Mi lente
LA VIDA EN ROSA: EDITH PIAF (LA MÔME)
"Quería hablar de cómo funciona un
artista en su interior, hacer una película sobre su impulso vital…”: Olivier Dahan,
Director.
De los barrios bajos de París al éxito en Nueva York, la vida de
Edith Piaf (interpretada emotivamente por Marion Cotillard) fue una lucha por
cantar y sobrevivir, por vivir y amar. Creció en medio de la pobreza, pero su
voz mágica y sus apasionados romances y amistades con los grandes nombres de la
época hicieron de ella una estrella mundial.
Vivimos tiempos de biopics de grandes músicos, y la moda ya ha
rebasado el estrecho margen de Hollywood para desparramarse por otras
cinematografías. Por ello, no es de extrañar que la poderosa y glamorosa
industria francesa se atreviese a hincarle el diente a quien es mucho más que
una intérprete, sino todo un símbolo patrio: Edith Piaf, la voz que puso banda
sonora a la posguerra de un país abatido tras la Segunda Guerra Mundial, y cuya
desgraciada y maltratada vida la convirtió en algo más que una voz para hacerla
ingresar a los míticos territorios del Símbolo y la Leyenda, reservados para
pocos, muy pocos.
Una vida como la de la Piaf, que no conocía
términos medios, no podría hacerse sin un proyecto arriesgado, tanto en la
reproducción de la época como a la recreación de la historia de un ser mítico y
esencial, de quien todos se forjan una imagen predeterminada. Oliver Dahan, el
director, se arriesga a indagar, según sus propias palabras: “…como funciona un
artista en su interior...” Pues bien, hay que decir que su visión personal, a
ratos contradictoria, si bien no es capaz de retener entre sus mallas todo el
alcance y la personalidad de alguien tan irrepetible como la Piaf, arroja
destellos que hacen de esta excesiva, larga y a ratos predecible cinta,
merecedora de ser vista por cualquier cinéfilo interesado.
Gran parte del mérito recae en la
encargada de dar vida a la cantante, una Marion Cotillard en estado de gracia,
que sobrepasa los artificios del maquillaje o el vestuario para construir una
Edith Piaf creíble, antipática y sufriente que literalmente se come la pantalla
en cada uno de sus fotogramas. Pero sería injusto negar que esa fuerza proviene
del hábil manejo que el director hace de las pequeñas actrices que la
interpretan en su infancia, probablemente el segmento más emotivo de la
película: el rostro de la pequeña Manon Chevallier cuando está junto a la
extraordinaria Emmanuelle Seigner, o de la Pauline Burlet que interpreta en
plena calle y a pleno pulmón La marsellesa (¿por qué el himno francés tiene
siempre esa fuerza en pantalla?) marcan una continuidad que hace creíble la
personificación última de la Cotillard.
Por ese motivo, es una lástima que en
demasiadas ocasiones la película opte por soluciones fáciles y previsibles (da
un poco de vergüenza ajena la escena en la que a la niña se le “aparece” Santa
Teresa) cuando en otras ocasiones se atreve con estructuras más osadas y que nos
dicen mucho más de la personalidad de la biografiada (como el largo
plano-secuencia en el que recibe la noticia que, según el relato del filme,
destrozará la única esperanza albergada en toda su vida, o sus respuestas a una
entrevista periodística) que en otras pretendidamente más explícitas.
Sin entrar en lo que los puristas y
conocedores de Edith Piaf puedan decir sobre los muchos hechos omitidos y no
mostrados en la cinta (como su relación con Yves Montand o el período de la
guerra), Dahan intenta dar una respuesta creíble a la pregunta de por qué
aquella muchacha enfermiza, deslenguada y vulgar se convirtió en depositaria de
un don tan poderoso y aunque no lo consigue del todo, araña la belleza con
pequeñas joyas; desde luego una de ellas es la interpretación final de Non, je
ne regrette rien, en la que la canción logra abandonar el aséptico rincón del
lugar común para regresar con toda su fuerza original. Una escena portentosa,
una Marion Cotillard sublime, un momento de gran cine que compensa muchos de
los defectos que lastran la cinta.
Olivier Dahan no defrauda porque acierta
en buscar y recoger esa energía destructiva que acompañó a la Piaf desde su
infancia y logra fusionarla con los postreros momentos de su muerte, creando
así una unidad temática-vital en torno a la búsqueda del amor y a la lucha por
la supervivencia. Le interesa más la semblanza de una vida expuesta a los
vientos y mareas del amor que el relato de sus andanzas, éxitos y fracasos. Por
eso, lo que nos ofrece son fogonazos impresionistas de vida, que intercala con
actuaciones y canciones memorables que explican y afirman sus experiencias.
Llama la atención el prolongado espacio dedicado a su infancia y adolescencia,
con el abandono de su madre y la acogida en un burdel de su abuela, o el
periodo circense y callejero en el que queda expuesta a todas las contingencias
y abusos. Según ha declarado el director, eran claves para comprender ese
espíritu rebelde y autodestructivo, dado al alcohol, la morfina y todo tipo de
excesos, contrastando con su gran capacidad artística y el éxito.
También acierta Dahan en recoger la
ligazón entre su vida y su música, y en ver cómo va insuflando pasión, desazón
y tragedia a cada canción a medida que la soledad, infortunio y pérdida de
salud la invaden. En un proceso dialéctico, la Piaf irá acumulando experiencias
y, dando un salto cualitativo, pasará a cantar su propia vida, a hacer suyas
las letras que le ofrezcan si en ellas se ve reflejada. Resulta interesante esa
transformación de quien comienza soltando palabras sin vocalizar, ni
sentimiento, y que después necesita cantar para expresar todo lo que lleva
dentro. Poco a poco se va soltando y el público conecta con ese espíritu libre,
auténtico, sin barreras en escena.
El director acierta haciendo que cada
canción responda a un preciso momento de su vida, de su estado interior, y
resulta antológico el mencionado final en que saca fuerzas de flaqueza para
cantar un Non, je ne regrette rien (no me lamento de nada) tan sincero como
doloroso.
Semblanza llena de fuerza y emoción que
gustará no sólo a los nostálgicos y a los amantes de la canción francesa, sino
a aquéllos que aprecien la conexión entre el drama vivido y el arte expresado
por esta mujer que se lo jugó todo a una carta, la del amor, aunque esa pasión
la arrastrase por caminos de autodestrucción y sufrimiento, y de una culpa de
juventud convertida en secreto que enturbiaría su vida “en rose”.
Agradezco a la colega Karla Vadillo su
invitación a la muestra de documentales “Ambulante” donde hemos podido ver
excelentes filmes, de los que pronto haremos una reseña en este espacio. Escasa
difusión pero vale la pena ir a ver este que es un verdadero festival de cine.
Consulte usted, amigo lector, la cartelera, no se arrepentirá.
Autor: Rafael Fernández Pineda. Cancún,
Quintana Roo. México.