Akhy - Egipto

 

Akhy-Egipto

 

Creaciones

Por Amenofhis III

 El Libro de Thot

 

2.ª Parte

Se reunieron pues  los dos arquitectos con Ramsés, al pié de la Esfinge viviente, la hija de Harmakhis y habló el faraón a su hijo:

  -Mi corazón se encoge ante tu poderío, Khhamwaset, pues gracias a tus esfuerzos la puerta de la eternidad ha recobrado toda su belleza y su magia. Egipto entero te lo agradece. El orden prevalecerá inalterable durante muchas generaciones gracias a tí.

  Khamwaset se ruborizó un poco, pero era plenamente consciente de que no era su padre quien le hablaba, sino un dios viviente de Egipto, y era ése mismo dios viviente con forma humana quien le había dado el talento y el valor necesario para tan abrumadora empresa.

  Ramsés estaba tocado con la doble corona, y tan solo un faldellín de fino lino dorado cubría su cuerpo. Estaba de pié, ante el león eterno, observando aquella mirada cuyos ojos atravesaban el tiempo y se perdían en la inmensidad del infinito. El faraón era plenamente consciente de que  ante el Horus del Horizonte era lo más parecido a una solitaria estrella brillando en el cielo nocturno. Esta vez, la Esfinge no iba a ser liberada de las arenas del desierto, sino de las arenas del tiempo. Los bloques de piedra que  su antepasado Tutmosis había restaurado, se conservaban en buen estado, sin embargo, había unas zonas en las patas y en la cola del león que mostraban signos de grave deterioro. Así pues, cuando la decisión fué asumida de buen grado por Khamwaset y el joven Mahi, Ramsés acompañó a los dos arquitectos  hacia la Sala de los Archivos de la Esfinge. Debajo de la pata derecha del león milenario, se abría en el suelo una escalera que conducía justo bajo el monumento.

  Descendieron los tres hombres, mientras uno de los sacerdotes del santuario de Isis, en el complejo de Gizeh, los guiaba con una antorcha. Ante ellos, se abrieron cuatro puertas de madera de cedro.  En dos estancias, se almacenaban los materiales rituales; en otra de las habitaciones se albergaban doce sarcófagos dorados, que simbolizaban las doce horas del Amduat. El cuarto habitáculo era el más grande, y toda ella estaba repleta de armarios y cofres, meticulosamente ordenados, en los que se guardaban  una documentación exhaustiva y detallada de todas las obras acontecidas en Gizeh, desde sus inicios hasta los días actuales. En ésta sala, Khamwaset hallaría la necesaria información  para deducir los útiles a emplear y las cantidades justas que usar en las mezclas. Pero Ramsés  también sabía que allí, su hijo hallaría las pistas que le llevarían hacia el Libro de Thot, pero era inevitable, Khamwaset debía afrontar la prueba, y Ramsés no podía ayudarlo.

  Así pues, comenzaron de nuevo los trabajos, y los días dieron paso a nuevas estaciones que anunciaban una nueva crecida, y así el ciclo se regeneraba una vez más, dotando a Egipto de toda su grandeza y poder.

  Khamwaset repasaba los escritos y anotaba nuevos datos acerca de las obras, para que así las generaciones futuras tuviesen  constancia de lo que había ocurrido durante los trabajos. Y también llegó el momento en que el Libro de Thot se apareció a los ojos de Khamwaset, en uno de los papiros que uno de los escribas de Tutmosis había escrito, que a su vez procedía de otro mucho más antiguo, y que probablemente  la información habría  ido pasando así sucesivamente a través de los siglos. Y decía el papiro que en la morada de eternidad del príncipe Naneferkhaptah, en Menfis, se albergaba el mayor tesoro jamás visto por el hombre, el Libro de Thot, el libro de la sabiduría, la revelación absoluta de todos los misterios y secretos de la creación de la humanidad.

  Khamwaset estaba atónito. ¿Cómo había permanecido allí semejante documento tanto tiempo? ¿Acaso  los conocedores del secreto no habían intentado buscarlo? En ningún lugar de Egipto había nada escrito que mencionase semejante descubrimiento, por tanto, el libro a todas luces se hallaba todavía oculto en la morada de eternidad de Naneferkhaptah.

    Así, las obras prosiguieron, pero Khamwaset ya no era el mismo. Sus pensamientos acudían hacia el Libro de Thot incesantemente, sin que ni él mismo pudiese evitarlo. Poco a poco,  el ansia de obtener  el conocimiento absoluto, se convirtió en una fijación.

   Aquella noche, al igual que las anteriores desde el hallazgo del papiro, Khamwaset no lograba conciliar el sueño, y optó por visitar la Sala de los Archivos, para leer de nuevo el papiro, e igualmente buscar  algún otro documento que mencionase el libro perdido.

  Abandonó el campamento, y tomó el camino hacia la Esfinge. Cuando hubo llegado, volvió a maravillarse al observarla. Allí se alzaba, con una altura superior a los veinte metros, con  una longitud que rebasaba los setenta y dos metros, y una anchura de diecinueve metros. Eterna, inmóvil pero dotada de vida, recogida sobre sus cuartos traseros y su mirada perdida en el Este.

  Prácticamente, las obras habían terminado ya, y la Esfinge había recuperado todo su esplendor y belleza. Volvía a estar recubierta de pintura roja, las cejas y el contorno de los ojos en un azul lapislázuli, con unos ojos y unos globos oculares dotados de magia. El tocado nemes, decorado en franjas paralelas entre si, se había pintado de colores amarillo y azul. Sobre el tocado, una cobra de color amarillo. Se la había colocado una falsa barba de color también azul, sujetada a las orejas con unas tiras. Entre las patas del león estaba la Estela de Tutmosis, y a su vez, entre la Estela y la Esfinge, una estatua del segundo de  los Amenhotep, el hijo del Gran Tutmosis.

   Y fue entonces cuando la Imagen Viviente le habló diciéndole:

  -¡Soy Atum, el que ascendió a la bóveda cceleste. El que recorre las aguas celestes en la barca de Khepri. El que ha guiado y escoltado a los dioses que habitan en sus capillas. El que ha fracernitado a Horus y a Seth. El que navega en la barca de los justos y vive de Maat. Soy aquel cuyo corazón protege las fronteras del Norte y del Sur, del Este y del Oeste! ¿Quién eres tú, OH viviente carente de corazón?

  Khamwaset estaba aterrorizado. Estaba de pié, ante el recinto que rodeaba la Esfinge, y entre ellos dos, ya no había nada. El cielo y las estrellas habían desaparecido, tan solo un enorme abismo, pero el león brillaba con una resplandeciente Luz, casi cegadora.

   -¡Gloria a ti, divinidad que hace avanzarr el tiempo. Residente en todos los misterios! ¡Yo soy Khamwaset, hijo del faraón Ramsés, el que ha sido engendrado por Ra. Soy aquel que te ha liberado del sufrimiento de los siglos!

   -¡Tú, que has sido creado por la Luz, quee tienes la fuerza del Toro! ¿Por qué  deseas el conocimiento de Thot, acaso ignoras que todos los que han codiciado el libro han perecido? ¿Qué es lo que ansías, hechizar el cielo y la tierra, vivir en el mundo de la noche, ver al Sol subiendo al cielo con su cohorte de dioses, ver a la luna como se eleva, a las estrellas y sus formas diversas? ¿Acaso ansías ser poderoso como Ra, extenso como el infinito, tener la sabiduría de conocer el idioma de aves y peces, del viento y de los mares? Tú, nacido de Dios, dotado con la fuerza del Toro, conocedor de magia, ¿por qué detentas la destrucción?

  Khamwaset no era un hombre fácil de atemorizar, debido a sus totales conocimientos sobre magia, pero estaba aterrado. Portador de misterios, sabía así que la Esfinge le había hablado realmente al joven Tutmosis mientras dormitaba junto a ella. Y con la misma rapidez con la que un halcón divisa su presa desde las alturas, los brazos de Khamwaset se agitaron en el vacío de su cama. Había estado soñando, pero al igual que el cuarto de los hijos de Thot, ¿no significaba aquel sueño una señal?

   Solo cuando el sol hubo despuntado totalmente, se atrevió Khamwaset a salir de su cabaña. El día amanecía tranquilo, con una suave brisa que anunciaba una cálida pero llevadera jornada laboral.

   Hubieronse aseado, vestido y comido, y la enorme hilera humana emprendió viaje hacia la Esfinge, que duraba apenas un susurro. Rezagado del grupo, partió Khamwaset portando bajo su brazo un buen número de papiros, que deberían ser numerados y catalogados en la Sala de los Archivos. Y la verdad era que temía aquel encuentro, pues a pesar del sueño acontecido, sabía que no podría resistirse  nuevamente al encanto de aquel papiro revelador. Miró hacia delante, y el último hombre ya no era visible. Apuró el paso y fue entonces cuando ocurrió lo impensable, lo que Khamwaset jamás pensaría que llegaría a ver. Tras un paso elevado en el camino, sobre la calzada de arena batida se encontró con una gran mesa de madera de ébano, dos sillas y un tablero de senet. Sobre la mesa, un libro con las tapas hechas de oro macizo y las hojas de electro y plata. Frente a él, sentado en una de las sillas, una figura semihumana, con anchos y fuertes brazos y piernas, un torso que semejaba una centenaria acacia y con su cabeza de ibis. Y le habló Thot a Khamwaset diciendo:

  -¡A ti vengo, Khamwaset hijo de Ramsés; aa ti vengo, yo que te he dotado con el don del conocimiento. A ti vengo, con el libro que tanto ansías, que te será revelado si realmente eres digno de él. Una partida de senet decidirá si debes conocerlo. Una partida que, al igual  que ganó a los dioses cinco días para que así la Madre Celeste Nut pudiese engendrar a Osiris e Isis, a Nefthis y Seth; así el senet te preñará con la semilla del saber eterno, si realmente eres digno de él.  Pero, debo advertirte, Khamwaset, pues así como el Libro da la vida, así priva de ella.

   Y se sentó Khamwaset frente a Thot, y comenzó una partida que, por que no decirlo, jamás debió jugar; pues ¿acaso puede un hombre vencer al creador de la escritura, al dueño del saber y fuente de todo el conocimiento?

  Y como la respuesta no podía ser otra, con cada ficha de senet que Khamwaset perdía, sus pies se hundían irremediablemente en la arena del desierto. y comenzó a temer por su vida cuando hubo estado enterrado hasta las orejas, y fueron sus orejas las que le salvaron la vida. Khamwaset sabía (como todo buen egipcio sabe) que la vida y el saber penetran en el hombre a través de sus orejas, pues si están abiertas y son perceptivas, el conocimiento inunda el corazón; en cambio, si están cerradas, es incapaz de continuar viviendo. Y recordó las palabras de Ptahhotep, que afirmaba que "Cuando la escucha es buena, la palabra es buena, y el que escucha es señor de todo lo que es provechoso, y escuchar es provechoso al que sabe escuchar".

  Y a medida que el resto de su cabeza era cubierta de arena, tubo conciencia Khamwaset de la verdad absoluta, y era que el Libro de Thot reflejaba los misterios de Egipto, pero para conocer éstos misterios, había que vivir en rectitud y saber escuchar la vida que emana alrededor. Supo que no podía pretender  tener la naturaleza del dios, sino que lo que debía era conocer al dios.

  Y en medio de aquella oscuridad aterradora, le dijo Thot a Khamwaset:

  -El Libro de Thot ha sido escrito para ell hombre, y el hombre no puede pretender ocupar el lugar del libro. Las palabras brotan del libro para dar sentido a la vida, pues una vida sin palabras es una vida desolada y vacía. Las palabras se han escrito en el libro para que el hombre viva por y para la palabra, que al fin y al cabo no son sino la palabra de dios, que han sido pronunciadas para el hombre.

   Y así, con la misma violencia, volvió a despertarse Khamwaset sobre su cama, cuando el sol comenzaba a despuntar. Pero ésta vez, su corazón no estaba encogido, sino gratamente feliz. Y puesto que la palabra de dios  se hallaba escrita en todos y cada uno de los santuarios de Egipto, todos y cada uno de ellos recorrió Khamwaset, restaurando ó ampliándolos. Escuchando las palabras que en sus muros había escritas, todos y cada uno de ellos lo dotaron con la sabiduría y el conocimiento, que no eran sino el mensaje que contenía el Libro de Thot.

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