Akhy - Egipto

 

ANTIGUO EGIPTO

 

Bajo la Sombra de Tutankhamón

Por Amenofhis III

TEATRO PRINCESA DE MADRID

22 DE MAYO DE 1928

 

Por lo visto, en el Antiguo Egipto las joyas no habían cumplido su cometido al llegar la muerte pues aquí habíanse depositado toda clase de alha­jas, para ser llevadas en el otro mundo.

En lo que se refiere a las arquetas mismas, va­rias de ellas demuestran un gusto refinadísimo y un arte muy delicado en la ejecución; singular­mente en cuanto a obra de marquetería y chapea­do. Para la ornamentación de una sola arqueta se emplearon más de 45.000 piezas de incrustación.

Una arqueta del tesoro. Una arqueta adornada con marquetería e incrustada de marfil y ebonita.

            Entre otras joyas contenía dos de las órdenes honoríficas del monarca:

            La Orden del Sol Naciente 

            La misma condecoración, mostrando de qué manera se llevaba.

            La Orden de la Luna.

            Clases de las mismas.

            Una segunda arqueta. Esta arqueta tiene for­ma poco usual: afecta el dibujo ovalado de la car­tela o blasón del rey. Está construida en madera procedente de algún conífero, adornada con listas de ebonita. Pero su rasgo más curioso lo ofrece la tapa, que afecta la forma de una enorme cartela con el apellido de la familia de Tut-ankh-Amen.

La tapa de la arqueta. Los caracteres jeroglífi­cos son de marfil y ebonita, sobre un fondo de oro, con una cenefa en que se leen los varios títulos y nombres del monarca.

Mezclados con otras alhajas, contenía esta ar­queta los pendientes y pulseras del rey, una vesti­dura litúrgica en forma de estola y parte de sus atributos reales.

           Ejemplares de pendientes.

            Tres pulseras.

            La estola.

            Los cetros en forma de báculo y las “flagella”.

Una tercera arqueta. Esta elegante arqueta está hecha de madera de cedro, adornada con barras y estilos de marfil, y lleva cuarterones aplicados de madera calada y dorada, con símbolos que signifi­can: “Toda la Vida y Buena Suerte”. El interior de la arqueta está dividido en diez y seis departamen­tos, destinados a recibir otros tantos cálices de oro o de plata, que, desgraciadamente, fueron todos roba­dos por los ladrones de la época dinástica.

            La quinta arqueta, una cajita muy sencilla de madera, contenía el abanico del rey.

            El abanico del Rey. Un objeto magnífico, hecho con plumas de avestruz blancas y pardo oscuro, engarzadas en un mango de marfil y todavía en todo su primitivo esplendor. El mango está curva­do a ángulo recto, de modo a ampliar el movimien­to de la muñeca al abanicarse.

            Una reliquia como ésta parece vencer la idea de tiempo. Han surgido y desaparecido muchas civili­zaciones desde que este abanico fue depositado en esta pequeña cripta; pero este maravilloso recuerdo constituye un lazo de unión entre nosotros y aquel Tremendo Pasado. Nos ayuda a formarnos una idea de aquel pueblo de antigüedad remota, y a conven­cernos de que el joven Faraón Tut-ankh-Amen de­bía parecerse mucho a los hombres de hoy.

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