1 A los hermanos
judíos que viven en Egipto, les saludan sus hermanos judíos que están en
Jerusalén y en la región de Judea, deseándoles una paz dichosa.
2 Que Dios os
llene de bienes y recuerde su alianza con Abraham, Isaac y Jacob, sus fieles
servidores.
3 Que a todos os
dé corazón para adorarle y cumplir su voluntad con corazón grande y ánimo
generoso.
4 Que abra
vuestro corazón a su Ley y a sus preceptos, y os otorgue la paz.
5 Que escuche
vuestras súplicas, se reconcilie con vosotros y no os abandone en tiempo de
desgracia.
6 Esto es lo que
estamos ahora pidiendo por vosotros.
7 Ya el año 169,
en el reinado de Demetrio, nosotros, los judíos, os escribimos así: «En lo
más grave de la tribulación que ha caído sobre nosotros en estos años, desde
que Jasón y sus partidarios traicionaron la tierra santa y el reino,
8 incendiaron el
portón (del Templo) y derramaron sangre inocente, suplicamos al Señor y
hemos sido escuchados. Hemos ofrecido un sacrificio con flor de harina,
hemos encendido las lámparas y presentado los panes.»
9 También ahora
os escribimos para que celebréis la fiesta de las Tiendas en el mes de
Kisléu. Es el año 188.
10 Los que están
en Jerusalén y en Judea, los ancianos y Judas saludan y desean prosperidad a
Aristóbulo, preceptor del rey Tolomeo, del linaje de los sacerdotes ungidos,
y a los judíos que están en Egipto.
11 Salvados por
Dios de grandes peligros, le damos rendidas gracias, como a quien nos ha
guiado en la batalla contra el rey,
12 ya que El ha
arrojado fuera a los que combatían contra la ciudad santa.
13 Pues, cuando
llegó a Persia su jefe acompañado de un ejército, al parecer invencible,
fueron desbaratados en el templo de Nanea, gracias al engaño tramado por los
sacerdotes de Nanea.
14 Antíoco, y con
él sus amigos, llegaron a aquel lugar como tratando de desposarse con la
diosa, con objeto de apoderarse, a título de dote, de abundantes riquezas.
15 Una vez que
los sacerdotes del templo de Nanea las hubieron expuesto y que él se hubo
presentado con unas pocas personas en el recinto sagrado, cerraron el templo
en cuanto entró Antíoco.
16 Abrieron la
puerta secreta del techo y a pedradas aplastaron al jefe; le descuartizaron,
y cortándole la cabeza, la arrojaron a los que estaban fuera.
17 En todo sea
bendito nuestro Dios que ha entregado los impíos (a la muerte).
18 A punto de
celebrar en el veinticinco de Kisléu la purificación del Templo, nos ha
parecido conveniente informaros, para que también vosotros la celebréis como
la fiesta de las Tiendas y del fuego aparecido cuando ofreció sacrificios
Nehemías, el que construyó el Templo y el altar.
19 Pues, cuando
nuestros padres fueron llevados a Persia, los sacerdotes piadosos de
entonces, habiendo tomado fuego del altar, lo escondieron secretamente en
una concavidad semejante a un pozo seco, en el que tan a seguro lo dejaron,
que el lugar quedó ignorado de todos.
20 Pasados muchos
años, cuando a Dios le plugo, Nehemías, enviado por el rey de Persia, mandó
que buscaran el fuego los descendientes de los sacerdotes que lo habían
escondido;
21 pero como
ellos informaron que en realidad no habían encontrado fuego, sino un líquido
espeso, él les mandó que lo sacasen y trajesen. Cuando estuvo dispuesto el
sacrificio, Nehemías mandó a los sacerdotes que rociaran con aquel líquido
la leña y lo que había colocado sobre ella.
22 Cumplida la
orden, y pasado algún tiempo, el sol que antes estaba nublado volvió a
brillar, y se encendió una llama tan grande que todos quedaron maravillados.
23 Mientras se
consumía el sacrificio, los sacerdotes hacían oración: todos los sacerdotes
con Jonatán que comenzaba, y los demás, como Nehemías, respondían.
24 La oración era
la siguiente: «Señor, Señor Dios, creador de todo, temible y fuerte, justo y
misericordioso, tú, rey único y bueno,
25 tú, solo
generoso, solo justo, todopoderoso y eterno, que salvas a Israel de todo
mal, que elegiste a nuestros padres y los santificaste,
26 acepta el
sacrificio por todo tu pueblo Israel, guarda tu heredad y santifícala.
27 Reúne a los
nuestros dispersos, da libertad a los que están esclavizados entre las
naciones, vuelve tus ojos a los despreciados y abominados, y conozcan los
gentiles que tú eres nuestro Dios.
28 Aflige a los
que tiranizan y ultrajan con arrogancia.
29 Planta a tu
pueblo en tu lugar santo, como dijo Moisés.»
30 Los sacerdotes
salmodiaban los himnos.
31 Cuando fue
consumido el sacrificio, Nehemías mandó derramar el líquido sobrante sobre
unas grandes piedras.
32 Hecho esto, se
encendió una llamarada que quedó absorbida por el mayor resplandor que
brillaba en el altar.
33 Cuando el
hecho se divulgó y se refirió al rey de los persas que en el lugar donde los
sacerdotes deportados habían escondido el fuego, había aparecido aquel
líquido con el que habían santificado las ofrendas del sacrificio Nehemías y
sus compañeros,
34 el rey después
de verificar tal hecho mandó alzar una cerca haciendo sagrado el lugar.
35 El rey recogía
grandes sumas y las repartía a quienes quería hacer favores.
36 Nehemías y sus
compañeros llamaron a ese líquido «neftar», que significa «purificación»;
pero la mayoría lo llama «nafta».
1 Se encuentra en
los documentos que el profeta Jeremías mandó a los deportados que tomaran
fuego como ya se ha indicado;
2 y cómo el
profeta, después de darles la Ley, ordenó a los deportados que no se
olvidaran de los preceptos del Señor ni se desviaran en sus pensamientos al
ver ídolos de oro y plata y las galas que los envolvían.
3 Entre otras
cosas, les exhortaba a no apartar la Ley de sus corazones.
4 Se decía
también en el escrito cómo el profeta, después de una revelación, mandó
llevar consigo la Tienda y el arca; y cómo salió hacia el monte donde Moisés
había subido para contemplar la heredad de Dios.
5 Y cuando llegó
Jeremías, encontró una estancia en forma de cueva; allí metió la Tienda, el
arca y el altar del incienso, y tapó la entrada.
6 Volvieron
algunos de sus acompañantes para marcar el camino, pero no pudieron
encontrarlo.
7 En cuanto
Jeremías lo supo, les reprendió diciéndoles: «Este lugar quedará desconocido
hasta que Dios vuelva a reunir a su pueblo y le sea propicio.
8 El Señor
entonces mostrará todo esto; y aparecerá la gloria del Señor y la Nube, como
se mostraba en tiempo de Moisés, cuando Salomón rogó que el Lugar fuera
solemnemente consagrado.»
9 Se explicaba
también cómo éste, dotado de sabiduría, ofreció el sacrificio de la
dedicación y la terminación del Templo.
10 Como Moisés
oró al Señor y bajó del cielo fuego, que devoró las ofrendas del sacrificio,
así también oró Salomón y bajó fuego que consumió los holocaustos.
11 Moisés había
dicho: «La víctima por el pecado ha sido consumida por no haber sido
comida.»
12 Salomón
celebró igualmente los ocho días de fiesta.
13 Lo mismo se
narraba también en los archivos y en las Memorias del tiempo de Nehemías; y
cómo éste, para fundar una biblioteca, reunió los libros referentes a los
reyes y a los profetas, los de David y las cartas de los reyes acerca de las
ofrendas.
14 De igual modo
Judas reunió todos los libros dispersos a causa de la guerra que sufrimos,
los cuales están en nuestras manos.
15 Por tanto, si
tenéis necesidad de ellos, enviad a quienes os los lleven.
16 A punto ya de
celebrar la purificación, os escribimos: Bien haréis también en celebrar
estos días.
17 El Dios que
salvó a todo su pueblo y que a todos otorgó la heredad, el reino, el
sacerdocio y la santidad,
18 como había
prometido por la Ley, el mismo Dios, como esperamos, se apiadará pronto de
nosotros y nos reunirá de todas partes bajo el cielo en el Lugar Santo; pues
nos ha sacado de grandes males y ha purificado el Lugar.
19 La historia de
Judas Macabeo y de sus hermanos, la purificación del más grande Templo, la
dedicación del altar,
20 las guerras
contra Antíoco Epífanes y su hijo Eupátor,
21 y las
manifestaciones celestiales en favor de los que combatieron viril y
gloriosamente por el Judaísmo, de suerte que, aun siendo pocos, saquearon
toda la región, ahuyentaron las hordas bárbaras,
22 recuperaron el
Templo famoso en todo el mundo, liberaron la ciudad y restablecieron las
leyes que estaban a punto de ser abolidas, pues el Señor se mostró propicio
hacia ellos con toda benignidad;
23 todo esto,
expuesto en cinco libros por Jasón de Cirene, intentaremos nosotros
compendiarlo en uno solo.
24 Porque al
considerar la marea de números y la dificultad existente, por la amplitud de
la materia, para los que quieren sumergirse en los relatos de la historia,
25 nos hemos
preocupado por ofrecer algún atractivo a los que desean leer, facilidad a
los que gustan retenerlo de memoria, y utilidad a cualquiera que lo lea.
26 Para nosotros,
que nos hemos encargado de la fatigosa labor de este resumen, no es fácil la
tarea, sino de sudores y desvelos,
27 como tampoco
al que prepara un banquete y busca el provecho de los demás le resulta esto
cómodo. Sin embargo, esperando la gratitud de muchos, soportamos con gusto
esta fatiga,
28 dejando al
historiador la tarea de precisar cada suceso y esforzándonos por seguir las
normas de un resumen.
29 Pues así como
al arquitecto de una casa nueva corresponde la preocupación por la
estructura entera; y, en cambio, al encargado de la encáustica y pinturas,
el cuidado de lo necesario para la decoración, lo mismo me parece de
nosotros:
30 profundizar,
revolver las cuestiones y examinar punto por punto corresponde al que
compone la historia;
31 pero buscar
concisión al exponer y renunciar a tratar el asunto de forma exhaustiva debe
concederse al divulgador.
32 Comencemos,
por tanto, desde ahora la narración, después de haber abundado tanto en los
preliminares; pues sería absurdo abundar en lo que antecede a la historia y
ser breve en la historia misma.
1 Mientras la
ciudad santa era habitada en completa paz y las leyes guardadas a la
perfección, gracias a la piedad y al aborrecimiento de mal del sumo
sacerdote Onías,
2 sucedía que
hasta los reyes veneraban el Lugar Santo y honraban el Templo con magníficos
presentes,
3 hasta el punto
de que Seleuco, rey de Asia, proveía con sus propias rentas a todos los
gastos necesarios para el servicio de los sacrificios.
4 Pero un tal
Simón, de la tribu de Bilgá, constituido administrador del Templo, tuvo
diferencias con el sumo sacerdote sobre la reglamentación del mercado de la
ciudad.
5 No pudiendo
vencer a Onías, se fue donde Apolonio, hijo de Traseo, estratega por
entonces de Celesiria y Fenicia,
6 y le comunicó
que el tesoro de Jerusalén, estaba repleto de riquezas incontables, hasta el
punto de ser incalculable la cantidad de dinero, sin equivalencia con los
gastos de los sacrificios, y que era posible que cayeran en poder del rey.
7 Apolonio en
conversación con el rey le habló de las riquezas de que había tenido noticia
y entonces el rey designó a Heliodoro, el encargado de sus negocios, y le
envió con la orden de realizar la trasferencia de las mencionadas riquezas.
8 Enseguida
Heliodoro emprendía el viaje con el pretexto de inspeccionar las ciudades de
Celesiria y Fenicia, pero en realidad para ejecutar el proyecto del rey.
9 Llegado a
Jerusalén y amistosamente acogido por el sumo sacerdote y por la ciudad,
expuso el hecho de la denuncia e hizo saber el motivo de su presencia;
preguntó si las cosas eran realmente así.
10 Manifestó el
sumo sacerdote que eran depósitos de viudas y huérfanos,
11 que una parte
pertenecía a Hicarno, hijo de Tobías, personaje de muy alta posición y,
contra lo que había calumniado el impío Simón, que el total era de
cuatrocientos talentos de plata y doscientos de oro;
12 que de ningún
modo se podía perjudicar a los que tenían puesta su confianza en la santidad
del Lugar, y en la majestad inviolable de aquel Templo venerado en todo el
mundo.
13 Pero
Heliodoro, en virtud de las órdenes del rey, mantenía de forma terminante
que los bienes debían pasar al tesoro real.
14 En la fecha
fijada hacía su entrada para realizar el inventario de los bienes. No era
pequeña la angustia en toda la ciudad:
15 los
sacerdotes, postrados ante el altar con sus vestiduras sacerdotales,
suplicaban al Cielo, el que había dado la ley sobre los bienes en depósito,
que los guardara intactos para quienes los habían depositado.
16 El ver la
figura del sumo sacerdote llegaba a partir el alma, pues su aspecto y su
color demudado manifestaban la angustia de su alma.
17 Aquel hombre
estaba embargado de miedo y temblor en su cuerpo, con lo que mostraba a los
que le contemplaban el dolor que había en su corazón.
18 De las casas
salía en tropel la gente a una rogativa pública porque el lugar estaba a
punto de caer en oprobio.
19 Las mujeres,
ceñidas de saco bajo el pecho, llenaban las calles; de las jóvenes, que
estaban recluidas, unas corrían a las puertas, otras subían a los muros,
otras se asomaban por las ventanas.
20 Todas, con las
manos tendidas al cielo, tomaban parte en la súplica.
21 Daba compasión
aquella multitud confusamente postrada y el sumo sacerdote angustiado en
honda ansiedad.
22 Mientras ellos
invocaban al Señor Todopoderoso para que guardara intactos, en completa
seguridad, los bienes en depósito para quienes los habían confiado,
23 Heliodoro
llevaba a cabo lo que tenía decidido.
24 Estaba ya allí
mismo con su guardia junto al Tesoro, cuando el Soberano de los Espíritus y
de toda Potestad, se manifestó en su grandeza, de modo que todos los que con
él juntos se habían atrevido a acercarse, pasmados ante el poder de Dios, se
volvieron débiles y cobardes.
25 Pues se les
apareció un caballo montado por un jinete terrible y guarnecido con
riquísimo arnés; lanzándose con ímpetu levantó contra Heliodoro sus patas
delanteras. El que lo montaba aparecía con una armadura de oro.
26 Se le
aparecieron además otros dos jóvenes de notable vigor, espléndida belleza y
magníficos vestidos que colocándose a ambos lados, le azotaban sin cesar,
moliéndolo a golpes.
27 Al caer de
pronto a tierra, rodeado de densa oscuridad, lo recogieron y lo pusieron en
una litera;
28 al mismo que
poco antes, con numeroso séquito y con toda su guardia, había entrado en el
mencionado Tesoro, lo llevaban ahora incapaz de valerse por sí mismo,
reconociendo todos claramente la soberanía de Dios.
29 Mientras él
yacía mudo y privado de toda esperanza de salvación, a causa del poder
divino,
30 otros
bendecían al Señor que había glorificado maravillosamente su propio Lugar; y
el Templo, lleno poco antes de miedo y turbación, rebosaba de gozo y alegría
después de la manifestación del Señor Todopoderoso.
31 Pronto algunos
de los acompañantes de Heliodoro, instaban a Onías que invocara al Altísimo
para que diese la gracia de vivir a aquel que yacía ya en su último suspiro.
32 Temiendo el
sumo sacerdote que acaso el rey sospechara que los judíos hubieran
perpetrado alguna fechoría contra Heliodoro, ofreció un sacrificio por la
salud de aquel hombre.
33 Mientras el
sumo sacerdote ofrecía el sacrificio de expiación, se aparecieron otra vez a
Heliodoro los mismos jóvenes, vestidos con la misma indumentaria y en pie le
dijeron: «Da muchas gracias al sumo sacerdote Onías, pues por él te concede
el Señor la gracia de vivir;
34 y tú, que has
sido azotado por el Cielo, haz saber a todos la grandeza del poder de Dios.»
En diciendo esto, desparacieron.
35 Heliodoro,
habiendo ofrecido al Señor un sacrificio y tras haber orado largamente al
que le había concedido la vida, se despidió de Onías y volvió con sus tropas
donde el rey.
36 Ante todos
daba testimonio de las obras del Dios grande que él había contemplado con
sus ojos.
37 Al preguntar
el rey a Heliodoro a quién convendría enviar otra vez a Jerusalén, él
respondió:
38 «Si tienes
algún enemigo conspirador contra el Estado, mándalo allá y te volverá molido
a azotes, si es que salva su vida, porque te aseguro que rodea a aquel Lugar
una fuerza divina.
39 Pues el mismo
que tiene en los cielos su morada, vela y protege aquel Lugar; y a los que
se acercan con malas intenciones los hiere de muerte.»
40 Así sucedieron
las cosas relativas a Heliodoro y a la preservación del Tesoro.
1 En mencionado
Simón, delator de los tesoros y de la patria, calumniaba a Onías como si
éste hubiera maltratado a Heliodoro y fuera el causante de sus desgracias;
2 y se atrevía a
decir que el bienhechor de la ciudad, el defensor de sus compatriotas y
celoso observante de las leyes, era un conspirador contra el Estado.
3 A tal punto
llegó la hostilidad, que hasta se cometieron asesinatos por parte de uno de
los esbirros de Simón.
4 Considerando
Onías que aquella rivalidad era intolerable y que Apolonio, hijo de
Menesteo, estratega de Celesira y Fenicia, instigaba a Simón al mal,
5 se hizo llevar
donde el rey, no porque pretendiera acusar a sus conciudadanos, sino que
miraba por los intereses generales y particulares de toda su gente.
6 Pues bien veía
que sin la intervención real era ya imposible pacificar la situación y
detener a Simón en sus locuras.
7 Cuando Seleuco
dejó esta vida y Antíoco, por sobrenombre Epífanes, comenzó a reinar, Jasón,
el hermano de Onías, usurpó el sumo pontificado,
8 después de
haber prometido al rey, en una conversación, 360 talentos de plata y ochenta
talentos de otras rentas.
9 Se comprometía
además a firmar el pago de otro 150, si se le concedía la facultad de
instalar por su propia cuenta un gimnasio y una efebía, así como la de
inscribir a los Antioquenos en Jerusalén.
10 Con el
consentimiento del rey y con los poderes en su mano, pronto cambió las
costumbres de sus compatriotas conforme al estilo griego.
11 Suprimiendo
los privilegios que los reyes habían concedido a los judíos por medio de
Juan, padre de Eupólemo, el que fue enviado en embajada a los romanos para
un tratado de amistad y alianza, y abrogando las instituciones legales,
introdujo costumbres nuevas, contrarias a la Ley.
12 Así pues,
fundó a su gusto un gimnasio bajo la misma acrópolis e indujo a lo mejor de
la juventud a educarse bajo el petaso.
13 Era tal el
auge del helenismo y el progreso de la moda extranjera a causa de la extrema
perversidad de aquel Jasón, que tenía más de impío que de sumo sacerdote,
14 que ya los
sacerdotes no sentían celo por el servicio del altar, sino que despreciaban
el Templo; descuidando los sacrificios, en cuanto se daba la señal con el
gong se apresuraban a tomar parte en los ejercicios de la palestra
contrarios a la ley;
15 sin apreciar
en nada la honra patria, tenían por mejores las glorias helénicas.
16 Por esto
mismo, una difícil situación les puso en aprieto, y tuvieron como enemigos y
verdugos a los mismos cuya conducta emulaban y a quienes querían parecerse
en todo.
17 Pues no
resulta fácil violar las leyes divinas; así lo mostrará el tiempo venidero.
18 Cuando se
celebraron en Tiro los juegos cuadrienales, en presencia del rey,
19 el impuro
Jasón envió embajadores, como Antioquenos de Jerusalén, que llevaban consigo
trescientas dracmas de plata para el sacrificio de Hércules. Pero los
portadores prefirieron, dado que no convenía, no emplearlas en el
sacrificio, sino en otros gastos.
20 Y así, el
dinero que estaba destinado por voluntad del que lo enviaba, al sacrificio
de Hércules, se empleó por deseo de los portadores, en la construcción de
las trirremes.
21 Apolonio, hijo
de Menesteo, fue enviado a Egipto para la boda del rey Filométor. Cuando
supo Antíoco que aquél se había convertido en su adversario político se
preocupó de su propia seguridad; por eso, pasando por Joppe, se presentó en
Jerusalén.
22 Fue
magníficamente recibido por Jasón y por la ciudad, e hizo su entrada entre
antorchas y aclamaciones. Después de esto llevó sus tropas hasta Fenicia.
23 Tres años
después, Jasón envió a Menelao, hermano del ya mencionado Simón, para llevar
el dinero al rey y gestionar la negociación de asuntos urgentes.
24 Menelao se
hizo presentar al rey, a quien impresionó con su aire majestuoso, y logró
ser investido del sumo sacerdocio, ofreciendo trescientos talentos de plata
más que Jasón.
25 Provisto del
mandato real, se volvió sin poseer nada digno del sumo sacerdocio, sino más
bien el furor de un cruel tirano y la furia de una bestia salvaje.
26 Jasón, por su
parte, suplantador de su propio hermano y él mismo suplantado por otro, se
vio forzado a huir al país de Ammán.
27 Menelao
detentaba ciertamente el poder, pero nada pagaba del dinero prometido al
rey,
28 aunque
Sóstrates, el alcaide de la Acrópolis, se lo reclamaba, pues a él
correspondía la percepción de los tributos. Por este motivo, ambos fueron
convocados por el rey.
29 Menelao dejó
como sustituto del sumo sacerdocio a su hermano Lisímaco; Sóstrates a
Crates, jefe de los chipriotas. a Crates, jefe de los chipriotas.
30 Mientras
tanto, sucedió que los habitantes de Tarso y de Malos se sublevaron por
haber sido cedidas sus ciudades como regalo a Antioquida, la concubina del
rey.
31 Fue, pues, el
rey a toda prisa, para poner orden en la situación, dejando como sustituto a
Andrónico, uno de los dignatarios.
32 Menelao pensó
aprovecharse de aquella buena oportunidad; arrebató algunos objetos de oro
del Templo, y se los regaló a Andrónico; también logró vender otros en Tiro
y en las ciudades de alrededor.
33 Cuando Onías
llegó a saberlo con certeza, se lo reprochó, no sin haberse retirado antes a
un lugar de refugio, a Dafne, cerca de Antioquía.
34 Por eso,
Menelao, a solas con Andrónico, le incitaba a matar a Onías. Andrónico se
llegó donde Onías, y, confiando en la astucia, estrechándole la mano y
dándole la diestra con juramento, perusadió a Onías, aunque a éste no le
faltaban sospechas, a salir de su refugio, e inmediatamente le dio muerte,
sin respeto alguno a la justicia.
35 Por este
motivo no sólo los judíos sino también muchos de las demás naciones se
indignaron y se irritaron por el injusto asesinato de aquel hombre.
36 Cuando el rey
volvió de las regiones de Cilicia, los judíos de la ciudad junto con los
griegos, que también odiaban el mal, fueron a su encuentro a quejarse de la
injustificada muerte de Onías.
37 Antíoco,
hondamente estristecido y movido a compasión, lloró recordando la prudencia
y la gran moderación del difunto.
38 Encendido en
ira, despojó inmediatamente a Andrónico, de la púrpura y desgarró sus
vestidos. Le hizo conducir por toda la ciudad hasta el mismo lugar donde tan
impíamente había tratado a Onías; allí hizo desaparecer de este mundo al
criminal, a quien el Señor daba el merecido castigo.
39 Lisímaco había
cometido muchos robos sacrílegos en la ciudad con el consentimiento de
Menelao, y la noticia se había divulgado fuera; por eso la multitud se
amotinó contra Lisímaco. Pero eran ya muchos los objetos de oro que estaban
dispersos.
40 Como las
turbas estaban excitadas y en el colmo de su cólera, Lisímaco armó a cerca
de 3.000 hombres e inició la represión violenta, poniendo por jefe a un tal
Aurano, avanzado en edad y no menos en locura.
41 Cuando se
dieron cuenta del ataque de Lisímaco, unos se armaron de piedras, otros de
estacas y otros, tomando a puñadas ceniza que allí había, lo arrojaban todo
junto contra las tropas de Lisímaco.
42 De este modo
hirieron a muchos de ellos, y mataron a algunos; a todos los demás los
pusieron en fuga, y al mismo ladrón sacrílego le mataron junto al Tesoro.
43 Sobre todos
estos hechos se instruyó proceso contra Menelao.
44 Cuando el rey
llegó a Tiro, tres hombres enviados por el Senado expusieron ante él el
alegato.
45 Menelao,
perdido ya, prometió una importante suma a Tolomeo, hijo de Dorimeno, para
que persuadiera al rey.
46 Entonces
Tolomeo, llevando al rey aparte a una galería como para tomar el aire, le
hizo cambiar de parecer,
47 de modo que
absolvió de las acusaciones a Menelao, el causante de todos los males, y, en
cambio, condenó a muerte a aquellos infelices que hubieran sido absueltos,
aun cuando hubieran declarado ante un tribunal de escitas.
48 Así que, sin
dilación, sufrieron aquella injusta pena los que habían defendido la causa
de la ciudad, del pueblo y de los vasos sagrados.
49 Por este
motivo, algunos tirios, indignados contra aquella iniquidad, prepararon con
magnificencia su sepultura.
50 Menelao, por
su parte, por la avaricia de aquellos gobernantes, permaneció en el poder,
creciendo en maldad, constituido en el principal adversario de sus
conciudadanos.
1 Por esta época
preparaba Antíoco la segunda expedición a Egipto.
2 Sucedió que
durante cerca de cuarenta días aparecieron en toda la ciudad, corriendo por
los aires, jinetes vestidos de oro, tropas armadas distribuidas en cohortes,
3 escuadrones de
caballería en orden de batalla, ataques y cargas de una y otra parte,
movimiento de escudos, espesura de lanzas, espadas desenvainadas,
lanzamiento de dardos, resplandores de armaduras de oro y corazas de toda
clase.
4 Ante ello todos
rogaban que aquella aparición presagiase algún bien.
5 Al difundirse
el falso rumor de que Antíoco había dejado esta vida, Jasón, con no menos de
mil hombres, lanzó un ataque imprevisto contra la ciudad; al ser rechazados
los que estaban en la muralla y capturada ya por fin la ciudad, Menelao se
refugió en la Acrópolis.
6 Jasón hacía
cruel matanza de sus propios ciudadanos sin caer en cuenta que un éxito
sobre sus compatriotas era el peor de los desastres; se imaginaba ganar
trofeos de enemigos y no de sus compatriotas.
7 Pero no logró
el poder; sino que al fin, con la ignominia ganada por sus intrigas, se fue
huyendo de nuevo al país de Ammán.
8 Por último
encontró un final desastroso: acusado ante Aretas, tirano de los árabes,
huyendo de su ciudad, perseguido por todos, detestado como apóstata de las
leyes, y abominado como verdugo de la patria y de los conciudadanos, fue
arrojado a Egipto.
9 El que a muchos
había desterrado de la patria, en el destierro murió, cuando se dirigía a
Lacedemonia, con la esperanza de encontrar protección por razón de
parentesco;
10 y el que a
tantos había privado de sepultura, pasó sin ser llorado, sin recibir honras
fúnebres ni tener un sitio en la sepultura de sus padres.
11 Cuando
llegaron al rey noticias de lo sucedido, sacó la conclusión de que Judea se
separaba; por eso regresó de Egipto, rabioso como una fiera, tomó la ciudad
por las armas,
12 y ordenó a los
soldados que hirieran sin compasión a los que encontraran y que mataran a
los que subiesen a los terrados de las casas.
13 Perecieron
jóvenes y ancianos; fueron asesinados muchachos, mujeres y niños, y
degollaron a doncellas y niños de pecho.
14 En sólo tres
días perecieron 80.000 personas, 40.000 en la refriega y otros, en número no
menor que el de las víctimas, fueron vendidos como esclavos.
15 Antíoco, no
contento con esto, se atrevió a penetrar en el Templo más santo de toda la
tierra, llevando como guía a Menelao, el traidor a las leyes y a la patria.
16 Con sus manos
impuras tomó los vasos sagrados y arrebató con sus manos profanas las
ofrendas presentadas por otros reyes para acrecentamiento de la gloria y
honra del Lugar.
17 Antíoco estaba
engreído en su pensamiento, sin considerar que el Soberano estaba irritado
por poco tiempo a causa de los pecados de los habitantes de la ciudad y por
eso desviaba su mirada del Lugar.
18 Pero de no
haberse dejado arrastrar ellos por los muchos pecados, el mismo Antíoco,
como Heliodoro, el enviado por el rey Seleuco para inspeccionar el Tesoro,
al ser azotado nada más llegar, habría renunciado a su osadía.
19 Pero el Señor
no ha elegido a la nación por el Lugar, sino el Lugar por la nación.
20 Por esto,
también el mismo Lugar, después de haber participado de las desgracias
acaecidas a la nación, ha tenido luego parte en sus beneficios; y el que
había sido abandonado en tiempo de la cólera del Todopoderoso, de nuevo en
tiempo de la reconciliación del gran Soberano, ha sido restaurado con toda
su gloria.
21 Así pues,
Antíoco, llevándose del Templo 1.800 talentos, se fue pronto a Antioquía,
creyendo en su orgullo que haría la tierra navegable y el mar viable, por la
arrogancia de su corazón.
22 Dejó también
prefectos para hacer daño a la raza: en Jerusalén a Filipo, de raza frigia,
que tenía costumbres más bárbaras que el le había nombrado;
23 en el monte
Garizim, a Andrónico, y además de éstos, a Menelao, que superaba a los demás
en maldad contra sus conciudadanos. El rey, que albergaba hacia los judíos
sentimientos de odio,
24 envió al
Misarca Apolonio con un ejército de 22.000 hombres, y la orden de degollar a
todos los que estaban en el vigor de la edad, y de vender a las mujeres y a
los más jóvenes.
25 Llegado éste a
Jerusalén y fingiendo venir en son de paz esperó hasta el día santo del
sábado. Aprovechando el descanso de los judíos, mandó a sus tropas que se
equiparan con las armas,
26 y a todos los
que salían a ver aquel espectáculo, los hizo matar e, invadiendo la ciudad
con los soldados armados, hizo caer una considerable multitud.
27 Pero Judas,
llamado también Macabeo, formó un grupo de unos diez y se retiró al
desierto. Llevaba con sus compañeros, en las montañas, vida de fieras
salvajes, sin comer más alimento que hierbas, para no contaminarse de
impureza.