Akhy - Egipto

 

ANTIGUO EGIPTO

 

Bajo la Sombra de Tutankhamón

Por Amenofhis III

Conferencias de Howard Carter

 20 de Mayo de 1928, La Sepultura de Tut-ankh-Amen

 

En 1928 Howard Carter volvió a nuestro país invitado una vez más por el Comité-Hispano-Inglés. El 20 de mayo en la misma Residencia de Estudiantes en donde el arqueólogo inglés había triunfado cuatro años antes, impartió una charla titulada "La Sepultura De Tut-Ankh-Amen". El éxito de  público obligó a los organizadores a que la segunda charla prevista se realizase en el Teatro Princesa.

Fuente del Texto: "Tutankhamón, el último hijo del Sol" de Nacho Ares Regueras, editorial Oberon.


Señores :

Si la memoria no me es infiel, la última vez que tuve el honor de dirigirles la palabra acerca de la tumba de Tut-ankh-Amen y de sus contenidos, les indiqué hasta donde habían llegado nuestras exploraciones, o sea hasta el gran sarcófago de cuarzo; les relaté cómo levantamos la tapa, cómo apartamos las envolturas y mortajas y pusimos al descubierto el ataúd del rey.

En realidad solo pude mostrarles entonces la escalera de entrada, el pasaje subterráneo descendiendo en rápido declive, la Antecámara y sus tesoros, la Cámara Mortuoria con sus doradas arcas resguardando el magnífico sarcófago, y , al dirigir nuestras miradas hacia el contenido de éste, el ataúd exterior recubierto de oro, afectando la forma de una estatua yacente del joven rey, simbolizando Osiris, o bien -a juzgar por su mirada contemplativa, exenta de todo temor- la confiada esperanza de los antiguos en la inmortalidad.

   Me propongo, por lo tanto, a dar comienzo a esta conferencia, retrotraernos a aquel mismo momento y esforzarme en referirles todo cuanto nos han revelado  nuestras subsiguientes investigaciones acerca de tan magnífica sepultura.

    Al emprender de nuevo nuestra labor, la tarea que se presentaba ante nosotros, siguiendo una concatenación científica, consistía, en primer lugar, en extraer la serie de ataúdes encerrada dentro del sarcófago; en abrir y examinar cada uno de ellos y, finalmente, en proceder a un examen detenido de la momia real. Tal empresa nos exigió muy cerca de ocho meses, o sea, hasta finales de mayo de 1926.

    Las cajas mortuorias que encerraban la momia del rey eran tres en total, colocadas una dentro de otra. Comprendían: en primer lugar, un ataúd exterior hecho de madera de roble y recubierto con una delgada chapa de oro; luego, un segundo ataúd, igualmente de roble, recubierto asimismo de oro y suntuosamente incrustado con cristal policromado: y finalmente, un tercer ataúd interior, de oro macizo, delicadamente cincelado y adornado con ese trabajo de orfebrería que los esmaltadores llaman "cloisonné".

   Ahora bien: en los trabajos arqueológicos ocurre casi siempre lo contrario de lo que uno espera. El extraer y abrir esas calas primorosas, sin estropearlas, resultó ser un trabajo muy complicado. En cuanto al proceso que hubimos de seguir para examinar con el debido detenimiento la momia real, lo menos que de ello puede decirse es que fue sumamente desagradable.

   Basándonos en la apariencia exterior del ataúd externo de Tut-ankh-Amen y en el mal estado de conservación de las momias reales descubiertas anteriormente, y que hoy se hallan en el Museo de El Cairo, esperábamos lógicamente que los despojos de este rey, al que nadie había tocado durante tantos siglos, se encontrarían en condiciones  casi perfectas. Desgraciadamente, no fue así. A pesar de hallarse encerrado en tres cajas mortuorias perfectamente ajustadas una dentro de la otra, y la más interna hecha de oro macizo: a pesar  de las pruebas manifiestas de que la momificación se había llevado a cabo con el mayor cuidado: de estar  envuelto en masas de sudarios  sutilísimos de tejido fino como la telaraña: y de haber sido enteramente cubierto con toda clase de ornamentos y amuletos, fue, desgraciadamente, la misma costumbre del último rito funerario  lo que causo casi su destrucción. En el curso de  esos últimos ritos funerales habíase vertido sobre la momia  una cantidad considerable  de ungüentos sagrados, manifiestamente con fines religiosos ó significado piadoso. El rito funeral de los egipcios era, en efecto, lleno de simbolismo. El recuerdo del cuerpo de Osiris untado por los dioses había de conferir a la ceremonia todo el peso de la tradición religiosa.

   Pero cualquiera que haya sido la intención sagrada, el resultado, considerado desde el punto de vista arqueológico, ha sido desastroso. No hay duda de que aquellos líquidos sagrados, encerrados herméticamente durante miles de años dentro de unas cajas de madera y de metal, han ocasionado una lamentable  desintegración del contenido. Esos aceites y resinas consagrados preservaron, ciertamente, la momia, durante un largo período de tiempo. Pero en el curso de cerca de tres mil años su propia descomposición  los transformó en corrosivos. Los aceites  se convirtieron en ácidos suntuosos que ejercieron una acción destructiva sobre el tejido de los sudarios, sobre la misma fibra de las telas y hasta sobre los huesos de la momia. Por otra parte, sus residuos solidificados formaron  una masa dura, negruzca parecida a la pez o el alquitrán, que acabó por unir fuertemente, como con cemento, la momia con el fondo del ataúd. En tales condiciones, hacíase totalmente imposible desenvolver la momia del rey limpia y sistemáticamente, según esperábamos hasta entonces poder hacerlo. Los vendajes y fajas de lienzo, disgregados como si estuviesen carbonizados por el calor, no pudieron  desenrollarse y hubieron de ser quitados pedazo por pedazo.

   Surge, naturalmente, la cuestión de saber si todas las momias reales del Nuevo Imperio egipcio fueron sometidas  al mismo tratamiento, por lo que respecta a su untura con ungüentos. Poseemos, a mi entender,  pruebas suficientes para afirmar que en efecto tal ceremonia fue común en todas ellas.

   Pero el hecho de que aquellas momias fuesen despojadas de sus envolturas, joyas y demás adornos hace ya muchísimo tiempo, hizo precisamente que se hallasen a la vez libres de los elementos destructivos, que han resultado tan desastrosos para la momia de Tut-ankh-Amen. Se nos  ofrece aquí un ejemplo macabro de esa ironía que suele salir al encuentro del investigador. Los profanadores de sepulturas que en busca de rico botín arrancaron los restos de los Faraones de sus sarcófagos, involuntariamente, efectuaron, cuando menos, una obra útil: la de protegerlos contra los efectos químicos de los ungüentos, antes de que éstos pudiesen ejercer una acción corrosiva.

   Más con todo, y admitiendo que nuestro trabajo,   en esta parte de la empresa, no fue todo lo limpio y aseado que pudimos desear, me es sumamente  grato asegurarles que no se ha perdido casi ningún dato, y que eventualmente logramos preservar la momia real y volverla a sepultar en su tumba.

   Otra de las dificultades con que tropezamos fue debida a un gran derrame de esos ungüentos, derrame que llegó a solidificarse  en el espacio que separaba cada ataúd del otro, uniéndolos fuertemente. Era preciso separarlos y sacarlos individualmente sin deteriorarlos. Por fin conseguimos resolver también este problema y poseemos hoy los tres perfectos y maravillosos ataúdes descubiertos.

PROYECCIONES

   Señores:

   Voy a enseñarles ahora, por medio de ampliaciones hechas con las fotografías de Mr. Harry Burton, los resultados de nuestras investigaciones, en el orden mismo en que fueron hechos los descubrimientos.

    El ataúd exterior, según apareció en el sarcófago, cubierto con envolturas de lienzo

   Cuando logramos levantar la tapa del sarcófago y nuestras luces iluminaron el interior del mismo, lo único que vimos fue su contenido cubierto completamente de envolturas de lienzo oscuro. La primera impresión fue desconcertante. Pero cuando desenrollamos esas envolturas, la última dejó al descubierto un suntuoso ataúd exterior chapado en oro, afectando la forma de una estatua yacente del rey adolescente, simbolizando Osiris.

El ataúd exterior dentro del sarcófago

   Este ataúd mayor mides 2 metros 24 centímetros de largo; es de madera de roble tallada y está recubierto con una delgada chapa de oro, siendo el rostro y las manos del mismo metal pero más macizo, y batido .

    La inscripción que lleva la parte anterior contiene  el último llamamiento del joven monarca a la diosa de los cielos: "¡Oh Madre Nut! Extiende tus alas sobre mi como las Estrellas Imperecederas".

   La cabeza y los hombros del ataúd exterior

   Las manos, cruzadas sobre el pecho, sostienen los emblemas reales: el cetro en forma de báculo y el Flagellum, incrustados con cerámica de un  azul oscuro. Sobre la frente se ven dos símbolos: el Buitre y la serpiente Cobra, insignias del Alto y del Bajo Egipto, incrustadas con taracea brillante. Alrededor de estos símbolos se halla una diminuta corona de flores. Suponemos que representa la postrera ofrenda de la reina adolescente al monarca difunto, su esposo, soberano de los dos Reinos de Egipto.

    Levantada la tapa de este gran ataúd exterior, se ofreció a nuestra vista un segundo ataúd, no menos magnífico, asimismo de forma humana cubierto con una envoltura de liezo.

Una corona y guirnaldas de flores sobre la envoltura de lienzo que cubría el segundo ataúd.

   Sobre esta envoltura veíanse guirnaldas de flores, compuestas de hojas de olivo y de sauce, pétalos de lotus azul y de aciano, mientras que una pequeña corona de parecida composición habíase colocado en el lienzo sobre los símbolos de la frente. Conservadas cuidadosamente las guirnaldas y la corona, desenrollamos la envoltura.

Enrollado la envoltura de lienzo que cubría el segundo ataúd

   Fue también ese un momento de gran emoción. Al contemplar El segundo ataúd colocado dentro del mayor, admirábamos uno de los ejemplares más  perfectos legados por el arte de los antiguos tallistas de cajas funerarias; de forma de Osiris, y ofreciendo el espectáculo de la Majestad revestida de todos sus atributos.

   El segundo ataúd

   Este magnífico ejemplar del arte tebaico del Nuevo Imperio mide 2 metros 3 centímetros de largo; es de madera de roble tallada, chapada en oro y lleva suntuosas incrustaciones de cristal policromado, formando un dibujo que afecta  la forma de unas plumas, con jaspe encarnado, lapislázuli y turquesa. Su característica, que llama más poderosamente la atención, es la delicadeza y superioridad de su ejecución, que lo clasifican inmediatamente como una obra maestra.

   Uno por uno quitamos los clavos de plata que cerraban este ataúd.  Levantamos la tapa. Y descubrimos un tercer ataúd, tallado en forma de Osiris como los dos anteriores.

   El tercer ataúd, o caja interior, colocado dentro del segundo

   El rostro, de oro bruñido, hallábase descubierto. Pero alrededor del cuello veíase  un collar de flores, y el resto del ataúd estaba envuelto en lienzo encarnado, enrollado apretadamente. Al separar éste se ofreció a nuestra vista un espectáculo asombroso.

El tercer ataúd, o caja interior de oro macizo

   Este tercer ataúd interior, que mide un metro 88 centímetros de largo, está hecho de oro macizo: representa una masa enorme de puro metal precioso, que puede evaluarse aproximadamente en  ¡cincuenta mil libras esterlinas!, o millón y medio de pesetas. El rostro representa a si mismo el del rey, pero algo más estilizado de modo convencional, para simbolizar el gran Dios de los Muertos, Osiris.

   Su dibujo es bastante parecido al del ataúd exterior, pues lleva también cincelado por toda su superficie un motivo en forma de plumas; pero sobre los brazos y el abdomen, entremezcladas con dicho motivo, se ven las figuras, semejantes a pájaros, de las diosas Nekhbet y Buto. Estas últimas figuras protectoras, al estar cinceladas sobre el resto en forma de trabajo "cloisonné" macizo, constituyen tal vez la nota más saliente de todo el ataúd.

    Grabadas sobre los miembros inferiores, en fino dibujo heráldico, aparecen las figuras aladas de las diosas tutelares: Isis y Neftis.

    Detalles de la parte superior del ataúd de oro

       Detalles de la parte superior del ataúd de oro. La tapa de este último ataúd estaba unida a la caja por medio de ocho espigas de oro (cuatro por cada lado), aseguradas en sus cuencas correspondientes con clavos de oro. Extraídos estos clavos y levantada la tapa por medio de sus asas de oro, apareció la momia del rey.

   La momia del rey según apareció en primer lugar. Aquí, por fin, yacía todo lo que quedaba del joven Faraón, que hasta no hace mucho no representara para nosotros sino la sombra de un nombre.

    Llenando todo el interior  del ataúd de oro, veíamos esa momia impresionante, pulcra y cuidadosamente hecha, cuya forma y atavío simbolizaban al Dios de los Muertos.

   Lleva sobre el rostro una máscara-retrato, de oro batido, que sugiere la impresión de la juventud sesgada prematuramente por la muerte. Sobre la frente ostenta las insignias reales. Atada al mentón se ve la trenzada y convencional barba Osirita. Del cuello cuelga un gran escarabajo sagrado de negra resma. Las manos, de oro bruñido, empuñaron en otro tiempo el cetro en forma de Báculo y el Flagellum, por desgracia deteriorados y podridos. Más abajo viene inmediatamente la sencilla mortaja exterior, adornada con aderezos  de oro pendientes de un pájaro Ba, o alma alada, en forma de pectoral, labrado en oro esmaltado y "cloisonné". Entre las fórmulas inscritas sobre los adornos incrustados, leímos los siguientes epitafios: "Justificado ante Osiris", "Él está ahora ante los espíritus de los Vivos" y "Lo mismo que Re descansa en los cielos".

Señores:

   De aquello que acabamos de ver puede deducirse la enormidad de las riquezas enterradas con estos antiguos Faraones. ¡Cuantos tesoros estarían sepultados en ese Valle de los Reyes! De los veintisiete monarcas inhumados en aquel lugar, Tut-ankh-Amen fue quizá, de los menos importantes. ¡Cual no sería la tentación para la codicia y la rapacidad de aquellos ladrones de sepulturas contemporáneos! ¿Qué incentivo más poderoso puede imaginarse que estos inmensos tesoros en oro? Es fácil comprender el saqueo de los sepulcros reales si  medimos el impulso que llevara a tales crímenes por el valor de aquel ataúd de oro macizo de Tut-ankh-Amen...

   ... Pero el tema hacia  el cual me permito ahora llamar su atención es el examen de la momia.

    En todo el curso de esta operación tuve la suerte  de recibir el inestimable auxilio de los doctores Douglas Derry, profesor de anatomía, y Saleh Bey Hamdi, de la misma universidad egipcia. Altos oficiales del Gobierno egipcio se hallaban también presentes. Todos nos dimos cuenta de la solemnidad de aquella ocasión, todos sentimos honda emoción ante la idea de lo que íbamos a contemplar. Pese a los miles de años transcurridos y a la obra destructora del tiempo, el joven y efímero Faraón iba a dejar de ser la mera sombra de un hombre; volvería a penetrar de nuevo en el mundo de la realidad tangible.

   La masa, muy voluminosa, de vendajes carbonizados y podridos, fue separada con el mayor cuidado. En el interior encontramos 143 objetos, incluyendo la diadema y las insignias del monarca, collares simbólicos, amuletos, joyas de uso personal y dos puñales.

   Tres de estos objetos daban  a estos hallazgos un carácter de novedad. Eran de hierro, lo cual constituye, según creo,  la primera prueba auténtica de la introducción voluntaria de tan importante metal en la civilización egipcia.

   Además del valor intrínseco de lo encontrado, pudimos establecer otros dos hechos históricos: en primer lugar, que al morir no tenía Tut-ankh-Amen más de dieciocho años; y luego que su parecido físico con Akh-en-Aten era verdaderamente notable, lo cual arroja una nueva luz sobre su probable ascendencia.

    Este extraordinario parecido -harto evidente para que se pueda atribuir a una mera coincidencia- ofrece a los historiadores de aquel período un hecho totalmente nuevo e inesperado. La oscuridad de la ascendencia de Tut-ankh-Amen se desvanece, ahora que vislumbramos la probabilidad de que fuera hijo de Akh-en-Aten, como fruto de una unión no oficial. Y puesto que la reina Nefertiti (la esposa real y oficial de Akh-en-Aten) sólo tuvo  hijas y ningún varón, no sería de extrañar que el hijo de un matrimonio menos importante del monarca fuera escogido para la sucesión al trono; en cuyo caso el matrimonio de este hijo con la mayor de las hijas oficiales que sobreviviesen (la princesa heredera, Ankh-es-en-Amen) se explicaría perfectamente, como lo más conforme de la tradición.

   En el curso de nuestro examen no nos fue posible descubrir detalle alguno que nos proporcionara alguna indicación acerca de la causa de la muerte de Tut-ankh-Amen.

 

Proyecciones  que ilustraron  los resultados del examen:

El Comité presenciando el examen de la momia del Rey

 La momia preparada para su examen

La Máscara de oro batido que cubría la cabeza

El  Pájaro Ba en forma de pectoral

La diadema real

 La insignia del Alto Egipto en la diadema

El casquete en la cabeza del Rey

 La cabeza del Rey como apareció en primer momento

Grupo de objetos hallados in situ: El collar de Horus, el collar de Nekbet, el collar de Nebti

El escarabajo sagrado Bennu

Dos juegos de amuletos y símbolos hallados bajo el cuello del Rey

El pectoral del buitre Nekhbet

El pectoral de escarabajos Kheper

Pectorales:El halcón solar, la Esfera lunar y la media luna, y el Ojo sagrado Udjat

Las pulseras

El delantal de ceremonias

El puñal de oro

La vaina del puñal de oro

El puñal de hierro


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