VIOLENCIA, ABUSO SEXUAL Y DISCAPACIDAD
Recientemente, dos casos de mujeres con
discapacidad abusadas y violadas sacudieron a la sociedad argentina.
Amparándose en la ley, los familiares de
las víctimas iniciaron luego un extenso peregrinar para interrumpir los
embarazos resultantes de dichos abusos. Pero fue precisamente el foco en los
abortos y las pujas entre los sectores conservadores y religiosos y los
organismos de derechos humanos lo que ensombreció por completo una realidad que
nadie quiere ver y que escapa de toda campaña de concienciación: el abuso y la
violencia ejercida contra las personas con discapacidad. Tema del que nadie
pareciera hacerse cargo y que los medios sólo manipulan al servicio de sus
intereses amarillistas, sin formar verdadera conciencia.
En el medio, víctimas y familias quedan
aisladas, sometidas por el tabú, la ausencia del Estado y el temor al rechazo
social.
Las prácticas de violencia y abuso
sexual, sobre todo si son ejercidas contra la mujer, representan de por sí un
tema muy complejo del que esporádicamente se ocupa alguna campaña estatal o,
cuando cuentan con el apoyo y los recursos, también lo encaran determinados organismos
de derechos humanos. Lo cierto es que más allá de constituir aún un flagelo
difícil de erradicar, cuando se asocia a la discapacidad la resistencia y el
prejuicio social, aumentan al punto de convertirse en un tema al que como
sociedad podemos contactar sólo a través de las noticias policiales o en las
crónicas amarillistas.
Esto ha quedado evidenciado
perfectamente en el caso de las dos jóvenes argentinas con discapacidad que
recientemente interrumpieron sus embarazos, producto de violaciones.
Si bien ambos casos tuvieron alta
repercusión mediática, el eje de las coberturas y los debates giró en torno de
las disputas entre Iglesia y Estado por la consumación de esta posibilidad
legal de aborto o por mostrar el perfil dramático de la cuenta contra reloj
para la realización de los mismos. Pero, salvo mínimas excepciones, ningún
medio aprovechó los sucesos para desarrollar una investigación sobre los abusos
cometidos regularmente contra las mujeres y niños con discapacidad, como
tampoco nadie acompañó a los familiares de las dos jóvenes en el extenso y
previo peregrinar por la justicia para hacer valer sus derechos.
Muchos son los orígenes de esta
realidad, en primer lugar la ausencia de una política clara y contundente de
educación sexual diseñada para ser comprendida más allá de cualquier
discapacidad. Esto se transforma en el mejor aliado de los abusadores y el peor
enemigo de las potenciales víctimas. Luego, cuando el abuso se hizo presente,
en medio de la indefensión y la soledad, el temor y la vergüenza, víctimas de
una doble discriminación, las mujeres y los niños (las principales víctimas)
con discapacidad sometidos a violencia y abusos pasan al territorio del
silencio. Un silencio alimentado por la ausencia del Estado y los tabúes
impuestos desde una sociedad que no se siente capaz para abrazar la
problemática ni atender sus consecuencias.
El contexto social y la imagen corporal
No es coincidencia que ambos casos se
hayan dado en sectores carenciados de la sociedad. Factores insoslayables como
el económico y el social están estrechamente ligados a la discapacidad. Según
estudios específicos realizados a nivel global se destaca que el 90% de los
niños con discapacidad padecen además acceso limitado a la educación, que la
falta de trabajo afecta a 80 por ciento de los discapacitados y que, según el
Banco Mundial, el 20% de los ciudadanos más pobres sufre algún tipo de
discapacidad. En las agendas de organismos como la ONU o el Banco Mundial se
vienen desarrollando hace algunos años estrategias conjuntas para trabajar con
discapacidad y pobreza, ya que se sabe que entre ambos factores existe una
relación de generación recíproca: la pobreza es factor de riesgo para el
nacimiento de niños con discapacidad, que a su vez como consecuencia de ella
tendrán muchas menores chances de educarse, insertarse en la sociedad y
conseguir un empleo.
Por otra parte, al hablar
específicamente de mujeres con discapacidad el riesgo se incrementa. Es
conocido también que mujeres con estas características padecen mayores posibilidades
de desempleo, que, de tenerlo, cobran salarios inferiores a los hombres, que
casi no cuentan con programas o servicios de salud y prevención específicos
para atender sus necesidades y que representan un sector social expuesto a un
mayor riesgo de sufrir abuso sexual y físico o ser sometidas a actos de
violencia.
En el caso de las mujeres con
discapacidad mental o múltiple, los riesgos lógicamente se incrementan.
Al mismo tiempo el daño producido
socialmente hacia la propia imagen corporal y la estima personal las expone
potencialmente, ya que, víctimas del aislamiento, los prejuicios y la exclusión
social, quedan varadas en una zona marginal sin representación o contención.
Incluso se ven aisladas dentro de los propios colectivos de mujeres y con ello
de la posibilidad de acceder y de conocer sus derechos.
La sociedad impone una tiránica relación
entre la funcionalidad y la estética del cuerpo con las posibilidades de
desarrollo social. De esta manera el cuerpo de estas mujeres se ve dañado
también por la imagen distorsionada de un modelo inalcanzable y afectando su
deseo de superación y autovaloración. Todas las experiencias y expectativas que
las mujeres con discapacidad van tejiendo a lo largo de su vida, quedan
impregnadas en función de los postulados de aceptación y realización impuestos
desde afuera por un modelo cruel y cada vez más inalcanzable para la mayoría.
Discriminación, pobreza, aislamiento,
baja estima, son todos factores de riesgo que propician el abuso y vulneran a
este sector de mujeres. Pero, ¿qué hace a las mujeres con discapacidad más
vulnerables a la violencia? Según un estudio realizado en 1988 por la Unión
Europea, los siguientes podrían ser algunos factores a tener en cuenta:
- El hecho de ser menos capaces de
defenderse físicamente.
- Tener mayores dificultades para
expresar los malos tratos debido a problemas de comunicación.
- La dificultad de acceso a los puntos
de información y asesoramiento, principalmente debido a la existencia de todo
género de barreras arquitectónicas y de comunicación.
- Una más baja autoestima y el
menosprecio de la propia imagen como mujer.
- El enfrentamiento entre los papeles
tradicionales asignados a la condición de mujer y la negación de éstos mismos
en la mujer con discapacidad.
- Mayor dependencia de la asistencia y
cuidados de otros.
- Miedo a denunciar el abuso por la
posibilidad de la pérdida de los vínculos y la provisión de cuidados.
- Menor credibilidad a la hora de
denunciar hechos de este tipo ante algunos estamentos sociales.
- Vivir frecuentemente en entornos que
favorecen la violencia: familias desestructuradas, instituciones, residencias y
hospitales.
- Las mujeres que sufren asaltos más
severos y frecuentes son aquellas que tienen una multideficiencia, problemas de
desarrollo mental, de comunicación y aquellas que adquirieron su discapacidad
desde el nacimiento.
El abuso infantil y los prejuicios
sociales
A través de temas tan dolorosos como el
abuso, tenemos la posibilidad de comprender el terrible daño que los prejuicios
y preconceptos pueden causarle a distintos sectores de la sociedad. Tanto el
imaginario popular como nuestra propia responsabilidad cotidiana en la
construcción de una sociedad inclusiva pueden influir enormemente.
Esto ha quedado en evidencia en un
estudio realizado por la organización Save the Children Suecia, quien dio a
conocer un diagnóstico alarmante sobre la situación del otro gran grupo de
riesgo: el de los niños y niñas con discapacidad. En este caso se trató de un
trabajo de campo realizado en Perú y Paraguay. Según los resultados se señaló
que “los niños, niñas y adolescentes con discapacidad están expuestos a mayores
condiciones de riesgo, tanto en su integridad física como mental, tanto en el
ámbito familiar como en su entorno social cotidiano”. Los testimonios del
estudio mostraron una diversidad de casos de maltrato físico, explotación y
abandono y un profundo desarrollo de los mitos y factores que aumentan las
posibilidades de abusos. El estudio expone que mientras subsistan mitos en torno
a la sexualidad de los niños con discapacidad, se subestimen sus capacidades
como seres humanos y se les siga viendo como incapaces, los esfuerzos de
prevención y protección pueden resultar estériles. Entre estos mitos y factores
podemos destacar:
- El niño con discapacidad abusado
sexualmente olvida y supera la experiencia: experiencias de profesionales de la
salud señalan que muchos padres no denuncian el hecho ni buscan atención
psicológica para el niño con discapacidad abusado porque creen que el niño no
se da cuenta de lo que pasó o que su discapacidad le hará olvidar la agresión.
- El niño con discapacidad no tiene vida
sexual ni necesita orientación sobre el tema: según algunos entrevistados, los
padres de familia no se preocupan ni interesan por ofrecer orientación o
educación sexual a sus hijos con discapacidad; “cuando se les da un
diagnóstico, por ejemplo de retardo mental, muchos piensan que el niño es un
incapaz y no lo estimulan ni orientan para que se desenvuelva con autonomía en
todos los planos, incluida su dimensión sexual”. El problema es que la
sexualidad es un tabú; si hay dificultades para que los padres ofrezcan
orientación a los hijos que no tienen discapacidad, con más razón la tienen
para abordar el tema con quienes consideran “enfermitos” que no necesitan
información ni orientación sobre el tema.
- El niño con discapacidad mental no
desarrolla sexualmente:
Muchos padres de niños que sufren
discapacidades intelectuales piensan que sus hijos siempre seguirán siendo
pequeños. Un psiquiatra comentó: “Esta idea es errónea. Además, gran parte de
las personas con discapacidad mental tienen retardo leve o moderado, los casos
de retardo severo son los menos. Por otro lado, los niños con retardo mental
son capaces de entender muchísimas cosas. En ese sentido son educables en todo,
pueden desarrollar aptitudes y habilidades en diversos aspectos de la vida,
pero muchos sobreprotegen la dimensión sexual, como si el niño con retardo no
tuviera sexualidad”. Existe una tendencia de los padres a negarse a reconocer
que sus hijos con discapacidad mental o intelectual, física y sexualmente son
adolescentes, y que poco a poco se irán convirtiendo en adultos. Muchos padres
prefieren creer que sus hijos, aunque tengan 16 o 18 años, siguen siendo niños.
Otro especialista señaló al respecto: “Claro que la edad mental puede ser
menor, pero física y sexualmente siguen creciendo, desarrollan y maduran como
cualquier otra persona”.
- No se prepara al niño con discapacidad
mental para enfrentar riesgos de agresión sexual porque los padres creen que se
curará, y que al curarse se podrá proteger. Un psiquiatra comentó: “algunos
padres, agobiados por la situación de discapacidad de sus hijos, fantasean y se
dicen ‘pronto será mayor y se curará, cuando sea mayor ya se cuidará solo’ ”.
En opinión del especialista esta idea genera mayor riesgo.
- En mayor riesgo están las niñas: para
muchos padres de familia la preocupación por la sexualidad de sus hijas se
manifiesta cuando ellas llegan a la pubertad. El temor al embarazo les hace
pensar que sólo ellas corren riesgo. Sin embargo, el número de casos de varones
abusados demuestra todo lo contrario.
Las distintas clases de abuso
A partir de dos investigaciones
realizadas en el Centro de Investigación sobre la Mujer con Discapacidad
(CROWD) en el Baylor College of Medicine, se determinó que entre el 10 y un 13%
de las mujeres con discapacidad declararon haber sido objeto de abuso durante
el año previo a los estudios. Lo cual compone una tasa similar a la de las
mujeres sin discapacidad, salvo que las mujeres con discapacidad tienen una
mayor probabilidad de que se abuse de ellas por más tiempo. Además, según
constó en el reporte, fueron objeto de abuso por parte de una variedad más
amplia de personas, entre ellas proveedores de atención médica, extraños o
cuidadores, además de cónyuges y familiares.
Es necesario entonces desarrollar
brevemente una pequeña descripción de las distintas clases de abuso a los que
pueden estar sometidas las personas con discapacidad y de qué manera poder
reconocer cada instancia. Según el informe antes citado de la Unión Europea
podemos reconocer:
1- Abuso físico:
Cualquier acción directa o indirecta que
pone en riesgo la vida, salud o bienestar de las mujeres con discapacidad
provocando dolor, sufrimiento innecesario o una deficiencia en la salud.
Manifestaciones: agresión corporal,
administración de fármacos de forma injustificada, restricción de la movilidad.
Señales de alarma: estado de sedación,
nerviosismo. Disfunción motora ajena a la deficiencia. Señales de violencia
física: marcas en muñecas y tobillos, fracturas, mordiscos, lesiones internas,
quemaduras, etc. Deterioro de su capacidad física residual.
2- Abuso emocional:
Pauta de comportamiento que resulta en
un daño en el bienestar y equilibrio emocional de la mujer con discapacidad.
Manifestaciones: aislamiento,
prohibiendo o limitando el acceso a los medios de comunicación (teléfono,
correo…), información, así como relaciones con familiares de fuera del hogar y
vecinos. Maltrato verbal mediante insultos, críticas constantes, ridiculización
de su cuerpo, castigos en presencia de otros. Sobreprotección. Opinar, hablar o
tomar decisiones por ella. Intimidación, chantaje emocional.
Señales de alarma: depresión.
Dificultades de comunicación e interrelación. Inseguridad, baja autoestima.
3- Abuso sexual:
Acciones que suponen una agresión sexual
hacia las mujeres con discapacidad y que pueden resultar en un daño físico o
emocional.
Manifestaciones: violación. Vejación
sexual.
Señales de alarma: señales, lesiones en
genitales. Miedo a relacionarse con ciertas personas. Embarazos no deseados.
Enfermedades venéreas.
4- Abandono físico:
Se entiende por tal la negación o
privación de los aspectos básicos necesarios para el mantenimiento correcto del
organismo en lo relativo a su salud, higiene y apariencia.
Manifestaciones: negligencia en la
alimentación. Abandono en la atención personal.
Abandono en la higiene. Falta de
supervisión.
Señales de alarma: desnutrición. Enfermedades
frecuentes ajenas a la discapacidad.
Vestuario inadecuado en relación al
sexo, al tiempo atmosférico y a la discapacidad de la persona. Ropa sucia.
Largos períodos sin vigilancia. Problemas físicos agravados por falta de
tratamiento.
5- Abuso económico:
Acciones que suponen la privación de
derechos y control sobre las propiedades y el dinero propio o de la familia. Se
entiende también como tal el forzar a la mujer con discapacidad a realizar
actividades lucrativas para terceros mediante la utilización de su imagen.
Manifestaciones: uso de mujeres y niñas
con discapacidad para el ejercicio de la mendicidad. Utilización de la mujer
con discapacidad en tareas mal remuneradas y vinculadas al empleo clandestino.
Limitar el acceso a la información y gestión de la economía personal. Usar el
dinero como penalización. Negación familiar del acceso a recursos económicos
externos (trabajo, becas, etc.).
Señales de alarma: excesiva dependencia
de terceros. Escasas expectativas sobre sí misma y su proyección personal o
profesional.
6- Abandono emocional:
Aquellos actos que niegan o privan de
atención, consideración y respeto hacia la mujer.
Manifestaciones: ignorar su existencia.
No valorar su opinión. Avergonzarse de su existencia.
Señales de alarma: la no interacción.
Ausencia de motivación por su desarrollo personal. Escasa o nula participación
en actividades familiares o sociales. Resulta importante señalar que, en la
mayoría de los casos, las condiciones que genera la propia discapacidad hace
que no resulte fácil la denuncia de estas situaciones de violencia por parte de
las propias víctimas. Se hace necesario pues, que tanto las asociaciones de
personas con discapacidad como los profesionales y la sociedad en su conjunto
se hagan eco del problema y sean capaces de percibir la voz de alarma ante
estas prácticas violentas ejercidas sobre estas mujeres.
El poder de la información
La discapacidad genera múltiples
condiciones que dificultan los procesos de denuncia y detección de la violencia
o el abuso sexual. Por lo tanto la sociedad toda debe convertirse junto a las
asociaciones y los profesionales en un ámbito de resguardo y eco de las
necesidades de las personas con discapacidad. Para ello es necesario comprender
profundamente los factores socioculturales antes mencionados asociados al abuso
sexual de niños y mujeres con discapacidad. Es fundamental también que el
Estado indague y proporcione la información necesaria sobre los mecanismos de
detección e incidencia del abuso de niños con discapacidad.
Pero quizás no haya una herramienta de
mayor alcance que la inclusión misma. Mientras más vinculados se encuentren los
niños y adultos con discapacidad a los servicios educativos y de salud
(espacios de gran potencial para la detección, protección y prevención del abuso),
al trabajo y a la vida comunitaria, menor riesgo habrá de que los abusos no
salgan a la luz o incluso de que se cometan.
El silencio y la desinformación son los
mayores aliados del abuso, y nuestra sociedad está desprotegida al respecto,
carece de apoyo constante sobre la vigilancia y promoción de los derechos de
las personas con discapacidad, como también sobre la incorporación de los temas
vinculados a la sexualidad.
Esperemos que no sea necesario volver a
enfrentarse socialmente a la problemática por una nueva noticia sobre la triste
y desesperada necesidad de un aborto. Sino que podamos entender de una vez por
todas que como integrantes de la sociedad somos responsables sobre nuestro
derecho y deber a estar informados sobre la situación de cada grupo o colectivo
componente de la misma; que somos un entramado vivo donde las necesidades de
cada sector no quedan escindidas del conjunto y que la lucha por la mejor
calidad de vida de los grupos de riesgo no culmina allí, sino que se vuelcan
nuevamente al conjunto social.
Fuentes:
-Los niños y niñas con discapacidad y el
abuso sexual. Estudio Exploratorio Save the Children, Suecia.
- Violencia y la Mujer con Discapacidad.
Iglesias, M.; Gil, G.; Joneken, A.; Mickler, B.;
Knudsen, J.S., Proyecto METIS, iniciativa
DAPHNE de la Unión Europea, 1998.
- Publicado en el Periódico El Cisne,
especializado en discapacidad.
www.elcisne.org.
Autor: Luis Eduardo Martínez. Buenos
Aires, Argentina.