La
Toma de Refugio y La Recepción de los Preceptos
Bhikkhu Bodhi
La palabra pali para designar la disciplina ética,
sîla, tiene tres niveles de
significado: (1) virtud interior, es decir, dotación de cualidades tales
como benevolencia,
contentamiento, simplicidad, veracidad, paciencia, etc.; (2) acciones
virtuosas del cuerpo y del habla que expresan externamente dichas
virtudes
internas; (3) reglas de conducta que gobiernan las acciones del cuerpo y
del habla
designadas para ser armonizadas con los ideales éticos. Estos tres
niveles están
íntimamente interrelacionados y no siempre son distinguibles en casos
individuales. Pero si los aislamos, sîla como virtud interior puede
denominarse
como el propósito de practicar la disciplina ética, sîla como acciones
purificadas de
cuerpo y habla son la manifestación de dicho propósito, y sîla como
reglas de
conducta son los medios sistemáticos para actualizar el propósito. Así
pues, sîla
como virtud interior se establece situando nuestras acciones corporales y
verbales
en acuerdo con los ideales éticos, y esto se realiza siguiendo reglas de
conducta
creadas para dar a dichos ideales una forma concreta.
Los textos del BudaDharma explican que sîla
tiene la característica de
armonizar nuestras acciones de cuerpo y habla. Sîla armoniza nuestras
acciones
poniéndolas en acuerdo con nuestros verdaderos intereses, con el
bienestar de los
otros y con las leyes del universo. Las acciones contrarias a sîla
conducen a un
estado de autodivisión marcado por la culpa, la ansiedad y el
remordimiento. Pero
la observancia de los principios de sîla sana esta división, haciendo
converger
nuestras facultades internas en un estado de unidad equilibrado y
centrado. Sîla
también produce la armonía con los demás. Mientras que las acciones
realizadas
sin considerar los principios éticos conducen a relaciones infundidas
por la
competitividad, explotación y agresión, las acciones que encarnan tales
principios
promueven la concordia entre seres humanos --paz, cooperación y respeto
mutuo.
La armonía realizada por el mantenimiento de sîla no se detiene en un
nivel social,
sino que conduce nuestras acciones en armonía con una ley más elevada
--la ley del
karma, de la acción y su fruto, que reina de modo invisible tras la
totalidad del
mundo de la existencia sensible.
La necesidad de interiorizar la virtud ética
como el fundamento del
sendero, se traduce en un conjunto de preceptos establecidos como líneas
rectoras
de una conducta positiva. El conjunto más básico de preceptos
encontrado en la
enseñanza del Buda es el panchasîla, los cinco preceptos, consistentes
en los
siguientes cinco principios de práctica:
(1) El principio de práctica de abstenerse de
quitar la vida.
(2) El principio de práctica de abstenerse de
tomar lo que no ha sido dado.
(3) El principio de práctica de abstenerse de
una conducta sexual desviada.
(4) El principio de práctica de abstenerse de
hablar falsamente.
(5) El principio de práctica de abstenerse de
sustancias embriagantes que son la base
para la negligencia.
Estos cinco preceptos son el código ético mínimo
vinculado al laicado del Buda Dharma.
Son administrados regularmente por los monjes a los discípulos laicos en
cada ritual y ceremonia, inmediatamente después de dar los tres
refugios. También son renovados
cada día por practicantes serios como parte de su recitación diaria.
Los preceptos funcionan como el corazón de la
práctica de la disciplina ética. Tienen
el propósito de producir, a través de una práctica metódica, la pureza
interior de voluntad y motivación que se expresa como conducta corporal
y verbal virtuosa. Por ello, el término
equivalente para precepto es sikkhapada, que
significa literalmente ``principio de práctica'', es decir, un factor de
práctica en la disciplina ética.
Sin embargo, la formulación de la virtud ética en términos de
reglas de conducta se topa con una objeción que refleja una actitud que
se está volviendo cada vez más
extendida. Esta objeción, suscitada por el generalista ético,
cuestiona la necesidad de encerrar la ética en el molde de normas específicas.
Se afirma que simplemente basta con
tener buenas intenciones y dejarnos guiar por
nuestra intuición sobre lo que es correcto y equivocado. Someterse a
normas de conducta sería cuanto
menos superfluo y en el peor de los casos, conduciría a una concepción encorsetada de la moralidad, a un sistema ético
constrictivo y legalista.
La réplica del BudaDharma es que,
admitiendo que la virtud ética no podría
equipararse lisa y llanamente con ningún conjunto de normas, o con una
conducta externa que acata las normas, sin embargo, las normas tienen
el valor de ayudar al desarrollo de
la virtud interior. Sólo unos pocos individuos excepcionales pueden
alterar las complicaciones de sus vidas con un mero acto de voluntad. La
inmensa mayoría de los seres
humanos han de proceder más despacio, con la ayuda de un
conjunto de hitos que les ayude gradualmente a cruzar las ásperas
corrientes de la avidez, la aversión y la ignorancia. Si el proceso de
autotransformación
que es el corazón del sendero del
Buda comienza con la disciplina ética, entonces la
manifestación concreta de esta disciplina reside en las líneas de
conducta representada por los cinco
preceptos, que requieren nuestra adhesión como medios
hábiles de autotransformación. Los preceptos no son mandatos
impuestos desde fuera, sino
principios de práctica que cada ser humano toma sobre sí mismo a
través de su propia iniciativa y se esfuerza en seguirlos con conciencia
y comprensión. Las fórmulas de
los preceptos no dicen: ``Debes abstenerte de esto o
aquello'', sino que dicen: ``Me comprometo con el principio de práctica
de abstenerme de tomar la vida, etc.''. Aquí, el énfasis se sitúa, al igual
que a través de todo el sendero,
sobre la autoresponsabilidad.
Los preceptos generan disposiciones virtuosas
mediante un proceso que implica la
sustitución de los opuestos. Todas las acciones inhibidas por los
preceptos --matar,
robar, adulterio, etc. están motivadas por factores mentales
perjudiciales
denominados en la terminología del Dharma como ``contaminaciones'' (kilesa).
Al involucrarnos
en dichas acciones consciente y voluntariamente, reforzamos el
aferramiento de las contaminaciones sobre la mente hasta el punto de
convertirlas
en nuestros rasgos dominantes. Pero cuando asumimos la práctica de la
observancia de los preceptos ponemos freno a la corriente de los factores
mentales
perjudiciales. En ese momento tiene lugar el proceso de ``sustitución de
factores'',
por el que las contaminaciones son reemplazadas por estados saludables
que arraigan
de un modo más profundo a medida que proseguimos la práctica.
En este proceso de autotransformación, los
preceptos extraen su eficacia de otro
principio psicológico: la ley del desarrollo mediante la repetición. A
pesar de que
al comienzo una práctica suscite cierta resistencia interna, si es
repetida una y otra
vez con comprensión y determinación, las cualidades que pone en juego
pasan imperceptiblemente
a la constitución de la mente. En general comenzamos
aferrados a las actitudes negativas, impulsados por emociones torpes.
Pero si
observamos que tales estados conducen al sufrimiento y que para liberarse
del sufrimiento
debemos abandonarlos, entonces tendremos la suficiente motivación
en asumir la práctica indicada para contrarrestarlos. Esta práctica
comienza con la
observancia externa de sîla, para proceder después a la interiorización
del auto
control a través de la meditación y la sabiduría. Al principio, el
mantenimiento de
los preceptos puede requerir un esfuerzo especial, pero gradualmente las
cualidades virtuosas que encarnan ganarán fuerza hasta que nuestras
acciones
fluyan a partir de ellos de un modo tan natural y suave como el agua de
una fuente.
Los cinco preceptos son formulados en acuerdo
con el algoritmo ético de colocarse
uno mismo como criterio para determinar cómo actuar en relación con los
demás.
En pali el principio se expresa mediante la frase attanam upamam katva:
``Considerate a ti mismo como semejante a los demás y a los demás como
semejantes a ti mismo''. El método de aplicación consiste en un
sencillo
intercambio imaginativo de uno mismo y los demás. Con el propósito de
decidir si
seguir o no una línea de acción particular, nos tomamos a nosotros
mismos como
modelo y consideramos qué podría ser placentero y doloroso para
nosotros
mismos. Después reflexionamos que los demás son básicamente semejantes
a nosotros,
y así, lo que es placentero y doloroso para nosotros es también placentero
y doloroso para ellos. Así como no querríamos que los demás nos
causasen daño,
igualmente no deberíamos causar daño a otros. Tal y como explica el
Buda:
``En este asunto el noble discípulo
reflexiona: `Aquí estoy, afectuoso de mi vida, no
deseando morir, afecto al placer y adverso al dolor. Supongamos que
alguien
quisiera quitarme la vida, esto no sería algo placentero o gozoso para mí.
Si yo, a
su vez, fuese a quitar la vida a otro afectuoso de su vida, que no desea
morir,
alguien afecto al placer y adverso al dolor, no sería cosa placentera o
gozosa para
él. Pues este estado que no es placentero o gozoso para mí no debe ser
placentero o
gozoso para otro: y un estado no querido y no placentero para mí, ¿cómo
podría yo
causarlo a otro?' Como resultado de tal reflexión se abstiene de quitar
la vida de
las criaturas y anima a otros a abstenerse, y habla elogiosamente de tal
abstención''.
Samyuttanikaya,
55, nº 7.
Este método deductivo es utilizado por el
Buda para derivar los cuatro primeros
preceptos. El quinto precepto, abstenerse de sustancias embriagantes, da
la impresión
de que tiene relación únicamente con uno mismo, con lo que introduzco
en mi cuerpo. Sin embargo, dado que la violación de este precepto puede
conducir
a la violación de todos los demás preceptos y dañar ulteriormente a
terceros, sus
implicaciones sociales son más profundas de lo que parece evidente a
primera
vista, situándose así en línea con el mismo método de derivación.
La ética del BudaDharma, tal y como es
formulada en los cinco preceptos, a veces
es acusada de ser completamente negativa. Es criticada en base a que es
una ética
únicamente de evitación carente de cualquier ideal de acción positiva.
Frente a
dicha crítica pueden darse algunas líneas de réplica. En primer lugar,
ha de subrayarse
que los cinco preceptos, e incluso los códigos de preceptos más
extensos promulgados por el Buda, no agotan la totalidad del ámbito de
la ética del
BudaDharma. Los preceptos son únicamente el código más rudimentario
de la práctica
ética, pues el Buda también propone otros principios éticos que inculcan
virtudes positivas muy precisas. Por ejemplo, el Mangala sutta recomienda
humildad, contentamiento, gratitud, paciencia, generosidad, etc. Otros
discursos
prescriben una familia numerosa, deberes sociales y políticos que
establecen el
bienestar de la sociedad, y tras estos deberes subyacen las cuatro
actitudes
emocionales denominadas ``inconmensurables'' --amor, compasión, alegría
altruista
y ecuanimidad.
Retornando a los cinco preceptos, diremos
ahora algunas palabras en defensa de su formulación negativa. Cada principio ético
incluido en los preceptos contiene dos
aspectos, uno negativo, que es un principio de abstinencia, y otro
positivo, que es
una virtud para ser cultivada. Estos aspectos se llaman respectivamente,
varitta
(evitación) y caritta (realización positiva). Así pues, el primer
precepto es
formulado como una abstención de destruir la vida, el cual es en sí
mismo varitta, un principio de abstinencia. Pero en correspondencia con éste,
también
encontramos en las descripciones de la práctica de este precepto un
caritta, una
cualidad positiva para ser desarrollada, que es la compasión. Así, en
los sutras se
dice: ``El discípulo, absteniéndose de quitar la vida, mora sin bastón
o espada,
consciente, lleno de simpatía, deseoso de beneficiar a todos los
seres''. De modo
que, junto al aspecto negativo de abstenerse de quitar la vida se halla
el aspecto
positivo de desarrollo de la compasión y simpatía hacia todos los
seres.
Igualmente, la abstinencia de tomar lo que no ha sido dado se empareja
con la
honestidad y el contentamiento, la abstinencia de conducta sexual
desviada se
corresponde con la fidelidad matrimonial en el caso de los laicos y con
el celibato
en el de los monjes, la abstinencia de hablar falsamente se corresponde
con hablar
la verdad y la abstinencia de sustancias embriagantes se empareja con la
vigilancia.
Sin embargo, a pesar de reconocer este doble
aspecto, se podría suscitar otra duda:
si hay dos aspectos para cada principio ético, ¿por qué se describe únicamente
como una abstinencia? ¿Por qué no comprometerse también con principios
de práctica
que desarrollen virtudes positivas como la compasión, honestidad y otras?
La respuesta es doble. Primero, con el objeto
de desarrollar las virtudes positivas
tenemos que comenzar por abstenernos de las cualidades negativas que se
oponen
a las primeras. El crecimiento de las virtudes positivas quedaría
atrofiado o
deformado mientras las contaminaciones sigan imperando sin ser
reconocidas. No
podemos cultivar la compasión mientras al mismo tiempo permitimos el
matar, o
cultivar la honestidad mientras seguimos robando y haciendo fraude. Desde
el primer
momento tenemos que abandonar lo perjudicial mediante el aspecto de
evitación. Sólo cuando hayamos asegurado un fundamento en la evitación
de lo perjudicial
podremos esperar tener éxito en el cultivo de los factores de una
realización positiva. El proceso de purificación de la virtud puede
compararse al
crecimiento de un jardín de flores sobre una parcela de tierra sin
cultivar. No
comenzamos plantando las semillas a la espera de una maravillosa producción,
sino que debemos empezar con el insípido trabajo de quitar las malas
hierbas y
preparar los arriates. Sólo después de que hayamos arrancado las malas
hierbas y
nutrido el suelo podremos plantar las semillas con la confianza de que
las flores
crecerán saludablemente.
Otra razón de que los preceptos sean
formulados en términos de abstinencia es que
el desarrollo de virtudes positivas no puede ser prescrito mediante
reglas. Los
principios de práctica pueden regir lo que tenemos que evitar y realizar
en nuestras
acciones externas, pero sólo los ideales de aspiración y no las reglas
podrán guiar
lo que se desarrolla en nuestro interior. Así pues, no podríamos tomar
el principio
de práctica de ser siempre amoroso hacia los demás. Imponernos tal
regla sería
colocarnos en una doble atadura, pues las actitudes internas no son tan
simples ni
dóciles como para que puedan ser determinadas por decreto. El amor y la
compasión son los frutos de nuestro trabajo interior, no del
asentimiento a un precepto. Lo que sí podemos hacer es comprometernos con el
precepto de
abstenernos de destruir la vida y de dañar a otros seres. Después
podremos hacer la
declaración, preferiblemente sin demasiada ostentación, de desarrollar
la benevolencia
y aplicarnos al cultivo mental designado para nutrir su crecimiento.
Añadiremos algo más en lo concerniente a la
formulación de los preceptos. A pesar
de su estilo negativo, incluso con dicha forma los preceptos son
productores de
tremendos beneficios tanto para los demás como para uno mismo. El Buda
dice que
alguien que se abstenga de la destrucción de la vida otorga una seguridad
inconmensurable a incontables seres vivientes. El modo en que la sencilla
observancia de un solo precepto conduzca a tal resultado no es
inmediatamente
obvio, pero sugiere cierta reflexión. Ahora y por mí mismo, jamás podré
dar una
seguridad inconmensurable a otros seres mediante ningún programa de acción
positiva. Incluso si protestase contra todas las matanzas del mundo, o
marchase
contra la guerra continuamente sin detenerme, mediante tales acciones
nunca podría
frenar el sacrificio de animales o asegurar el fin de la guerra. Pero cuando
adopto por mí mismo el precepto de abstenerme de destruir la vida,
entonces en
base al precepto no destruyo la vida de ningún ser viviente
intencionadamente. Así,
cualquier otro ser puede sentirse seguro en mi presencia; todos los seres
están
seguros de que nunca recibirán daño de mí. Desde luego, incluso en ese
caso nunca
podré asegurar que otros seres vivientes estarán completamente inmunes
del daño
y del sufrimiento, pero esto se halla fuera de mi poder. Todo lo que
queda bajo mi
poder y la esfera de mi responsabilidad son las actitudes y acciones que
emanan de
mí mismo hacia los demás. Y mientras estas se hallen circunscritas por
el principio
de práctica de abstenerse de quitar la vida, ningún ser viviente
necesitará sentirse
amenazado en mi presencia, o temer algún daño o sufrimiento proveniente
de mí.
El mismo principio se aplica a los otros
preceptos. Cuando me comprometo con el
precepto de abstenerme de tomar lo que no me ha sido dado, nadie tiene
motivo
para temer que le robaré sus pertenencias; las pertenencias de los demás
están
seguras junto a mí. Cuando me comprometo con el precepto de abstenerme
de una
conducta sexual desviada, nadie tiene motivo para temer que trataré de
transgredirlo contra su esposa. Cuando me comprometo con el precepto de
abstenerme de hablar falsamente, entonces cualquiera que hable conmigo
puede tener
la confianza de que escucharán la verdad; mi palabra podrá ser considerada
como honrada y fiable incluso en asuntos de máxima importancia. Y dado
que me
comprometo con el precepto de abstenerme de sustancias embriagantes,
entonces
uno podrá estar seguro de que los crímenes y transgresiones que
resultan de la
embriaguez nunca serán cometidos por mí mismo. De este modo, mediante
la observancia
de los cinco preceptos doy una seguridad inconmensurable a
incontables seres, simplemente gracias a estas cinco silenciosas pero
poderosas
determinaciones establecidas en mi mente.