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Boletín Digital. /Junio 2006/
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La Politica en la UBA

La política se juega constantemente, pero cuando una sola decisión o una sola votación tienen consecuencias demasiado relevantes la disputa es más tenaz. Se deja a un lado la discusión de contenidos y pasan a un primer lugar prácticas y manejos absolutamente repudiables.

La política privatizadora
Años de ajuste permanente llevaron a la universidad a una situación de ahogo presupuestario agudizada por la escalada inflacionaria que siguió a la devaluación. Ante semejante escenario, la UBA permaneció perpleja, sin reaccionar. Sin intenciones de reclamar al Estado el presupuesto que necesita, se lanzó a una búsqueda desesperada de fuentes de financiamiento alternativas a la estatal. Para sobrevivir, se valió de la generación de recursos propios, tan enérgicamente alentada por las recomendaciones del Banco Mundial. Y, de esta manera, gradual y subrepticiamente, se fue avanzando en el sentido de una creciente privatización.
Al hablar de la elección de autoridades de la UBA, a veces nos olvidamos de que es esto lo que en el fondo, y no tan oculto, está en juego.

La política de los negocios
Al igual que la política nacional, que nos ha desacostumbrado a presentar programas, quien fuera el candidato favorito en las elecciones a rector de la UBA tampoco lo hizo. Los acuerdos programáticos del bloque (que existen y, en definitiva, son -como ya dijimos- lo que está fundamentalmente en juego) han sido tapados por una disputa por el reparto de los cargos y un botín para nada despreciable. Las prácticas políticas prebendarias que hoy vemos en la Asamblea Universitaria son el correlato de los negocios y manejos de todo tipo que proliferaron y se multiplicaron con el proceso de mercantilización de la universidad. Fue el shuberoffismo, tan fuertemente criticado por sus actos de corrupción y malversación de fondos, el que llevó adelante ese proceso, y el que vuelve revitalizado tras los sectores que apoyaron a Alterini.

La política de las patotas
Aprietes, amenazas y golpes, la política en su peor expresión y sin escrúpulos, tal como nos la ha enseñado la Franja Morada -particularmente en Económicas- son los fantasmas que reaparecieron tras la golpiza del 2 de mayo.
Tras tres convocatorias fallidas para realizar la Asamblea Universitaria, quisieron reemplazar la legitimidad que les faltaba contratando sus propios y obsecuentes guardaespaldas, que encontraron en la dirigencia de APUBA. El caos puede parecer una buena estrategia cuando se quiere desviar la atención, pero en este caso significó el comienzo del fin. Tres días después alrededor de diez mil estudiantes marcharon en repudio a la golpiza y pidiendo la renuncia de Alterini y la democratización de las instancias de gobierno de la UBA.

La política de la construcción
Sin embargo seguimos creyendo en la política, en que puede y debe convertirse en una verdadera herramienta de cambio. Pero para eso hay que reconstruirla, recuperar su significado y repensar la lógica de nuestras prácticas.
Las prácticas espurias sólo pueden darse a puertas cerradas, mientras sean unos pocos los que están al tanto y decidiendo los destinos de la universidad y del país, ya que apenas alguno de estos manejos sale a la luz es repudiado por amplios sectores de la sociedad.
La crisis de representatividad, que mostró una de sus facetas en el amplio apoyo a Alterini dentro de la Asamblea y su aún más amplio repudio en el conjunto de la comunidad educativa, existe también en los órganos representativos de los estudiantes que al intentar mediar terminan aislando y separando la política de los miles y miles a quienes buscan representar.
La tarea entonces es derribar todas las puertas, las puertas que nos separan de nosotros mismos en espera de que otros se hagan cargo de nuestros reclamos, aquellas que nos impiden reunirnos. Derribar también las que encierran a los espacios estudiantiles y dejan afuera la participación y la discusión, puertas y trabas que hacen que todo proceso sea parcial, tirarlas abajo e iniciar una construcción profunda y duradera. Y así, con toda la fuerza que esto implica, derribar las murallas que pretenden hacer de la UBA una fortaleza al servicio de intereses mezquinos separándola cada vez más de la sociedad. La transformación no puede esperar.


 

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