

| La tía Berta | Eso pasa por hacerse el gracioso |
| Don Anastasio Leunda | Ocurrencia de chico preguntón |
| Un artesano andaluz | La luz mala...¿o que? |
| El garrotazo de Smorlesi |
LA TÍA BERTA -1950. Fuente: Parte de los recuerdos inolvidables del Autor.
Todos la conocimos como "la tía Berta", ¡y qué bien le caía ese nombre...! Animaba constantemente su negocio con su acordeón a piano, ¡y cómo cantaba! Su voz era tan dulce que la gente le hacía repetir las interpretaciones en otros idiomas.
Un día -aunque ella decía que su nombre y apellido no importaban- me confió que se llamaba Berta Zinner de Frey y que había nacido en Ausburgo, antigua ciudad de Alemania. En diversas partes del mundo había actuado en música lírica como soprano, y se había desempeñado como cancionista internacional y actriz en diversos teatros europeos de prestigio. Era rubia y ya había perdido algo de su estilizada línea. En su local de 9 de Julio nunca faltaba su música y la alegría contagiosa que irradiaba; pero se adivi-naba en sus ojos cierta tristeza que jamás confió a nadie.
Había llegado a Miramar en 1948 y permaneció en nuestro pueblo hasta 1957. En este año abandonó la ciudad y nunca más supimos de ella.
DON ANASTASIO LEUNDA, UN CARRERO SINGULAR -1954. Fuente: Recopilación de recuerdos personales del Autor.
Este fue uno de los hombres que se radicaron en Miramar, atraídos por la gran cantidad de españoles que se afincaron en la zona en el transcurso de la primera década del siglo. Había nacido en Urnieca, Guipúzcua, España. Su novia, Carolina Parodi, residía en Necochea; allí se casaron y allí nacieron sus seis hijas: Aurelia, Aurora, Amanda, Haydée, Amelia y Angélica.
Duramente trabajó Anastasio en el campo, desarrollando diversas tareas. Crió ganado, sembró y más tarde fue carrero de confianza durante veinte largos años, transportando mercaderías a diversos mercados, cosechas a los lugares de recepción y acopio, y arenas para la construcción. Y hasta un cargamento insólito formado por una serie de esqueletos humanos provenientes de un cementerio indígena descubierto por Lorenzo Parodi, quien había creído que los mismos eran de alto valor para los estudios que realizaba con Florentino Ameghino. Esta carga fue llevada en su chata hasta Mar del Plata, y desde allí en tren hasta la ciudad de La Plata.
Anastasio Leunda solía contar que aquella fue la carga que más beneficio le había redituado en su trabajo de carrero. Falleció a los 75 años, en 1954.
DON CRISTÓBAL MATEOS, UN ARTESANO ANDALUZ - 1967. Fuente: Datos recopilados por el Autor entre familiares de Cristóbal.
La vinculación de don Cristóbal Mateos con Miramar se remonta al año 1929, precisamente cuando pasaba largas temporadas como turista. Luego, encariñado con la ciudad, se radicó en ella acompañado por su familia para convertirse en el propulsor de mayor arraigo de sus balnearios.
Depositó toda su confianza en el porvenir de Miramar -como lo saben hacer los visionarios- luchando incansablemente y elaborando así su prestigio personal. Invirtió sus capitales en tierras y se dedicó a la construcción de hermosos chalets para renta, obra en la cual jamás descuidó la protección de sus obreros. Para éstos construyó cómodas viviendas, demostrando siempre su sentido de la solidaridad.
Pensando siempre en el futuro extendió su actividad, creando permanentemente fuentes de trabajo. Fue prueba concluyente de su accionar en la industria la Fábrica de Muebles "Mateos", conceptuada con la calificación de artesanía jerarquizada. Los muebles de Mateos aún hoy son buscados, llegándose a pagar altas sumas por ellos -si se los compara con otros de su estilo.
Reconocemos los méritos de este andaluz nacido el 23 de marzo de 1883, por ser él quien en mayor medida creó e impulsó ideas progresistas a toda la comunidad. Aún hoy, más allá de su desaparición física, se lo recuerda con cariño. Don Cristóbal Mateos falleció inesperadamente en la ciudad de Buenos Aires, el 28 de febrero de 1958.
Cuando mi hijo Jorge tenía siete años, vivíamos en la calle 25 Nro. 1474. Los chicos de entonces -Daniel Choclín, Carlos Lahitte, Alfredo Magnusen, Daniel Lahitte, Pino Orellano, Carlitos Acha y Luciano Smorlessi- venían todos los días a jugar a casa, después del colegio. Antes de oscurecer mi señora les decía: -Chicos, ya es tarde; ahora, cada cual a su casa... -y todos se iban.
Una de las veces, sólo cinco minutos después, suena el timbre; nos asomamos y vemos a Luciano Smorlessi que había vuelto y estaba con Jorge. En ese momento le estaba diciendo: -Che, Jorge, al pasar por el terreno había un tipo que me pegó un garrotazo que me ha hecho perder la memoria... ¿me podés hacer el problema que tenemos de deber...?
Eso pasa por hacerse el gracioso...
Otra anécdota de Arturo Capdevila en Miramar. Este autor, en
su libro "Tierra Mía" -la tierra y su alma-, editado en
1945, narra las historias de sus viajes y describe entre ellas su visita
a Miramar.
En una de sus partes dice: "Mientras espero el carruaje -un mateo que lo lleve a la playa- trabo amistad junto a la verja del jardín de la Estación, con una graciosa chiquilla que ha venido a mirar tras la reja". Él, para confundirla y sacarla de sus casillas, le preguntó: -¿Cómo te llaman, nena: miramarense, miramareña o miramarina...?
A lo cual ella respondió orondísima: -Celia Rivas, me llaman a mí...
Ocurrencia de chico preguntón...
Siempre recuerdo con nostalgia a los chicos que venían a jugar con mi hijo Jorge después de las horas de clase, a la terraza de mi casa; allá por 1956 no tendrían más de 7 u 8 años. Un día se encontraron conque había llegado a nuestra casa un amigo que vestía el uniforme de policía -un milico de aquel tiempo-. Cuando lo vieron trataron de desbandarse para desaparecer, simplemente porque le tenían miedo...
Mi señora, tratando de explicarles que no debían de tener miedo, les decía: -¿Por qué tenerle miedo, si él es un papá y también tiene hijitos?
Mirando con asombro, uno de los chicos le preguntó con desconfianza: -¿Cómo? ¿Y por qué yo no he visto nunca a un miliquito...?
LA LUZ MALA... ¿O QUÉ...?-Sucedió hace casi setenta años, en el barrio Las Flores. En el recuerdo, misterios de antes y de ahora. No conocíamos entonces ni aviones, ni satélites, ni cohetes... No podía ser otra cosa que...
Era el 15 de agosto de 1917; recuerdo muy bien aquella fecha porque nuestra madre había hecho "una cacerolada de mazamorra" para festejar mis once años. Los seis hermanos estábamos sentados en aquellos dos largos bancos de madera, a ambos lados de la mesa de la cocina; sobre ésta, siete tazas enlozadas más la panera con rodajas de pan, cortadas por una madre que sabía repartir lo que era escaso.
Nuestro padre estaba ausente. Era tiempo de esquila y nadie podía darse el lujo de perderse un día de trabajo; además tenía a su cuidado la esquiladora, y de él dependían doce hombres que manejaban sus peines. Miramar tenía muchas estancias como La Mariana: "53.000 ovejas para pocas máquinas esquiladoras" -sabía decir Quiterio Ituarte, el mejor hombre para manejar los peines, según mi padre.
Las recomendaciones para nosotros siempre eran las mismas: "Cuando oscurece, todos adentro". ¿Qué era entonces lo que nos entretenía? Los cuentos de España. Mamá había llegado de Yancy, entre las montañas; ese era su pueblito. Y Navarra, su provincia. Desde allí había llegado.
La mazamorreada transcurría en silencio, como notándose la ausencia de papá. En un momento dado, con un balde en la mano, mamá abrió la puerta de la cocina para ir hasta la bomba en busca de agua; volvió enseguida muy asustada diciendo haber visto una luz muy grande moviéndose rápidamente sobre el llamado "monte de los tiroleses". Todos salimos afuera, pero cerquita del umbral de la puerta, pero sólo vimos la noche sin estrellas perdiendo ya el tinte azulado del atardecer.
Pasaron algunos segundos y, como por arte de magia, sobre el monte apareció aquella luz sin resplandores, grande como una luna llena, que se detuvo en el horizonte; luego comenzó a achicarse hasta volverse casi imperceptible. Su accionar era desconcertante y, en un momento dado, aquella luz dibujó una circunferencia enorme recorriendo casi todo el barrio Las Flores hasta que -sorpresivamente y con una velocidad asombrosa- llegó hasta muy cerca del lugar donde estábamos nosotros; allí permaneció inmóvil durante varios segundos, y luego desapareció para siempre... Nunca más volvimos a ver aquella luz.
Entramos nuevamente a la cocina, trancando la puerta con la traba de hierro que nos protegía de algún "indio manso" que siempre llegaba hasta el almacén de Carli. ¡Nadie durmió aquella noche!
Al día siguiente vimos al "chino" Carli y le contamos haber visto la "luz mala", y él nos dijo que en el almacén todo el mundo la había visto también: Sarita Carli, Baldomero Mesa, Salvador Bidegaín, "talón" Mesa, el cochero Eraclio Giménez, Domingo Gaudioso... y muchos otros. Entre todos había una sola coincidencia: era la "luz mala" y no otra cosa.
Relacionando hechos podemos decir que antes no conocíamos aviones, no había satélites, ni cohetes, sólo había "luz mala"; ¡y no podía haber sido otra cosa! Hoy, en cambio, podemos relacionar ese fenómeno con los OVNI, a pesar del tiempo transcurrido. Dos épocas, separadas por un largo período de tiempo, notables por las circunstancias que las relacionan entre sí -la "luz mala" y los OVNI-, pero ambas rodeadas del más absoluto misterio, antes y ahora...
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