RESUMEN DE LAS CINCO PRIMERAS CRUZADAS
INTRODUCCIÓN
PRIMERA CRUZADA  SEGUNDA CRUZADA   TERCERA CRUZADA   CUARTA CRUZADA   QUINTA CRUZADA
EL SIGLO XIII


las primeras cinco cruzadas

INTRODUCCIÓN

Los historiadores organizan el pasado para poder explicar la evidencia. Al hacerlo, corren el riesgo de caer prisioneros de su propio artificio. Entre 1095 y, pongamos por caso, 1500, hubo decenas de operaciones militares que comportaron los privile­gios asociados con las guerras de la Cruz. Sin embargo, sólo unas cuantas fueron clasificadas posteriormente mediante una numeración; el rasgo que tenían en común es que todas ellas fueron dirigidas contra objetivos musulmanes de Siria y Pales­tina en el Mediterráneo oriental y sus alrededores. Como era natural, los nobles, los caballeros, los soldados de a pie, los peregrinos desarmados y demás secuaces que respondieron a la llamada de Urbano II en 1095-1096 no sabían que estaban embarcándose en la primera edición de nada, les dijeron que estaban participando en una causa única. Los acontecimientos sucesivos modificaron la percepción de las cosas. Los promoto­res de la siguiente campaña a Oriente de 1146-1149 invocaron el precedente de 1095-1096, relegando a la sombra las expe­diciones menores emprendidas entretanto para ayudar a la causa de los cristianos en la zona. Así, según los estudiosos posteriores, la cruzada de 1146 se convirtió en la segunda cruzada. La numeración sucesiva siguió la misma pauta, aplicándose sólo a las ofensivas internacionales a gran escala que se lanzaron con la intención de llegar a Tierra Santa. De ahí la inclusión en el canon de la cuarta cruzada (1202-1204), cuyo objetivo era atacar Egipto, aunque no llegó más allá de Constantinopla. Otras cruzadas se definen por su objetivo, por el es­cenario en el que se llevaron a cabo, por los personajes que par­ticiparon en ellas o por sus motivaciones. De ahí que se hable de cruzadas de los albigenses para designar las guerras contra los herejes del sur de Francia, concentrados en los alrededores de Albi, entre 1209 y 1229. Se llaman cruzadas bálticas a las cam­pañas que se lanzaron contra las tribus paganas de la región y que desde mediados del siglo XII se prolongaron durante cer­ca de doscientos cincuenta años. Las cruzadas de los campesi­nos (1096), de los niños (1212) y de los pastores (1251,1320) hablan por sí mismas, y fueron etiquetadas socialmente de ese modo por el esnobismo de los historiadores (y de sus contem­poráneos). Las guerras dirigidas a partir del siglo XIII contra los enemigos del papa en Europa reciben el calificativo (hasta cier­to punto despectivo) de «cruzadas políticas», como si todas las cruzadas, lo mismo que todas las guerras, no fueran políticas. Las decenas de cruzadas menores a Tierra Santa que no fueron consideradas lo bastante grandes o brillantes se han quedado sin numeración. Para aumentar la confusión, incluso dentro de las canónicas, los historiadores discrepan en la numeración que debe darse a las campañas llevadas a cabo en Tierra Santa du­rante el siglo XIII. Algunos ven la cruzada de 1228-1229 organi­zada por Federico II de Alemania, que consiguió la recuperación de Jerusalén durante algún tiempo, como la sexta cruzada; otros, en cambio, la ven como el último estadio de la quinta cruzada convocada en 1213. La campaña de Egipto de 1248-1250 lan­zada por Luis IX (la sexta o la séptima cruzada, dependiendo de la decisión que adoptemos ante la de Federico II) y su expedi­ción a Túnez de 1270 (la octava o la novena) actualmente no suelen ser clasificadas con ningún número. Este tipo de juegos no es nuevo. A comienzos del siglo XVIII algunos historiadores hablaban solamente de cinco cruzadas (1096, 1146, 1 190, 1217-1229 y 1248), mientras que otros contaban hasta ocho. La mayoría de los historiadores modernos se dan por satisfechos cuando llegan a la quinta cruzada (la que empezó en 1213) y, a partir de ese momento, prescinden de la numeración.

 

LA PRIMERA CRUZADA, 1095-1099

Entre 1095 y el fin de la Edad Media, los habitantes de la Euro­pa occidental combatieron o planificaron una serie de guerras cuyo objetivo en sentido lato era defender o promover su reli­gión por todo el Mediterráneo oriental, la península Ibérica, el mar Báltico y en el seno mismo de la propia Cristiandad. No obstante, ninguna campaña puede compararse con la primera ni por su impacto ni por el recuerdo que de ella quedó. Sus con­temporáneos y las generaciones posteriores quedaron asombra­dos y conmovidos por las hazañas de los ejércitos y las fuerzas navales de la Europa occidental que entre 1096 y 1099 lograron abrirse paso en Oriente Próximo hasta conquistar Jerusalén, en la remota Palestina. Los intelectuales occidentales exaltados em­plearon el lenguaje de la teología para hablar de la campaña: uno la llamaba «el mayor milagro desde la Resurrección»; otro ha­blaba de «una nueva vía de salvación», casi una renovación de la Alianza de Dios con su pueblo.

ILUSTRACIÓN DE UNA BIBLIA QUE MUESTRA EL ATAQUE A LOS JUDIOS

La expedición surgió en un contexto social, religioso, ecle­siástico y político concreto. La Europa occidental se mantenía unida gracias a una aristocracia militar cuyo poder se basaba en el control de los recursos locales impuesto por la fuerza y los de­rechos hereditarios, así como por el derecho civil. No sólo había gran número de hombres armados —miembros de la noble­za y sus correspondientes séquitos—, con fondos y capacidad de patrocinio suficientes para emprender semejante expedición, sino que además éstos tenían una clara conciencia del carácter pecaminoso de sus actividades habituales y un profundo deseo de penitencia. Para ellos, la violencia religiosa era bien conocida y Jerusalén poseía unas resonancias espirituales extraordinarias. La invitación del emperador cristiano de Oriente, Alejo I Comneno, enviada desde Bizancio (Constantinopla) al papa Urbano II venía como anillo al dedo a la nueva política pontificia basada en la reafirmación de su supremacía sobre la Iglesia y el Estado, que había venido desarrollándose a lo largo del medio siglo an­terior. El proyecto anterior del papa Gregorio VII (1073-1085) de llevar un ejército a Oriente y hacerlo llegar hasta Jerusalén quedó en nada en 1074. En esta ocasión, Urbano II, patroci­nador ya de la guerra contra los musulmanes en España, apro­vechó la ocasión para reforzar la autoridad papal en los asuntos temporales. Desde el primer momento, las Cruzadas represen­taron una expresión práctica de la ideología, el liderazgo y el po­der de los pontífices.

La ocasión no fue fruto de la casualidad. Alejo I llevaba años reclutando caballeros y mercenarios occidentales. Al ser un usur­pador, necesitaba un éxito militar con el que apuntalar su posi­ción dentro de su propio reino. La muerte en 1092 de Malik Shah, el sultán turco de Bagdad, trajo consigo la desintegración de su imperio en Siria, Palestina e Iraq. Esto ofreció a Alejo I la oportu­nidad de restaurar el dominio bizantino sobre Asia Menor y el norte de Siria, perdido en favor de los turcos desde que éstos vencieran a los bizantinos en Manzikert en 1071. Para ello ne­cesitaba tropas occidentales. Por conveniencia política el papa era el aliado más lógico con el que podía contar y el que más dis­puesto estaba hacia él. Tras recibir a los embajadores bizantinos a comienzos de 1095, Urbano transformó su solicitud de ayuda militar en una campaña de renovación religiosa, cuya justifica­ción se expresaba en términos cosmológicos y escatológicos. El propio papa encabezo el reclutamiento con una gira de predicaciones en su país natal, Francia, entre agosto de 1095 y septiembre de 1096, que alcanzó su momento culminante en Clermont-Ferrand. Con los reyes de Francia y Alemania excomulgados, el rey de Inglaterra, Guillermo II Rufus, peleado con la Santa Sede, y los monarcas españoles preocupados con sus propias fron­teras musulmanas, el pontífice se concentró en la alta nobleza, en los duques, condes y barones, y lanzó sus redes en todas di­recciones. Su labor de reclutamiento se extendería desde el sur de Italia y Sicilia hasta Lombardía, así como por grandes zo­nas de Francia, desde Aquitania y Provenza hasta Normandía, Mandes y los Países Bajos, Alemania occidental, Renania, la re­gión del mar del Norte y Dinamarca, aunque las fuentes latinas y árabes califican a todos los participantes en la empresa con el título colectivo de «francos» (Franci, al-ifranji). Una conjetura reciente fija el número de combatientes llegados a Asia Menor en 1096-1097 entre cincuenta mil y setenta mil, sin contar a los peregrinos no combatientes que aprovecharon el éxodo militar como garantía de protección en sus propios viajes.

Entre los primeros que se pusieron en marcha para llegar al punto de encuentro acordado en Constantinopla en la primave­ra de 1096 figuraban los contingentes de Lombardía, el norte y el este de Francia, Renania y el sur de Alemania. Uno de sus lí­deres era un predicador carismático de Picardía llamado Pedro el Ermitaño. Algunos contemporáneos suyos atribuyeron la gé­nesis de toda la empresa a Pedro, que, según se dice, había sido mal tratado por los gobernantes turcos de Jerusalén cuando acu­dió en peregrinación a la Ciudad Santa unos años antes. Aun­que es inverosímil que fuera él el instigador de la expedición, es indudable que Pedro desempeñó un papel significativo en el re­clutamiento, probablemente con el beneplácito del papa, y que logró reunir un ejército considerable a los tres meses y medio del concilio de Clermont-Ferrand. Algunos elementos de aquel contingente franco-germano llevaron a cabo crueles pogromos anti judíos a lo largo de toda Renania en mayo y junio de 1096, antes de emprender la marcha hacia Oriente siguiendo el curso del Danubio. En conjunto, esos ejércitos han recibido el nombre despectivo de «cruzada de los campesinos». Se trata de una de­nominación incorrecta. Aunque entre ellas había menos nobles y caballeros que entre las huestes que partieron después, aque­llas tropas distaban mucho de estar formadas por la canalla le­gendaria y polémica de la época. Poseían cohesión, fondos y liderazgo, y lograron acabar la larga marcha hasta Constantinopla casi intactas y en el tiempo previsto. Uno de sus cabecillas, Walter Sans Avoir, no era, como muchos han supuesto, un in­dividuo «sin fortuna»: Sans Avoir hace referencia a un lugar (en el valle del Sena), no a una condición. Sin embargo, resultó di­fícil mantener la disciplina. Tras cruzar el Bósforo y entrar en Asia en agosto de 1096, estas tropas fueron aniquiladas por los turcos entre septiembre y octubre, unas semanas antes de que las primeras huestes capitaneadas por grandes señores llegaran a Constantinopla.

Tras las fuerzas expedicionarias de Pedro el Ermitaño llega­ron seis grandes ejércitos procedentes del norte de Francia, Lorena, Flandes, Normandía, Provenza y el sur de Italia. Aunque el líder de los provenzales, el conde Raimundo IV de Toulouse, había sido consultado por Urbano II en 1095-1096 y viajaba con el representante o legado pontificio, Adhemar, obispo de Le Puy, no había un único comandante en jefe. El general de cam­po más eficaz resultó ser Bohemundo de Tarento, capitán de los normandos del sur de Italia. Llegados a Constantinopla en­tre noviembre de 1096 y junio de 1097, todos los capitanes fue­ron persuadidos u obligados a prestar un juramento de fidelidad a Alejo I, quien, a cambio, suministró dinero, provisiones, guías y un regimiento de soldados. Tras la conquista de Nicea, capi­tal del sultanato turco de Rum (Asia Menor) en junio de 1097, la campaña se dividió en cuatro fases distintas. Después de una ardua marcha por Asia Menor hasta llegar a Siria (junio-octubre de 1097), en la que se alcanzó una gran victoria, aunque muy reñida, sobre los turcos al norte de Dorylaeum (1 de julio), se produjo el asedio y la posterior defensa de Antioquía, en el norte de Siria (octubre de 1097-junio de 1098). Un contingente del ejército principal al mando de Balduino de Boulogne se hizo con el control de la ciudad armenia de Edesa, al otro lado del Éufrates. A medida que se multiplicaban sus dificultades, las ex­tenuadas huestes occidentales iban sintiéndose bajo una especial protección divina, idea reforzada por ciertas visiones, por el ha­llazgo aparentemente milagroso en Antioquía de la Santa Lan­za que, según se dijo, había atravesado el costado de Cristo en la cruz, y la victoria unos días más tarde (28 de junio de 1098) sobre un ejército musulmán numéricamente muy superior en­viado desde Mosul. De junio de 1098 a enero de 1099, el ejér­cito cristiano permaneció en el norte de Siria, viviendo de los productos de la tierra y peleándose por el botín.

La marcha definitiva sobre Jerusalén (enero-junio de 1099) fue acompañada de informes de nuevos milagros y visiones, lo que incrementó la sensación de que el ejército era un instrumen­to de la Divina Providencia. Sin embargo, por simples, piado­sos y brutales que fueran los cruzados, tampoco eran desde luego una pandilla de estúpidos e ignorantes. En su avance supieron sacar provecho en todo momento de la política local, en par­ticular de las divisiones crónicas existentes entre sus adversarios musulmanes, que les impedían oponer una resistencia unida. Las negociaciones amistosas con los egipcios, que habían con­quistado Jerusalén a expensas de los turcos en 1098, duraron dos años para acabar de mala manera pocas semanas antes de que los occidentales llegaran a la Ciudad Santa. El asalto final contra Jerusalén (junio-julio de 1099) se vio coronado por el éxi­to el 15 de julio; la matanza que conllevó asombró a la opinión musulmana y judía. Los observadores occidentales la describen en tono aprobatorio en términos apocalípticos. Asegurado su triunfo tras la derrota en Ascalón (12 de agosto) de un ejército egipcio llegado en auxilio de la Ciudad Santa, la mayoría de los cruzados supervivientes regresó a Occidente. En 1100 queda­ban en el sur de Palestina apenas trescientos caballeros. De los más de cien mil que partieron hacia Jerusalén en 1096 y de los que se unieron a ellos durante los tres años siguientes, puede que en junio de 1099 no llegaran a la Ciudad Santa más de catorce mil. Urbano II tenía razón: la guerra de la Cruz había supuesto una penitencia muy dura.

 

el siglo XII

Y  LA SEGUNDA CRUZADA, 1145-1149

Tras el establecimiento en el curso de la primera cruzada de dos cabezas de puente en Antioquía, en Siria, y en Jerusalén, en Pa­lestina, se crearon en Levante cuatro estados cristianos: el reino de Jerusalén (1099-1291), el principado de Antioquía (1098-1268), el condado de Edesa (1098-1144) y el condado de Trí­poli (1102-1289). En conjunto estos territorios recibían el nom­bre de Ultramar. Las cruzadas de Oriente tuvieron por objeto extender, defender o recuperar esas conquistas. Durante la pri­mera mitad del siglo XII, estando Jerusalén en manos cristianas, se produjo una explosión del tráfico de peregrinos, al tiempo que el hecho de combatir en Tierra Santa se convertía en un elemen­to del adiestramiento caballeresco para algunos nobles de alta cuna y en un accesorio marcial de las peregrinaciones. Varias expedi­ciones de proporciones modestas contribuyeron a conquistar los puertos, las llanuras y el interior inmediato del litoral siro-pa­lestino (por ejemplo, la del rey Sigurd de Noruega, 1109-1110, las de Foulques V de Anjou, 1120 y 1128, y la del dux de Venecia, 1123-1124). Cada vez más a menudo, el modelo de guerra de penitencia fue utilizado en otras fronteras cristianas, como en España, y contra los enemigos del papa dentro de la propia Cristiandad.

No obstante, Tierra Santa siguió ostentando la primacía como objetivo de la guerra santa. El precedente de la primera cruza­da permitió que la segunda llamada general a las armas tuviera una acogida entusiástica. En diciembre de 1144, el condotieroturco Zengui, señor de Mosul y Alepo (1128-1146), conquistoEdesa, pasando a cuchillo a la población franca. Como res­puesta, el papa Eugenio III (1145-1153) convocó una nueva cruzada por medio de una bula (esto es, una circular, llamada bula por el sello o bulla que llevaba), que enumeraba las haza­ñas de 1096-1099 y especificaba los privilegios a los que se ha­cía acreedor todo aquel que tomara la cruz. A diferencia de Ur­bano II, Eugenio III se esforzó en reclutar a grandes monarcas, como Luis VII de Francia (1137-1180) y Conrado III de Germania (1138-1152). La tarea de reclutamiento recayó sobre todo en el abad Bernardo de Claraval (1090-1153), el máximo propagandista eclesiástico y espiritual de esta generación, que efectuó una gira de predicación muy eficaz por Francia, Flandes y Renania en 1146-1147. El mensaje de intolerancia de Ber­nardo para con los enemigos de Cristo dio lugar a nuevos actos de violencia anti judía en Renania, aunque astutamente se echó la culpa de ellos a un monje desmandado llamado Rodolfo. Al tiempo que el papa autorizaba una serie de cruzadas aparte en España, Bernardo permitía a unos cuantos nobles sajones des­contentos conmutar su voto de ir a Tierra Santa por luchar en la frontera germano-eslava del Báltico, y así lo hicieron sin dema­siado éxito ni seguimiento en el verano de 1147. De camino ha­cia Oriente por mar, un conspicuo grupo de hombres reclutados en Frisia (provincia del nordeste de Alemania, a orillas del mar del Norte), Renania, Flandes, el norte de Francia e Inglaterra, ayudó al rey de Portugal Alfonso Henriques (1139-1185) a con­quistar Lisboa a los moros (24 de octubre de 1147), tras un bru­tal asedio de cuatro meses de duración. Algunos se quedaron allí para colonizar la región, pero la mayoría se embarcó rumbo al Mediterráneo la primavera siguiente, y si bien una parte encon­tró ocupación en el sitio de Tortosa, en España, el grueso de la expedición llegó a Tierra Santa.

EUGENIO III

Allí se reunieron con lo que quedaba de los grandes ejér­citos germanos y franceses que habían hecho el viaje por tierra. Éstos llegaron casi al mismo tiempo a Constantinopla en septiembre y octubre de 1147, tras seguir la ruta terrestre por Europa central, y las dos huestes habían sido derrotadas por las tropas turcas en Asia Menor. El numeroso contingente germano fue diez­mado cerca de Dorylaeum en el mes de octubre, y su rey Con­rado estuvo a punto de caer prisionero, aunque logró escapar herido. Los franceses, que previamente habían rechazado la oferta de trasladarse por mar que les había hecho el rey Rugiero II de Sicilia, aunque quedaron maltrechos en la zona occi­dental de Asia Menor en el invierno de 1147-1148, lograron llegar al puerto de Adalia, donde el rey Luis VII abandonó su infantería y se dirigió en barco a Siria con una hueste de oficia­les y pocos soldados. La posterior campaña en Tierra Santa su­puso un fracaso rotundo. Conrado III consiguió reconstruir una especie de ejército con los cruzados que habían hecho el viaje por mar desde Lisboa. Junto con Luis VII y el rey de Jerusalén, Balduino III (1143-1163), encabezó un ataque contra Damas­co (23-28 de julio de 1148), que acabó en una retirada forzosa a toda prisa debido a la falta de recursos de los cristianos para llevar a cabo un asedio prolongado y para protegerse de las tro­pas de refresco musulmanas. El desastre dio a lugar a duras re­criminaciones y acusaciones de traición que escandalizaron Oc­cidente, arrojando una densa sombra de duda sobre la idea misma de llevar a cabo semejantes expediciones.

 LA TERCERA CRUZADA, 1188-1192

Las cuatro décadas que siguieron al fallido ataque contra Da­masco de 1148 fueron testigo de una lenta erosión de la posi­ción estratégica de Ultramar. La unificación de Siria al mando del hijo de Zengui, Nur al-Din de Alepo (1146-1174), la con­quista de Egipto por un general suyo, el mercenario kurdo Shir-kuh (1168-1169), y la creación de un imperio siro-egipcio por el sobrino de éste, Saladino (1169-1193), hicieron que en 1186 los estados de Ultramar se vieran rodeados por el enemigo. La retórica de esta nueva potencia musulmana bien cohesionada hizo mucho hincapié en la idea de yihad o guerra contra los in­fieles. Todo ello coincidió con la debilidad financiera de Ultra­mar, la falta de ayuda occidental y la ausencia de un heredero para el reino de Jerusalén, circunstancias que dieron lugar a su debilitamiento y a la inestabilidad política. La sucesión al trono recayó, uno tras otro, en un posible bígamo (Amalarico, 1163-1174), un leproso (Balduino IV, 1174-1185), un niño (Balduino V, 1185-1186), una mujer (Sibila, 1186-1190), y su marido, Guido (1186-1192), un individuo arribista e impopular. El 4 de julio de 1187, Saladino aniquiló el ejército de Jerusalén en la ba­talla de Hattin, en Galilea. Al cabo de un año, casi todos los puertos y castillos francos se habían rendido o habían sido con­quistados; Jerusalén cayó el 2 de octubre de 1187. La resistencia quedó reducida prácticamente a Tiro, Trípoli y Antioquía.

La reacción en Occidente fue masiva. En marzo de 1188, los reyes tic Alemania, Francia e Inglaterra tomaron la cruz jun­to con muchos de sus nobles más importantes. El rey Guiller­mo II de Sicilia había enviado ya una armada a Oriente. La prédica y el reclutamiento habían dado comienzo y se habían desarrollado cuidadosamente las estrategias de la campaña. En Francia y las Islas Británicas se había creado un impuesto so­bre los beneficios, el llamado «diezmo de Saladino». En 1189, el rey Guido de Jerusalén, recién liberado del cautiverio de Sa­ladino, puso sitio al puerto de Acre, de importancia vital para su reino. Durante los dos años siguientes, ése sería el princi­pal objetivo de las actividades militares cristianas. El mismo año empezaron a llegar flotas procedentes del norte de Europa. En mayo de 1189, Federico Barbarroja, rey de Alemania y titular del Sacro Imperio Romano, emprendió la marcha al frente de un ejército compuesto, según se dice, por cien mil hombres. Tras abrirse camino por el caduco Imperio bizantino y el territorio hostil de la Anatolia turca, la cruzada de Federico acabó trági­camente cuando el soberano se ahogó al intentar cruzar el río Saleph, en Cilicia, el 10 de junio de 1190. Desmoralizada, su gigantesca hueste se desintegró, cuando estaba a punto de lle­gar a Acre.

Aunque los contingentes ingleses y franceses empezaron a embarcarse en dirección a Oriente en 1189, sus reyes no lo hi­cieron hasta 1190, retrasada su partida debido a las luchas polí­ticas por la sucesión de Enrique II de Inglaterra (muerto en julio de 1189). Dada la delicada relación que suponía el hecho de que el monarca inglés poseyera extensos territorios como va­sallo de la Corona francesa, el rey Felipe II de Francia (1180-1223) y el nuevo monarca inglés, Ricardo I (1189-1199), de­cidieron hacer el viaje juntos. La habilidad de Ricardo I como general y administrador de hombres, naves y materiales, así como sus enormes reservas de dinero en metálico le otorgaron rápidamente un papel de protagonista en la cruzada. Sin que las revueltas y matanzas de judíos que se desataron en algunas ciudades inglesas, particularmente en York, en 1189-1190 lograran apartarlos de su objetivo, los reyes zarparon en julio de 1190 y llegaron en septiembre a la cita concertada en Messina, Sicilia, donde pasaron el invierno. Mientras que Felipe zarpó en mar­zo de 1191 rumbo aAcre, donde llegó el 20 de abril, los vien­tos desviaron las fuerzas de Ricardo I, más numerosas, hacia Chipre. Debido al mal trato que dispensó a algunos elementos de su ejército el príncipe griego independiente de la isla, Ricar­do I aprovechó la ocasión para conquistarla en el curso de una campaña relámpago en el mes de mayo. Chipre seguiría en ma­>nos cristianas hasta 1571. Ricardo llegó por fin a Acre el 6 de junio de 1191. Al cabo de otras seis semanas de duros ataques, la ciudad se rindió el 12 de julio. El 31 de ese mismo mes, Feli­pe II abandonó la cruzada, alegando encontrarse enfermo y que asuntos urgentes lo reclamaban en su reino, pero indudable­mente incómodo por la hegemonía de Ricardo I. La mayor par­te de sus seguidores hicieron saber qué pensaban de su decisión quedándose en Tierra Santa. Tras ejecutar a cientos de prisio­neros musulmanes en su impaciencia ante las evasivas de Saladino a la hora de poner en práctica el tratado de rendición de Acre, Ricardo I emprendió la marcha hacia el sur, con destino a Jerusalén, el 22 de agosto.

RICARDO I

La guerra de Palestina de 1191-1192 giró en torno a la cues­tión de la seguridad. Como ninguno de los bandos logró obtener una victoria contundente, la única solución estaba en alcanzar un acuerdo político sostenible. Ricardo I utilizó la fuerza para in­tentar amedrentar a Saladino y obligarlo a restaurar el reino de Jerusalén anterior al desastre de 1187. Si la diplomacia triunfa­ba, las batallas y los asedios serían innecesarios. El conflicto se prolongó porque ningún bando consiguió obtener la ventaja mi­litar suficiente para convencer a la otra parte de que debía hacer concesiones aceptables. El 7 de septiembre de 1191, Ricardo re­pelió el intento de Saladino de hacer retroceder a los cruzados hasta el mar en la batalla de Arsuf, el episodio más notable de la campaña. En dos ocasiones Ricardo avanzó con sus tropas hasta llegar a apenas veinte kilómetros de Jerusalén (enero y junio-julio de 1192), para retirarse las dos veces alegando que no tenía hombres suficientes para tomar la ciudad ni para retenerla. Fue­ron decisiones prudentes, pero que se contradecían con el mo­tivo primordial de su presencia en el sur de Palestina. Mientras que Saladino era incapaz de conquistar el importante puerto de Jaffa a finales de julio de 1192 y Ricardo I no lograba desarro­llar un plan para atacar la base de poder de su adversario en Egipto, se llegó a una situación de empate militar que obligó a adoptar una solución diplomática. Las negociaciones fueron muy tortuosas. Saladino se negaba a admitir cualquier sugerencia de imponer una autoridad formal cristiana en Jerusalén, pero por otra parte estaba dispuesto a aceptar hasta cierto punto una división de Palestina. El tratado de Jaffa (2 de septiembre de 1192) deja­ba a los francos el control de la costa desde Acre hasta Jaffa y per­mitía el acceso de los peregrinos a Jerusalén y la libertad de mo­vimientos entre los territorios musulmanes y cristianos. Enfermo y deseoso de regresar a Inglaterra, Ricardo I zarpó del puerto de Acre el 9 de octubre. Curiosamente, Saladino murió menos de seis meses después (4 de marzo de 1193).

SALADINO

Aunque no se logró la reconquista de Jerusalén, la tercera cruzada determinó el modelo de las posteriores campañas en Oriente. En adelante, los apoyos al reino reconstituido de Je­rusalén, que pervivió hasta 1291, vendrían exclusivamente por mar. Chipre se convertiría en un nuevo socio valiosísimo para las colonias francas del continente. La diplomacia y las treguas entre musulmanes y cristianos se convertirían en la práctica ha­bitual. El dominio de Egipto asumiría un lugar relevante en los planes estratégicos de Occidente. La predicación de la cruzada y el reclutamiento para participar en ella se profesionalizarían cada vez más, y se encargaron de su financiación los gobiernos ola propia Iglesia a través de los impuestos. Una teología más precisa de la violencia establecía con mayor exactitud los privi­legios y obligaciones de los cruzados. Tras los fracasos de 1191-1192, incluso el interés primordial por Jerusalén decayó, el iter Jerosolymitanum  (el viaje a Jerusalén)   quedo  reducido al negotium terrae sanctae (el negocio de Tierra Santa)  o  santo negocio.

     LA CUARTA CRUZADA, 1198-1204

La estrecha franja de la costa palestina que la tercera cruzada devolvió a dominio cristiano resultó una base viable desde el punto de vista comercial para el reino nuevamente establecido, aunque en versión reducida, de Jerusalén durante todo el siglo siguiente, si bien la Ciudad Santa propiamente dicha sólo vol­vió a estar en manos de los cristianos entre 1229 y 1244. Tras recuperar buena parte de la costa durante la última década del siglo XII, los francos encontraron su salvación en una serie de treguas con los herederos de Saladino en Egipto y Siria. Hasta mediados del siglo XIII, la ayuda de Occidente llegó en bue­na medida en su propio interés más que como respuesta a una crisis específica. La convocatoria de la cuarta cruzada dependió del papa Inocencio III (1198-1216), que consideraba a todos los cristianos obligados hasta cierto punto a llevar a cabo la guerra del Señor. Eso era lo que promovía Inocencio III como un ele­mento más de la vida devota de Occidente a través de la predi­cación y la liturgia. Entusiasta de las guerras de la Cruz contra las diversas amenazas de la Iglesia que creía ver en el mundo, Inocen­cio III consideraba la recuperación de Tierra Santa un objetivo fundamental y urgente. Una de las primeras cosas que hizo en su pontificado fue convocar una nueva expedición a Oriente en agosto de 1198.

En 1201 había respondido a la llamada de Inocencio III un grupo de poderosos señores del norte de Francia, entre ellos el conde Balduino de Flandes, quienes nombraron capitán a un noble del norte de Italia muy bien relacionado, el marqués Bo­nifacio de Monferrato, cuya familia tenía una larga tradición de intervenciones directas en el Mediterráneo oriental. Se eligió como meta de la expedición Egipto. La ausencia de reyes impedía a los cruzados disponer de impuestos y armadas nacionales, y los obligó a buscar medios de transporte en Venecia. Por desgracia, el acuerdo alcanzado con los venecianos con templaba un numero exageradamente grande de cruzados y el pago de un precio en consonancia con él. En el verano de 1202 quedo patente que los cruzados, reunidos en Venecia, no podían allegar la suma acordada. Además de suministrar cincuen­ta navíos de guerra, los venecianos habían comprometido bue­na parte de su flota y por consiguiente de sus ingresos anuales para emprender la cruzada. Desde un punto de vista realista, no podían ni abandonar la empresa ni cancelar la deuda. Como so­lución de compromiso, el dux Enrico Dándolo (muerto en 1205) propuso una moratoria del pago a cambio de la ayuda de los cruzados en la conquista del puerto de Zara, en Dalmacia, aun­que se trataba de una ciudad cristiana perteneciente a un cruzado, el rey Emerico de Hungría. A pesar de su evidente disgusto y de la desaprobación del papa, los cruzados no tenían prácticamente ninguna otra opción si querían realizar su obje­tivo. Zara cayó en manos de las tropas cruzadas vénetas el 24 de noviembre de 1202.

Para entonces, algunos elementos de la cruzada y las auto­ridades venecianas estaban pensando en desviarse de nuevo, en esta ocasión a Constantinopla, para apoyar a Alejo Ángelo, hijo del depuesto emperador bizantino Isaac II (1185-1195). El jo­ven Alejo prometió sufragar el ataque de los cruzados contra Egipto si le ayudaban a arrebatar el trono de Bizancio al usur­pador Alejo III (1195-1203), su tío. Muchos cruzados encon­traron el plan poco de su agrado y optaron por retirarse, pero sus dirigentes y el grueso del ejército se embarcaron con el jo­ven Alejo y los venecianos rumbo a Constantinopla, donde llegaron en junio de 1203. Un mes más tarde, emprendieron un ataque anfibio contra la ciudad que persuadió a Alejo III de la conveniencia de huir, permitiendo la restauración de Isaac II y su hijo, ya Alejo IV, como coemperador. La dependencia de estos respecto de aquellos, burdos  occidentales les enajenó el favor de la población griega, y su incapacidad de cumplir la promesa efectuada por Alejo de sufragar su empresa y prestar­les ayuda socavó el apoyo recibido de los cruzados. En enero de 1204, padre e hijo fueron depuestos, asesinados y sustitui­dos por Alejo V Ducas Murzuflo, que emprendió una serie de maniobras hostiles contra los cruzados. Al tener que enfren­tarse a una crisis por su supervivencia, los líderes occidentales decidieron imponer su voluntad a los griegos, y acordaron en marzo de 1204 conquistar y repartirse el Imperio bizantino. El 12-13 de abril de ese mismo año, los cruzados abrieron una brecha en las murallas de la ciudad. Alejo V huyó, y los occi­dentales, victoriosos, se lanzaron al pillaje durante tres días. Aunque probablemente haya sido exagerada, la memoria de esta atrocidad ha sobrevivido al paso de los siglos como ejem­plo de infamia. Al cabo de unas semanas, había sido nombra­do un emperador latino, Balduino de Flandes, y había dado comienzo la anexión territorial del Imperio griego. Un año más tarde, las esperanzas de continuar la cruzada en Egipto fueron abandonadas. El Imperio latino de Constantinopla pervivió hasta 1261; la ocupación de algunas partes de Grecia por los occidentales duraría siglos. La precariedad de algunas de las zonas conquistadas por los francos en Grecia desembocó en la convocatoria de cruzadas contra los griegos desde 1231 hasta bien entrado el siglo XIV.

La conquista de Constantinopla no fue un accidente; ya ha­bían pensado en ella todas las grandes expediciones desde 1147. Los sucesivos papas habían proclamado su disgusto por el he­cho de que los griegos no contribuyeran a reconquistar Tierra Santa. En las circunstancias reinantes en 1202-1203, la conquis­ta de la ciudad parecía viable; en la primavera de 1204 era ne­cesaria. Sin embargo, nunca fue el objetivo último de la cruza­da, y para Venecia supuso un nuevo punto de partida hacia un imperialismo territorial, no sólo comercial. Este desvío de los planes primitivos fue fruto de consideraciones políticas, no de una conspiración, y sus motivaciones, una mezcla del pragma­tismo, el idealismo y el oportunismo que caracterizaron todas las demás guerras de la Cruz.

ASEDIO DE CONSTANTINOPLA

LA QUINTA CRUZADA, 1213-1229

En mayor medida que las anteriores, la quinta cruzada reflejó la institucionalización de este tipo de campañas en la sociedad cristiana tal como las concebía Inocencio III. En el contexto de un proceso más general de evangelización semipermanente, la participación en una cruzada constituía una manifestación de regeneración cristiana. La bula pontificia Quia maior (1213) que convocó la nueva campaña de Oriente, ampliaba la concesión de la remisión de los pecados, las indulgencias, a los que envia­ran a un sustituto en su nombre o suministraran una cantidad de dinero proporcional por la remisión de su voto. En 1215, el IV Concilio de Letrán de la Iglesia romana autorizó el cobro de impuestos a todo el clero con el fin de apoyar la causa. Una cam­paña masiva y cuidadosamente orquestada de reclutamiento, propaganda y financiación dio lugar a una serie de expediciones a Oriente entre 1217 y 1229. El grueso de los reclutas procedía de Alemania, Europa central, Italia y las Islas Británicas, y no de Francia, corazón tradicionalmente de los participantes en las Cruzadas. Aunque el desembarco de los primeros contingentes llegados en 1217-1218 —entre otros el capitaneado por el rey Andrés de Hungría (1205-1235)— tuviera lugar en Acre, el objetivo fundamental de las operaciones militares se centró en Egipto, cuando en 1218 los cruzados atacaron Damieta, puer­to situado en la parte oriental del delta del Nilo. La ciudad cayó en noviembre de 1219 tras un difícil y costoso asedio. La pro­puesta egipcia de cambiar Damieta por Jerusalén fue rechazada y considerada inapropiada e impracticable por un grupo enca­bezado por el cardenal legado Pelagio, a quien el control del di­nero confería una autoridad especial dentro del ejército cruzado.

 CRUZADOS ATACAN DAMIETA

el siglo XIII

Después de 1229,  las Cruzadas a Oriente   pasaron  del pragma­tismo al optimismo y finalmente a la desesperación. Las treguas con los vecinos musulmanes rivales siguieron manteniendo con vida los principados francos en Ultramar hasta que llegaron al poder en Egipto los belicosos sultanes mamelucos, pertenecien­tes a una casta profesional de guerreros turcos de condición ser­vil, que sustituyeron a los herederos de Saladino hacia 1250. I ,a alianza de los francos con los mongoles, que invadieron Siria a finales de esa misma década, seguida de la derrota de los mon­goles por los mamelucos y su retirada de la región en 1260, los dejó en una situación muy vulnerable frente al nuevo sultán de Egipto, Baibars (1260-1277), empeñado en acabar con los asentamientos cristianos. Las sucesivas expediciones occidentales, capitaneadas poruña serie de grandes nobles (el conde de Champaña en 1239, el conde de Cornualles en 1240 y lord Eduardo, el futuro Eduardo I de Inglaterra, en 1271) no consiguieron más que alguna ventaja temporal o algún pequeño respiro. Ciertos monarcas, como los reyes de Francia y Aragón, enviaron de vez en cuando flotillas de ayuda o establecieron guarniciones modestas en Acre. A pesar de la incesante popularidad de las Cruzadaz como ideal y como actividad, entre 1229 y la pérdida definitiva de las últimas posesiones cristianas en Siria y Palestina en 1291, sólo una campaña internacional importante llegó al Mediterraneo oriental, la cruzada de Luis IX de Francia, 1248-1254.

La cruzada de Luis IX fue la mejor preparada, la que  contó con una financiación más generosa y la que fue planeada con más meticulosidad. Fue también una de las más desastrosas: su   fracaso  fue comparable a su ambición. Luis IX pretendía conquistar Egipto y modificar el equilibrio de poder en Oriente próximo. Tomó la cruz en diciembre de 1244 y pasó los tres años siguientes reuniendo un ejército de unos quince mil hombres y un tesoro de más de un millón de libras, y acaparando alimentos y pertrechos que almacenó en Chipre, donde llegó a finales delverano de 1248. La primavera siguiente, con el apoyo de los francos de Ultramar, Luis IX invadió Egipto, desde la con­quista de Damieta el mismo día que desembarcó (5 de junio de 1249). El ataque del interior del país comenzó el 20 de no­viembre, pero las acciones quedaron estancadas en el delta del Nilo durante más de dos meses. Tras el duro combate librado el 7 de febrero de 1250 a las afueras de Mansourah, cuyo resul­tado fue indeciso, el ejército de Luis IX no fue capaz de realizar nuevos progresos y quedó aislado de su base de Damieta. La re­tirada iniciada a primeros de abril se convirtió en una derrota en toda regla, pues el ejército cristiano quedó deshecho por las en­fermedades, el cansancio y la superioridad del enemigo. El pro­pio monarca, aquejado de una grave disentería, fue hecho pri­sionero y posteriormente liberado a cambio de la devolución de Damieta y el pago de un altísimo rescate. Impresionado por lo que consideraba un castigo divino, Luis IX se quedó en Tierra Santa hasta 1254 reforzando las defensas (las de Cesárea pue­den admirarse incluso hoy día) y apuntalando las relaciones di­plomáticas de los asentamientos de Ultramar con sus vecinos. Pero aparte de acrisolar su fama de piadoso, con su permanen­cia en Oriente no logró cambiar el funesto veredicto de 1250. La cruzada mejor organizada fracasó estrepitosamente.

A raíz de la derrota de los mongoles en 1260, Baibars de Egipto y sus sucesores Qalawun (1279-1290) y al-Ashraf Kha-lil (1290-1293) se dedicaron a desmembrar sistemáticamente lo que quedaba de las posesiones de los francos en Siria y Palesti­na. Antioquía cayó en 1268, Trípoli en 1289 y, por último, tras una heroica e inútil defensa, cayó Acre en 1291, tras lo cual el resto de las avanzadillas cristianas fueron evacuadas sin oponer ulterior resistencia. Para asegurarse de que los francos no vol­vieran nunca, los sultanes asolaron los puertos que cayeron en sus manos. Occidente vio esta catástrofe con alarma, preocupa­ción e impotencia. Las rivalidades políticas, las apremiantes exigencias locales y una evaluación más realista de las propor­ciones que exigía la operación contribuyeron a que fracasara la Organización de una respuesta militar adecuada. La nueva expedición a oriente proyectada por Luis IX en 1270, si bien tenía como meta Egipto, no llegó más allá de Túnez. En esta ciudad  murió Luis IX el 25 de agosto de 1270 y la mayor parte de sus seguidores regresaron a Francia. No obstante, tras la pérdida definitiva de Acre en 1291, durante todo el siglo XIV siguieron luciéndose planes y se llevaron a cabo incursiones en Levan, hasta que se produjo la nueva amenaza de los turcos otoma­nos en los Balcanes y el Egeo aproximadamente en 1350 y de nuevo a mediados del siglo XV, circunstancia que obligó a cam­biar el objetivo primordial de la guerra santa.

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