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Los
recreos escolares de Eduardo Gómez, a mediados de 1974, siempre
se alargaban hasta que sonaba el pitazo final de los partidos de
Chile en el Mundial de Alemania. Nadie
era capaz de despegarlo del televisor, al menos mientras Elías Figueroa
y Alberto Quintano estuvieran en la zaga de la Roja.
En
ese entonces ni se imaginaba que terminaría parado justo en el puesto
de quienes admiraba. Seis Mundiales después y a las puertas del
séptimo (Japón-Corea), la cabeza del Mocho es un cajón lleno de
desordenados recuerdos de infancia, de distintos colores de camisetas,
muchos nombres y fechas, patadas y lujos. De
qué otra forma podría ser si a los 43 años acaba de bajarle la cortina
a una carrera llena de talento y que ya parecía tener un pacto con
el diablo.
Pero
Gómez asegura que nadie metió la cola y que si tenía algún acuerdo
era sólo consigo mismo. O más bien con sus rodillas. “Llevo no sé
cuántos años jugando de yapa. Nunca me propuse que fuera así, pero
pasaron los años y simplemente se dio que podía seguir jugando,
sin desentonar con los jóvenes. ¿Hasta cuándo? Simplemente hasta
que la artrosis lo permitió y le hice caso a mis rodillas. Finalmente,
considerando todas las lesiones, lo dañada que están y las operaciones,
me retiro porque ellas son más viejas que yo”, cuenta nostálgico
desde Ovalle, su ciudad natal.
Por
eso este central dueño de una técnica en extinción, cuatro veces
campeón nacional (1980, 82, 84 y 88) y doble finalista de la Copa
Libertadores (81 y 82) con Cobreloa, además de titular indiscutido
de la Selección en los 80, escogió esa ciudad del Norte Chico para
cerrar su largo ciclo.
Ahí
mismo donde en 1977 debutó en primera división con la camiseta local
en un empate 2-2 frente a Universidad de Chile. “Ese día era un
atado de nervios y temperamento a flor de piel”, recuerda.
-¿Y
se acuerda de sus primeros zapatos de fútbol?
-¿Acaso cree que está hablando con un cabro de 30? No pues, si yo
tengo más de 40, cómo me voy a acordar de esas cosas. A estas alturas
ni me acuerdo de las anécdotas.
Eso
sí, Gómez recuerda que partió en las inferiores de Ferroviarios,
“porque mi viejo trabajó en los trenes”. Tres años después llegó
a Ovalle y en la misma temporada en que debutó con esa camiseta,
Calama celebró el ansiado ingreso de Cobreloa al fútbol profesional.
A la larga, no sería una casualidad: Gómez se transformaría en uno
de los mayores íconos loínos de la década de los 80.
La
Selección incluso le había abierto las puertas en 1979 y en 1987
obtuvo el segundo lugar de la Copa América de Argentina. “Claro
que en la final contra Uruguay me mandé un chirolazo, ese que todo
el mundo recuerda”, reconoce. Sin asco, el Mocho le pegó una patada
grosera a Enzo Francescoli y se fue expulsado.
Una
rotura en el tendón de Aquiles lo hizo partir de Cobreloa en 1990
y así llegó a Universidad de Chile. Otra vez las lesiones le salieron
al camino y el Mocho por primera vez intentó retirarse. De hecho,
pasó todo el 92 fuera de las canchas. Pero volvió el 93 a La Serena,
hasta que finalmente el 96 se radicó en Ovalle.
“Me
costó irme porque me gusta el camarín, los entrenamientos, el olorcito
a pasto. El fútbol es pasión, como una droga, un vicio. A la vez
es una mezcla fría de presente y rendimiento. En definitiva, mientras
rindas, puedes jugar y así lo hice”.
-¿No
será una forma de resistirse al paso del tiempo?
-Para nada. Es que la naturaleza de uno es así no más. Pese a que
me venían diciendo viejo como desde los 29 años y a los 35 ya pensaba
que no iba a poder seguir, como veía que seguía respondiendo, seguía
jugando. Ahora me voy tranquilo, principalmente porque me gané el
respeto de mis pares.
-Bueno,
ahora les deja la pista libre a los “cabros” de treinta...
-Ellos se la han llevado fácil conmigo, porque al final me llegaban
todas las tallas a mí. Ahora los quiero ver.
-Sáqueme de una duda, ¿y si las rodillas no le hubieran fallado?
-Nadita de raro que hubiera seguido jugando. ¿Por qué no, poh?
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