Última actualización 18/05/06 |
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Boletín Digital. /Abril
2006/
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El 22
de enero último, día de la asunción del nuevo gobierno
boliviano, el ahora vicepresidente y sociólogo Álvaro García
Linera sentenció en su discurso: Bolivia vivió años
de "empate catastrófico entre lo viejo que no acababa de morir
y entre lo nuevo que no acababa de nacer"(1). ¿A qué
se refiere García Linera con este "empate catastrófico"? Antonio
Gramsci habla de empate hegemónico para mencionar la imposibilidad
de una fracción burguesa de imponerse sobre la otra, lo cual significa,
por lo mismo, una crisis de hegemonía o la crisis del Estado en
su conjunto. Pero, ¿cuáles son las fuerzas oscuras que "no
dejan gobernar"(2)? ¿Cuáles son las fuerzas que no
habían logrado sacarse ventajas hasta hace unos meses para imponerse
al resto de la sociedad produciendo una verdadera crisis política
y de gobernabilidad? La primera
fuerza a la que hace referencia García Linera actúa en las
regiones de Santa Cruz y Tarija y la conforman El Comité Cívico,
La Federación de Empresarios y La Cámara de Empresarios
de Santa Cruz. Los mismos representan a los sectores económicamente
más poderosos de Bolivia que quieren traducir su poder económico
en liderazgo político. Estas fracciones encarnan a las multinacionales
y a las elites blancas de las ricas regiones petroleras y gasíferas
mencionadas. Desde 1985, con las reformas liberales instauradas por la
Nueva Política Económica mediante el decreto 21.060 de Víctor
Paz Estenssoro (privatización de minas, telecomunicaciones, transporte
aéreo y ferroviario, agua y electricidad así como de los
sectores petroleros y gasíferos) esa fracción social viene
gobernando ininterrumpidamente a través de gobiernos de derecha
y de "izquierda". El crecimiento sostenido de la economía
cruceña desde la aplicación de las reformas es la mejor
prueba de que esas políticas fueron funcionales a un modelo ligado
a la inversión extranjera y a los mercados internacionales. En
la actualidad, el reclamo permanente de los cruceños es el de Autonomía,
puesto que dicha fracción de clase, al no poder erigirse como un
proyecto hegemónico para toda Bolivia, aspira a controlar férreamente
su riqueza y desde ahí presionar al poder central. Imponiendo su
autonomía, Santa Cruz, rica en agroindustria, explotación
maderera y gas, se asegura la posibilidad de poder competir con el poder
político del altiplano occidental. ¿Cuál
es, pues, ese poder político que amenaza la hegemonía oriental
obtenida durante lustros? Con
los años, un nuevo movimiento social emergió desde el seno
de la sociedad civil para contrarrestar aquella supremacía: los
movimientos sociales indígenas. Nos encontramos aquí con
la segunda de las fuerzas a la que hacía referencia García
Linera. Siendo el 62% de la población(3), la historia de los pueblos
indígenas bolivianos (y del continente) está atravesada
por exterminios, explotación, humillación e inclusión
parcial a la estructura e identidad nacionales. Habiendo obtenido la mayoría
de los derechos civiles y políticos en 1952 con la Revolución
de Paz Estenssoro (el mismo que inició las reformas liberales en
1985), el pueblo indígena recién se hizo cargo de estos
derechos en los últimos años provocando un verdadero desborde
democrático de la sociedad sobre las instituciones de exclusión
y dominio prevalecientes. Como nunca, el indígena ha tomado conciencia
de que es un sujeto político de transformación, de que es
una fuerza social de interpelación al Estado y, por sobre todo,
de que esto (y sólo esto) es la herramienta de liberación
e inclusión social por siglos postergada. En este sentido, Bolivia
está viviendo una verdadera revolución democrática
en el significado más estricto del término: por primera
vez, el indígena como ciudadano, tomando conciencia como tal, y
haciendo ejercicio pleno de su ciudadanía exige al Estado el reconocimiento
de sus derechos cívicos, políticos y sociales. Con esta
inédita ampliación de lo político, los movimientos
sociales indígenas están introduciendo un profundo proceso
de igualación sustantiva de la población superando la discriminación
sufrida durante siglos, (el MAS es uno de los primeros partidos en depositar
en el Congreso a cholas, mineros, campesinos, cocaleros y otros sectores
sociales históricamente excluidos de la arena política boliviana). Como
puede verse, las fuerzas enfrentadas en Bolivia actualmente no son sólo
políticas, sino que abarcan además un plano étnico,
cultural, geográfico e histórico. Paradójicamente,
y esta vez producto de dichas diferencias culturales históricas,
hay movimientos e intelectuales indígenas que también propugnan
el autonomismo. Sin embargo, estos intelectuales no logran ubicar al sujeto
económico que podría sostener al "país indígena".
En las zonas rurales el 80% de la población tiene sus necesidades
básicas insatisfechas y el régimen de producción
se encuentra reducido a pequeños minifundios de escasa productividad. Ante
esto se halla el MAS (Movimiento al Socialismo), una coalición
flexible de múltiples movimientos sociales indígenas y no
indígenas, rurales y urbanos, laborales gremiales y campesinos
que han expandido al ámbito parlamentario y estatal sus esfuerzos
de movilización. En esta lucha en y por el Estado, las fuerzas
del MAS se encaminarán a la puesta en marcha de un nuevo modelo
económico que el propio Álvaro García Linera ha denominado
"capitalismo andino-amazónico. Es decir, la construcción
de un Estado fuerte, que regule la expansión de la economía
industrial, extraiga sus excedentes y los transfiera al ámbito
comunitario para potenciar formas de autoorganización y de desarrollo
mercantil propiamente andino amazónico"(4). Según García
Linera hay dos razones que no permiten visualizar, en el corto plazo,
la posibilidad de un régimen socialista en Bolivia: la inexistencia
de un proletariado y le debilidad del potencial comunitarista agrario
y urbano. En suma,
hoy esta segunda fuerza parece haber desnivelado la pugna social a su
favor. El MAS tiene mayoría en ambas cámaras, la gobernación
de dos departamentos y, lo más importante, el apoyo (para nada
incondicional) de las bases sociales indígenas. Es ésta
su mayor fuerza pero también su mayor amenaza: la independencia
de los movimientos asegura que, de no cumplir con lo prometido, el gobierno
de Evo tendrá que vérselas con ellos tal como sus antecesores. Habrá que ver si el MAS tendrá la voluntad política y será capaz, dentro de la organización política representativa burguesa, de convertir sus históricas y particulares demandas en una "estructura normativa general que consolide un rediseño estatal que, de darse, será muy distinto a todos los tipos de Estados republicanos conocidos hasta hoy"(5). 1 Diario
La Prensa 23/01/2006
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