EL SÉPTIMO HIJO VARÓN
Nació una noche clara, cuando la luna
llena bañaba las verdes praderas del despoblado campo de aquellos inicios de
nuestra patria.
Sus padres, como tantos llegaron desde
muy lejanas tierras, allende los mares, donde las guerras y el frío,
contrastaban con el amor y la esperanza de una vida nueva, donde la paz diera
espacio al trabajo.
Como los pájaros construyeron su nido,
nacieron sus pichones, que junto a sus padres aprendieron a trabajar y amar
esta tierra.
En ese rancho donde el trabajo diario se
amasaba con amor, allí nació el que sería el menor, el más pequeño, lo llamaron
Eugenio.
El pequeño era muy distinto de sus
padres y hermanos, nació de menor peso y sin que se entendiera la razón, una
espesa pelusa lo cubría.
Solo eso y su tamaño eran las
diferencias; luego la espesa pelusa se tornó mas oscura…era voraz, crecía y era
amado por sus padres y hermanos.
Se dijeron muchas cosas, vinieron hasta
el rancho, algunas personas mayores que acompañados del cura, hablaron con los
padres…
Fue bautizado, su hermano mayor fue el
padrino, también otro de los recién llegados, hombre mayor, anciano, experiente
cuyo nombre era Benito.
Eugenio creció bajo la mirada atenta de
sus padres y especial cuidado se tenía con él en las noches de luna llena.
Cuando tenía siete años sucedió aquello
que sería el comienzo de la gran preocupación; la luna aparecía enorme en el
horizonte, sin razón aparente comenzó a transformarse el rostro belludo de
Eugenio, su voz era distinta, gesticulaba, sus manos tomaban posturas
diferentes, sus dedos se crisparon y una espesa baba salía de su boca…se
retorcía, casi aullaba, se golpeaba por el piso, contra su catre, como fue
posible lo dominaron, lo pusieron en el catre y para defenderlo de su mal lo
ataron.
No se sabe cuanto duró esta fea
experiencia…pero las cosas ya no fueron como antes.
Regresó el cura, su padrino el anciano
Benito, trajeron agua bendita, y entre las recomendaciones estaba aquella: no
podía estar fuera del rancho en las noches de luna llena.
Sucesos como aquel fueron varios, ahora
Eugenio hablaba con dificultad, había cambiado.
Sus padres sabían según las historias del
lugar y de otros lugares más lejanos que había que tener mucho cuidado, que con
el tiempo las cosas no mejorarían.
Lloraba a escondidas su madre, sus
hermanos lo veían como algo que debían sobrellevar.
Al llegar la pubertad, el cambio físico
fue muy notorio.
Sus pelos se tornaron más hirsutos, y la
higiene se tornó cada vez más difícil, Eugenio se presentaba rebelde, sus
padres lo notaban arisco, receloso, menos afable, mucho menos ya que esa
característica casi había desaparecido después de aquel primer ataque de la
luna cuando tenía siete años; así lo recordaban los suyos.
Como para todos pasó el tiempo…sus
hermanos hicieron su rancho, como los pájaros encontraron su compañera, sus
padres envejecieron, y Eugenio también fue adulto, como no era de buen ver,
siempre se quedó en el rancho, se ocupaba de las gallinas, plantaba y cuidaba
una pequeña huerta, y solitario vivía con sus padres…
El cura los visitaba siempre, y como
siempre también traía agua bendita, su padrino el anciano Benito venía con el
cura, cuando el padrino falleció le dieron aquel crucifijo que debía colgar de
su cuello.
Por nada debía quitárselo.
No debía comer carne ni nada relacionado
con ella, en las noches de luna llena debía encerrarse.
Con el tiempo comprendió todo aquello que
el cura y sus padres le decían, entonces cuando le atacaba el mal de la luna,
el se recluía y pedía a sus padres que lo ataran al catre, no debía olvidar que
el era quien debía cuidar de sus padres y que debía recordar todo cuanto el
cura le había dicho…
Casi no hablaba, en aquella soledad, se
sentía mejor que cuando por alguna razón debía estar entre otras personas que
no fueran sus padres.
Primero falleció su padre, solo quedaba
él con su mamá.
Los momentos de ternura que Eugenio
tenía, le afloraban frente a un ser nuevo, pequeño, algunas veces traía entre
sus manos belludas y feas, un pollito pequeño, amarillo, suave, y con algo que
quería ser una sonrisa y con balbuceos ininteligibles se lo daba a su madre.
También lo alegraban los árboles en flor
y brillaban sus ojos pequeños de su rostro belludo al sentir el aroma de los
frutos maduros del enorme guayabo que daba junto a otros árboles sombra al
humilde rancho.
Cuando llegaba la primavera y oía el
renacer de la vida en los pájaros que como todas las primaveras hacían sus
nidos, para después llenar los lugares habituales con sus trinos y piares
nuevos, entonces sus ojos tenían mas brillo y sus manos feas parecían sentir el
deseo de una caricia.
El tiempo no se detiene, en un amanecer
su madre no despertó… todo fue entonces mas solitario, y Eugenio siguió su vida
junto a lo que conocía y tenía a su alcance…Desde el camino se veía el rancho,
fauna y flora nativa eran sus amigos y compañía constante y fiel.
Ha pasado mucho tiempo, en la colina
cerca del camino se levanta una escuela, ahora vive mas gente, el campo está
mas poblado, las tierras son labradas, es otro el movimiento, la vida fluye; y
allá mas lejos, se ve como los árboles reunidos en un abrazo cubren la tapera,
mientras el ojo espejado de la cachimba dialoga con el cielo.
Al pie del gran guayabo hay una cruz
musgosa ,de un musgo suave y verde que crece en una caricia que poco a poco
cubre el nombre: Eugenio. Q.E.P.D.
Esa es la historia del séptimo hijo varón,
que según la leyenda estaba condenado, y sería por siempre el hombre lobo, que
por el amor de sus padres y los cuidados y bendiciones religiosas, viviría en
esa paz hasta recibir el abrazo de la tierra madre y la piedad de Dios que
recibiría su alma.
La realidad sobre esta leyenda y
concretamente sobre lo sucedido a Eugenio, es que estaba afectado por
Hipertricosis lanuginosa congénita.
Es esta una enfermedad extremadamente
rara, ya que se han documentado desde la edad media solo cincuenta casos.
Las personas que lo padecen están
completamente cubiertas por un vello lanudo largo excepto en las palmas de las
manos y plantas de los pies. La longitud del vello puede llegar hasta
veinticinco centímetros de largo.
No tiene ninguna otra consecuencia sobre
la vida del que la padece, en el caso de Eugenio además de hipertricosis sufría
episodios de epilepsia, el primero lo sufrió a los siete años, coincidiendo con
la luna llena, pero es eso solo una.
Autora: Marie Díaz. Montevideo, Uruguay.