia.
4 Hecho esto,
rogaron al Señor, postrados sobre el vientre, que no les permitiera volver a
caer en tales desgracias, sino que, si alguna vez pecaban, les corrigiera
con benignidad, y no los entregara a los gentiles blasfemos y bárbaros.
5 Aconteció que
el mismo día en que el Templo había sido profanado por los extranjeros, es
decir, el veinticinco del mismo mes que es Kisléu, tuvo lugar la
purificación del Templo.
6 Lo celebraron
con alegría durante ocho días, como en la fiesta de las Tiendas, recordando
cómo, poco tiempo antes, por la fiesta de las Tiendas, estaban cobijados
como fieras en montañas y cavernas.
7 Por ello,
llevando tirsos, ramas hermosas y palmas, entonaban himnos hacia Aquél que
había llevado a buen término la purificación de su lugar.
8 Por público
decreto y voto prescribieron que toda la nación de los judíos celebrara
anualmente aquellos mismos días.
9 Tales fueron
las circunstancias de la muerte de Antíoco, apellidado Epífanes.
10 Vamos a
exponer ahora lo referente a Antíoco Eupátor, hijo de aquel impío,
resumiendo las desgracias debidas a las guerras.
11 En efecto, una
vez heredado el reino, puso al frente de sus asuntos a un tal Lisias,
estratega supremo de Celesiria y Fenicia.
12 Pues Tolomeo,
el llamado Macrón, el primero en observar la justicia con los judíos, debido
a la injusticia con que se les había tratado, procuraba resolver
pacíficamente lo que a ellos concernía;
13 acusado ante
Eupátor a consecuencia de ello por los amigos del rey, oía continuamente que
le llamaban traidor, por haber abandonado Chipre, que Filométor le había
confiado, y por haberse pasado a Antíoco Epífanes. Al no poder honrar
debidamente la dignidad de su cargo, envenenándose, dejó esta vida.
14 Gorgias, hecho
estratega de la región, mantenía tropas mercenarias y en toda ocasión
hostigaba a los judíos.
15 Al mismo
tiempo los idumeos, dueños de fortalezas estratégicas, causaban molestias a
los judíos, y acogiendo a los fugitivos de Jerusalén procuraban fomentar la
guerra.
16 Macabeo y sus
compañeros, después de haber celebrado una rogativa y haber pedido a Dios
que luchara junto a ellos, se lanzaron contra las fortalezas de los idumeos;
17 después de
atacarlos con ímpetu, se apoderaron de las posiciones e hicieron retroceder
a todos los que combatían sobre la muralla; daban muerte a cuantos caían en
sus manos. Mataron por lo menos 20.000.
18 No menos de
9.000 hombres se habían refugiado en dos torres muy bien fortificadas y
abastecidas de cuanto era necesario para resistir un sitio.
19 Macabeo dejó
entonces a Simón y José, y además a Zaqueo y a los suyos, en número
suficiente para asediarles, y él mismo partió hacia otros lugares de mayor
urgencia.
20 Pero los
hombres de Simón, ávidos de dinero, se dejaron sobornar por algunos de los
que estaban en las torres; por 70.000 dracmas dejaron que algunos se
escapasen.
21 Cuando se dio
a Macabeo la noticia de lo sucedido, reunió a los jefes del pueblo y acusó a
aquellos hombres de haber vendido a sus hermanos por dinero al soltar
enemigos contra ellos.
22 Hizo por tanto
ejecutarles por traidores e inmediatamente se apoderó de las dos torres.
23 Con atinada
dirección y con las armas en las manos, mató en las dos fortalezas a más de
20.000 hombres.
24 Timoteo, que
antes había sido vencido por los judíos, después de reclutar numerosas
fuerzas extranjeras y de reunir no pocos caballos traídos de Asia, se
presentó con la intención de conquistar Judea por las armas.
25 Ante su
avance, los hombres de Macabeo, en rogativas a Dios, cubrieron de polvo su
cabeza y ciñeron de sayal la cintura;
26 y, postrándose
delante del Altar, a su pie, pedían a Dios que, mostrándose propicio con
ellos, se hiciera enemigo de sus enemigos y adversario de sus adversarios,
como declara la Ley.
27 Al acabar la
plegaria, tomaron las armas y avanzaron un buen trecho fuera de la ciudad;
cuando estaban cerca de sus enemigos, se detuvieron.
28 A poco de
difundirse la claridad del sol naciente, ambos bandos se lanzaron al
combate; los unos tenían como garantía del éxito y de la victoria, además de
su valor, el recurso al Señor; los otros combatían con la furia como guía de
sus luchas.
29 En lo recio de
la batalla, aparecieron desde el cielo ante los adversarios cinco hombres
majestuosos montados en caballos con frenos de oro, que se pusieron al
frente de los judíos;
30 colocaron a
Macabeo en medio de ellos y, cubriéndole con sus armaduras, le hacían
invulnerable; arrojaban sobre los adversarios saetas y rayos, por lo que
heridos de ceguera se dispersaban en completo desorden.
31 20.500
infantes fueron muertos y seiscientos jinetes.
32 El mismo
Timoteo se refugió en una fortaleza, muy bien guardada, llamada Gázara, cuyo
estratega era Quereas.
33 Las tropas de
Macabeo, alborozadas, asediaron la ciudadela durante cuatro días.
34 Los de dentro,
confiados en lo seguro de la posición, blasfemaban sin cesar y proferían
palabras impías.
35 Amanecido el
quinto día, veinte jóvenes de las tropas de Macabeo, encendidos en furor a
causa de las blasfemias, se lanzaron valientemente contra la muralla y con
fiera bravura herían a cuantos se ponían delante.
36 Otros,
subieron igualmente por el lado opuesto contra los de dentro, prendieron
fuego a las torres y, encendiendo hogueras, quemaron vivos a los blasfemos.
Aquéllos, entretanto, rompián las puertas, y tras abrir paso al resto del
ejército, se apoderaron de la ciudad.
37 Mataron a
Timoteo, que estaba escondido en una cisterna, así como a su hermano Quereas
y a Apolófanes.
38 Al término de
estas proezas, con himnos y alabanzas bendecían al Señor que hacía grandes
beneficios a Israel y a ellos les daba la victoria.
1 Muy poco tiempo
después, Lisias, tutor y pariente del rey, que estaba al frente de los
negocios, muy contrariado por lo sucedido,
2 reunió unos
80.000 hombres con toda la caballería, y se puso en marcha contra los
judíos, con la intención de hacer de la ciudad una población de griegos,
3 convertir el
Templo en fuente de recursos, como los demás recintos sagrados de los
gentiles, y poner cada año en venta la dignidad del sumo sacerdocio.
4 No tenía en
cuenta en absoluto el poder de Dios, engreído como estaba con sus miríadas
de infantes, sus millares de jinetes y sus ochenta elefantes.
5 Entró en Judea,
se acercó a Bet Sur, plaza fuerte que dista de Jerusalén unas cinco esjenas,
y la cercó estrechamente.
6 En cuanto los
hombres de Macabeo supieron que Lisias estaba sitiando las fortalezas,
comenzaron a implorar al Señor con gemidos y lágrimas, junto con la
multitud, que enviase un ángel bueno para salvar a Israel.
7 Macabeo en
persona tomó el primero las armas y exhortó a los demás a que juntamente con
él afrontaran el peligro y auxiliaran a sus hermanos. Ellos se lanzaron
juntos con entusiasmo.
8 Cuando estaban
cerca de Jerusalén, apareció poniéndose al frente de ellos, un jinete
vestido de blanco, blandiendo armas de oro.
9 Todos a una
bendijeron entonces a Dios misericordioso y y sintieron enardecerse sus
ánimos, dispuestos a atravesar no sólo a hombres, sino aun a las fieras más
salvajes murallas de hierro.
10 Avanzaban
equipados, con el aliado enviado del Cielo, porque el Señor se había
compadecido de ellos.
11 Se lanzaron
como leones sobre los enemigos, abatieron 11.000 infantes y 1.600 jinetes, y
obligaron a huir a todos los demás.
12 La mayoría de
éstos escaparon heridos y desarmados; el mismo Lisias se salvó huyendo
vergonzosamente.
13 Pero Lisias no
era hombre sin juicio. Reflexionando sobre la derrota que acababa de sufrir,
y comprendiendo que los hebreos eran invencibles porque el Dios poderoso
luchaba con ellos,
14 les propuso
por una embajada la reconciliación bajo toda clase de condiciones justas; y
que además obligaría al rey a hacerse amigo de ellos.
15 Macabeo
asintió a todo lo que Lisias proponía, preocupado por el interés público;
pues el rey concedió cuanto Macabeo había pedido por escrito a Lisias acerca
de los judíos.
16 La carta
escrita por Lisias a los judíos decía lo siguiente: «Lisias saluda a la
población de los judíos.
17 Juan y
Absalón, vuestros enviados, al entregarme el documento copiado a
continuación, me han rogado una respuesta sobre lo que en el mismo se
significaba.
18 He dado cuenta
al rey de todo lo que debía exponérsele; lo que era de mi competencia lo he
concedido.
19 Por
consiguiente, si mantenéis vuestra buena disposición hacia el Estado,
también yo procuraré en adelante colaborar en vuestro favor.
20 En cuanto a
los detalles, tengo dada orden a vuestros enviados y a los míos de que los
discutan con vosotros.
21 Seguid bien.
Año 148, el veinticuatro de Dióscoro.»
22 La carta del
rey decía lo siguiente: «El rey Antíoco saluda a su hermano Lisias.
23 Habiendo
pasado nuestro padre donde los dioses, deseamos que los súbditos del reino
vivan sin inquietudes para entregarse a sus propias ocupaciones.
24 Teniendo oído
que los judíos no están de acuerdo en adoptar las costumbres griegas, como
era voluntad de mi padre, sino que prefieren seguir sus propias costumbres,
y ruegan que se les permita acomodarse a sus leyes,
25 deseosos, por
tanto, de que esta nación esté tranquila, decidimios que se les restituya el
Templo y que puedan vivir según las costumbres de sus antepasados.
26 Bien harás,
por tanto, en enviarles emisarios que les den la mano, para que al saber
nuestra determinación, se sientan confiados y se dediquen con agrado a sus
propias ocupaciones.»
27 La carta del
rey a la nación era como sigue: «El rey Antíoco saluda al Senado de los
judíos y a los demás judíos.
28 Sería nuestro
deseo que os encontrarais bien; también nosotros gozamos de salud.
29 Menelao nos ha
manifestado vuestro deseo de volver a vuestros hogares.
30 A los que
vuelvan antes del treinta del mes de Xántico se les ofrece la mano y
libertad
31 para que los
judíos se sirvan de sus propios alimentos y leyes como antes, y ninguno de
ellos sea molestado en modo alguno a causa de faltas cometidas por
ignorancia.
32 He enviado a
Menelao para que os anime.
33 Seguid bien.
Año 148, día quince de Xántico.»
34 También los
romanos les enviaron una carta con el siguiente contenido: «Quinto Memmio,
Tito Manilio, Manio Sergio, legados de los romanos, saludan al pueblo de los
judíos.
35 Nosotros damos
nuestro consentimiento a lo que Lisias, pariente del rey, os ha concedido.
36 Pero en
relación con lo que él decidió presentar al rey, mandadnos algún emisario en
cuanto lo hayáis examinado, para que lo expongamos en la forma que os
conviene, ya que nos dirigimos a Antioquía,
37 Daos prisa,
por tanto; enviadnos a algunos, para que también nosotros conozcamos cuál es
vuestra opinión.
38 Seguid en
buena salud. Año 148, día quince de Dióscoro.»
1 Una vez
terminados estos tratados, Lisias se volvió junto al rey, mientras los
judíos se entregaban a las labores del campo.
2 Pero algunos de
los estrategas en plaza, Timoteo y Apolonio, hijo de Genneo, y también
Jerónimo y Demofón, además de Nicanor, el Chipriarca, no les dejaban vivir
en paz ni disfrutar de sosiego.
3 Los habitantes
de Joppe, por su parte, perpetraron la enorme impiedad que sigue: invitaron
a los judíos que vivían con ellos, a subir con mujeres y niños a las
embarcaciones que habían preparado, como si no guardaran contra ellos
ninguna enemistad.
4 Conforme a la
común decisión de la ciudad, aceptaron los judíos, por mostrar sus deseos de
vivir en paz y que no tenían el menor recelo; pero, cuando se hallaban en
alta mar, los echaron al fondo, en número no inferior a doscientos.
5 Cuando Judas se
enteró de la crueldad cometida con sus compatriotas, se lo anunció a sus
hombres;
6 y después de
invocar a Dios, el justo juez, se puso en camino contra los asesinos de sus
hermanos, incendió por la noche el puerto, quemó las embarcaciones y pasó a
cuchillo a los que se habían refugiado allí.
7 Al encontrar
cerrada la plaza, se retiró con la intención de volver de nuevo y exterminar
por completo a la población de Joppe.
8 Enterado de que
también los de Yamnia querían actuar de la misma forma con los judíos que
allí habitaban,
9 atacó también
de noche a los yamnitas e incendió el puerto y la flota, de modo que el
resplandor de las llamas se veía hasta en Jerusalén y eso que había 240
estadios de distancia.
10 Marchando
contra Timoteo, se alejaron de allí nueve estadios, cuando le atacaron no
menos de 5.000 árabes y quinientos jinetes.
11 En la recia
batalla trabada, las tropas de Judas lograron la victoria, gracias al
auxilio recibido de Dios; los nómadas, vencidos, pidieron a Judas que les
diera la mano, prometiendo entregarle ganado y serle útiles en adelante.
12 Judas, dándose
cuenta de que verdaderamente en muchos casos podían ser de utilidad,
consintió en hacer las paces con ellos; estrechada la mano se retiraron a
las tiendas.
13 Judas atacó
también a cierta ciudad fortificada con terraplenes, rodeada de murallas, y
habitada por una población mixta de varias naciones, por nombre Caspín.
14 Los sitiados,
confiados en la solidez de las murallas y en la provisión de víveres,
trataban groseramente con insultos a los hombres de Judas, profiriendo
además blasfemias y palabras sacrílegas.
15 Los hombres de
Judas, después de invocar al gran Señor del mundo, que sin arietes ni
máquinas de guerra había derruido a Jericó en tiempo de Josué, atacaron
ferozmente la muralla.
16 Una vez dueños
de la ciudad por la voluntad de Dios, hicieron una indescriptible carnicería
hasta el punto de que el lago vecino, con su anchura de dos estadios,
parecía lleno con la sangre que le había llegado.
17 Se alejaron de
allí 750 estadios y llegaron a Járaca, donde los judíos llamados tubios.
18 Pero no
encontraron en aquellos lugares a Timoteo, que al no lograr nada se había
ido de allí, dejando con todo en determinado lugar una fortísima guarnición.
19 Dositeo y
Sosípatro, capitanes de Macabeo, en una incursión mataron a los hombres que
Timoteo había dejado en la fortaleza, más de 10.000.
20 Macabeo
distribuyó su ejército en cohortes, puso a aquellos dos a su cabeza y se
lanzó contra Timoteo que tenía consigo 20.000 infantes y 2.500 jinetes.
21 Al enterarse
Timoteo de la llegada de Judas, mandó por delante las mujeres, los niños y
el resto de la impedimenta al sitio llamado Carnión; pues era un lugar
inexpugnable y de acceso difícil, por la angostura de todos sus pasos.
22 En cuanto
apareció, la primera, la cohorte de Judas, se apoderó de los enemigos el
miedo y el temor al manifestarse ente ellos Aquél que todo lo ve, y se
dieron a la fuga cada cual por su lado, de modo que muchas veces eran
heridos por sus propios compañeros y atravesados por las puntas de sus
espadas.
23 Judas seguía
tenazmente en su persecución, acuchillando a aquellos criminales; llegó a
matar hasta 30.000 hombres.
24 El mismo
Timoteo cayó en manos de los hombres de Dositeo y Sosípatro; les instaba con
mucha palabrería que le dejaran ir salvo, pues alegaba tener en su poder a
parientes entre los cuales había hermanos de muchos de ellos, de cuya vida
nadie se cuidaría.
25 Cuando él
garantizó, después de muchas palabras, la determinación de restituirlos
sanos y salvos, le dejaron libre con ánimo de liberar a sus hermanos.
26 Habiéndose
dirigido al Carnión y al Atargateion, Judas dio muerte a 25.000 hombres.
27 Después de
haber derrotado (y destruido) a estos enemigos, dirigió una expedición
contra la ciudad fuerte de Efrón, donde habitaba Lisanias, con una multitud
de toda estirpe. Jóvenes vigorosos, apostados ante las murallas, combatían
con valor; en el interior había muchas reservas de máquinas de guerra y
proyectiles.
28 Después de
haber invocado al Señor que aplasta con energía las fuerzas de los enemigos,
los judíos se apoderaron de la ciudad y abatieron por tierra a unos 25.000
de los que estaban dentro.
29 Partiendo de
allí se lanzaron contra Escitópolis, ciudad que dista de Jerusalén sesenta
estadios.
30 Pero como los
judíos allí establecidos atestiguaron que los habitantes de la ciudad habían
sido benévolos con ellos y les habían dado buena acogida en los tiempos de
desgracia,
31 Judas y los
suyos se lo agradecieron y les exhortaron a que también en lo sucesivo se
mostraran bien dispuestos con su raza. Llegaron a Jerusalén en la proximidad
de la fiesta de las Semanas.
32 Después de la
fiesta llamada de Pentecostés, se lanzaron contra Gorgias, el estratega de
Idumea.
33 Salió éste con
3.000 infantes y cuatrocientos jinetes,
34 y sucedió que
cayeron algunos de los judíos que les habían presentado batalla.
35 Un tal
Dositeo, jinete valiente, del cuerpo de los tubios, se apoderó de Gorgias, y
agarrándole por la clámide, le arrastraba por la fuerza con el deseo de
capturar vivo a aquel maldito; pero un jinete tracio se echó sobre Dositeo,
le cortó el hombro, y Gorgias huyó hacia Marisá.
36 Ante la fatiga
de los hombres de Esdrías que llevaban mucho tiempo luchando, Judas suplicó
al Señor que se mostrase su aliado y su guía en el combate.
37 Entonó
entonces en su lengua patria el grito de guerra y algunos himnos, irrumpió
de improviso sobre las tropas de Gorgias y las derrotó.
38 Judas, después
de reorganizar el ejército, se dirigió hacia la ciudad de Odolam. Al llegar
el día séptimo, se purificaron según la costumbre y celebraron allí el
sábado.
39 Al día
siguiente, fueron en busca de Judas (cuando se hacía ya necesario), para
recoger los cadáveres de los que habían caído y depositarlos con sus
parientes en los sepulcros de sus padres.
40 Entonces
encontraron bajo las túnicas de cada uno de los muertos objetos consagrados
a los ídolos de Yamnia, que la Ley prohíbe a los judíos. Fue entonces
evidente para todos por qué motivo habían sucumbido aquellos hombres.
41 Bendijeron,
pues, todos las obras del Señor, juez justo, que manifiesta las cosas
ocultas,
42 y pasaron a la
súplica, rogando que quedara completamente borrado el pecado cometido. El
valeroso Judas recomendó a la multitud que se mantuvieran limpios de pecado,
a la vista de lo sucedido por el pecado de los que habían sucumbido.
43 Después de
haber reunido entre sus hombres cerca de 2.000 dracmas, las mandó a
Jerusalén para ofrecer un sacrificio por el pecado, obrando muy hermosa y
noblemente, pensando en la resurrección.
44 Pues de no
esperar que los soldados caídos resucitarían, habría sido superfluo y necio
rogar por los muertos;
45 mas si
consideraba que una magnífica recompensa está reservada a los que duermen
piadosamente, era un pensamiento santo y piadoso.
46 Por eso mandó
hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran
liberados del pecado.
1 El año 149, los
hombres de Judas se enteraron de que Antíoco Eupátor marchaba sobre Judea
con numerosas tropas,
2 y que con él
venía Lisias, su tutor y encargado de los negocios, cada uno con un ejército
griego de 110.000 infantes, 5.300 jinetes, veintidós elefantes y trescientos
carros armados de hoces.
3 También Menelao
se unió a ellos e incitaba muy taimadamente a Antíoco, no por salvar a su
patria, sino con la idea de establecerse en el poder.
4 Pero el Rey de
reyes excitó la cólera de Antíoco contra aquel malvado; Lisias demostró al
rey que aquel hombre era el causante de todos los males, y Antíoco ordenó
conducirle a Berea y darle allí muerte, según las costumbres del lugar.
5 Hay en aquel
lugar una torre de cincuenta codos, llena de ceniza, provista de un
dispositivo giratorio, en pendiente por todos los lados hacia la ceniza.
6 Al reo de robo
sacríleg o al que ha perpetrado algún otro crimen horrendo, lo suben allí y
lo precipitan para su perdición.
7 Y sucedió que
con tal suplicio murió aquel inicuo Menelao que ni siquiera tuvo la suerte
de encontrar la tierra que le recibiera.
8 Y muy
justamente fue así, pues, después de haber cometido muchos pecados contra el
altar, cuyo fuego y ceniza eran sagrados, en la ceniza encontró la muerte.
9 Marchaba, pues,
el rey embargado de bárbaros sentimientos, dispuesto a mostrar a los judíos
peores cosas que las sucedidas en tiempo de su padre.
10 Al saberlo
Judas mandó a la tropa que invocara al Señor día y noche, para que también
en esta ocasión, como en otras, viniera en ayuda de los que estaban a punto
de ser privados de la Ley, de la patria y del Templo santo,
11 y no
permitiera que aquel pueblo, que todavía hacía poco había recobrado el
ánimo, cayera en manos de gentiles de mala fama.
12 Una vez que
todos juntos cumplieron la orden y suplicaron al Señor misericordioso con
lamentaciones y ayunos y postraciones durante tres días seguidos, Judas les
animó y les mandó que estuvieran preparados.
13 Después de
reunirse en privado con los Ancianos, decidió que, antes que el ejército del
rey entrara en Judea y se hiciera dueño de la ciudad, salieran los suyos
para resolver la situación con el auxilio de Dios.
14 Judas, dejando
la decisión al Creador del mundo, animó a sus hombres a combatir
heroicamente hasta la muerte por la causa de las leyes, el Templo, la
ciudad, la patria y las instituciones; y acampó en las cercanías de Modín.
15 Dio a los
suyos como consigna «Victoria de Dios» y atacó de noche con lo más escogido
de los jóvenes la tienda del rey. Mató en el campamento a unos 2.000 hombres
y los suyos hirieron al mayor de los elefantes junto con su conductor;
16 llenaron
finalmente el campamento de terror y confusión, y se retiraron victoriosos
17 cuando el día
despuntaba. Todo ello sucedió, gracias a la protección que el Señor había
brindado a Judas.
18 El rey, que
había probado ya la osadía de los judíos, intentó alcanzar las posiciones
con estratagemas.
19 Se aproximó a
Bet Sur, plaza fuerte de los judíos; pero fue rechazado, derrotado y
vencido.
20 Judas hizo
llegar a los de dentro lo que necesitaban.
21 Pero Rodoco,
uno del ejército judío, revelaba los secretos a los enemigos; fue buscado,
capturado y ejecutado.
22 El rey
parlamentó por segunda vez con los de Bet Sur, dio y tomó la mano y luego se
retiró. Atacó a las tropas de Judas, y fue vencido.
23 Supo entonces
que Filipo, a quien había dejado en Antioquía al frente de los negocios, se
había sublevado. Consternado, llamó a los judíos, se avino a sus deseos, y
prestó juramento sobre todas las condiciones justas. Se reconcilió y ofreció
un sacrificio, honró al santuario y se mostró generoso con el Lugar Santo.
24 Prestó buena
acogida a Macabeo y dejó a Hegemónides como estratega desde Tolemaida hasta
la región de los guerraínos.
25 Salió hacia
Tolemaida; pero los habitantes de la ciudad estaban muy disgustados por este
tratado: estaban en verdad indignados por los acuerdos, que ellos querían
abolir.
26 Lisias
entonces subió a la tribuna e hizo la mejor defensa que pudo; les convenció
y calmó, y les dispuso a la benevolencia. Luego partió hacia Antioquía. Así
sucedió con la expedición y la retirada del rey.
1 Después de tres
años de intervalo, los hombres de Judas supieron que Demetrio, hijo de
Seleuco, había atracado en el puerto de Trípoli con un fuerte ejército y una
flota,
2 y que se había
apoderado de la región, después de haber dado muerte a Antíoco y a su tutor
Lisias.
3 Un tal Alcimo,
que antes había sido sumo sacerdote, pero que se había contaminado
voluntariamente en tiempo de la rebelión, pensando que de ninguna forma
había para él salvación ni acceso posible al altar sagrado,
4 fue al
encuentro del rey Demetrio, hacia el año 151, y le ofreció una corona de
oro, una palma, y además, los rituales ramos de olivo del Templo. Y por
aquel día no hizo más.
5 Pero encontró
una ocasión propicia para su demencia, al ser llamado por Demetrio a consejo
y al ser preguntado sobre las disposiciones y designios de los judíos.
6 Respondió: «Los
judíos llamados asideos, encabezados por Judas Macabeo, fomentan guerras y
rebeliones, para no dejar que el reino viva en paz.
7 Por eso aunque
despojado de mi dignidad ancestral, me refiero al sumo sacerdocio, he venido
aquí
8 en primer lugar
con verdadera preocupación por los intereses del rey, y en segundo lugar,
con la mirada puesta en mis propios compatriotas, pues por la locura de los
hombres que he mencionado, toda nuestra raza padece no pocos males.
9 Informado con
detalle de todo esto, ¡oh rey!, mira por nuestro país y por nuestra nación
por todas partes asediada, con esa accesible benevolencia que tienes para
todos;
10 pues mientras
Judas subsista, le es imposible al Estado alcanzar la paz.»
11 En cuanto él
dijo esto, los demás amigos que sentían aversión hacia lo de Judas, se
apresuraron a encender más el ánimo de Demetrio.
12 Designó
inmediatamente a Nicanor, que había llegado a ser elefantarca, le nombró
estratega de Judea y le envió
13 con órdenes de
hacer morir a Judas, dispersar a todos sus hombres y restablecer a Alcimo
como sumo sacerdote del más grande de los templos.
14 Los gentiles
de Judea, fugitivos de Judas, se unieron en masa a Nicanor, imaginándose que
las desgracias y reveses de los judíos serían sus propios éxitos.
15 Al tener
noticia de la expedición de Nicanor y del asalto de los gentiles,
esparcieron sobre sí polvo e imploraron a Aquél que por siempre había
establecido a su pueblo y que siempre protegía a su propia heredad con sus
manifestaciones.
16 Por orden de
su jefe, salieron inmediatamente de allí y trabaron lucha con ellos junto al
pueblo de Dessáu.
17 Simón, hermano
de Judas, había entablado combate con Nicanor, pero, a causa de la repentina
llegada de los enemigos, sufrió un ligero revés.
18 Pero con todo,
Nicanor, al tener noticia de la bravura de los hombres de Judas y del valor
con que combatían por su patria, temía resolver la situación por la sangre.
19 Por este
motivo envió a Posidonio, Teodoto y Matatías para concertar la paz.
20 Después de
maduro examen de las condiciones, el jefe se las comunicó a las tropas y,
ante el parecer unánime, aceptaron el tratado.
21 Fijaron la
fecha en que se reunirían los jefes en privado. Se adelantó un vehículo de
cada lado y prepararon asientos.
22 Judas dispuso
en lugares estratégicos hombres armados, preparados para el caso de que se
produjera alguna repentina traición de parte enemiga. Tuvieron la entrevista
en buen acuerdo.
23 Nicanor pasó
algún tiempo en Jerusalén sin hacer nada inoportuno y despidió a las turbas
que, en masa, se le habían reunido.
24 Siempre tenía
a Judas consigo; sentía una cordial inclinación hacia este hombre.
25 Le aconsejó
que se casara y tuviera descendencia. Judas se casó, vivió con tranquilidad,
y disfrutó de la vida.
26 Alcimo, al ver
la recíproca comprensión, se hizo con una copia del acuerdo concluido y se
fue donde Demetrio. Le decía que Nicanor tenía sentimientos contrarios a los
intereses del Estado, pues había designado como sucesor suyo a Judas, el
conspirador contra el reino.
27 Fuera de sí el
rey, excitado por las calumnias de aquel maligno, escribió a Nicanor
comunicándole que estaba disgustado con el acuerdo y ordenándole que
inmediatamente mandara encadenado a Macabeo a Antioquía.
28 Cuando Nicanor
recibió la comunicación, quedó consternado, pues le desagradaba mucho tener
que anular lo convenido, sin que hubiera cometido aquel hombre injusticia
alguna.
29 Pero, como no
era posible oponerse al rey, aguardaba la oportunidad de ejecutar la orden
con alguna estratagema.
30 Cuando
Macabeo, por su parte, notó que Nicanor se portaba más secamente con él y
que le trataba con más frialdad en sus habituales relaciones, pensó que tal
sequedad no procedía de las mejores disposiciones. Reunió a muchos de los
suyos y procuró ocultarse de Nicanor.
31 Este otro, al
darse cuenta de que aquel hombre le había vencido con nobleza, se presentó
en el más grande y santo Templo en el momento en que los sacerdotes ofrecían
los sacrificios rituales y les exigió que le entregaran a aquel hombre.
32 Aseguraron
ellos con juramento que no sabían dónde estaba el hombre que buscaba.
33 Entonces él
extendiendo la diestra hacia el santuario, hizo este juramento: «Si no me
entregáis encadenado a Judas, arrasaré este recinto sagrado de Dios,
destruiré el altar, y aquí mismo levantaré un espléndido Templo a Dióniso.»
34 Y, dicho esto,
se fue. Los sacerdotes con las manos tendidas al cielo, invocaban a Aquél
que sin cesar había combatido en favor de nuestra nación, diciendo:
35 «Tú, Señor,
que nada necesitas, te has complacido en que el santuario de tu morada se
halle entre nosotros.
36 También ahora,
Señor santo de toda santidad, preserva siempre limpia de profanación esta
Casa recién purificada.»
37 Razías, uno de
los ancianos de Jerusalén, fue denunciado a Nicanor. Era hombre amante de
sus conciudadanos, muy bien considerado, llamado por su buen corazón «Padre
de los judíos»,
38 pues, en los
tiempos que precedieron a la sublevación, había sido acusado de Judaísmo, y
por el Judaísmo había expuesto cuerpo y vida con gran constancia.
39 Queriendo
Nicanor hacer patente la hostilidad que le embargaba hacia los judíos, envió
más de quinientos soldados para arrestarlo,
40 pues le
parecía que arrestándole causaba un gran perjuicio a los judíos.
41 Cuando las
tropas estaban a punto de apoderarse de la torre, forzando la puerta del
patio y con orden de prender fuego e incendiar las puertas, Razías, acosado
por todas partes, se echó sobre la espada.
42 Prefirió
noblemente la muerte antes que caer en manos criminales y soportar afrentas
indignas de su nobleza.
43 Pero, como por
la precipitación del combate no había acertado al herirse y las tropas
irrumpían puertas adentro, subió valerosamente a lo alto del muro y se
precipitó con bravura sobre las tropas;
44 pero al
retroceder éstas rápidamente, dejando un hueco, vino él a caer en medio del
espacio libre.
45 Con aliento
todavía y enardecido su ánimo, se levantó derramando sangre a torrentes; a
pesar de las graves heridas, atravesó corriendo por entre las tropas, y se
puso sobre una roca escarpada.
46 Ya
completamente exangüe, se arrancó las entrañas y tomándolas con ambas manos,
las arrojó contra las tropas. Y después de invocar al Dueño de la vida y del
espíritu que otra vez se dignara devolvérselas, llegó de este modo al
tránsito.
1 Supo Nicanor
que los hombres de Judas se hallaban en la región de Samaría y decidió
atacarlos sin riesgo en el día del descanso.
2 Los judíos, que
le acompañaban a la fuerza, le dijeron: «No mates así de modo tan salvaje y
bárbaro; respeta y honra más bien el día que con preferencia ha sido
santificado por Aquél que todo lo ve.»
3 Aquel hombre
tres veces malvado preguntó si en el cielo había un Soberano que hubiera
prescrito celebrar el día del sábado.
4 Ellos le
replicaron: «Es el mismo Señor que vive como Soberano en el cielo el que
mandó observar el día séptimo.»
5 Entonces el
otro dijo: «También yo soy soberano en la tierra: el que ordena tomar las
armas y prestar servicio al rey.» Sin embargo no pudo realizar su malvado
designio.
6 Nicanor,
jactándose con altivez, deliberaba erigir un trofeo común con los despojos
de los hombres de Judas.
7 Macabeo, por su
parte, mantenía incesantemente su confianza, con la entera esperanza de
recibir ayuda de parte del Señor,
8 y exhortaba a
los que le acompañaban a no temer el ataque de los gentiles, teniendo
presentes en la mente los auxilios que antes les habían venido del Cielo, y
a esperar también entonces la victoria que les habría de venir de parte del
Todopoderoso.
9 Les animaba
citando la Ley y los Profetas, y les recordaba los combates que habían
llevado a cabo; así les infundía mayor ardor.
10 Después de
haber levantado sus ánimos, les puso además de manifiesto la perfidia de los
gentiles y la violación de sus juramentos.
11 Armó a cada
uno de ellos, no tanto con la seguridad de los escudos y las lanzas, como
con la confianza de sus buenas palabras. Les refirió además un sueño digno
de crédito, una especie de visión, que alegró a todos.
12 Su visión fue
tal como sigue: Onías, que había sido sumo sacerdote, hombre bueno y
bondadoso, afable, de suaves maneras, distinguido en su conversación,
preocupado desde la niñez por la práctica de la virtud, suplicaba con las
manos tendidas por toda la comunidad de los judíos.
13 Luego se
apareció también un hombre que se distinguía por sus blancos cabellos y su
dignidad, rodeado de admirable y majestuosa soberanía.
14 Onías había
dicho: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo y
por la ciudad santa, Jeremías, el profeta de Dios.»
15 Jeremías,
tendiendo su diestra, había entregado a Judas una espada de oro, y al
dársela había pronunciado estas palabras:
16 «Recibe, como
regalo de parte de Dios, esta espada sagrada, con la que destrozarás a los
enemigos.»
17 Animados por
estas bellísimas palabras de Judas, capaces de estimular al valor y de
robustecer las almas jóvenes, decidieron no resguardarse en la defensa, sino
lanzarse valerosamente a la ofensiva y que, en un cuerpo a cuerpo, la
fortuna decidiera, porque peligraban la ciudad, la religión y el Templo.
18 En verdad que
el cuidado por sus mujeres e hijos, por sus hermanos y parientes quedaba en
segundo término; el primero y principal era por el Templo consagrado.
19 Igualmente
para los que habían quedado en la ciudad no era menor la ansiedad,
preocupados como estaban por el ataque en campo raso.
20 Todos
aguardaban la decisión inmimente. Los enemigos se habían concentrado y el
ejército se había alineado en orden de batalla. Los elefantes se habían
situado en lugar apropiado y la caballería estaba dispuesta en las alas.
21 Entonces
Macabeo, al observar la presencia de las tropas, la variedad de las armas
preparadas y el fiero aspecto de los elefantes, extendió las manos al cielo
e invocó al Señor que hace prodigios, pues bien sabía que, no por medio de
las armas, sino según su decisión, concede él la victoria a los que la
merecen.
22 Decía su
invocación de la siguiente forma: «Tú, Soberano, enviaste tu ángel a
Ezequías, rey de Judá, que dio muerte a cerca de 185.000 hombres del
ejército de Senaquerib;
23 ahora también,
Señor de los cielos, envía un ángel bueno delante de nosotros para infundir
el temor y el espanto.
24 ¡Que el poder
de tu brazo hiera a los que han venido blasfemando a atacar a tu pueblo
santo!» Así terminó sus palabras.
25 Mientras la
gente de Nicanor avanzaba al son de trompetas y cantos de guerra,
26 los hombres de
Judas entablaron combate con el enemigo entre invocaciones y plegarias.
27 Luchando con
las manos, pero orando a Dios en su corazón, abatieron no menos de 35.000
hombres, regocijándose mucho por la manifestación de Dios.
28 Al volver de
su empresa, en gozoso retorno, reconocieron a Nicanor caído, con su
armadura.
29 Entre clamores
y tumulto, bendecían al Señor en su lengua patria.
30 Entonces, el
que en primera fila se había entregado, en cuerpo y alma, al bien de sus
conciudadanos, el que había guardado hacia sus compatriotas los buenos
sentimientos de su juventud, mandó cortar la cabeza de Nicanor y su brazo,
hasta el hombro, y llevarlos a Jerusalén.
31 Llegado allí
convocó a sus compatriotas, puso a los sacerdotes ante el altar y mandó
buscar a los de la Ciudadela.
32 Les mostró la
cabeza del abominable Nicanor y la mano que aquel infame había tendido
insolentemente hacia la santa Casa del Todopoderoso;
33 y después de
haber cortado la lengua del impío Nicanor, ordenó que se diera en trozos a
los pájaros y que se colgara frente al santuario la paga de su insensatez.
34 Todos entonces
levantaron hacia el cielo sus bendiciones en honor del Señor que se les
había manifestado, diciendo: «Bendito el que ha conservado puro su Lugar
Santo.»
35 La cabeza de
Nicanor fue colgada de la Ciudadela, como señal manifiesta y visible para
todos del auxilio del Señor.
36 Decretaron
todos por público edicto no dejar pasar aquel día sin solemnizarlo, y
celebrarlo el día trece del duodécino mes, llamado Adar en arameo, la
víspera del Día de Mardoqueo.
37 Así pasaron
los acontecimientos relacionados con Nicanor. Como desde aquella época la
ciudad quedó en poder de los hebreos, yo también terminaré aquí mismo mi
relato.
38 Si ha quedado
bello y logrado en su composición, eso es lo que yo pretendía; si imperfecto
y mediocre, he hecho cuanto me era posible.
39 Como el beber
vino solo o sola agua es dañoso, y en cambio, el vino mezclado con agua es
agradable y de un gusto delicioso, igualmente la disposición grata del
relato encanta los oídos de los que dan en leer la obra. Y aquí pongamos
fin.