Ricardo Acevedo sacaba su auto del garaje de su casa cuando Alfonso, el mayor de sus hijos, salió corriendo:
--Papá, por favor sácame una fotocopia de esto --le dijo, tirando un libro por la ventana opuesta-- la necesito para ayer.
Alfonso había nacido con varios días de retraso y a los 16 años seguía sin haberse sobrepuesto a aquella demora. Nunca tenía los proyectos escolares para las fechas fijadas por sus maestros, ni alcanzaba el bus de las escuela, ni cumplía con ninguana obligación a su debido tiempo. Los informes de sus profesores y maestros eran iguales año tras año: "El día que logre organizarse será un alumno excepcional".
El libro del cual quería una fotocopia era una de esas novelas de lectura obligada con que los profesores de literatura fastidiaban siempre. Tenía todo el aspecto de ser la fotocopia de una fotocopia de otra fotocopia y de haber pasado por varias generaciones de estudiantes.
"Lo que hubiéramos hecho con una fotocopiadora en mis tiempos", pensó Ricardo camino a su oficina recordando sus andanzas de chiquillo con Carlos Andrade, su socio y cómplice. Se conocieron en el patio de la escuela siendo niños. Andrade, a quien apodaban "el buhonero ambulante", tenía un negocio de lápices y borradors que compraba a un mayorista y revendía en la escuela con unos márgenes descomunales de ganancias. Observándolo un día, Ricardo se dio cuenta de que por la premura de realizar las ventas antes de que terminara el recreo o sencillamente por se malo en matemáticas, Carlos se equivocaba en dar el vuelto.
Si a Carlos se le ocurría un proyecto, Ricardo decidía si era viable. Y si era Ricardo quien pensaba en algo, Carlos se encargaba de ponerlo en ejecución. En la escuela secundaria se dedicaron a la compra y venta de libros usados. Al final de cada año escolar, a precios de remate, compraban todos los textos usados que de otra forma iban a parar al basurero, en la prisa de los estudiantes por limpiar sus pupitres y empezar las vacaciones. Al año siguiente competían con la tienda de la escuela vendiédolos a mitad de precio.
Las operaciones de compra y venta marchaban viento en popa hasta que un padre aguafiestas se quejó de que la escuela vendía libros usados a precio de nuevos y el negocio de los dos amigos sufrió lo que los economistas llaman una recesión galopante.
Rompiéndose la cabeza estaban, sin saber qué hacer con el inventario de libros usados que les habían prohíbido vender cuando una chiquilla rubia y flaca que no habían visto antes se les acercó y les dijo:
Sonriendo ante el recuerdo de aquel primer encuentro con Hilda, Acevedo llegó a su oficina, sacó las fotocopias que le había pedido Alfonso y se puso a revisar los resultados de un estudio sobre los hábitos de compra de los clientes de una cadena de farmacias que le habían encomendado a la agencia de publicidad para la cual trabajaba.
En el curso de su investigación se había dado cuenta, como dato curioso, de que si bien gracias a la televisión ya la gente no leía, por razones que no importaban, seguía comprando libros. Llegó a la conclusión de que había un enorme mercado potencial para los libros y de que sólo era cuestión de promover su demanda, al igual que cualquier otro producto suntuario y sin pretender otra cosa que buenas utilidades.
Cansado de trabajar para otros, llevaba días de estar contemplando seriament la posibilidad de invertir unos ahorros que tenía y fundar su propia empresa.
En la noche, camino a su casa, pasó a ver a Carlos Andrade y le mencionó su idea.
--Estás completamente loco --fue la poca entusiasta reacción de su amigo.
Por aquella época Carlos comandaba un pequeño ejército de vendedores a domicilio de baterías de cocina, sin nada de especial, pero lanzadas al mercado acompañadas de una campaña publicitaria tan bien orquestada que no quedaba ama de casa que no tuviera un juego completo. Las ollas teníasn un precio escandalosamente alto y las amas de casa no tardaron en darse cuenta de la idiotez que habían cometido comprometiéndose a pagar una cantidad interminabl de abonos. Pero temiendo hacer el rídiculo, nadie lo decía y las víctimas de la arremetida de los vendedores de Carlos Andrade se seguían multiplicando sin obstáculos.
Una semana después, Ricardo volvió a insistir sobre el asunto y Carlos demostró igual falta de entusiamo.
--Dame una razón por la cual debería yo dejar este jugoso negocio de las ollas para meterme a librero.
De manera fortuita, Ricardo encontró el arma que le hacía falta. Oyó a la esposa de Carlos decirle a una amiga que su marido era el gerente de una multinacional de acero inoxidable. El uso de tanto eufemismo en lugar de hablar de ollas sólo podía significar una cosa: a Clara de Andrade le acomplejaba la ocupación de su marido.
-- Sí, claro que me da vergüenza decir que mi marido vende ollas de puerta en puerta --le admitió finalmente la esposa de Carlos.
-- Pues si las cosas salen como pienso, muy pronto serás la esposa de un librero --le dijo Ricardo.
A Carlos por fin se le agotaron las municiones para repeler el ataque de su amigo y mientras su mujer hacía planes de fundar la Asociación de Esposas de Libreros, él y Ricardo se dedicaron, como en los viejos tiempos, a darle marcha a la nueva empresa.
Empezaron modestamente. Alquilaron una bodega que servía no sólo para guardar los libros sino también de oficina. Le pusieron a la nueva empresa el flamante nombre de Editorial Cordero Blanco. S. A. con la esperanza de que el público se abalanzara a comprar libros como manso corderito respondiendo a la propaganda que proyectaban hacerle a sus productos. Inicialmente, el personal lo componían tan sólo una secretaría-recepcionista y un mensajero.
Al principio la editorial Cordero Blanco se dedicó casi exclusivamente a la distribución de "best-sellers" cuya popularidad ya había sido probada en otra parte. Importaba los libros de distintas editoriales de otros países latinoamericanos --exceptuada La Oveja Negra en Colombia, que con una sorprendente falta de sentido de humor, le escribió diciendole que el nombre le sonaba a burla y rehusó venderle un solo libro.