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Conducta barbuda

 
    El contribuyente Saturnino Cabez�n y L�pez-Monachil jam�s llev� barba. El ciudadano Iscariote Recl�s, s� (y muy cumplida y fluvial, por cierto). El cosechero de melones Xavier (con x) Cisneros Mola lleg� afeitado como un banderillero pero despu�s, cuando los de Villafranca se fueron confiando y se acostumbraron a verlo, se dej� otra vez la barba. �Qu� malo tiene eso de llevar barba? �No la llevaba tambi�n Ad�n, el primer hombre perfectamente diferenciado, ps�quica y som�ticamente, del mono? �A qui�n se ofende con esto de la barba? Eso es lo que yo me digo; sin embargo la gente, �qu� quiere usted!, suele tomar a choteo a los que gastan barba. Algunos, se conoce que m�s decididos o consuetudinarios, hasta apedrean a los barbudos. El ciudadano Iscariote se llev� m�s de un cantazo por lucir barba; una vez, en Astorga, durante unos carnavales, hasta lo descalabraron y todo. La gente estaba muerta de risa y el practicante que le cosi� el maltrecho cuero cabelludo, dec�a: �Qu� jod�o barbas! �Sangra como un gorrino!
    Est� demostrado que los melones se cr�an m�s dulces y arom�ticos cuando la persona que los siembra (y cuida y riega y escarda) y cosecha, luce barba, que cuando se presenta a cara de cl�rigo. Esta norma es aplicable en general, a todos los vegetales. En la trofoterapia, o ciencia que trata de las incompatibilidades f�sico-qu�micas de los alimentos, se estudia la influencia del cabello del cosechero sobre los productos de huerta cosechados, y el ciudadano Iscariote, en su libro (in�dito) El reino vegetal puesto en verso de romance, composici�n LXVII, bien claro nos lo dice:

La barba del melonero
ante todo has de cuidar.
Con ella ganas dinero
y tambi�n es lo primero
que adorna tu melonar.


    Los versos, seg�n los entendidos, no van muy all�, pero debemos reconocer que son inspirados y did�cticos.
    Al ciudadano Iscariote Recl�s, al principio la barba no le sal�a sino muy rala y por parroquias, pero despu�s se dio con petr�leo y hubo de verla lucida y rebosante de prosperidad. La receta se la aconsej� otro barbas, el Sime�n Calatayud, hombre de tendencias reformistas cuya residencia habitual era el castillo de Montjuich. El Sime�n Calatayud no era catal�n sino aragon�s, aunque llevaba viviendo desde ni�o en Barcelona y sol�a expresarse con m�s frecuencia en catal�n que en castellano. Era hombre muy propenso a la oratoria y, en cuanto sal�a de la c�rcel y llegaba a su casa, se asomaba al balc�n y arengaba a los obreros con unas soflamas incendiarias que, como era previsible, no quedaban del completo agrado de la autoridad, sino m�s bien al rev�s. La autoridad, por regla general, suele ser mani�tica y poco amiga de que se le lleve la contraria. El Calatayud, que era incansable, no interrump�a su discurso hasta que llegaban los civiles, a veces a las cuatro o cinco horas de haber empezado con las palabras sacramentales: �Ciudadanos con dignidad! �Hombres que anhel�is sacudiros el yugo de la tiran�a! �Esclavos que ma�ana ser�is libres como el ave! �Escuchadme! Al terminar su perorata, el Calatayud sal�a otra vez para Montjuich y as�, yendo y viniendo, estuvo durante a�os. Un d�a, sin previo aviso, el Sime�n Calatayud se cort� la coleta de la oratoria y la barba prof�tica, abri� una barber�a, �qu� paradoja!, y vivi� el resto de su vida como un burgu�s, sin acordarse siquiera de sus pret�ritas aficiones. El ciudadano Iscariote Recl�s, cuando se enter�, procur� disimular.

 

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