RELIGIÓN Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN EN EL
ENTORNO DEL TERRORISMO
La información que recaba el
Departamento de Estado de Estados Unidos sobre el terrorismo en el mundo,
muestra que este fenómeno aumentó en vez de disminuir durante el año que termina,
pese a los esfuerzos empeñados en combatirlo. Más concretamente, la ola
insurgente que azota a Irak se traduce en un promedio de 4.5 ataques al día. A
ello se agrega el número creciente -por centenares-- de jóvenes iraníes que se
ofrecen como voluntarios para realizar ataques suicidas contra Estados Unidos
en Irak y contra Israel.
Cabe mencionar también que las
versiones, muchas de ellas verdaderas y otras exageradas o falsas, acerca de
actos de profanación contra el Corán cometidos por soldados y funcionarios
estadunidenses de inteligencia, ha provocado sistemáticamente disturbios
antiestadunidenses en el mundo árabe, con saldo de centenares de muertos y
heridos. Todo esto lleva a reflexionar sobre el peso del factor religioso en
este problema.
El combatiente suicida islámico está
inspirado por una interpretación de la religión, en virtud de la cual gana la
vida eterna con su sacrificio.
Actualmente, entre el 3% y el 4% de la
población musulmana está dispuesta a inmolarse. Es una clara minoría porcentual,
pero si se traduce en número de militantes, cobra una evidente importancia.
Hace algún tiempo, en la prestigiosa
firma Christie's, de Londres, durante la subasta de obras de arte árabe más
importante del mundo, que se realiza anualmente, tuve la oportunidad de
asistir, como observador, no como cliente; y me llamaron poderosamente la
atención dos cuadros pintados al óleo en el siglo XVII, cuando los pintores
árabes sentían de manera muy viva la influencia del Renacimiento italiano.
Se trataba de pinturas islámicas, sí,
pero muy occidentales, con figuras luminosas que proyectaban un estupendo
sincretismo entre el mundo árabe y la Edad Media y el Renacimiento
occidentales. Pero lo que más me atrajo lo encontré en los motivos. Un cuadro
representaba la dramática escena en la cual Yavé frena con su propia mano la
del profeta Abraham, cuando, en acción de gracias a la divinidad, se apresta a
matar a su propio hijo, Isaac.
Otro recogía el no menos impactante
pasaje del Antiguo Testamento, en el cual los hermanos de José --el hijo menor
del profeta Jacob-- lo venden como esclavo, en venganza porque era el favorito
de su padre. Son dos tragedias míticas compartidas por cristianos, judíos y
musulmanes, creyentes en las tres religiones monoteístas.
Esto me lleva a reiterar mi reflexión
sobre la importancia que puede tener el diálogo interreligioso en el conflicto
con el Islam. El problema central, hoy, es que en el mundo hay entre dos y tres
millones de musulmanes dispuestos a ofrendar sus vidas sin pensarlo siquiera,
porque haciéndolo en la yijad o guerra santa, alcanzarán la vida eterna
--concepto que también comparten las tres religiones monoteístas--, la cual, en
el caso de los musulmanes, tiene explícitamente connotaciones más materiales
que en las otras dos religiones.
Que la muerte en la yijad sea premiada
con la vida eterna es un producto muy elaborado de la interpretación del credo
islámico, que ha sido llevada a sus extremos de mayor intolerancia y
fundamentalismo por los wahabitas, secta a la que pertenece Osama bin Laden.
Ciertamente, mientras no haya una definición clara y contundente de los
estudiosos -teólogos y filósofos-y clérigos que interpretan el Corán, para
establecer que la muerte suicida en la yijad no será premiada con un boleto al
paraíso y los favores de las huríes, será muy difícil frenar la espiral de
violencia que el terrorismo suicida fundamentalista ha volcado sobre el mundo.
Es sorprendente la falta de esfuerzos
reales en el terreno del diálogo interreligioso para enfrentar este conflicto
creciente. Quienes no profesamos religión alguna, estamos conscientes, sin
embargo, del peso que las creencias religiosas pueden tener tanto en la paz y
la hermandad, como en la guerra y el odio.
Incluso, algunas decisiones recientes,
adoptadas antes de la entronización del papa Benedicto XVI, como la orden del
Vaticano de hacer más estrictos los requisitos para autorizar a los católicos
para casarse con musulmanes -dentro del impedimento llamado de mixta religión,
codificado en el Código de Derecho Canónico a través de los siglos--; o incluso
los reclamos de una constitución europea que defina como cristiana a la
comunidad multinacional que ha surgido pacientemente, parecieran no contemplar
la necesidad de abrir un diálogo lo más franco y abierto posible con los
musulmanes en el terreno religioso para enfrentar la violencia.
En otro campo, la decisión de Francia de
prohibir el velo islámico --chador-- en las escuelas, si bien se basa en el
admirable laicismo del Estado francés, ha amenazado por momentos en convertirse
en una acción que dispara la conflictividad con el mundo musulmán, más allá de
lo que perciben los países occidentales.
Las llamadas sagradas escrituras de las
tres religiones monoteístas son muy coincidentes en lo general; el problema
está en su interpretación y trabajar en este punto debería ser la prioridad
para evitar que el conflicto derive en una nueva cruzada occidental para
enfrentar a la yijad.
Pero esta reflexión me lleva a
considerar que, después de la cuestión religiosa, el segundo aspecto central
para impedir la escalada de la violencia, está en el papel de los medios de
comunicación occidentales. La interpretación que sostiene que el conflicto con
el Islam tiene en el fondo a la cuestión de Palestina, es insuficiente.
Se trata, por supuesto, de un
ingrediente del problema, pero los asesinatos religioso-políticos en Sudán, las
acciones terroristas en Argelia, la guerra entre Irán e Irak, la invasión a
Kuwait, el conflicto entre Egipto y Yemen, los talibanes de Afganistán y las
acciones terroristas que en otra época promovió Libia, no tienen que ver con el
conflicto palestino.
La hipótesis de que el control y la
explotación del petróleo por parte de Occidente y en particular de Estados
Unidos, es la causa del conflicto, ofrece una perspectiva importante y
prioritaria, pero no lo explica todo.
Desde el siglo XVII, el Occidente extrae
recursos naturales de los países árabes. Y en el caso del petróleo, ha sido
tanto causa de conflicto como de asociación. Es un factor, pero no el decisivo.
La idea de que el mundo árabe pobre
envidia al mundo occidental rico, es una interpretación racional de muy
respetable raíz marxista. Pero no se compagina con la cultura islámica. La
realidad es que los musulmanes no quieren ser ricos, más bien quieren que los
dejen ser como son.
Y lo que afecta su statu quo, más que la
extracción del petróleo, la riqueza de Occidente o el conflicto
palestino-israelí, es la difusión de los medios de comunicación occidentales
que en las últimas dos décadas ha avanzado en una dimensión sin precedentes en
la historia.
Lo nuevo es que la televisión en primer
lugar, y la internet en segundo, que se han transformado en la amenaza más
grave que ha enfrentado la cultura islámica en toda su historia. El
colonialismo europeo en los países musulmanes durante el siglo XIX y la primera
mitad del XX, aceptó las formas culturales del mundo islámico y se limitó a
pactar con los líderes locales para extraer recursos naturales.
No intentó trasplantar cultura y
religión, como se hizo en América. Lo realmente nuevo que está exacerbando el
conflicto a comienzos el siglo XXI, más importante y trascendente que el poder
político y económico de Occidente o la envidia de los pobres del mundo
islámico, es que, sin quererlo, la imparable difusión de los medios de
comunicación occidentales constituye una amenaza sin precedentes para la
cultura árabe en particular, e islámica en general.
No resulta fácil actuar en este campo,
pero es fundamental reflexionar sobre el hecho de que el diálogo interreligioso
y el papel de los medios de comunicación occidentales, son dos factores
centrales del conflicto entre el Occidente y el Islam, más allá de la
interpretación de que en realidad se trata de una suerte de guerra civil entre
musulmanes, en la cual el Occidente ha tomado partido por uno de los bandos.
Las autoridades religiosas y los medios
de comunicación deben reflexionar profundamente sobre su responsabilidad en el
freno decidido y permanente a una escalada de violencia terrorista sin
precedentes, que se ha constituido en la mayor amenaza para la seguridad
internacional en el siglo XXI.
Por: Luis Gutiérrez Esparza.
México, Distrito Federal.