HISTORIAS  DE UN PUEBLO....QUESA

                                                         PASCUA  EN QUESA

 

            La primavera hacía los primeros amagos para su reaparición, los árboles frondosos lucían sus mejores galas  empedrados de capullos y flores  que ofrecían  sus corolas al rocío de la Aurora para goce de insectos, abejas y mariposas. En el monte,  los pimpollos de los pinos surgían llenos de vida, en un parto permanente de la tierra, entre matorrales, que año tras año se sucedían a través del tiempo, mientras los rayos cálidos del sol  les daban  vida  y luz. Los  vientos suaves rozaban los árboles que agradecidos se estremecían  agitando sus ramas en una danza de querencias.

            En los escaparates de las tiendas hacían su aparición  las alpargatas de esparto y lona,  las bandoleras de palma  colgaban sugestivas en el quicio de las tiendas, dando con su colorido un toque alegre y festero anunciando los días  venideros de la Pascua Florida. Las fachadas se encalaban  de blanco y añil con un modesto escobón de palma o esparto, la calle cobraba vida y  en los balcones colgaban  plantas floridas dándoles ese toque sencillo y hermoso que llenaba el espacio de  aromas  y colores.

            Cada año, días antes  del  sábado de gloria, los niños nos  concentrábamos  en la plaza de la Iglesia   en la puerta de la abadía; nuestros ojos relucían y el bullicio de nuestros voces y risas daban vida al tiempo, e inquietos y anhelantes  esperábamos  al Sr. Cura  (el sacerdote)  que hacía su aparición con una  cesta de mimbre  o caña, agua bendita  y sal. Entonces los niños encabezados por el sacerdote, formaban  la comitiva que yo denominaría de   “la  alegría y la esperanza”; y   entonábamos con júbilo el cantar de cada año...

 

Alsa la pallisa, ( levanta la paja).
Alsa el ponedor ( levanta el ponedor),
que saquen los huevos
que viene el Retor.
Ángeles del cielo,
del cielo venimos...
Pascuas traemos
¡huevos pedimossssss
 

Las casas abrían sus puertas de par en par  y  en ellas aparecían pequeños altares  con imágenes o estampas, un salero de vidrio o en una taza con sal,  un vaso  de agua y  un plato o recipiente con huevos. Los miembros de la familia aparecían, y de rodillas recibían la bendición del párroco que posteriormente, depositaba sal  bendita y agua, en los recipientes correspondientes y los niños procedían a la retirada de los huevos que depositaban   en la cesta cuidadosamente. El agua y la sal se esparcían por la casa y corrales donde habían gallinas, conejos, cerdos y animales de cabestro, y en alguna casa  cabras negras, marrones o blancas (que cada día recogía un pastor  y las llevaba a la dula; y por la noche las cabras regresaban a sus casas). Aquellos ritos  y costumbres creaban  paz y   felicidad  en las familias  esperando la Semana Santa.

En aquellos tiempos habían ortigas en las afueras del pueblo y algunos niños las arrancaban  para golpear las piernas de las niñas  que  sufríamos tan  salvaje  agresión,  y con picores y  habones (eritemas)  corríamos despavoridas  sin apenas sentir dolor hasta llegar a nuestro hogar.

Finalizada la visita a la última casa,  nos concentrábamos de nuevo, alegres y jubilosos, frente al balcón  de la casa abadía  y  nos lanzaban caramelos y monedas de cinco céntimos de peseta que  recogíamos en el aire o en el suelo y por unos momentos nos endulzábamos  de  una golosina   que escaseaba en la época.

Nunca fui testigo de que la cesta de huevos sufriera un percance....y siempre  me preguntaba  a mi misma,  curiosa, que haría el Cura con tantos huevos recogidos.

            Los  días sucesivos, eran  de silencio y reflexión por la pasión del Señor. El Templo se vestía de luto   y los oficios de la Iglesia  se sucedían  constantemente  y macetas de trigo crecido en la oscuridad,  cultivados en  los hogares, adornaban  el altar. En esos días aparecían frailes oradores que eran  recibidos con banderas  suspendidas en el espacio, con el bullicio de las gentes  en su recibimiento. Desde el púlpito del templo, abarrotado  de fieles, elevaban su voz en sermones  con  palabras ampulosas que retumbaban en el recinto  en medio de aquel silencio reverencial. A veces me pregunto como los niños soportábamos aquellas ceremonias  (un tiempo considerable de rodillas) y ¿porqué  no decirlo? ...eran largas y pesadas, y recuerdo el templo casi en penumbra,  que a veces despertaba cierta inquietud  entre aromas de aceite quemado e incienso.

En esos días las amas de casa amasaban en sus casas la masa para  las toñas  o monas,  “panquemados” que luego llevaban a un habitáculo  del horno público que estaba situado sobre los hornos morunos    “el calfó”  dispuestos  para la cocción de tan exquisito manjar) ”pan dulce”  elaborado  con harina de trigo, aceite, agua tibia, huevos, ralladura de limón  y levadura de cerveza, esa masa en una gran bola se ponía en lebrillos de barro, sobre la cual se hacía  una cruz  con el borde  de la mano, y la desaparición de la misma  suponía que la  fermentación había terminado y entonces se procedía a la elaboraban de las toñas, rollos  o trenzas, y toñas pequeñas para los niños, y se depositaba una bola esponjosa de masa con las distintas formas sobre una neula (una lámina de pan ácimo, como el pan de la  consagración),  procediendo a una nueva fermentación y posteriormente se adornaban con  clara de huevo batida  con una brizna de sal (merengue) que se depositaba  en montículos  y se rociaban  de azúcar (la flor)  antes de su cocción. La temperatura del horno era determinante  para  el éxito de este  cometido.

Tuve el privilegio de tener el horno enfrente de mi  casa, donde fui testigo de la desazón que producía en las mujeres la vigilancia de la masa antes y después de la elaboración de las toñas, algunas veces, se requería la presencia de alguna personas de las que regentaban el horno para que aconsejaran sobre las mismas. El “calfó” era  un enjambre, donde apenas podíamos movernos y los pequeños, curiosos,  nos empeñábamos en permanecer allí entorpeciendo las tareas y éramos expulsados una y otra vez de ese lugar hechizante.  Terminado el proceso de las dos fermentaciones se procedía a la cocción . Aún recuerdo la preocupación  de aquellas caras, que expectantes esperaban la salida del horno de sus toñas y  a veces acalorada por el ambiente y la inquietud. A  veces sonreían   o casi lloraban  con la culminación de su obra....pero no me cabe duda, que  estos alimentos artesanos superaban en mucho  a   los producidos actualmente  por la industria, independientemente del  acierto en la cocción. Doradas, hinchadas, esponjosas por dentro y la flor del merengue tostada era el punto deseado. Terminado el proceso, como pago por el servicio, se aportaba al horno una parte de los productos allí cocidos, que era la quinta ó sexta parte de los mismos. Este pago en género "POYA".

            Quiero rendir un homenaje a aquellos horneros  conocedores de su quehacer,  que su pericia  se ponía a prueba sin apenas medios de trabajo  de una manera  sencilla y sabia que tantas veces  facilitaron nuestra vida, un  tanto modesta y  azarosa de aquellos tiempos.

Y  ya, las campanas repicaban en el Sábado de Gloria, anunciando la Resurrección del Señor  y los  cantos de las mozas se oían por doquier, y las notas musicales de estudiantes volvían  a dar  alegría a un pueblo. Se rompía el silencio de días anteriores y el espacio  cobraba vida. Los jóvenes portaban picotes, (cencerros), y unían sus sonidos a las campanadas de la Iglesia, para alegría de las gentes.

El domingo, al amanecer, se hacían dos procesiones contrapuestas, donde una imagen  de la Virgen y la otra de su Hijo, tenía lugar "El Encuentro". Día  de alegría para los  niños y las niñas, que a primera hora de la mañana  cocían los huevos  para teñirlos de colores (con condimento amarillo, tintes o papel  fino  de colores) en  un afán de conseguir  el color mas llamativo.  Por la tarde  se agrupaban los niños y niñas  por edades o afinidades, y  marchaban de excursión  por  el campo o montañas a merendar  “rular  la toña”:  entonces las alpargatas  vestían de lujo el suelo y caminos  y la bandoleras  en su vaivén acariciaban el espacio. Una mona pequeña, un huevo duro, a veces una onza de chocolate  era el tesoro que contenía el bolso de palma. En otros casos,  un pañuelo  atado por las puntas   como un   hato guardaba la merienda.

Se jugaba, se corría,  cantaba o lloraba  en un ambiente  de hermandad, donde no faltaban  los  niños ó niñas, (casi siempre varones), que con sus bromas pesadas fastidiaban   la tarde.  Coger a un amigo  o amiga,  un adversario o adversaria desprevenidos, era nuestro objetivo para romper en su frente el huevo duro, y a veces  la sorpresa  era causa de hilaridad  y risas al no estar el huevo debidamente cocido.

Al anochecer los niños nos aglutinábamos  a las puertas del baile, que unas veces bailábamos y otras  mirábamos curiosos y picarones  por las  ventanas  a las parejas  que bailaban unidas románticamente;  con el deseo de formar parte de tan bello espectáculo  en un futuro.

Por la noche culminaban las fiestas con una cena de sobaquillo en la que no faltaban tortillas de los primeros espárragos  que recolectaban  los niños y niñas en sus excursiones, y a veces un baile casero.

Son historias  de mi  pueblo,  que al recordarlas palpita mi corazón  y tiembla mi alma, mientras una lágrima  se  ahoga en mi garganta  al recordar  aquellas  vivencias  sencillas y humanas que marcaron una época  en  un tiempo  nada fácil,  pero que  las sonrisas de los niños y niñas  daban testimonio de vida y amistad  poniendo una   sinfonía en el espacio,  llenándolo de luz y esperanza. La vida adquiría  ese  encanto  que  producen las  almas sencillas   en sus vivencias cotidianas.

Miradas curiosas, risas alegres,  cantos  en las gargantas infantiles  en días  de  “LA PASCUA FLORIDA”.

 

Quiero dedicar  esta historia a  mis nietos  y nietas  y a  todos los niños y niñas de QUESA.

 

Celia García Garcia ©
Quesa a 25 de enero de 2004

 

 

 
     

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