"JOB"
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1 Sofar de Naamat
tomó la palabra y dijo:
2 ¿No habrá
respuesta para el charlatán? ¿por ser locuaz se va a tener razón?
3 ¿Tu palabrería
hará callar a los demás? ¿te mofarás sin que nadie te confunda?
4 Tú has dicho:
«Es pura mi conducta, a tus ojos soy irreprochable.»
5 ¡Ojalá Dios
hablara, que abriera sus labios para responderte
6 y te revelara
los arcanos de la Sabiduría que desconciertan toda sagacidad! Sabrías
entonces que Dios olvida aún parte de tu culpa.
7 ¿Pretendes
alcanzar las honduras de Dios, llegar hasta la perfección de Sadday?
8 Más alta es que
los cielos: ¿qué harás tú? más honda que el seol: ¿qué puedes tú saber?
9 Más larga que
la tierra su amplitud, y más ancha que el mar.
10 Si él
interviene, encarcela y cita a juicio, ¿quién se lo impedirá?
11 Porque él
conoce a los hombres de engaño, ve la iniquidad y atiende a ella.
12 El insensato
se hará cuerdo cuando un pollino de onagro nazca hombre.
13 Pero si tú tu
corazón arreglas y tiendes tus palmas hacia él,
14 si alejas la
iniquidad que hay en tu mano y no dejas que more en tus tiendas la
injusticia,
15 entonces
alzarás tu frente limpia, te sentirás firme y sin temor.
16 Dejarás tu
infortunio en el olvido como agua pasada lo recordarás.
17 Y más radiante
que el mediodía surgirá tu existencia, como la mañana será la oscuridad.
18 Vivirás seguro
porque habrá esperanza, aun después de confundido te acostarás tranquilo.
19 Cuando
descanses, nadie te turbará, y adularán muchos tu rostro.
20 Mas los ojos
de los malvados languidecen, todo refugio les fracasa; su esperanza es el
último suspiro.
1 Job tomó la
palabra y dijo:
2 En verdad,
vosotros sois el pueblo, con vosotros la Sabiduría morirá.
3 Yo también sé
pensar como vosotros, no os cedo en nada: ¿a quién se le ocultan esas cosas?
4 La irrisión de
su amigo, eso soy yo, cuando grito hacia Dios para obtener repuesta.
¡Irrisión es el justo perfecto!
5 «¡Al
infortunio, el desprecio! - opinan los dichosos -; ¡un golpe más a quien
vacila!»
6 Mientras viven
en paz las tiendas de los salteadores, en plena seguridad los que irritan a
Dios, los que meten a Dios en su puño!
7 Pero interroga
a las bestias, que te instruyan, a las aves del cielo, que te informen.
8 Te instruirán
los reptiles de la tierra, te enseñarán los peces del mar.
9 Pues entre
todos ellos, ¿quién ignora que la mano de Dios ha hecho esto?
10 El, que tiene
en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre.
11 ¿No es el oído
el que aprecia los discursos, como el paladar saborea los manjares?
12 ¿No está entre
los ancianos el saber, en los muchos años la inteligencia?
13 Pero con él
sabiduría y poder, de él la inteligencia y el consejo.
14 Si él
destruye, no se puede edificar; si a alguno encierra, no se puede abrir.
15 Si retiene las
aguas, sobreviene sequía, si las suelta, avasallan la tierra.
16 Con él la
fuerza y la agudeza; suyos son seducido y seductor.
17 A los
consejeros hace él andar descalzos, y entontece a los jueces.
18 Desata la
banda de los reyes y les pasa una soga por los lomos.
19 Hace andar
descalzos a los sacerdotes y derriba a los que están más firmes.
20 Quita el habla
a los más hábiles y a los ancianos arrebata el juicio.
21 Sobre los
nobles vierte el menosprecio y suelta la correa de los fuertes.
22 Revela la
profundidad de las tinieblas, y saca a la luz la sombra.
23 Levanta a las
naciones y luego las destruye, ensancha a los pueblos y luego los suprime.
24 Quita el ánimo
a los jefes del país, los hace vagar por desierto sin camino;
25 y andan a
tientas en tinieblas, sin luz, se tambalean como un ebrio.
1 ¡Oh!, mis ojos
han visto todo esto, mis orejas lo han oído y entendido.
2 Sí, yo lo sé
tan bien como vosotros, no os cedo en nada.
3 Pero es a
Sadday a quien yo hablo, a Dios quiero hacer mis réplicas.
4 Vosotros no
sois más que charlatanes, curanderos todos de quimeras.
5 ¡Oh, si os
callarais la boca! sería eso vuestra sabiduría.
6 Oíd mis
descargos, os lo ruego, atended a la defensa de mis labios.
7 ¿En defensa de
Dios decís falsía, y por su causa razones mentirosas?
8 ¿Así lucháis en
su favor y de Dios os hacéis abogados?
9 ¿No convendría
que él os sondease? ¿Jugaréis con él como se juega con un hombre?
10 El os dará una
severa corrección, si en secreto hacéis favor a alguno.
11 ¿Su majestad
no os sobrecoge, no os impone su terror?
12 Máximas de
ceniza son vuestras sentencias, vuestras réplicas son réplicas de arcilla.
13 ¡Dejad de
hablarme, porque voy a hablar yo, venga lo que viniere!
14 Tomo mi carne
entre mis dientes, pongo mi alma entre mis manos.
15 El me puede
matar: no tengo otra esperanza que defender mi conducta ante su faz.
16 Y esto mismo
será mi salvación, pues un impío no comparece en su presencia.
17 Escuchad,
escuchad mis palabras, prestad oído a mis declaraciones.
18 Mirad: un
proceso he preparado, consciente de que tengo razón.
19 ¿Quién es el
que quiere litigar conmigo? ¡Pues desde ahora acepto callar y perecer!
20 Sólo dos cosas
te pido que me ahorres, y no me esconderé de tu presencia:
21 que retires tu
mano que pesa sobre mí, y no me espante tu terror.
22 Arguye tú y yo
responderé; o bien yo hablaré y tú contestarás.
23 ¿Cuántas son
mis faltas y pecados? ¡Mi delito, mi pecado, házmelos saber!
24 ¿Por qué tu
rostro ocultas y me tienes por enemigo tuyo?
25 ¿Quieres
asustar a una hoja que se lleva el viento, perseguir una paja seca?
26 Pues escribes
contra mí amargos fallos, me imputas las faltas de mi juventud;
27 pones mis pies
en cepos, vigilas mis pasos todos y mides la huella de mis pies.
28 Y él se
deshace cual leño carcomido, como vestido que roe la polilla,
1 el hombre,
nacido de mujer, corto de días y harto de tormentos.
2 Como la flor,
brota y se marchita, y huye como la sombra sin pararse.
3 ¡Y sobre un ser
tal abres tú los ojos, le citas a juicio frente a ti!
4 Mas ¿quién
podrá sacar lo puro de lo impuro? ¡Ninguno!
5 Si es que están
contados ya sus días, si te es sabida la cuenta de sus meses, si un límite
le has fijado que no franqueará,
6 aparta de él
tus ojos, déjale, hasta que acabe, como un jornalero, su jornada.
7 Una esperanza
guarda el árbol: si es cortado, aún puede retoñar, y no dejará de echar
renuevos.
8 Incluso con
raíces en tierra envejecidas, con un tronco que se muere en el polvo,
9 en cuanto
siente el agua, reflorece y echa ramaje como una planta joven.
10 Pero el hombre
que muere queda inerte, cuando un humano expira, ¿dónde está?
11 Podrán
agotarse las aguas del mar, sumirse los ríos y secarse,
12 que el hombre
que yace no se levantará, se gastarán los cielos antes que se despierte,
antes que surja de su sueño.
13 ¡Ojalá en el
seol tú me guardaras, me escondieras allí mientras pasa tu cólera, y una
tregua me dieras, para acordarte de mí luego
14 - pues, muerto
el hombre, ¿puede revivir? - todos los días de mi milicia esperaría, hasta
que llegara mi relevo!
15 Me llamarías y
te respondería; reclamarías la obra de tus manos.
16 En lugar de
contar mi pasos, como ahora, no te cuidarías más de mis pecados;
17 dentro de un
saco se sellaría mi delito, y blanquearías mi falta.
18 Ay, como el
monte acabará por derrumbarse, la roca cambiará de sitio,
19 las aguas
desgastarán las piedras, inundará una llena los terrenos, así aniquilas tú
la esperanza del hombre.
20 Le aplastas
para siempre, y se va, desfiguras su rostro y le despides.
21 Que sean
honrados sus hijos, no lo sabe; que sean despreciados, no se entera.
22 Tan solo por
él sufre su carne, sólo por él se lamenta su alma.
1 Elifaz de Temán
tomó la palabra y dijo:
2 ¿Responde un
sabio con una ciencia de aire, hincha su vientre de solano,
3 replicando con
palabras vacías, con discursos inútiles?
4 ¡Tú llegas
incluso a destruir la piedad, a anular los piadosos coloquios ante Dios!
5 Ya que tu culpa
inspira tus palabras, y eliges el hablar de los astutos,
6 tu propia boca
te condena, que no yo, tus mismos labios atestiguan contra ti.
7 ¿Has nacido tú
el primero de los hombres? ¿Se te dio a luz antes que a las colinas?
8 ¿Escuchas acaso
los secretos de Dios? ¿acaparas la sabiduría?!
9 ¿Qué sabes tú,
que nosotros no sepamos? ¿qué comprendes, que a nosotros se escape?
10 ¡También entre
nosotros hay un cano, un anciano, más cargado de días que tu padre!
11 ¿Te parecen
poco los consuelos divinos, y una palabra que con dulzura se te dice?
12 ¡Cómo te
arrebata el corazón, qué aviesos son tus ojos,
13 cuando
revuelves contra Dios tu furia y echas palabras por la boca!
14 ¿Cómo puede
ser puro un hombre? ¿cómo ser justo el nacido de mujer?
15 Si ni en sus
santos tiene Dios confianza, y ni los cielos son puros a sus ojos,
16 ¡cuánto menos
un ser abominable y corrompido, el hombre, que bebe la iniquidad como agua!
17 Voy a
instruirte, escúchame, voy a contarte lo que he visto,
18 lo que
transmiten los sabios, sin pasar por alto nada de sus padres,
19 - a ellos
solos les fue dada la tierra, sin que se mezclara extranjero entre ellos -:
20 «Todos sus
días vive el malvado en tormento, contados están los años asignados al
tirano.
21 Grito de
espanto resuena en sus oídos, en plena paz el bandido le asalta.
22 No espera
escapar a las tinieblas, y se ve destinado a la espada.
23 Asignado como
pasto de los buitres, sabe que su ruina es inminente. La hora de las
tinieblas
24 le espanta, la
ansiedad y la angustia le invaden, como un rey pronto al asalto.
25 ¡Alzaba él su
mano contra Dios, se atrevía a retar a Sadday!
26 Embestía
contra él, el cuello tenso, tras las macizas gibas de su escudo;
27 porque tenía
el rostro cubierto de grasa, en sus ijadas había echado sebo,
28 y habitaba
ciudades destruidas, casas inhabitadas que amenazaban convertirse en ruinas.
29 No se
enriquecerá, no será estable su fortuna, su sombra no cubrirá la tierra,
30 (ni escapará a
las tinieblas). Agotará sus renuevos la llama, su flor será barrida por el
viento.
31 No se fíe de
su elevada talla, pues vanidad es su follaje.
32 Se amustiará
antes de tiempo, y sus ramas no reverdecerán.
33 Sacudirá como
la viña sus agraces, como el olivo dejará caer su flor.
34 Sí, es estéril
la ralea del impío, devora el fuego la tienda del soborno.
35 Quien concibe
dolor, desgracia engendra, su vientre incuba decepción»
1 Job tomó la
palabra y dijo:
2 ¡He oído muchas
cosas como ésas! ¡Consoladores funestos sois todos vosotros!
3 «¿No acabarán
esas palabras de aire?» O: «¿qué es lo que te pica para responder?»
4 También yo
podría hablar como vosotros, si estuvierais en mi lugar; contra vosotros
ordenaría discursos, meneando por vosotros mi cabeza;
5 os confortaría
con mi boca, y no dejaría de mover los labios.
6 Mas si hablo,
no cede mi dolor, y si callo, ¿acaso me perdona?
7 Ahora me tiene
ya extenuado; tú has llenado de horror a toda la reunión
8 que me
acorrala; mi calumniador se ha hecho mi testigo, se alza contra mí, a la
cara me acusa;
9 su furia me
desgarra y me persigue, rechinando sus dientes contra mí. Mis adversarios
aguzan sobre mí sus ojos,
10 abren su boca
contra mí. Ultrajándome hieren mis mejillas, a una se amotinan contra mí.
11 A injustos
Dios me entrega, me arroja en manos de malvados.
12 Estaba yo
tranquilo cuando él me golpeó, me agarró por la nuca para despedazarme. Me
ha hecho blanco suyo:
13 me cerca con
sus tiros, traspasa mis entrañas sin piedad y derrama por tierra mi hiel.
14 Abre en mí
brecha sobre brecha, irrumpe contra mí como un guerrero.
15 Yo he cosido
un sayal sobre mi piel, he hundido mi frente en el polvo.
16 Mi rostro ha
enrojecido por el llanto, la sombra mis párpados recubre.
17 Y eso que no
hay en mis manos violencia, y mi oración es pura.
18 ¡Tierra, no
cubras tú mi sangre, y no quede en secreto mi clamor!
19 Ahora todavía
está en los cielos mi testigo, allá en lo alto está mi defensor,
20 que interpreta
ante Dios mis pensamientos; ante él fluyen mis ojos:
21 ¡Oh, si él
juzgara entre un hombre y Dios, como entre un mortal y otro mortal!
22 Pues mis años
futuros son contados, y voy a emprender el camino sin retorno.
1 Mi aliento se
agota, mis días se apagan sólo me queda el cementerio.
2 ¿No estoy a
merced de las burlas, y en amarguras pasan mis ojos las noches?
3 Coloca, pues,
mi fianza junto a ti, ¿quién, si no, querrá chocar mi mano?
4 Tú has cerrado
su mente a la razón, por eso ninguna mano se levanta
5 Como el que
anuncia a sus amigos un reparto, cuando languidecen los ojos de sus hijos,
6 me he hecho yo
proverbio de las gentes, alguien a quien escupen en la cara.
7 Mis ojos se
apagan de pesar, mis miembros se desvanecen como sombra.
8 Los hombres
rectos quedan de ello asombrados, contra el impío se indigna el inocente;
9 el justo se
afianza en su camino, y el de manos puras redobla su energía.
10 Pero, vosotros
todos, volved otra vez, ¡no hallaré un solo sabio entre vosotros!
11 Mis días han
pasado con mis planes, se han deshecho los deseos de mi corazón.
12 Algunos hacen
de la noche día: se acercaría la luz que ahuyenta las tinieblas.
13 Mas ¿qué
espero? Mi casa es el seol, en las tinieblas extendí mi lecho.
14 Y grito a la
fosa: «¡Tú mi padre!», a los gusanos: «¡Mi madre y mis hermanos!»
15 ¿Dónde está,
pues, mi esperanza? y mi felicidad ¿quién la divisa?
16 ¿Van a bajar
conmigo hasta el seol? ¿Nos hundiremos juntos en el polvo?
1 Bildad de Súaj
tomó la palabra y dijo:
2 ¿Cuándo
pondréis freno a las palabras? Reflexionad, y después hablaremos.
3 ¿Por qué hemos
de ser tenidos como bestias, y a vuestros ojos somos impuros?
4 Oh tú, que te
desgarras en tu cólera, ¿la tierra acaso quedará por ti desierta, se moverá
la roca de su sitio?
5 Sí, la luz del
malvado ha de apagarse, ya no brillará su ardiente llama.
6 La luz en su
tienda se oscurece, de encima de él se apaga la candela.
7 Se acortan sus
pasos vigorosos, le pierde su propio consejo.
8 Porque sus pies
le meten en la red, entre mallas camina.
9 Por el talón le
apresa un lazo, el cepo se cierra sobre él.
10 Oculto en la
tierra hay un nudo para él, una trampa le espera en el sendero.
11 Por todas
partes le estremecen terrores, y le persiguen paso a paso.
12 El hambre es
su cortejo, la desgracia se adhiere a su costado.
13 Devora el mal
su piel, el Primogénito de la Muerte roe sus miembros.
14 Se le arranca
del seguro de su tienda, se le lleva donde el Rey de los terrores.
15 Se ocupa su
tienda, ya no suya, se esparce azufre en su morada.
16 Por abajo se
secan sus raíces, por arriba se amustia su ramaje.
17 Su recuerdo
desaparece de la tierra, no le queda nombre en la comarca.
18 Se le arroja
de la luz a las tinieblas, del orbe se le expulsa.
19 Ni prole ni
posteridad tiene en su pueblo, ningún superviviente en sus moradas.
20 De su fin se
estremece el Occidente, y el Oriente queda preso de terror.
21 Tan sólo esto
son las moradas del impío, tal el lugar del que a Dios desconoce.
1 Job tomó la
palabra y dijo:
2 ¿Hasta cuándo
afligiréis mi alma y a palabras me acribillaréis?
3 Ya me habéis
insultado por diez veces, me habéis zarandeado sin reparo.
4 Aunque de hecho
hubiese errado, en mí solo quedaría mi yerro.
5 Si es que aún
queréis triunfar de mí y mi oprobio reprocharme,
6 sabed ya que es
Dios quien me hace entuerto, y el que en su red me envuelve.
7 Si grito:
¡Violencia!, no obtengo respuesta; por más que apelo, no hay justicia.
8 El ha vallado
mi ruta para que yo no pase, ha cubierto mis senderos de tinieblas.
9 Me ha despojado
de mi gloria, ha arrancado la corona de mi frente.
10 Por todas
partes me mina y desaparezco, arranca como un árbol mi esperanza.
11 Enciende su
ira contra mí, me considera su enemigo.
12 En masa sus
huestes han llegado, su marcha de asalto han abierto contra mí, han puesto
cerco a mi tienda.
13 A mis hermanos
ha alejado de mí, mis conocidos tratan de esquivarme.
14 Parientes y
deudos ya no tengo, los huéspedes de mi casa me olvidaron.
15 Por un extraño
me tienen mis criadas, soy a sus ojos un desconocido.
16 Llamo a mi
criado y no responde, aunque le implore con mi propia boca.
17 Mi aliento
repele a mi mujer, fétido soy para los hijos de mi vientre.
18 Hasta los
chiquillos me desprecian, si me levanto, me hacen burla.
19 Tienen horror
de mí todos mis íntimos, los que yo más amaba se han vuelto contra mí.
20 Bajo mi piel
mi carne cae podrida, mis huesos se desnudan como dientes.
21 ¡Piedad,
piedad de mí, vosotros mis amigos, que es la mano de Dios la que me ha
herido!
22 ¿Por qué os
cebáis en mí como hace Dios, y no os sentís ya ahítos de mi carne?
23 ¡Ojalá se
escribieran mis palabras, ojalá en monumento se grabaran,
24 y con punzón
de hierro y buril, para siempre en la roca se esculpieran!
25 Yo sé que mi
Defensor está vivo, y que él, el último, se levantará sobre el polvo.
26 Tras mi
despertar me alzará junto a él, y con mi propia carne veré a Dios.
27 Yo, sí, yo
mismo le veré, mis ojos le mirarán, no ningún otro. ¡Dentro de mí
languidecen mis entrañas!
28 Y si vosotros
decís: «¿Cómo atraparle, qué pretexto hallaremos contra él?»,
29 temed la
espada por vosotros mismos, pues la ira se encenderá contra las culpas y
sabréis que hay un juicio.
1 Sofar de Naamat
tomó la palabra y dijo:
2 Por esto mis
pensamientos a replicar me incitan: por la impaciencia que me urge.
3 Una lección que
me ultraja he escuchado, mas el soplo de mi inteligencia me incita a
responder.
4 ¿No sabes tú
que desde siempre, desde que el hombre en la tierra fue puesto,
5 es breve la
alegría del malvado, y de un instante el gozo del impío?
6 Aunque su talla
se alzara hasta los cielos y las nubes tocara su cabeza,
7 como un
fantasma desaparece para siempre, los que le veían dicen: «¿Dónde está?»
8 Se vuela como
un sueño inaprensible, se le ahuyenta igual que a una visión nocturna.
9 El ojo que le
observaba ya no le ve más, ni le divisa el lugar donde estaba.
10 A los pobres
tendrán que indemnizar sus hijos, sus niños habrán de devolver sus bienes.
11 Sus huesos
rebosaban de vigor juvenil: mas ya con él postrado está en el polvo.
12 Si el mal era
dulce a su boca, si bajo su lengua lo albergaba,
13 si allí lo
guardaba tenazmente y en medio del paladar lo retenía,
14 su alimento en
sus entrañas se corrompe, en su interior se le hace hiel de áspid.
15 Vomita las
riquezas que engulló, Dios se las arranca de su vientre.
16 Veneno de
áspides chupaba: lengua de víbora le mata.
17 Ya no verá los
arroyos de aceite, los torrentes de miel y de cuajada.
18 Devuelve su
ganancia sin tragarla, no saborea el fruto de su negocio.
19 Porque estrujó
las chozas de los pobres, robó casas en vez de construirlas;
20 porque su
vientre se mostró insaciable, sus tesoros no le salvarán;
21 porque a su
voracidad nada escapaba, por eso no dura su prosperidad.
22 En plena
abundancia la estrechez le sorprende, la desgracia, en tromba, cae sobre él.
23 En el momento
de llenar su vientre, suelta Dios contra él el ardor de su cólera y lanza
sobre su carne una lluvia de saetas.
24 Si del arma de
hierro logra huir, el arco de bronce le traspasa.
25 Sale una
flecha por su espalda, una hoja fulgurante de su hígado. Los terrores se
abalanzan sobre él,
26 total tiniebla
aguarda a sus tesoros. Un fuego que nadie atiza le devora, y consume lo que
en su tienda aún queda,
27 Los cielos
ponen su culpa al descubierto, y la tierra se alza contra él.
28 La hacienda de
su casa se derrama, como torrentes, en el día de la cólera.
29 Tal es la
suerte que al malvado Dios reserva, la herencia de Dios para el maldito.