Akhy - Egipto

 

Akhy-Egipto

 

Creaciones

Por Amenofhis III

 El Libro de Thot

 

1.ª Parte

La noche había caído ya, y la luna, con su cegador resplandor iluminaba toda la ciudad. La ciudad de  Pi-Ramsés era grande, abrumadora, bulliciosa, pero sobre todo era bella, irritantemente bella. Bajo los ojos del brillo celeste de la noche, las tejas de las casas, barnizadas en bonitos tonos,  hacían que se pudiese divisar la ciudad desde varios kilómetros de distancia. El palacio real, los santuarios, los talleres... todo el complejo de Pi-Ramsés la hacían la mayor ciudad de Egipto, y muchos la llamaban ya la nueva "Balanza de las Dos Tierras".

  El hombre, de talla alta, corpulento, brillante pelo rojizo y de tez clara, estaba de pié ante la fuente del palacio real, mirando al agua que brotaba sin cesar, bañando así todas las hermosas flores del jardín. En la sala anexa al jardín, su padre daba una hermosa fiesta, aunque había que decir que Ramsés siempre daba unas estupendas fiestas, en la que toda la capital gozaba del amor que el faraón irradiaba por ellos. Egipto era poderosa, y con Ramsés, al que todos llamaban "El Grande", si cabe era mucho más poderosa. La paz reinaba en todo Egipto, y aunque los bárbaros extranjeros no habían sido sometidos en totalidad, el éxito sucedido en Gaza y Kadesh los mantenía fuera de las fronteras egipcias.

  Khamwaset estaba confuso, pero a su vez emocionado. Su padre Ramsés, le había encargado una difícil tarea, no difícil por lo imposible del hecho, sino por lo sagrado que representaba el Santuario de Keops, la Gran Pirámide de Gizeh. Desde tiempos del faraón Tutmosis, el "soñador de la Imagen Viviente", el Santuario de Keops había sufrido grandes deterioros. La Gran Pirámide era una parte fundamental de Egipto, pues allí residía el Testamento de los Dioses, y allí acudían, desde hacía milenios los faraones que necesitaban el insuflo divino de Ra, para poder regenerarse así como se regenera a diario el eterno ciclo del sol.

  La cortina de lino que separaba el gran salón del exterior se abrió, y por un instante, Khamwaset pudo ver a las temibles bailarinas del santuario de Hathor, temibles porque eran una terrible combinación con la cerveza dulce, que hacían que más de un corazón se perdiese detrás de los eróticos movimientos, de los cuales eran culpables sus perfectos y moldeados cuerpos. Cuando la cortina se hubo cerrado de nuevo, apareció su madre, NeferIset, la segunda esposa de Ramsés. Solo dos cosas eran comparables a la belleza de Egipto, y esas dos eran las esposas de Ramsés, Nefertari y NeferIset. Ellas eran el complemento de un Egipto sagrado, como el Sol y la Luna. Eran la frontera y el límite del cielo eterno, y en medio, llevando el nombre de las Dos Tierras allá donde alcanzaba el viento, estaba Ramsés El Grande.

  -Madre -dijo Khamwaset-, ¿abandonas ya laa fiesta?

  NeferIset tomó la mano de su hijo. Con una peluca negra rizada y un fino vestido de lino que se sujetaba solo por unos delicados tirantes, miró a su primogénito y le preguntó:

  -¿Qué es lo que te atormenta, hijo mío? EEl lamento de tu corazón inunda la sala completamente.

  -El faraón me ha impuesto una labor un taanto complicada. La Gran Pirámide no son las moradas de los toros Apis, ni las moradas de eternidad de Sakkara, ni se trata de restaurar las moradas de Seqenenre ó Kamosis. En Gizeh se encuentra una de las entradas al Más Allá, el espejo de vida donde se refleja el interior del corazón con la infinidad de la eternidad, y solo un dios puede llevar a cabo semejante trabajo, madre.

  NeferIset comprendía el  temor de su hijo, pero también sabía que Ramsés no había tomado su decisión tan solo por que Khamwaset fuese su hijo. El joven había llevado a cabo estupendas labores de restauración, pero también había llevado a la práctica el desarrollo escrito de la magia. Era conocedor de los misterios del hombre, y conocedor de los secretos de las estrellas eternas. Si existía en Egipto alguien con la capacidad de realizar semejante labor, ese era Khamwaset, el hijo de Ramsés.

  -Escucha, Khamwaset, pero no escuches&nbssp; lo que yo pueda decirte, sino lo que el Viento del Norte va clamando allí donde sopla. Escucha, y no con tus oidos, sino con tu corazón. Eres el hijo de un faraón, y no es un hombre el que gobierna las Dos Tierras, sino un hijo de los dioses. ¿Crees acaso que el rey pondría tanta responsabilidad en manos de un inepto ó un incapaz? ¿Crees acaso que los dioses sentarían en el Sillón de Oro a un inefable rey que no fuese quién de regir el destino de Egipto? ¡Que no te invada la duda ni el temor, hijo de Ramsés, pues la protección de tu padre te acompaña allá donde vas!

    Khamwaset miró fijamente a su madre y comprendió la grandeza que Ramsés había visto en ella para tomarla como esposa. Y así, una semana más tarde partía hacia Gizeh un barco con la expedición. Khamwaset había tomado como ayudante al joven arquitecto Mahi, hijo de un maestro de obras que había construido gran parte de Pi-Ramsés. Junto a ellos, trescientos de los mejores artesanos de la piedra de todo Egipto, cien hombres formados por aguadores, panaderos, carniceros y lo necesario para mantener la vida en la meseta de Gizeh el tiempo que durasen las obras. A diario partirían barcos repletos de odres de arcilla, para que el vino y la cerveza fuesen siempre frescos. Las reses vacunas vendrían de Menfis. Y así, comenzaron las obras de la majestuosa morada de eternidad de Keops, que arrancaba desde las entrañas de la tierra hasta los confines del cielo.

  La barcaza real surcaba las azules aguas del Nilo. Ramsés estaba impaciente por llegar a Gizeh, pues al fin, tras tres años de trabajo, las obras de restauración tocaban a su fin. En la nave real viajaba Nefertari, la Gran Esposa Real. Cuando Ramsés la vio salir de su camarote, tubo la impresión de que las aguas del Nilo se habían secado y que las riberas del río se habían marchitado. Toda la belleza que Nefertari emanaba, eclipsaba el brillo del sol de Egipto.

   -¿Tan impaciente estás por llegar que abaandonas a tu esposa a merced de la soledad? -preguntó Nefertari.

   Ramsés la miró y la rodeó con sus brazos robustos, y la besó en la frente rindiéndose ante ella.

  -Nunca serás una solitaria, Nefertari, puues la vida crece irremediablemente allá donde tus pies han pisado. Eres como el Sol de las Dos Tierras, por ti brilla día a día, eterna de Luz.

   Nefertari estaba llena de amor y se sentía afortunada, pues no solo tenía el privilegio de ser la esposa de Egipto, sino de ser la esposa del hombre más maravilloso que existía en todo el mundo conocido.

  Súbitamente, Nefertari captó la inquietud en el corazón de Ramsés, y aunque concía el motivo, decidió que fuese él mismo quien echase aquel sentimiento de su interior.

  -Te has vuelto frío de repente, Ramsés, ¿¿qué ocurre?

   Ramsés miró al horizonte, y pudo distinguir el puerto de Gizeh.

  -Lo sabes muy bien, esposa mía, pues nadaa se te escapa. He decidido ampliar las restauraciones, y ahora Khamwaset deberá iniciar las obras en la Esfinge, que se encuentra algo envejecida. Temo cuando visite la Sala de los Archivos, allí hallará información sobre aquello que ha perseguido desde su infancia, el Libro de Thot.

  Nefertari tranquilizó a Ramsés, pues ambos sabían que Khamwaset no abandonaría las obras en busca de una búsqueda inútil, pero ¿que sucedería una vez terminadas las obras?

   El barco llegó finalmente a su destino, y en poco Ramsés estaba en un alto rocoso, desde donde contemplaba toda la llanura de Gizeh, las tres pirámides y el león de piedra que las custodiaba. La pirámide de Keops se alzaba majestuosa hacia el infinito, y su perfección eclipsaba la práctica totalidad de las obras de Egipto.

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