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El Cuento de Gabo

El jurado calificador del Concurso Ricardo Mir� 1993, secci�n novela, acuerda por unanimidad otorgar el premio �nico a la obra titulada El cuento de Gabo, presentada con el seud�nimo Alexis May.

La novela demuestra un s�lido dominio de las t�cnicas narrativas contempor�neas y aprovecha con solvencia y habilidad una de las caracter�sticas fundamentales de la novela, su capacidad para  absorber y reelaborar otros  g�neros literarios.

Mediante la combinaci�n de procedimientos originales, sobresivos e ingeniosos el autor va construyendo un texto que juega con la parodia, la estilizaci�n y la reorientaci�n ir�nica de diversos discursos, lenguajes, g�neros y estilos, para ofrecer as� una imagen cr�tica de algunas pr�cticas sociales, formaciones discursivas y esterotipos literarios contempor�neos.


Pr�logo

Por descuido del mensajero, la carta que desencaden� los acontecimientos casi no llega a su destino.

Siguiendo la rutina de los lunes, Agapito reparti� el correo y coloc� la corrrespondencia inservible -- anuncios, ofertas, propagandas, circulares -- sobre el escritorio de Arturo G�lvez, Vicepresidente de Mercadeo de la Editorial, don �lvaro G�lvez, que a la vez era el t�o de Arturo y que para darle algo que hacer a su sobrino, le hab�a encomendado la tarea de recortar estampillas.

Nadie se atrev�a a preguntarle a don Alvaro para q�e quer�a aquellos sellos postales ya que no parec�a poseer mayores conocimientos filat�licos. No obstante, Arturo se limitaba a hacerle caso.  Recortaba las estampillas y las met�a en sobres que luego guardaba en las gavetas de su escritorio.   Cuando, atiborradas, ya no pod�an cerrarse las gavetas, trasladaba los sobres a cajas que Agapito llevaba al dep�sito. y nadie se volv�a a acordar de ellas.

En una papelera que ten�a colocada a exactamente dos metros y medio de distancia arrojaba la corretpondencia dessestampillada con un tino afinado tras mucha pr�ctica.

--Av�same tan pronto llegue mi t�o --le dijo Arturo a Zoila, la recepcionista, en un tono que indicaba claramente que s�lo para eso lo interrumpiera de la importante tarea de cortar las estampillas.

--S�, licenciado --le respondpio Zoila en el mismo tono socarr�n con que acataba todas las �rdenes de Arturo.

Le llam� la atenci�n una de las estampillas --una ex�tica flor roja. "Psammisia ramiflora" --y al empezar a recortarla se dio cuenta de que el sobre, procedente de Costa Rica, conten�a unas hojas a m�quina y una carta que Agapito aparentemente hab�a confundido con un anuncio.

Le complaci� a Arturo la torpeza de Agapito. Todas las torpezas de Agapito alegraban a Arturo porque confirmaba con ello que hab�a alguien en la empresa capaz de meter la pata m�s veces que el Vicepresidente de Mercadeo.

Originalemente se hab�a contratado a Agapito para que limpiara las oficinas, hiciera los mandados descargara las cajas de libros que se guardaban en la bodega. Por un tiempo todo march� bien hasta que un d�a le cay� una caja de libros en la cabeza y desde entonces no s e supo si se aprovechaba del accidente para haraganear o si en efecto se esta volviendo cada d�a m�s bobo.  Lo cierto era que trabajaba muy poco.

Lleg� al punto de que ya no hac�a los mandados porque invariablemente se perd�a y hab�a que enviarle un taxi.  Debatiendo estaban si despedirlo o no cuando se puso a ojear distra�damente un manuscrito que iba a llevar a la imprenta y dijo:

--En  las p�ginas 17, 29, 32, 45 y 57 hay errores.  Picada por la curiosidad, Zoila constat� que, en efecto, en esas p�ginas hab�a errores de ortograg�a.

Nadie pudo explicar --mucho menos Agapito-- c�mo se daba cuenta de los errores ya que no ten�a  la m�s m�nima noci�n de gram�tica.   Se pens� que tal vez ten�a memoria fotogr�fica y simplemente reconoc�a las palabras mal escritas, al igual que un ni�o se daba cuenta de que una manzana pintada de azul era un disparate.  Lo cierto es que de all� en adelante, Agapito se convirti� en el corrector de pruebas de facto de la Editorial y a causa de ese talento inexplicable se pasaban por alto sus otros y m�ltiples defectos.

Arturo abri� sin mayor inter�s la carta que firmaba un tal Abdulio Mej�a identific�ndose como primo hermano de Gabriel Garc�a M�rquez.

"Hace muchos a�os --ley�-- Gabo me obsequi� un cuento. Me olvid� de �l hasta que hace poco encontr� el manuscrito, junto con un fajo de cartas de Gabo. Reley�ndolo, empec� a acordarme de nuestra ni�ez en nuestro pueblo y de la forma en que se han seguido cruzando nuestros caminos. Empec� a hacer apuntes y casi sin darme cuenta, he escrito una especie de rese�a biogr�fica que pudiera interesarles, tal vez como una introducci�n al cuento, si es que ustedes creen que vale la pena publicarlo, al igual que las cartas.

"Como tengo algunos compromisos econ�micos apremiantes --continuaba diciendo Mej�a-- me permito adjuntarles un par de p�ginas de mis reminsiscencias junto con el comienzo del cuento. Les agradecer�a que me comunicaran su opini�n a la direcci�n que aparece en el sobre".

Arturo nunca hab�a o�do hablar de ning�n escritor llamado Gabriel Garc�a M�rquez, pero si una cosa le hab�a ense�ado los rega�os de don �lvaro era ser m�s cauteloso; de modo que en lugar de arrojar la carta al canasto, la puso a un lado para consultarle a su t�o, si le presentaba la ocasi�n y si para entonces todav�a se acordaba del asunto.

Primer cap�tulo

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