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Conducta vegetariana o, quizás mejor, herbívora
(Contiene algunas nociones sobre trofoterapia y apirotrofagia) 
El Iscariote era sujeto espiritado y escurrido de carnes; lo más probable es que ésa fuera la causa de que tuviera tanta afición a las señoras gordas o, al menos, gorditas. El Iscariote, cuando se cambió el nombre, arbitró una dieta natural a base de barro que, sobre pegarle las tripas y atascarle los conductos de la orina, le hizo bajar más de tres arrobas de peso. Cuando se percató de que, por ese camino, cascaba, se arregló el organismo (es un decir) a base de melón, en las combinaciones que prescribe la trofoterapia, a saber: con plátanos y nata, con higos y pan, con dátiles y uvas, con naranjas y miel, con ciruelas y peras, con mermeladas y azúcar, con queso tierno y pan, con boniatos asados, con arroz hervido y miel, con patatas hervidas y nata, con trigo hervido y miel, con granadas y kakis, con fresas y nísperos, con castañas asadas, con malta y pan tostado, y con cebollas asadas. Esto de la apirotrofagia, o arte de comer crudo, es maña que suele volver recelosas a las mujeres, porque piensan que lo que uno quiere es ahorrarse los cuartos. Al Iscariote, cuando empezó a ensayar la apirotrofagia, le fallaron un par de planes o tres, todos seguidos; ellas decían que por la peste de ajos del aliento, pero él, con buen sentido, sospechaba que era más bien porque no las quería llevar al cine, a respirar aire viciado. El Iscariote, en esta su etapa de alcalinización del organismo, evitó la ingestión de cadáveres (vaca, cerdo, cordero, conejo, aves, etc.), de momias (jamón, chorizo, salchichón, cecina, sobrasada, etc.) y de drogas (vinos, anisados y licores en general, cerveza, café, etc.) y, para ayudar al cuerpo y regalarse el gusto (que no están prohibidos los deleites cuando no estragan la salud), se preparaba muy selectos platos de apio con mandioca, de judías tiernas con calabaza, de espárragos con nueces, de naranjas con caldo de cebollas, de fresas con fideos, de berenjenas con tomate, de limón con pimientos, de melocotones con requesón y yema de huevo, de cerezas con arrope y ajos, etc., según las estaciones y las posibilidades del mercado. El Iscariote, a fuerza de vitaminas y privaciones (que todo hay que decirlo), se fue acostumbrando a vivir casi del aire y, para lo que comía, la verdad es que estaba de bastante buen ver. En Villafranca, una vez que se le apareció el demonio cuando regresaba, ya casi de noche, del melonar, lo espantó soltándole un regüeldo de puerros que, como es bien sabido, es vegetal de muy mágicos efectos y consecuencias. El Iscariote, que militaba en las filas del pacifismo pasivo, no iba jamás armado ni siquiera de garrota, y al demonio lo puso en fuga tan sólo con las reservas de la naturaleza (en forma de flato, en esta rara y peligrosa circunstancia).
- ¿Y usted cree que, si no llega a solltarle el regüeldo, se lo lleva el demonio para siempre?
- Hombre, la verdad es que no lo sé; ttampoco creo que pueda decírselo nadie... Lo que sí que le aseguro es que, sin la afortunada emisión digestiva del Iscariote, vamos, del restallante eructo con que le paró los pies, la cosa hubiera estado más comprometidilla. ¡Quién lo duda! El demonio es muy valeroso y astuto y, contra sus tretas y asechanzas, no vale andarse por las ramas sino que hay que ir al bulto y por derecho.
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