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1 Despidiéndonos
de ellos nos hicimos a la mar y navegamos derechamente hasta llegar a Cos;
al día siguiente, hasta Rodas, y de allí hasta Pátara.
2 Encontramos una
nave que partía para Fenicia; nos embarcamos y partimos.
3 Avistamos
Chipre y, dejándola a la izquierda, íbamos navegando rumbo a Siria;
arribamos a Tiro, pues allí la nave debía dejar su cargamento.
4 Habiendo
encontrado a los discípulos nos quedamos allí siete días. Ellos, iluminados
por el Espíritu, decían a Pablo que no subiese a Jerusalén.
5 Cuando se nos
pasaron aquellos días, salimos y nos pusimos en camino. Todos nos
acompañaron con sus mujeres e hijos, hasta las afueras de la ciudad. En la
playa nos pusimos de rodillas y oramos;
6 nos despedimos
unos de otros y subimos a la nave; ellos se volvieron a sus casas.
7 Nosotros,
terminando la travesía, fuimos de Tiro a Tolemaida; saludamos a los hermanos
y nos quedamos un día con ellos.
8 Al siguiente
partimos y llegamos a Cesarea; entramos en casa de Felipe, el evangelista,
que era uno de los Siete, y nos hospedamos en su casa.
9 Tenía éste
cuatro hijas vírgenes que profetizaban.
10 Nos detuvimos
allí bastantes días; bajó entre tanto de Judea un profeta llamado Ágabo;
11 se acercó a
nosotros, tomó el cinturón de Pablo, se ató sus pies y sus manos y dijo:
«Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al hombre
de quien es este cinturón. Y le entregarán en manos de los gentiles.»
12 Al oír esto
nosotros y los de aquel lugar le rogamos que no subiera a Jerusalén.
13 Entonces Pablo
contestó: «¿Por qué habéis de llorar y destrozarme el corazón? Pues yo estoy
dispuesto no sólo a ser atado, sino a morir también en Jerusalén por el
nombre del Señor Jesús.»
14 Como no se
dejaba convencer, dejamos de insistir y dijimos: «Hágase la voluntad del
Señor.»
15 Transcurridos
estos días y hechos los preparativos de viaje, subimos a Jerusalén.
16 Venían con
nosotros algunos discípulos de Cesarea, que nos llevaron a casa de cierto
Mnasón, de Chipre, antiguo discípulo, donde nos habíamos de hospedar.
17 Llegados a
Jerusalén, los hermanos nos recibieron con alegría.
18 Al día
siguiente Pablo, con todos nosotros, fue a casa de Santiago; se reunieron
también todos los presbíteros.
19 Les saludó y
les fue exponiendo una a una todas las cosas que Dios había obrado entre los
gentiles por su ministerio.
20 Ellos, al
oírle, glorificaban a Dios. Entonces le dijeron: «Ya ves, hermano, cuántos
miles y miles de judíos han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios
de la Ley.
21 Y han oído
decir de ti que enseñas a todos los judíos que viven entre los gentiles que
se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen
las tradiciones.
22 ¿Qué hacer,
pues? Porque va a reunirse la muchedumbre al enterarse de tu venida.
23 Haz, pues, lo
que te vamos a decir: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen un voto
que cumplir.
24 Tómalos y
purifícate con ellos; y paga tú por ellos, para que se rapen la cabeza; así
todos entenderán que no hay nada de lo que ellos han oído decir de ti; sino
que tú también te portas como un cumplidor de la Ley.
25 En cuanto a
los gentiles que han abrazado la fe, ya les escribimos nosotros nuestra
decisión: Abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de animal
estrangulado y de la impureza.»
26 Entonces Pablo
tomó al día siguiente a los hombres, y habiéndose purificado con ellos,
entró en el Templo para declarar el cumplimiento del plazo de los días de la
purificación cuando se había de presentar la ofrenda por cada uno de ellos.
27 Cuando estaban
ya para cumplirse los siete días, los judíos venidos de Asia le vieron en el
Templo, revolvieron a todo el pueblo, le echaron mano
28 y se pusieron
a gritar: «¡Auxilio, hombres de Israel! Este es el hombre que va enseñando a
todos por todas partes contra el pueblo, contra la Ley y contra este Lugar;
y hasta ha llegado a introducir a unos griegos en el Templo, profanando este
Lugar Santo.»
29 Pues habían
visto anteriormente con él en la ciudad a Trofimo, de Éfeso, a quien creían
que Pablo había introducido en el Templo.
30 Toda la ciudad
se alborotó y la gente concurrió de todas partes. Se apoderaron de Pablo y
lo arrastraron fuera del Templo; inmediatamente cerraron las puertas.
31 Intentaban
darle muerte, cuando subieron a decir al tribuno de la cohorte: «Toda
Jerusalén está revuelta.»
32 Inmediatamente
tomó consigo soldados y centuriones y bajó corriendo hacia ellos; y ellos al
ver al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo.
33 Entonces el
tribuno se acercó, le prendió y mandó que le atasen con dos cadenas; y
empezó a preguntar quién era y qué había hecho.
34 Pero entre la
gente unos gritaban una cosa y otros otra. Como no pudiese sacar nada en
claro a causa del alboroto, mandó que le llevasen al cuartel.
35 Cuando llegó a
las escaleras, tuvo que ser llevado a hombros por los soldados a causa de la
violencia de la gente;
36 pues toda la
multitud le iba siguiendo y gritando: «¡Mátale!»
37 Cuando iban ya
a meterle en el cuartel, Pablo dijo al tribuno: «¿Me permites decirte una
palabra?» El le contestó: «Pero, ¿sabes griego?
38 ¿No eres tú
entonces el egipcio que estos últimos días ha amotinado y llevado al
desierto a los 4.000 terroristas?»
39 Pablo dijo:
«Yo soy un judío, de Tarso, ciudadano de una ciudad no oscura de Cilicia. Te
ruego que me permitas hablar al pueblo.»
40 Se lo
permitió. Pablo, de pie sobre las escaleras, pidió con la mano silencio al
pueblo. Y haciéndose un gran silencio, les dirigió la palabra en lengua
hebrea.
1 «Hermanos y
padres, escuchad la defensa que ahora hago ante vosotros.»
2 Al oír que les
hablaba en lengua hebrea guardaron más profundo silencio. Y dijo:
3 «Yo soy judío,
nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a los
pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres;
estaba lleno de celo por Dios, como lo estáis todos vosotros el día de hoy.
4 Yo perseguí a
muerte a este Camino, encadenando y arrojando a la cárcel a hombres y
mujeres,
5 como puede
atestiguármelo el Sumo Sacerdote y todo el Consejo de ancianos. De ellos
recibí también cartas para los hermanos de Damasco y me puse en camino con
intención de traer también encadenados a Jerusalén a todos los que allí
había, para que fueran castigados.
6 «Pero yendo de
camino, estando ya cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de
repente una gran luz venida del cielo;
7 caí al suelo y
oí una voz que me decía: "Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?"
8 Yo respondí:
"¿Quién eres, Señor?" Y él a mí: "Yo soy Jesús Nazoreo, a quien tú
persigues."
9 Los que estaban
vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba.
10 Yo dije: "¿Qué
he de hacer, Señor?" Y el Señor me respondió: "Levántate y vete a Damasco;
allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas."
11 Como yo no
veía, a causa del resplandor de aquella luz, conducido de la mano por mis
compañeros llegué a Damasco.
12 «Un tal
Ananías, hombre piadoso según la Ley, bien acreditado por todos los judíos
que habitaban allí,
13 vino a verme,
y presentándose ante mí me dijo: "Saúl, hermano, recobra la vista." Y en
aquel momento le pude ver.
14 El me dijo:
"El Dios de nuestros padres te ha destinado para que conozcas su voluntad,
veas al Justo y escuches la voz de sus labios,
15 pues le has de
ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído.
16 Y ahora, ¿qué
esperas? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su
nombre."
17 «Habiendo
vuelto a Jerusalén y estando en oración en el Templo, caí en éxtasis;
18 y le vi a él
que me decía: "Date prisa y marcha inmediatamente de Jerusalén, pues no
recibirán tu testimonio acerca de mí."
19 Yo respondí:
"Señor, ellos saben que yo andaba por las sinagogas encarcelando y azotando
a los que creían en ti;
20 y cuando se
derramó la sangre de tu testigo Esteban, yo también me hallaba presente, y
estaba de acuerdo con los que le mataban y guardaba sus vestidos."
21 Y me dijo:
"Marcha, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles".»
22 Le estuvieron
escuchando hasta estas palabras y entonces alzaron sus voces diciendo:
«¡Quita a ése de la tierra!; ¡no es justo que viva!»
23 Vociferaban,
agitaban sus vestidos y arrojaban polvo al aire.
24 El tribuno
mandó llevarlo dentro del cuartel y dijo que lo sometieran a los azotes para
averiguar por qué motivo gritaban así contra él.
25 Cuando le
tenían estirado con las correas, dijo Pablo al centurión que estaba allí:
«¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haberle juzgado?»
26 Al oír esto el
centurión fue donde el tribuno y le dijo: «¿Qué vas a hacer? Este hombre es
ciudadano romano.»
27 Acudió el
tribuno y le preguntó: «Dime, ¿eres ciudadano romano?» - «Sí», respondió.
28 - «Yo, dijo el
tribuno, conseguí esta ciudadanía por una fuerte suma.» - «Pues yo, contestó
Pablo, la tengo por nacimiento.»
29 Al momento se
retiraron los que iban a darle tormento. El tribuno temió al darse cuenta
que le había encadenado siendo ciudadano romano.
30 Al día
siguiente, queriendo averiguar con certeza de qué le acusaban los judíos, le
sacó de la cárcel y mandó que se reunieran los sumos sacerdotes y todo el
Sanedrín; hizo bajar a Pablo y le puso ante ellos.
1 Pablo miró
fijamente al Sanedrín y dijo: «Hermanos, yo me he portado con entera buena
conciencia ante Dios, hasta este día.»
2 Pero el Sumo
Sacerdote Ananías mandó a los que le asistían que le golpeasen en la boca.
3 Entonces Pablo
le dijo: «¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! ¿Tú te sientas para
juzgarme conforme la Ley y mandas, violando la Ley, que me golpeen?»
4 Pero los que
estaban a su lado le dijeron: «¿Insultas al Sumo Sacerdote de Dios?»
5 Pablo contestó:
«No sabía, hermanos, que fuera el Sumo Sacerdote; pues está escrito: = No
injuriarás al jefe de tu pueblo.» =
6 Pablo, dándose
cuenta de que una parte eran saduceos y la otra fariseos, gritó en medio del
Sanedrín: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos; por esperar la
resurrección de los muertos se me juzga.»
7 Al decir él
esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos y la asamblea se
dividió.
8 Porque los
saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; mientras que
los fariseos profesan todo eso.
9 Se levantó,
pues, un gran griterío. Se pusieron en pie algunos escribas del partido de
los fariseos y se oponían diciendo: «Nosotros no hallamos nada malo en este
hombre. ¿Y si acaso le habló algún espíritu o un ángel?»
10 Como el
altercado iba creciendo, temió el tribuno que Pablo fuese despedazado por
ellos y mandó a la tropa que bajase, que le arrancase de entre ellos y le
llevase al cuartel.
11 A la noche
siguiente se le apareció el Señor y le dijo: «¡Animo!, pues como has dado
testimonio de mí en Jerusalén, así debes darlo también en Roma.»
12 Al amanecer,
los judíos se confabularon y se comprometieron bajo anatema a no comer ni
beber hasta que hubieran matado a Pablo.
13 Eran más de
cuarenta los comprometidos en esta conjuración.
14 Estos, pues,
se presentaron a los sumos sacerdotes y a los ancianos y le dijeron: «Bajo
anatema nos hemos comprometido a no probar cosa alguna hasta que no hayamos
dado muerte a Pablo.
15 Vosotros por
vuestra parte, de acuerdo con el Sanedrín, indicad al tribuno que os lo baje
donde vosotros, como si quisierais examinar más a fondo su caso; nosotros
estamos dispuestos a matarle antes de que llegue.»
16 El hijo de la
hermana de Pablo se enteró de la celada. Se presentó en el cuartel, entró y
se lo contó a Pablo.
17 Pablo llamó a
uno de los centuriones y le dijo: «Lleva a este joven donde el tribuno, pues
tiene algo que contarle.»
18 El tomó y le
presentó al tribuno diciéndole: «Pablo, el preso, me llamó y me rogó que te
trajese este joven que tiene algo que decirte.»
19 El tribuno le
tomó de la mano, le llevó aparte y le preguntó: «¿Qué es lo que tienes que
contarme?»
20 - «Los judíos,
contestó, se han concertado para pedirte que mañana bajes a Pablo al
Sanedrín con el pretexto de hacer una indagación más a fondo sobre él.
21 Pero tú no les
hagas caso, pues le preparan una celada más de cuarenta hombres de entre
ellos, que se han comprometido bajo anatema a no comer ni beber hasta
haberle dado muerte; y ahora están preparados, esperando tu asentimiento.»
22 El tribuno
despidió al muchacho dándole esta recomendación: «No digas a nadie que me
has denunciado estas cosas.»
23 Después llamó
a dos centuriones y les dijo: «Tened preparados para la tercera hora de la
noche doscientos soldados, para ir a Cesarea, setenta de caballería y
doscientos lanceros.
24 Preparad
también cabalgaduras para que monte Pablo; y llevadlo a salvo al procurador
Félix.»
25 Y escribió una
carta en estos términos:
26 «Claudio
Lisias saluda al excelentísimo procurador Félix.»
27 Este hombre
había sido apresado por los judíos y estaban a punto de matarlo cuando, al
saber que era romano, acudí yo con la tropa y le libré de sus manos.
28 Queriendo
averiguar el crimen de que le acusaban, le bajé a su Sanedrín.
29 Y hallé que le
acusaban sobre cuestiones de su Ley, pero que no tenía ningún cargo digno de
muerte o de prisión.
30 Pero
habiéndome llegado el aviso de que se preparaba una celada contra este
hombre, al punto te lo he mandado y he informado además a sus acusadores que
formulen sus quejas contra él ante ti.»
31 Los soldados,
conforme a lo que se les había ordenado, tomaron a Pablo y lo condujeron de
noche a Antipátrida;
32 a la mañana
siguiente dejaron que los de caballería se fueran con él y ellos se
volvieron al cuartel.
33 Al llegar
aquéllos a Cesarea, entregaron la carta al procurador y le presentaron
también a Pablo.
34 Habiéndola
leído, preguntó de qué provincia era y, al saber que era de Cilicia, le
dijo:
35 «Te oiré
cuando estén también presentes tus acusadores.» Y mandó custodiarle en el
pretorio de Herodes.
1 Cinco días
después bajó el Sumo Sacerdote Ananías con algunos ancianos y un tal
Tértulo, abogado, y presentaron ante el procurador acusación contra Pablo.
2 Citado Pablo,
Tértulo dio principio a la acusación diciendo: «Gracias a ti gozamos de
mucha paz y las mejoras realizadas por tu providencia en beneficio de esta
nación,
3 en todo y
siempre las reconocemos, excelentísimo Félix, con todo agradecimiento.
4 Pero para no
molestarte más, te ruego que nos escuches un momento con tu característica
clemencia.
5 Hemos
encontrado esta peste de hombre que provoca altercados entre los judíos de
toda la tierra y que es el jefe principal de la secta de los nazoreos.
6 Ha intentado
además profanar el Templo, pero nosotros le apresamos.
8 Interrogándole,
podrás tú llegar a conocer a fondo todas estas cosas de que le acusamos.»
9 Los judíos le
apoyaron, afirmando que las cosas eran así.
10 Entonces el
procurador concedió la palabra a Pablo y éste respondió: «Yo sé que desde
hace muchos años vienes juzgando a esta nación; por eso con toda confianza
voy a exponer mi defensa.
11 Tú mismo lo
puedes comprobar: No hace más de doce días que yo subí a Jerusalén en
peregrinación.
12 Y ni en el
Templo, ni en las sinagogas ni por la ciudad me han encontrado discutiendo
con nadie ni alborotando a la gente.
13 Ni pueden
tampoco probarte las cosas de que ahora me acusan.
14 «En cambio te
confieso que según el Camino, que ellos llaman secta, doy culto al Dios de
mis padres, creo en todo lo que se encuentra en la Ley y está escrito en los
Profetas
15 y tengo en
Dios la misma esperanza que éstos tienen, de que habrá una resurrección,
tanto de los justos como de los pecadores.
16 Por eso yo
también me esfuerzo por tener constantemente una conciencia limpia ante Dios
y ante los hombres.
17 «Al cabo de
muchos años he venido a traer limosnas a los de mi nación y a presentar
ofrendas.
18 Y me
encontraron realizando estas ofrendas en el Templo después de haberme
purificado, y no entre tumulto de gente.
19 Y fueron
algunos judíos de Asia... - que son los que debieran presentarse ante ti y
acusarme si es que tienen algo contra mí;
20 o si no, que
digan estos mismos qué crimen hallaron en mí cuando comparecí ante el
Sanedrín,
21 a no ser este
solo grito que yo lancé estando en medio de ellos: "Yo soy juzgado hoy por
vosotros a causa de la resurrección de los muertos.»
22 Félix, que
estaba bien informado en lo referente al Camino, les dio largas diciendo:
«Cuando baje el tribuno Lisias decidiré vuestro asunto.»
23 Y ordenó al
centurión que custodiase a Pablo, que le dejase tener alguna libertad y que
no impidiese a ninguno de los suyos el asistirle.
24 Después de
unos días vino Félix con su esposa Drusila, que era judía; mandó traer a
Pablo y le estuvo escuchando acerca de la fe en Cristo Jesús.
25 Y al hablarle
Pablo de la justicia, del dominio propio y del juicio futuro, Félix,
aterrorizado, le interrumpió: «Por ahora puedes marcharte; cuando encuentre
oportunidad te haré llamar.»
26 Esperaba al
mismo tiempo Félix que Pablo le diese dinero; por eso frecuentemente le
mandaba a buscar y conversaba con él.
27 Pasados dos
años Félix recibió como sucesor a Porcio Festo; y queriendo congraciarse con
los judíos, dejó a Pablo prisionero.
1 Tres días
después de haber llegado a la provincia, subió Festo de Cesarea a Jerusalén.
2 Los sumos
sacerdotes y los principales de los judíos le presentaron acusación contra
Pablo e insistentemente
3 le pedían una
gracia contra él, que le hiciera trasladar a Jerusalén, mientras preparaban
una celada para matarle en el camino.
4 Pero Festo les
contestó que Pablo debía estar custodiado en Cesarea, y que él mismo estaba
para marchar allá inmediatamente.
5 «Que bajen
conmigo, les dijo, los que entre vosotros tienen autoridad y si este hombre
es culpable en algo, formulen acusación contra él.»
6 Después de
pasar entre ellos no más de ocho o diez días, bajó a Cesarea y al día
siguiente se sentó en el tribunal y mandó traer a Pablo.
7 Así que éste se
presentó le rodearon los judíos que habían bajado de Jerusalén, presentando
contra él muchas y graves acusaciones, que no podían probar.
8 Pablo se
defendía diciendo: «Yo no he cometido falta alguna ni contra la Ley de los
judíos ni contra el Templo ni contra el César.»
9 Pero Festo,
queriendo congraciarse con los judíos, preguntó a Pablo: «¿Quieres subir a
Jerusalén y ser allí juzgado de estas cosas en mi presencia?»
10 Pablo
contestó: «Estoy ante el tribunal del César, que es donde debo ser juzgado.
A los judíos no les he hecho ningún mal, como tú muy bien sabes.
11 Si, pues, soy
reo de algún delito o he cometido algún crimen que merezca la muerte, no
rehúso morir; pero si en eso de que éstos me acusan no hay ningún
fundamento, nadie puede entregarme a ellos; apelo al César.»
12 Entonces Festo
deliberó con el Consejo y respondió: «Has apelado al César, al César irás.»
13 Pasados
algunos días, el rey Agripa y Berenice vinieron a Cesarea y fueron a saludar
a Festo.
14 Como pasaran
allí bastantes días, Festo expuso al rey el caso de Pablo: «Hay aquí un
hombre, le dijo, que Félix dejó prisionero.
15 Estando yo en
Jerusalén presentaron contra él acusación los sumos sacerdotes y los
ancianos de los judíos, pidiendo contra él sentencia condenatoria.
16 Yo les
respondí que no es costumbre de los romanos entregar a un hombre antes de
que el acusado tenga ante sí a los acusadores y se le dé la posibilidad de
defenderse de la acusación.
17 Ellos vinieron
aquí juntamente conmigo, y sin dilación me senté al día siguiente en el
tribunal y mandé traer al hombre.
18 Los acusadores
comparecieron ante él, pero no presentaron ninguna acusación de los crímenes
que yo sospechaba;
19 solamente
tenían contra él unas discusiones sobre su propia religión y sobre un tal
Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirma que vive.
20 Yo estaba
perplejo sobre estas cuestiones y le propuse si quería ir a Jerusalén y ser
allí juzgado de estas cosas.
21 Pero como
Pablo interpuso apelación de que su caso se reservase a la decisión del
Augusto, mandé que se le custodiara hasta remitirle al César.»
22 Agripa dijo a
Festo: «Querría yo también oír a ese hombre.» - «Mañana, dijo, le oirás.»
23 Al día
siguiente vinieron Agripa y Berenice con gran ostentación y entraron en la
sala de audiencia, junto con los tribunos y los personajes de más categoría
de la ciudad. A una orden de Festo, trajeron a Pablo.
24 Festo dijo:
«Rey Agripa y todos los aquí presentes; aquí veis a este hombre, contra
quien toda la multitud de los judíos vinieron donde mí tanto en Jerusalén
como aquí, gritando que no debía vivir ya más.
25 Yo comprendí
que no había hecho nada digno de muerte; pero como él ha apelado al Augusto,
he decidido enviarle.
26 No sé en
concreto qué escribir al Señor sobre él; por eso le he presentado ante
vosotros, y sobre todo ante ti, rey Agripa, para saber, después del
interrogatorio, lo que he de escribir.
27 Pues me parece
absurdo enviar un preso sin indicar las acusaciones formuladas contra él.»
1 Agripa dijo a
Pablo: «Se te permite hablar en tu favor.» Entonces Pablo extendió su mano y
empezó su defensa:
2 «Me considero
feliz, rey Agripa, al tener que defenderme hoy ante ti de todas las cosas de
que me acusan los judíos,
3 principalmente
porque tú conoces todas las costumbres y cuestiones de los judíos. Por eso
te pido que me escuches pacientemente.
4 «Todos los
judíos conocen mi vida desde mi juventud, desde cuando estuve en el seno de
mi nación, en Jerusalén.
5 Ellos me
conocen de mucho tiempo atrás y si quieren pueden testificar que yo he
vivido como fariseo conforme a la secta más estricta de nuestra religión.
6 Y si ahora
estoy aquí procesado es por la esperanza que tengo en la Promesa hecha por
Dios a nuestros padres,
7 cuyo
cumplimiento están esperando nuestras doce tribus en el culto que
asiduamente, noche y día, rinden a Dios. Por esta esperanza, oh rey, soy
acusado por los judíos.
8 ¿Por qué tenéis
vosotros por increíble que Dios resucite a los muertos?
9 «Yo, pues, me
había creído obligado a combatir con todos los medios el nombre de Jesús, el
Nazoreo.
10 Así lo hice en
Jerusalén y, con poderes recibidos de los sumos sacerdotes, yo mismo encerré
a muchos santos en las cárceles; y cuando se les condenaba a muerte, yo
contribuía con mi voto.
11 Frecuentemente
recorría todas las sinagogas y a fuerza de castigos les obligaba a blasfemar
y, rebosando furor contra ellos, los perseguía hasta en las ciudades
extranjeras.
12 «En este
empeño iba hacia Damasco con plenos poderes y comisión de los sumos
sacerdotes;
13 y al medio
día, yendo de camino vi, oh rey, una luz venida del cielo, más
resplandeciente que el sol, que me envolvió a mí y a mis compañeros en su
resplandor.
14 Caímos todos a
tierra y yo oí una voz que me decía en lengua hebrea: "Saúl, Saúl, ¿por qué
me persigues? Te es duro dar coces contra el aguijón."
15 Yo respondí:
"¿Quién eres, Señor?" Y me dijo el Señor: "Yo soy Jesús a quien tú
persigues.
16 Pero
levántate, y ponte en pie; pues me he aparecido a ti para constituirte
servidor y testigo tanto de las cosas que de mí has visto como de las que te
manifestaré.
17 = Yo te
libraré = de tu pueblo y = de los gentiles, a los cuales yo te envío, =
18 = para que les
abras los ojos; = para que se conviertan = de las tinieblas a la luz, = y
del poder de Satanás a Dios; y para que reciban el perdón de los pecados y
una parte en la herencia entre los santificados, mediante la fe en mí."
19 «Así pues, rey
Agripa, no fui desobediente a la visión celestial,
20 sino que
primero a los habitantes de Damasco, después a los de Jerusalén y por todo
el país de Judea y también a los gentiles he predicado que se convirtieran y
que se volvieran a Dios haciendo obras dignas de conversión.
21 Por esto los
judíos, habiéndome prendido en el Templo, intentaban darme muerte.
22 Con el auxilio
de Dios hasta el presente me he mantenido firme dando testimonio a pequeños
y grandes sin decir cosa que esté fuera de lo que los profetas y el mismo
Moisés dijeron que había de suceder:
23 que el Cristo
había de padecer y que, después de resucitar el primero de entre los
muertos, anunciaría la luz al pueblo y a los gentiles.»
24 Mientras
estaba él diciendo esto en su defensa, Festo le interrumpió gritándole:
«Estás loco, Pablo; las muchas letras te hacen perder la cabeza.»
25 Pablo
contestó: «No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo cosas
verdaderas y sensatas.
26 Bien enterado
está de estas cosas el rey, ante quien hablo con confianza; no creo que se
le oculte nada, pues no han pasado en un rincón.
27 ¿Crees, rey
Agripa, a los profetas? Yo sé que crees.»
28 Agripa
contestó a Pablo: «Por poco, con tus argumentos, haces de mí un cristiano.»
29 Y Pablo
replicó: «Quiera Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino todos
los que me escuchan hoy, llegaran a ser tales como yo soy, a excepción de
estas cadenas.»
30 El rey, el
procurador, Berenice y los que con ellos estaban sentados se levantaron,
31 y mientras se
retiraban iban diciéndose unos a otros: «Este hombre no ha hecho nada digno
de muerte o de prisión.»
32 Agripa dijo a
Festo: «Podía ser puesto en libertad este hombre si no hubiera apelado al
César.»
1 Cuando se
decidió que nos embarcásemos rumbo a Italia, fueron confiados Pablo y
algunos otros prisioneros a un centurión de la cohorte Augusta, llamado
Julio.
2 Subimos a una
nave de Adramitio, que iba a partir hacia las costas de Asia, y nos hicimos
a la mar. Estaba con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica.
3 Al otro día
arribamos a Sidón. Julio se portó humanamente con Pablo y le permitió ir a
ver a sus amigos y ser atendido por ellos.
4 Partimos de
allí y navegamos al abrigo de las costas de Chipre, porque los vientos eran
contrarios.
5 Atravesamos los
mares de Cilicia y Panfilia y llegamos al cabo de quince días a Mira de
Licia.
6 Allí encontró
el centurión una nave alejandrina que navegaba a Italia, y nos hizo subir a
bordo.
7 Durante muchos
días la navegación fue lenta y a duras penas llegamos a la altura de Gnido.
Como el viento no nos dejaba entrar en puerto, navegamos al abrigo de Creta
por la parte de Salmone;
8 y costeándola
con dificultad, llegamos a un lugar llamado Puertos Buenos, cerca del cual
se encuentra la ciudad de Lasea.
9 Había
transcurrido bastante tiempo y la navegación era peligrosa, pues incluso
había ya pasado el Ayuno. Pablo les advertía:
10 «Amigos, veo
que la navegación va a traer gran peligro y grave daño no sólo para el
cargamento y la nave, sino también para nuestras propias personas.»
11 Pero el
centurión daba más crédito al piloto y al patrón que no a las palabras de
Pablo.
12 Como el puerto
no era a propósito para invernar, la mayoría decidió hacerse a la mar desde
allí, por si era posible llegar a Fénica, un puerto de Creta que mira al
suroeste y al noroeste, y pasar allí el invierno.
13 Soplaba
ligeramente entonces el viento del sur y creyeron que podían poner en
práctica su propósito; levaron anclas y fueron costeando Creta de cerca.
14 Pero no mucho
después se desencadenó un viento huracanado procedente de la isla, llamado
Euroaquilón.
15 La nave fue
arrastrada y, no pudiendo hacer frente al viento, nos abandonamos a la
deriva .
16 Navegando a
sotavento de una isleta llamada Cauda, pudimos con mucha dificultad hacernos
con el bote.
17 Una vez izado
el bote se emplearon los cables de refuerzo, ciñendo el casco por debajo; y
por miedo a chocar contra la Sirte, se echó el ancla flotante. Así se iba a
la deriva.
18 Y como el
temporal seguía sacudiéndonos furiosamente, al día siguiente aligeraron la
nave.
19 Y al tercer
día con sus propias manos arrojaron al mar el aparejo de la nave.
20 Durante muchos
días no apareció el sol ni las estrellas; teníamos sobre nosotros una
tempestad no pequeña; toda esperanza de salvarnos iba desapareciendo.
21 Hacía ya días
que no habíamos comido; entonces Pablo se puso en medio de ellos y les dijo:
«Amigos, más hubiera valido que me hubierais escuchado y no haberos hecho a
la mar desde Creta; os hubierais ahorrado este peligro y esta pérdida.
22 Pero ahora os
recomiendo que tengáis buen ánimo; ninguna de vuestras vidas se perderá;
solamente la nave.
23 Pues esta
noche se me ha presentado un ángel del Dios a quien pertenezco y a quien doy
culto,
24 y me ha dicho:
"No temas, Pablo; tienes que comparecer ante el César; y mira, Dios te ha
concedido la vida de todos los que navegan contigo."
25 Por tanto,
amigos, ¡ánimo! Yo tengo fe en Dios de que sucederá tal como se me ha dicho.
26 Iremos a dar
en alguna isla.»
27 Era ya la
décima cuarta noche que íbamos a la deriva por el Adriático, cuando hacia la
media noche presintieron los marineros la proximidad de tierra.
28 Sondearon y
hallaron veinte brazas; un poco más lejos sondearon de nuevo y hallaron
quince brazas.
29 Temerosos de
que fuésemos a chocar contra algunos escollos, echaron cuatro anclas desde
la popa y esperaban ansiosamente que se hiciese de día.
30 Los marineros
intentaban escapar de la nave, y estaban ya arriando el bote con el pretexto
de echar los cables de las anclas de proa.
31 Pero Pablo
dijo al centurión y a los soldados: «Si no se quedan éstos en la nave,
vosotros no os podréis salvar.»
32 Entonces los
soldados cortaron las amarras del bote y lo dejaron caer.
33 Mientras
esperaban que se hiciera de día, Pablo aconsejaba a todos que tomasen
alimento diciendo: «Hace ya catorce días que, en continua expectación,
estáis en ayunas, sin haber comido nada.
34 Por eso os
aconsejo que toméis alimento, pues os conviene para vuestra propia
salvación; que ninguno de vosotros perderá ni un solo cabello de su cabeza.»
35 Diciendo esto,
tomó pan, dio gracias a Dios en presencia de todos, lo partió y se puso a
comer.
36 Entonces todos
los demás se animaron y tomaron también alimento.
37 Estábamos en
total en la nave 276 personas.
38 Una vez
satisfechos, aligeraron la nave arrojando el trigo al mar.
39 Cuando vino el
día, los marineros no reconocían la tierra; solamente podían divisar una
ensenada con su playa; y resolvieron lanzar la nave hacia ella, si fuera
posible.
40 Soltaron las
anclas que dejaron caer al mar; aflojaron al mismo tiempo las ataduras de
los timones; después izaron al viento la vela artimón y pusieron rumbo a la
playa.
41 Pero
tropezaron contra un lugar con mar por ambos lados, y encallaron allí la
nave; la proa clavada, quedó inmóvil; en cambio la popa, sacudida
violentamente, se iba deshaciendo.
42 Los soldados
entonces resolvieron matar a los presos, no fuera que alguno se escapase a
nado;
43 pero el
centurión, que quería salvar a Pablo, se opuso a su designio y dio orden de
que los que supieran nadar se arrojasen los primeros al agua y ganasen la
orilla;
44 y los demás
saliesen unos sobre tablones, otros sobre los despojos de la nave. De esta
forma todos llegamos a tierra sanos y salvos.
1 Una vez a
salvo, supimos que la isla se llamaba Malta.
2 Los nativos nos
mostraron una humanidad poco común; encendieron una hoguera a causa de la
lluvia que caía y del frío, y nos acogieron a todos.
3 Pablo había
reunido una brazada de ramas secas; al ponerla sobre la hoguera, una víbora
que salía huyendo del calor, hizo presa en su mano.
4 Los nativos,
cuando vieron el animal colgado de su mano, se dijeron unos a otros: «Este
hombre es seguramente un asesino; ha escapado del mar, pero la justicia
divina no le deja vivir.»
5 Pero él sacudió
el animal sobre el fuego y no sufrió daño alguno.
6 Ellos estaban
esperando que se hincharía o que caería muerto de repente; pero después de
esperar largo tiempo y viendo que no le ocurría nada anormal, cambiaron de
parecer y empezaron a decir que era un dios.
7 En las
cercanías de aquel lugar tenía unas propiedades el principal de la isla
llamado Publio, quien nos recibió y nos dio amablemente hospedaje durante
tres días.
8 Precisamente el
padre de Publio se hallaba en cama atacado de fiebres y disentería. Pablo
entró a verle, hizo oración, le impuso las manos y le curó.
9 Después de este
suceso los otros enfermos de la isla acudieron y fueron curados.
10 Tuvieron para
con nosotros toda suerte de consideraciones y a nuestra partida nos
proveyeron de lo necesario.
11 Transcurridos
tres meses nos hicimos a la mar en una nave alejandrina que había invernado
en la isla y llevaba por enseña los Dióscuros.
12 Arribamos a
Siracusa y permanecimos allí tres días.
13 Desde allí,
costeando, llegamos a Regio. Al día siguiente se levantó el viento del sur,
y al cabo de dos días llegamos a Pozzuoli.
14 Encontramos
allí hermanos y tuvimos el consuelo de permanecer con ellos siete días. Y
así llegamos a Roma.
15 Los hermanos,
informados de nuestra llegada, salieron a nuestro encuentro hasta el Foro
Apio y Tres Tabernas. Pablo, al verlos, dio gracias a Dios y cobró ánimos.
16 Cuando
entramos en Roma se le permitió a Pablo permanecer en casa particular con un
soldado que le custodiara.
17 Tres días
después convocó a los principales judíos. Una vez reunidos, les dijo:
«Hermanos, yo, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las
costumbres de los padres, fui apresado en Jerusalén y entregado en manos de
los romanos,
18 que, después
de haberme interrogado, querían dejarme en libertad porque no había en mí
ningún motivo de muerte.
19 Pero como los
judíos se oponían, me vi forzado a apelar al César, sin pretender con eso
acusar a los de mi nación.
20 Por este
motivo os llamé para veros y hablaros, pues precisamente por la esperanza de
Israel llevo yo estas cadenas.»
21 Ellos le
respondieron: «Nosotros no hemos recibido de Judea ninguna carta que nos
hable de ti, ni ninguno de los hermanos llegados aquí nos ha referido o
hablado nada malo de ti.
22 Pero deseamos
oír de ti mismo lo que piensas, pues lo que de esa secta sabemos es que en
todas partes se la contradice.»
23 Le señalaron
un día y vinieron en mayor número adonde se hospedaba. El les iba exponiendo
el Reino de Dios, dando testimonio e intentando persuadirles acerca de
Jesús, basándose en la Ley de Moisés y en los Profetas, desde la mañana
hasta la tarde.
24 Unos creían
por sus palabras y otros en cambio permanecían incrédulos.
25 Cuando, en
desacuerdo entre sí mismos, ya se marchaban, Pablo dijo esta sola cosa: «Con
razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta
Isaías:
26 = Ve a
encontrar a este pueblo y dile: Escucharéis bien, pero no entenderéis,
miraréis bien, pero no veréis. =
27 = Porque se ha
embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos
han cerrado; no sea que vean con sus ojos, y con sus oídos oigan, y con su
corazón entiendan y se conviertan, y yo los cure. =
28 «Sabed, pues,
que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles; ellos sí que la
oirán.»
30 Pablo
permaneció dos años enteros en una casa que había alquilado y recibía a
todos los que acudían a él;
31 predicaba el
Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía,
sin estorbo alguno.