Akhy - Egipto
ANTIGUO EGIPTO
Bajo la Sombra de Tutankhamón
Por Amenofhis III
RESUMEN DE LAS CONFERENCIAS DE HOWARD CARTER CELEBRADAS LOS DÍAS 24 Y 26 DE NOVIEMBRE DE 1924, POR EL SR. SÁNCHEZ RIVERO
La primera de éstas charlas en España fue el día 24 de noviembre de1924, en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Trató de los trabajos y hallazgos llevados a cabo antes del descubrimiento de la KV 62. El éxito de ésta primera charla fue tal que el día 26 la conferencia tuvo que ser trasladada al teatro Fontalba, con mayor espacio para los asistentes, entre los que estaban Don Alfonso XII y Doña Victoria Egugenia. En la segunda charla, el tema fue el descubrimiento en si. El texto que se ofrece a continuación es totalmente íntegro, sin añadir ni quitar ni una coma; sin embargo exponemos tan solo los aspectos más interesantes de éste resumen. Fue recogido en un folleto que llevaba por título "El Descubrimiento De La Tumba De Tut-Ankh-Amen", publicado por la Residencia de Estudiantes en 1924.
Fuente del Texto: "Tutankhamón, el último hijo del Sol" de Nacho Ares Regueras, editorial Oberon.
...El Valle de las Tumbas de los Reyes. "Nombre henchido de poesía -dice Mr. Carter- y de todas las maravillas de Egipto, la que que más hiere la imaginación. Aquí, en este austero valle, apartado de todo signo de vida, y con el más alto pico de las colinas tebanas, haciendo sobre él de centinela como si fuera una pirámide natural, yacen bajo tierra treinta o más reyes, y entre ellos el más grande que conoció Egipto. Treinta descansaron aquí. Ahora, probablemente, solo dos quedan: Amenhotep II, cuya momia puede ser visitada por el curioso, descansando en su sarcófago, y Tutankamen, que aún permanece intacto bajo su dorado sepulcro. Y allí esperamos dejarle descansar, cuando los derechos de la ciencia hayan sido satisfechos."
Los trabajos que condujeron al hallazgo de la célebre tumba comenzaron hacia 1917. Un aristócrata inglés, el conde de Carnarvon, llevado a Egipto por su salud quebrantada, se había aficionado a las excavaciones, y para dirigirlas contaba con la pericia y la ciencia de Mr. Carter, inspector de las antigüedades en Egipto. El Valle de los Reyes había sido ya muy explorado, y en opinión de los más expertos egiptólogos no quedaba nada que descubrir en él. Pero Mr. Carter fijó su atención en una parte del valle que no había sido removida por parecer sin duda a los excavadores que nada podía encontrarse en ella. Sobre estos terrenos intactos habían ido acumulándose toneladas de escombros de las excavaciones de las tumbas vecinas, y el punto más grave de la empresa consistía en remover estos escombros para llegar a la superficie primitiva. Ciertos descubrimientos en otros puntos del valle sugirieron a Carter la esperanza de que allí podía hallarse la tumba de Tutankamen: una taza de fina loza azul, que ostentaba el cartucho o nombre de Tutankamen; un escondite de objetos pertenecientes al sepulcro del rey, y una bóveda sepulcral proyectada para trasladar el cuerpo del suegro de Tutankamen. Por poco seguras que estas pruebas fuesen, ellas decidieron a Mr. Carter a seguir las excavaciones.
Durante seis años avanzaron los trabajos de apartar los escombros y de abrir trincheras en el terreno antiguo. La campaña exploradora se abría a comienzos de otoño y se terminaba al llegar los calores del verano. Pero en todo este tiempo no pudo encontrarse nad interesante. El esfuerzo realizado era verdaderamente titánico; sólo de desescombros fue necesario remover 200.000 toneladas. Nunca se había explorado una extensión tan amplia del Valle. Y por ninguna parte se hallaron señales de la tumba, Mr. Carter principiaba ya a desesperar del éxito de la empresa. Lo único que encontró fueron unas cabañas donde se habían guarecido los obreros que excavaron la tumba de Ramsés VI.
En octubre de 1922 regresó Carter al lugar de las excavaciones para principiar la nueva campaña de aquel invierno. Se reanudaron los trabajos y uno de los primeros días de septiembre ( esto, naturalmente,es una errata del folleto, puesto que el mes del descubrimiento no es septiembre, sino noviembre), al llegar Carter por la mañana temprano al sitio que estaban excavando, se encontró con que sus obreros habían puesto al descubierto un escalón. Carter se emocionó mucho porque esto parecía anunciar algo importante. Siguieron cavando, y sucesivamente fueron apareciendo más escalones hasta encontrarse con una gran puerta tapiada. Sobre el yeso que cubría esta puerta se distinguieron fácilmente los sellos del faraón Tutankamen, impreso con un molde en toda la superficie de la puerta según la costumbre egipcia. Eso era señal segura de haber encontrado la tumba del faraón.
Mr. Carter se apresuró a telegrafiar a lord Carnarvon, entonces en Londres, para que fuese a Egipto a presenciar el descubrimiento de la tumba.
Detrás de la puerta tapiada y sellada se abría un paso completamente relleno de piedra y cascote. Lo mismo la puerta de la escalera que el relleno mostraban señales de haber sido horadados y de que después se había tapado el agujero. Por este y por otros detalles del interior de la tumba se ve que poco después de depositado Tutankamen, unos ladrones consiguieron entrar y llevarse algunas riquezas fácilmente transportables. Pero los guardianes del cementerio real advirtieron el robo y taparon el agujero por donde habían entrado los ladrones. La fortuna fue que este robo no volvió a repetirse.
una vez derribada la puerta primera, Carter hizo limpiar el paso de la piedra y cascote que lo llenaba. Entonces apareción la puerta de las cámaras funerarias. Para ver lo que había dentro se abrió un pequeño agujero y, por si acaso se desprendían gases peligrosos, se aproximó una bujía encendida al agujero. Visto que no había peligro alguno, introdujo Carter la bujía por el agujero y pudo ver por primera vez el interior de la Antecámara y los objetos maravillosos que estaban guardados en ella desde hacía treinta y cuatro siglos.
"Supongo -dice Mr. Carter- que la mayoría de los exccavadores tendrán igual sentimiento de espanto, casi de perplejidad, al irrumpir en un cuarto cerrado sellado por manos piadosas desde remotos siglos. En ese momento, el tiempo, como factor en la vida humana, ha perdido su significación. Tres mil, quizá cuatro mil años han transcurrido desde que la planta del hombre holló el suelo que se pisa, y no obstante, como se ven escudilla medio llena de mortero, la lámpara ennegrecida, la huella dactilar sobre la superficie pintada, la corona mortuoria en le umbral, y otros signos como de vida reciente alrededor de uno, parece que todo ocurrió ayer. Hasta el mismo aire que respiraron los enterradores de la momia. El tiempo queda aniquilado por estos detalles y tiene la sensación de ser un intruso. A esta primera sensación siguen rápidamente otras; la fiebre de la impaciencia; el impulso casi dominante de romper los sellos y abrir las cajas; el pensamiento (alegría pura del investigador que está a punto de añadir una página a la historia; y ¿por qué no confesarlo? la anhelante esperanza del buscador de tesoros."
Después de tres días de continuo trabajo para extraer del paso descendente el relleno que lo obstruía, encontraron al final la nueva puerta sellada que daba paso a la Antecámara. " El momento decisivo había llegado -dice Mr. Carter-. Con manos casi temblorosas hice una pequeña abertura en el ángulo superior de la puerta. Introduje una bujía y al principio no pude ver nada, por el aire caliente que al escapar de la cámara hacía oscilar la llama de la bujía, hasta que yendo acostumbrándose gradualmente los ojos a aquella luz, surgieron lentamente de las tinieblas los detalles del interior del cuarto: animales extraños, estatuas de oro; por doquier el brillo del oro. Durante un momento -una eternidad debió de parecerles a los demás que estaban próximos- me quedé atónito. Cuando lord Carnarvon, incapaz de contener la impaciencia por más tiempo, preguntó ansiosamente: ¿Ve usted algo?, todo lo que pude contestar fue: Si, cosas maravillosas. Después, ensanchando el agujero, penetramos dentro. Era asombroso, estábamos en la Antecámara de la tumba de Tutankamen, llena de objetos maravillosos, y por primera vez, vimos el esplendor de la época imperial del Antiguo Egipto.
El efecto era azorante, abrumador. No creo que nunca nos hubiésemos imaginado lo que podríamos ver, pero no se nos había ciertamente ocurrido nada parecido a esto : todo un cuarto, un verdadero museo, de objetos familiares algunos, pero otros nunca vistos, amontonados en inacabable profusión. A la derecha tres grandes lechos dorados, con los lados tallados en forma de animales monstruosos, de cuerpos curiosamente esquematizados, como tenían que ser para que llenasen su finalidad, pero con cabezas de enorme realismo. ¡Impresionantes bichos en cualquier momento que se les mirase! Pero tal y como les veíamos, con sus brillantes superficies doradas, resaltando en la sombra, a la luz de la lámpara, como si despidiesen fogonazos, y sus cabezas proyectando retorcidas sombras en las paredes casi aterradoras. Junto a ellas, de tamaño natural de un rey, el uno frente a otro, como centinelas, con tonelete y sandalias de oro armados de maza y báculo y con la protectora cobra o serpiente sagrada sobre la frente.
Estos eran los principales objetos que traían en primer momento la mirada, pero entre ellos y alrededor y amontonados encima había muchos otros: cofres preciosamente pintados e incrustados; jarrones de alabastro, algunos de ellos con preciosos callados: extrañas urnas negras, de una de las cuales asomaba una serpiente dorada: ramos de flores o de hojas; camas; sillas maravillosamente talladas; un trono embutido de oro; un montón de curiosas cajas en forma de huevo; bastones de todas formas y dibujos; bajo nuestros ojos, en el mismo umbral de la cámara, una hermosa copa de loto, de translúcido alabastro; a la izquierda un confuso montón de carros tumbados, brillantes de oro y de otras incrustaciones y asomando detrás de ellos otro retrato de un rey.
Tales eran los objetos que se presentaban ante nuestra vista: pero no puedo asegurar que los viésemos todos en aquel momento, porque nos encontrábamos demasiado confusos y agitados para anotarlos con exactitud. Pasados los primeros instantes de azoramiento, empezamos a darnos cuenta de que en todo ese revoltijo que teníamos delante, ni había féretro ni señales de momia, y de nuevo empezó a intrigarnos el tan discutido problema de tumba o escondrijo. Con esta preocupación volvimos a examinar lo que teníamos a la vista, y por primera vez nos dimos cuenta de que entre los dos centinelas negros había otra puerta sellada. La solución empezó a despuntarse: no estábamos sino en el umbral de nuestro descubrimiento. Detrás de las puertas guardadas por los centinelas debía haber otras cámaras; posiblemente varias seguidas; y en una de ellas, sin vacilar encontraríamos al Faraón, reposando en medio de su fausto funerario.
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(Las páginas 9 y 10 que siguen en la publicación, son pies de foto de algunas de las imágenes de los objetos hallados en la tumba y que acompañaron a Howard Carter en la charla.)
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Al quitar las primeras piedras del muro, quedó Mr. Carter maravillado al encontrarse con una especie de pared de oro. Pero agrandando el agujero quedó claro el misterio: se trataba de la Cámara Sepulcral del rey, y lo que obstruía el paso era uno de los costados de una inmensa urna de oro que cubría y protegía el sarcófago. Largas horas de paciente trabajo costó a Carter ir retirando una a una las piedras, ante el peligro de causar algún irreparable daño a la delicada superficie de la urna. Y cuando ya el paso estaba franco, aún hubo que retrasar la entrada para coger una a una las cuentas de un collar que en su huida se había caído a los ladrones en el umbral de la puerta.
La urna o arca era una de las cuatro que encerraban el sarcófago y ocupaban casi por completo la Cámara Sepulcral, dejando sólo un estrechísimo paso que permitió a Mr. Carter inspeccionar el cuarto, que a diferencia de la Antecámara tenía las paredes cubiertas de escenas e inscripciones pintadas en brillantes colores. La urna estaba enteramente cubierta de oro y con placas incrustadas de brillante loza azul en que se repetían indefinidamente los mágicos símbolos protectores. En el suelo, alrededor de la urna, había varios emblemas funerarios, y al extremo norte los siete remos mágicos que el rey había de necesitar para surcar las aguas del otro mundo.
La tapa o cubierta del sarcófago era de granito y estaba partida por la mitad. La grieta de la rotura estaba cuidadosamente tapada con argamasa y disimulada con pintura. El ataúd era de un solo bloque de piedra arenisca cristalina; pero fuese por la precipitación con que se realizara el enterramiento o porque ocurriera algún incidente, la tapa primitiva, sin duda, fue sustituida por esta losa de granito toscamente trabajada.
Uno de los dos centinelas que guardaban la puerta sellada. Es una figura del Faraón de tamaño natural, cubierta con resina negra. Lleva tonelete y sandalias de oro; va armado de maza y báculo y tiene la sagrada serpiente protectora sobre la frente.
Al abrir la cuarta y última urna, los intrusos contemplaron con asombro la mano de una diosa que protegía el sarcófago.
El tablero posterior del trono -dice Mr. Carter- constituye la principal gloria de este monumento, y no vacilo en declarar que es el cuadro más hermoso que hasta ahora se ha encontrado en Egipto...
La escena representa a la juvenil reina (de pie) y al joven rey sentado en uno de los salones de Palacio. Sobre ellos está el disco solar derramando su vida al emitir sus rayos. Tut-Ankh-Amen está sentado en una despreocupada postura, sobre un sillón almohadillado, echado descuidadamente sobre el respaldo de la silla. Ante él está de pie la juvenil figura de Ankh-Es-En-Pa-Aten. En una mano tiene un vaso pequeño de esencia ó ungüento, y con la otra mano unge el hombro ó arregla o perfuma el collar de su marido, dando aparentemente los últimos toques a su tocado antes de entrar en el salón de la coronación. Es una deliciosa composición llena de vida y sentimiento. Las caras y otras partes del cuerpo del rey son de cristal rojo, y los adornos de la cabeza de brillante loza, semejante a turquesas. Los trajes son de plata, deslustrados por el tiempo. Las coronas, collares, bandas y otros detalles decorativos del tablero son todos de mosaico, diminuto mosaico de coloreados cristales, loza, piedras semipreciosas y una composición hasta aquí desconocida, transparente calcita fibrosa realzada en coloreada pasta, en apariencia semejante al cristal "Millefiore". El fondo lo constituye la hoja de oro con que está cubierto el trono...
En la temporada de 1922 a 1933, Carter no había hecho más que estudiar los objetos encontrados en la primera habitación abierta. Esta habitación sólo era la Antecámara de la verdadera tumba. En ella habían sido almacenados muchos objetos de los cuales se imaginaba que el muerto tendría necesidad en la otra vida. Después de esta Antecámara, quedaba aún por explorar la habitación en que estaba el sepulcro de Tutankamen, habitación que se comunicaba con la Antecámara por una puerta tapiada y sellada con los sellos de este monarca. En la temporada de 1923 a 1924, Carter y sus ayudantes, con asistencia de lord Carnarvon, se ocuparon en abrir la cámara del sepulcro y en desmontar las urnas que cubrían el sarcófago donde estaba puesta la momia del rey.
Al mismo tiempo que se iniciaban estos trabajos, otro arqueólogo inglés, Mr. Mace, se dedicó a reconstruir los carros de guerra de Tutankhamen que habían sido hallados en la Antecámara, desarmados. Los egipcios combatían sobre estos carros de guerra; en ellos iban los guerreros; uno disparaba flechas y otro que lo protegía con un escudo y guiaba el carro.
Para llegar a la cámara en que se encontraba el sarcófago con la momia de Tutankamen era necesario derribar la puerta tapiada que la separaba de la Antecámara en que se encontraban los objetos de que se habló antes. A los dos lados de la puerta había dos estatuas que representaban a los centinelas de la tumba. Estas estatuas nos hacen ver cómo iban vestidos los soldados de infantería de la época.
Para evitar que estas estatuas sufriesen algún daño, Carter las mandó cubrir con tablas. Una vez hecho esto, abrió un agujero en la pared, e introduciendo una luz eléctrica pudo ver que dentro de aquella habitación había una gran urna de oro. Esta operación resultaba muy difícil por el poco espacio que quedaba libre en la habitación. Por fin, con grandes trabajos consiguieron sacar fuera los tableros que formaban la urna. Pero debajo de esta urna estaba otra también con chapas de oro e incrustaciones. Encima de esta segunda urna había un gran palio de lienzo muy deteriorado por los siglos. La segunda urna tenía unas puertas que al abrirlas dejaban ver otra urna parecida, encajada dentro de la anterior. Esta tercera urna estaba también provista de puertas, y dentro se encontró otra urna de oro. Carter abrió las puertas de esta cuarta urna y se encontró entonces con el sarcófago de piedra donde estaba puesta la momia del faraón Tutankamen, desde el siglo XIV antes de J. C. ...
20 de Mayo de 1928, La Sepultura de Tut-ankh-Amen
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