EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI
Al observar el reciente panorama que
nuestro continente nos ofrece, pienso que no hay moneda que no tenga dos caras.
Bajo este entendido, no hay nada que se pueda enfocar desde un solo ángulo,
desde el ángulo más deslumbrante, desde el ángulo que, por su brillo, más
pudiese impactar.
Al igual que cualquier moneda corriente,
la globalización tiene una segunda cara –se me ocurre decir un segundo rostro-
que simple y llanamente no podemos dejar, no debemos dejar de ver. No está
exenta de grandes contradicciones; es la tesis de un profundo proceso
dialéctico de cambio. Dicho proceso pone a la humanidad entera en un movimiento
permanente, cada vez más tecnologizado, ideológicamente orientado a la
proyección de una sociedad abierta, asentada sobre la base de una economía de
mercado libre, y en esas condiciones la tesis llamada globalización se
convierte en la promotora de su propia antítesis.
Sin embargo, eso de la globalización no
es más que un ejemplo; hay otros que podríamos citar, y eh aquí una
interrogante que debemos hacernos: ¿Entre tales ejemplos no podría estar el
caso del Socialismo? Lo digo, pues este último no tiene por qué ser la
excepción de la regla; no tiene por qué ser exonerado de la posibilidad de ser
observado también, desde la perspectiva de una de aquellas monedas corrientes
que hoy circulan, en el marco de un proceso de cambio cuya condición básica es
la de ser dialéctico consigo mismo.
En los años 80 –cuánto ha pasado desde
esa época- tuve la ocasión de conocer la obra de un autor francés que realmente
me impactó: Bertrán de Jouvenel. Uno de los temas de los que él se ocupaba
–lamentablemente no tengo el libro que leí para citarlo- giraba en torno a la
historia de las ideas del siglo 19 y el estado moderno. Lógicamente, yo jamás
había oído mencionar a aquel autor en la facultad de sociología; había oído
citar a los Augusto Comte, Saint-Simon, pero siempre con una actitud desdeñosa
departe de mis profesores. Algunos de estos no tenían ningún problema en
trabajar echándole barro, incluso desautorizando, a los padres de la ciencia
que decían estarnos enseñando, a cambio del pago que nosotros hacíamos por el
siclo universitario. ¿Qué me estaban endilgando los profesores en la
universidad? Debe ser por eso que, cuando leí a autores como el que he
nombrado, sentí un profundo llamado de atención.
Me sitúo en los años de la mencionada
década, pero no solo por lo que entonces hubiera podido leer. Por esos años, se
suscitaban algunos acontecimientos que conviene repasar, y que bien vale la
pena tener en cuenta. Partiendo de ellos, sería interesante que nos hagamos
algunas interrogantes, al momento de interpretar lo referente al tema que nos
ocupa: EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI.
Por entonces, no había caído el maldito
muro de Berlín que por años había tenido dividida a la república alemana. La
confrontación, aquello que se diera en llamar La Guerra Fría entre el bloque
soviético y el norteamericano estaba en plena vigencia. Por parte de Occidente,
a la cabeza se encontraba el presidente Reagan, quien era secundado por la
británica Margareth Thatcher. La crisis que por aquellos años se producía de
tras de la Cortina de Hierro -lo que pasaba en Polonia por ejemplo- resultaba
cada vez más inocultable a los ojos del mundo. Los avances tecnológicos en el
terreno de la información no le permitían a la Unión Soviética negar que
hubiera invadido Afganistán. Se contaba ya con los medios suficientes como para
saber qué era lo que venía sucediendo en Corea del Norte, China y Cuba. ¿Ante
todo eso –digamos que ante tanto- las masas se habían vuelto liberales? ¿Era el
pluralismo democrático el sistema de gobierno preferido por las masas? Simplemente,
no.
El irse a vivir a Los Estados Unidos ha
sido siempre –en los años 80 también fue- algo más que una meta; ha pasado a
convertirse en el caro anhelo de no pocos –es impresionante ver los medios a
los que algunos recurren para llegar a esa nueva versión de Canaan- y a
propósito, me estoy acordando de esa canción de Juan Luis Guerra, titulada
Buscando visa para un sueño. Esa canción habla muy claro –describe el caso-
acerca de la realidad de quienes se quieren marchar. El Tío Sam jamás hubiera sospechado
que, en los años 80, el país de su sobrino Ronald Reagan iba a contar con
legiones de latinoamericanos que estaban dispuestos a enrolarse en sus filas de
proletarios. Estos estaban dispuestos a entregarse por voluntad propia, como
siervos que aman al amo, y que, porque lo aman, no esperan que este venga por
ellos, sino que van hacia él, cruzando túneles desde el otro lado de la
frontera, recurriendo a balsas, sorteando a coyotes, ratas y tiburones, sin
condiciones, sin dudas ni murmuraciones, sin oponer resistencia. ¿Pero acaso
esos incondicionales eran admiradores de los mecanismos del sistema democrático
representativo, que identificaba al norte al cual ellos deseaban llegar para
servir? No, no necesariamente.
Pero, hay más al respecto. En nuestro medio,
aquellos mismos incondicionales de Los Estados Unidos han sido practicantes de
una economía informal, que en mucho les ha
ayudado a resolver sus problemas, al haber sido históricamente
abandonados por nuestros estados. ¿Pero acaso eso convirtió a nuestras masas
populares en fervorosas devotas de la economía de mercado que tan útil les
había sido? No, ¡tampoco!
Por esos mismos años, Polonia le daría
al mundo a dos de sus mejores hijos: un sacerdote católico de nombre Karol
Woytiwa –este sería el Papa Juan Pablo segundo- y Lech Walesa, quien había
emergido de un astillero para convertirse en el obrero líder de su clase, así
como de todas aquellas capas de la sociedad soviética que, hasta entonces,
habían tenido que demostrar su disconformidad con el régimen imperante en forma
oculta, en el subterráneo de aquel pesado sistema, como recordando a la época
de las catacumbas romanas. Los medios de difusión harían de Walesa todo un
personaje del sindicalismo, ¡y ni qué decir del Papa! En más de una oportunidad
Juan Pablo visitó Latinoamérica, trayendo consigo, proclamando a viva voz el
mensaje social de la iglesia, en jornadas inolvidables. ¿Sin embargo, cuáles
eran las ideas modernas de esa época?
Una mirada al pasado:
Con la llegada al poder de Castro y sus
amigos, se daría inicio a un proceso muy peculiar cuyo trasfondo es interesante
observar. Se trataba de poner en práctica -en este caso en un país
latinoamericano- toda la experiencia acumulada hasta entonces por una pequeña
minoría: los indeseables comunistas. No era poco lo que estos habían aprendido,
desde antes y después de los acontecimientos que pusieran fin a la Rusia de los
zares, en 1917. Entonces, se produciría una seudo revolución que para León
Trotski iba a terminar traicionada. ¿Qué hicieron en Cuba?
Lecciones de la realidad:
Por la mitad del siglo 19, la realidad
misma se encargaba de mostrar que por ejemplo los enfrentamientos callejeros
habían dejado de ser una alternativa para los obreros. Ya entonces, no era
dialéctico el levantamiento de barricadas, como lo hace notar Engel en su
introducción a La Lucha de clases en Francia. Menos aún –me permito agregar yo-
lo serían el bloqueo de carreteras, o la realización de disturbios, como los
que se produjeron hace unos días cuando una masa maloliente, e ideológicamente
embriagada, quiso tomar por asalto el aeropuerto del Cusco en son de protesta y
reivindicación, sin interesarse por averiguar si lo que estaba haciendo era
prestarse a servir de carne de cañón, puesta a los pies de los intereses de una
minoría.
Sito a La Lucha de Clases en Francia
–trabajo hecho por Marx- porque de allí se desprenden dos cosas muy
importantes:
La primera es que, tal como el mismo
Engel decía en la introducción, la opción de la clase obrera pasaba por la
participación activa en instituciones democráticas como el parlamento. Nótese
cómo allí él habla de la inteligencia alemana, y valora el papel de la Social
Democracia.
La segunda es que, ante semejantes
afirmaciones, los comunistas se iban a ver en problemas a la hora de
promocionarse para alcanzar sus particulares objetivos. Ellos sabían muy bien
en qué consistía el marketing político, y se percataron que tenían que empezar
por adulterar el sentido original de las tesis mismas de Marx, si querían
explotarlas. A Marx podían comercializarlo como su ídolo, como un sabio, como
un gran científico social que, según ellos, era venerable, pero nada más. No
hubiese sido ningún buen negocio que la gente llegase al fondo de lo dicho por
él en su Manifiesto, como en La Miseria de La Filosofía, además de El Capital.
Expoliados por la angustiosa necesidad de llegar al poder, los comunistas se
encargaron de contrabandear con tales ideas, hasta elaborar todo un
“pensamiento” que, quizás, ni el mismo Marx se hubiese propuesto desarrollar
bajo el nombre de Marxismo. Tenían que producir un opio intelectual lo
suficientemente potente, como para permitirles cautivar a lo más incrédulo de
la sociedad y así conseguir el mayor número posible de consumidores
ideológicos, que sean capaces de apoyar lo inapoyable y defender lo
indefendible.
Lenin podría ser descrito como un buen
barman. Supo muy bien como tomar lo que le convenía de los puntos de vista de
Marx, para usarlos como ingredientes de toda una gama de cócteles teóricos.
Estos servirían para emborrachar a los seudo intelectuales provenientes de las
clases medias que, a decir del mismo Manifiesto: “Son reaccionarias”.
Resultaría muy interesante leer el citado documento, en lo que corresponde al
capítulo 1 llamado Burgueses y Proletarios. Esas clases medias no habían
sucumbido, no habían caído al sótano de la sociedad, no se habían diluido en el
proletariado, como resultado de la ley de pauperización, y los comunistas, que
provenían de esas mismas clases, se dieron cuenta que entonces no podían darles
la espalda. Debían unirse a ellas; debían infiltrar sus instituciones: las
fuerzas armadas, incluso la iglesia, recurriendo a un nuevo tipo de trago: El
marxismo-Leninismo. Solo así habrían de llegar a las masas a las que en el
fondo despreciaban y desprecian.
Las masas jamás se ponen en movimiento
por su propia iniciativa. Actúan sí, pero cuando son convocadas por las clases
medias, y concretamente por pequeños sectores pertenecientes a estas, que
tienen el interés de derrocar a las clases altas, pero que por sí mismas, sin
las masas, no podrían conseguir nada de eso. Al respecto, hay otra obra que me
gustaría citar: la novela 1984 de George Orwell. Allí se describe muy
claramente cómo las clases bajas son utilizadas en la lucha que las clases medias
entablan por el poder. Cuando esas clases medias logran sus fines –se
convierten en las nuevas clases altas- no dudan un solo instante en devolver al
populacho a su antigua situación de brutal servidumbre, recurriendo para ello a
todos los métodos de rigor y terror que fuesen necesarios, como en el caso de
Robespierre.
Bajo los efectos del Marxismo-Leninismo,
el sector de seudo intelectuales, artistas, aficionados a la sociología, y
demás provenientes de las capas medias, se pusieron a trabajar. Quizás,
dándoles el beneficio de la duda, los más idiotas entre aquellos no sospechaban
para quién estaban trabajando en el fondo, ni se imaginaban que, a partir de su
entusiasta colaboración “revolucionaria” progresista, se podría dar una nueva
interpretación de aquel viejo refrán que en este caso diría: Los comunistas
viven de los idiotizados por el Marxismo-Leninismo de las clases medias, y
estos últimos de su trabajo. El ambiente fue inundado por artículos, ensayos,
libros, películas, poemas, novelas, canciones, que invocaban la “necesidad” de
poner en práctica, de adoptar un proyecto que abarcaba todos los aspectos de la
vida. El mensaje era que si no se adoptaba semejante proyecto no se iba a poder
construir un hombre nuevo, ni una sociedad humana más justa.
El gran nuevo proyecto:
En su condición de clase dominante, La
burguesía había puesto de vuelta y media al mundo entero ya en el siglo 19. Al
hablar de ella, el mismo Marx no le escatimaría elogios en su Manifiesto. Sin embargo,
no todo el mundo lograría incorporarse a la civilización industrial al ritmo
histórico de aquellos tiempos. Hubieron países que se quedaron en la barbarie,
y que solo mucho después serían lanzados al quehacer industrialista, por
factores condicionantes del contexto mundial. En aquellos países bárbaros,
podía haberse dado un cierto crecimiento de fuerzas productivas de tipo
capitalista, pero aquel crecimiento no era lo suficiente como para lograr el
estallido de la superestructura correspondiente a la barbarie. Esta siguió
intacta, y bajo ella se dio, ¿será que hasta hoy se da?, un curioso proceso que
tiene un sentido paradójico. En dicho proceso lo nuevo parece viejo, y lo viejo
parece nuevo, novísimo, más que moderno, progresista. Lo histórico aparece como
anacrónico, y en cambio lo más obsoleto, lo más trasnochado, lo ya caduco
aparece como si fuese lo último.
No podía darse un mejor marco que ese,
para el desarrollo de un proyecto que debía excitar y poner en movimiento a las
masas, como condición básica para su realización. Si lo viejo podía aparecer
como nuevo, los cosmetólogos teóricos ¿pensadores, ensayistas, investigadores?
bien podían dedicarse a darle a ese viejo absolutismo un look totalmente
renovado, juvenil, carismático, bien monono, y hasta risueño. Aquel trabajo no
sería tan difícil, porque en las mentes de los bárbaros el viejo absolutismo,
aún hoy, conserva intacto un gran prestigio, incluso sin tener que pasar por el
salón de belleza de los que actualmente se dicen ecologistas.
Una palabra indispensable:
Pero, eso sí, al viejo absolutismo había
que ponerle un ganchito, algo notorio, sensual, provocativo, coqueto, que
remueva las fibras más íntimas de los poseídos por la sensiblería. ¿Qué podía
ser aquello que cumpla con todos los requisitos mencionados? Una simple
palabra: social. Si se usaba aquel término, cualquier cosa, cualquier proyecto
tiránico podía pasar piola, y mejor aún si el término ese ¡social! era
redondeado nominalistamente con eso de: Socialismo.
Así llamado, un “joven” y “seductor”
galán aparecería en escena: El Socialismo. Este iría mucho más allá de las
bibliotecas; desbordaría a las excéntricas elites de los bohemios, dados a
demostrar que no son iguales a los demás; llegaría mucho más lejos de donde
pudieran llevarlo la televisión, la radio, los periódicos, y se refundiría con
las masas. Estas empezarían a temblar y derretirse por él, sin pedir razones,
ni explicaciones, ni programas, sino frases bonitas que se hagan eco de lo que
usualmente esas masas quieren oír de boca de los caudillos. Pero la proeza de
aquel “joven” sería mayor: les permitiría a los comunistas hacerse dueños del
poder, jugando a ser las cabezas iluminadas de todo un nuevo modo de
producción, que solo podía darse a modo de ficción en las cabezas de los más
ilusos, de aquellos que por pura vocación se andan chupando el dedo.
En los años 80 del siglo 20, el tema de
todos los días era ese “joven” precisamente. Lo moderno eran sus ideas, sus
conceptos, y sus preceptos. Eso de la Democracia Representativa, El Pluralismo
Democrático, el respeto a las tradiciones, y a las instituciones, eran cosas de
dinosaurios que se oponían a lo progresista. Ser joven era igual a ser
socialista, admirador de delincuentes como Guevara y el mismo Fidel Castro.
Pero, más allá de eso ser joven pasaba por rendirle culto a un modelo de estado
centralista, concentrador, intervencionista, totalitario que, según sus
devotos, debía tener el derecho -lo voy a repetir- debía tener todo el derecho
para sí, de meterse en todos los aspectos de la vida de los miembros de las
clases sometidas, dominadas
.
Yo pregunto:
¿Qué diferencia hay entonces, entre ese
Socialismo y el Socialismo del Siglo 21? ¿Acaso hoy se da un socialismo no
militarista?
Hasta la actualidad, desde que el
antihigiénico Castro tomara el poder, los procesos seudo revolucionarios que se
han dado en América Latina, han sido llevados a cabo por minorías constituidas
por militares, asociados con civiles que tan pronto llegan al poder se
autoproclaman comandantes. Las masas se emocionan a la hora de comandantearlos
y rendirles la misma pleitesía que demostraron en 1959 frente a Castro, o en
1968 frente a Velasco en el Perú. ¿Qué es lo nuevo? ¿Dónde quedó la dialéctica
de la historia? ¿A dónde está el cambio? ¿A dónde está aquel empresario al que
yo pudiese llamar: mi gerente?
Autor: Luís Hernández Patiño. Lima,
Perú.