VIAJE HACIA EL INFIERNO
Hacía cinco horas que el micro había salido y aún no se habían detenido
a descansar. ¡Qué barbaridad! Pensó Renata, sacando su pañuelo de ceda y
secándose el sudor de la frente. ¡Para esto uno paga cien pesos el pasaje!
Renata era una mujer rubia, de piel blanca, solía vestir muy bien
y en ocasiones usaba joyas de oro. Vivía en Córdoba, ciudad de la cual
terminaba de salir para dirigirse hacia Buenos Aires; quería visitar un
abogado, uno de los mejores si era posible, y luego tratar de conseguir una
entrevista presidencial, algo que no le costaría demasiado, ya que el rango de
su familia era muy elevado.
¡Pero viajar en este micro! Una dama
como la señorita debía viajar en avión... pero aún no había cobrado la
herencia, la gran herencia de su padre, el juez Gutiérrez, cuyo nombre era el
más conocido de su hermosa ciudad.
Uno de los pasajeros se incorporó, encendió un cigarrillo, se
rascó la barba y se dirigió al chofer: ¿tiene algo para cortar? Dijo con una
voz ronca, casi como de ultratumba. El chofer, al borde de un ataque de pánico
se giró en su asiento y miró al individuo con cara de caballo arriba de un
techo: disculpe, señor; ¿qué quiere cortar? Es que quiero abrir una botella y
no puedo cortar el precinto, señor.
Era evidente de que el chofer no le creyó ni media palabra, porque
luego de mandarlo a sentar sin concederle su pedido, habló en voz baja con su
acompañante, quien afirmó con la cabeza e incorporándose se dirigió hacia el
fondo del vehículo.
Renata estuvo a punto de quedarse dormida, pero el sol... ¡el
maldito sol! Y pensar que en algunos tiempos lo adoraban como a un dios...
¡gracias a él estaba en ese estado! También gracias a su hermano Rolando, que
descanse en paz, pero de eso no podía quejarse, también él era el responsable
de que su herencia fuera aún más importante; las estancias, el ganado, los rebaños,
el hotel en La Cumbre... Que descanse en paz su querido hermano, que murió tan
atrozmente, retorciéndose por causa del veneno, veneno menos doloroso que su
terrible enfermedad que lo había dejado en estado deplorable...
Pero no era hora de pensar en esos
asuntos, demasiado tenía con soportar el llameante sol de las tres de la tarde
en un mes de enero, a los seres imprudentes que tenía a su alrededor para que
todavía tenga que recordar a su hermano muerto...
Otra vez el hombre del cigarrillo se
enderezó del asiento. Esta vez tomó otra dirección; tenía el paso lento, la
mirada un poco perdida, una mirada algo conocida para Renata... ¿de dónde
conocía esa mirada? A pesar suyo no podía recordarlo; lograba distinguir un
brillo raro en esos ojos, unos ojos oscuros y sin expresión alguna, los ojos de
un ser algo siniestro, de un monstruo surgido del fondo del infierno... los
ojos, esos ojos tenían que haberla visto en varias ocasiones para que al volver
a verlos su corazón palpitara de aquella manera.
El extraño sacó otro cigarrillo, esta
vez no lo encendió pero de igual modo se lo llevó a su boca de labios pálidos y
finos como alambres, y mirando hacia un costado, casi podríamos decir que
mirando de reojo a Renata, se dirigió a uno de los pasajeros: Disculpe, señor.
¿Tiene usted algo para cortar? El pasajero, un negro de unos treinta años, de
pelo enrrulado y sucio con mirada atónita lo observó como si fuera la primera
vez que se encontraba cara a cara con el demonio: no, señor. ¿Qué quiere
cortar? Una tira de mi bolso, señor, se me trabó el cierre en ella y no puedo
destrabarlo. ¿Quiere que lo ayude? Dijo el negro con voz un tanto afeminada.
No, señor, le agradezco, buscaré otra solución. Y dándose media vuelta, y
volviendo a mirar a Renata de reojo se dirigió hacia el chofer nuevamente.
Ya iban siete horas de viaje, en algún
momento, un precioso momento tenían que parar, necesitaban algún aperitivo,
algo para sofocar el obstinado calor. Aunque en el cielo empezaron a aparecer
algunas nubes oscuras que esperanzaron el corazón de Renata y tranquilizaron su
mente. Fue hundiéndose poco a poco en un estado somnoliento, cayendo... mirando
sin ver, oyendo sin oír... Ahora no hacía calor, el movimiento se había
detenido y sus ojos estaban mucho más claros que hace unos segundos. ¿Pero cómo
puede ser? Hacía un instante las cosas eran tan nebulosas... Renata se
incorporó del asiento, que en realidad no era un asiento, era una silla de
magnífico cedro tapizado con un fino terciopelo; pero si esto fue así durante
el viaje, ¿cómo pudo haber sido tan agobiante? Además, esa mesa, la mesa de su
casa, ¿qué hacía en el micro? pero no estaba en el micro, su mente se aclaró
aún más y vio que estaba en su grandioso comedor, el comedor de su estancia en
la Cumbre. Las arañas eran de oro, los muebles de cedro del tipo de la silla de
la cual se había levantado hacía un segundo que parecía un milenio, los cuadros
mostraban grandes animales en posiciones amenazadoras, otros las estancias de
su padre, aún otros a ella misma cuando era pequeña.
Pero cierto ruido atrajo su atención, venía de la pieza de su
madre, quien a esta hora de la tarde estaría durmiendo la siesta. Se dirigió
con paso silencioso hacia el antebaño y luego hacia el living. Una de las cabezas
de ciervo que colgaba su padre como trofeo parecía estarla mirando desde la
pared, los jarrones parecían temblar solamente con su cauto paso de gato en la
madrugada.
El corazón comenzó a palpitarle aún más fuerte, un sudor helado
corría por sus antebrazos y espalda. No pudo más, dobló sus rodillas y se
acuclilló frente a la puerta del dormitorio de su madre. Se sentía mareada y
con náuseas, con la cabeza a punto de estallarle sobre los hombros. Apoyó la
frente contra el picaporte de plata dejando un ojo cerca de la abertura de la
cerradura. Vio una figura, luego dos, su vista se aclaraba aún más a cada
instante. Logró distinguir las figuras, un dolor le atravesó de una sien a la
otra como un rayo; su madre estaba sentada en el borde de la cama, bañada en
sangre con la cabeza colgando hacia un costado como esas que colgaba su padre
en el living. En frente de su madre estaba su hermano, su hermano muerto con el
frasco del veneno que ella y su madre habían comprado al boticario y habían
mezclado en la medicina de Rolando.
Se levantó de un salto, sacando fuerzas sin saber de donde y
corrió hacia la puerta. Tropezó con uno de los jarrones de porcelana y lo
volteó con gran estrépito. Corrió aún más rápido, pero era demasiado tarde,
había provocado un gran ruido y su hermano era demasiado veloz en la carrera.
Tomó una de las pesadas sillas de cedro y dio media vuelta para encontrarse con
la cara de su hermano a no más de cinco pasos de ella, sabía que iba a ser así,
tenía que ser así...
Giró sobre sus talones y efectivamente, su hermano la miraba con
esos ojos con un brillo raro, esos ojos oscuros, esos ojos terribles, ¡esos
ojos del pasajero del micro! Quiso levantar la silla aún más para golpearlo
pero su fuerza la traicionó; cayó la silla haciendo un estrépito que jamás
hubiese imaginado que una silla de cedro podía hacer por más pesada y reforzada
que fuera. Abrió los ojos aún más de lo que los tenía, y sintió el calor del
sol pegándole en el rostro, el rugido de la chapa en el asfalto, los gritos y
la desesperación de la gente a su alrededor, de la gente que moría siendo
aplastada por los hierros del micro, por los asientos arrancados con la fuerza
del choque, sintió su sangre comenzar a correr por su pecho y su espalda, y en
ese instante vio a su hermano retirando un cuchillo de su delicado cuello, en
ese instante comprendió que su hermano había cumplido la venganza que le
prometió antes de morir, que ella y su madre pagarían la atrocidad de haberlo
matado.
23-5-2008
Autor: Mauro Muscari. Buenos Aires,
Argentina.