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Boletín Digital. /Junio 2006/
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Lo que la soja se llevó Colaboración especial

Hace pocos días nos hicimos eco de la protesta de los indígenas del Chaco para que no les expropien sus tierras ante la aparición repentina de "verdaderos propietarios" con "títulos" más legítimos que los dos siglos de ocupación ininterrumpida de la comunidad. Hace un mes que seguimos de cerca la pelea entre el gobierno y los ganaderos por el precio de la carne y hace unos años vimos como en Santa Fe una población fue victima del desborde del caudal del Río Salado (por no hablar del idéntico incidente ocurrido hace dos meses con el Río Tártagal de Salta). Aunque muchos lo ignoremos, todas estas son consecuencias del actual modelo productivo de monocultivo industrial que ha expandido su frontera hasta los más remotos lugares del Cono Sur.

Actualmente y desde hace poco más de una década la Argentina basa su modelo en la producción de soja a gran escala para cubrir la demanda de alimentos para los animales de criadero de Europa y China (y cumplir así con las demandas del mercado global). Si al leer estas líneas se les vienen a la cabeza imágenes del modelo agroexportador de principios del siglo pasado, han dado casi en la tecla, sólo que con algunas diferencias: el quiénes son los capitalistas, el qué es lo que se exporta y cuál es el calibre de sus consecuencias socioeconómicas. Este mágico crecimiento es a razón de las retensiones a las exportaciones de soja. ¿Pero si el Estado sólo se queda con las retensiones, quién se queda con las ganancias?...

Esta parte de la torta va a las cuentas de las multinacionales o a los bolsillos de los grandes productores que imponen el modelo de los agronegocios. Los agronegocios engloban diferentes procesos de producción (producción y explotación agraria, almacenamiento, procesado y distribución de productos agrícolas) que alguna vez denominábamos agricultura pero de los que hoy prácticamente no participan los agricultores sino que han sido acaparados por multinacionales que monopolizan varios de ellos, con una producción de gran escala para maximizar sus beneficios.

Para los países agroexportadores el monopolio de las cadenas agroalimentarias a manos de grandes corporaciones que operan adecuándose a las fluctuaciones del mercado global, implica un modelo productivo que se desarrolla en función de dichos intereses y que no toma en cuenta el bienestar de las poblaciones. Monsanto, Cargill, y Bunge son algunas de las corporaciones que monopolizan una o varias de esas cadenas agroalimentarias, convirtiéndose en los principales referentes del sector y regulando la oferta y la demanda.

En articulación con éstas corporaciones a nivel local están los grandes productores de soja (o de forestales en su defecto) y fondos de inversión que funcionan como capitales golondrina haciendo uso de las tierras hasta desgastarlas con agroquímicos y siembra directa. La producción de monocultivo no solo ha mostrado sus consecuencias nefastas en términos ambientales (perdida de agro biodiversidad, erosión del suelo, desertificación, expansión de la frontera agropecuaria a raíz de la deforestación, contaminación por la utilización de los agroquímicos, enfermedades , cambio climático, despoblación, etc.) sino también en términos socio-económicos. Díganle adiós a la figura del gaucho, del campesino, o del indígena trabajando la tierra. Éste modelo utiliza una tecnología que no necesita mano de obra. Es una agricultura sin agricultores: el campo los expulsa para emigrar a los centros urbanos en busca del trabajo que tampoco encontrarán, para terminar asentándose mayormente en los cordones periféricos de las ciudades. Su lugar en el campo lo han ocupado las maquinarias que resultan mucho más productivas y eficaces para trabajar las extensiones de tierra que el modelo requiere.

Es mucho más rentable una plantación de soja que unos indígenas cultivando la tierra; la carne sube porque cada vez es menor la cantidad de tierras destinada a la cría de vacas, la oferta de carne vacuna se reduce y, además de pasar a ser un bien escaso, resulta más redituable exportarla que venderla en el mercado interno; el Río Salado desborda su caudal por la deforestación y la escasa permeabilidad de los suelos sometidos a la producción intensiva de soja… Parece que el rompe cabezas se termina de armar.

Por lo que, como nuevo no es el hecho de que las corporaciones manejen a nuestros gobiernos, quizás si sería bueno tener en claro cuál es la cara que asume hoy el capital. ¿Hasta cuando vamos a permitirle al gobierno que haga la vista gorda en cuanto a la adopción de políticas públicas y planificación económica a largo plazo? ¿Hasta cuando vamos a permitir el mal e irracional uso de nuestros recursos naturales? ¿Hasta cuando vamos a permitir la implementación de modelos productivos de temporada impuestos desde afuera y aceptados sumisamente desde adentro, donde el único proyecto a largo plazo parece ser pagar la deuda externa? Mientras tanto la deuda social crece a igual ritmo que la economía, y las multinacionales engordan sus bolsillos en relación directamente proporcional a la violencia física y simbólica que generan e inversamente proporcional a la conservación y sustentabilidad de nuestros recursos naturales y a la soberanía alimentaría de nuestro pueblo.

Más información en www.resistalosagronegocios.info


Ivanna Smolar
Soledad Vogliano
Centro de Incidencia y Análisis Político.
Centro de Políticas Públicas para el Socialismo.



 

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