REGRESO

 

Llovizna helada. Cielo gris en Buenos Aires.

El señor Atilio Mendizábal regresa con los zapatos embarrados y el sobretodo mojado.

En el hall se quita los zapatos para evitar la reprimenda y abre la puerta con movimiento lento como no queriendo entrar.

Deja el portafolio, que también está mojado, en un sillón y arroja al boleo el sobretodo.

Tiene frío.

Quiere encerrarse en el cuarto de baño antes que comience el interrogatorio: “¿Cómo te fue? ¿Qué hiciste hoy? Y la cadena de quejas sin fin.

Hoy no. No quería ver ni oír a nadie ni a Rosario, su mujer.

Como una sombra se deslizó, entró al baño y cerró con llave.

Mientras se desabotonaba la camisa se miraba al espejo como quien mira a un desconocido Atilio Mendizábal; cincuenta y cinco años.

Si, era él, ese hombre de sienes con algunas canas y una profunda arruga en la frente, era él ¡Cómo había cambiado en tan poco tiempo! Y ese dolor en el pecho que lo había perseguido durante todo el día eran los nervios. ¿Cómo iba a decirle a Rosarito que a los cincuenta y cinco años… no lo entendería? Él no lo entendía.

La bañera comenzó a desbordar y sintió el agua calentita acariciándole los pies.

Se dejó caer en el abrazo tibio del agua y viajó en el tiempo hacia atrás.

Su romance con Rosarito tan lleno de contrariedades… su primer empleo… el despertador a las cinco de la mañana… la tasita de café en el baño mientras se afeitaba… los hijos… los primeros pasos… “¡Viva mi papá!” en la pared recién pintada… sin dejar de correr comprar el diario en la estación Lanús y subir al treinta y siete de cualquier forma, parado, hasta Palermo… la muerte de su madre… la soledad y el tiempo.

Treinta. Treinta y cinco…-cuarenta-.

A los cincuenta le dieron un premio en el trabajo:- no había llegado nunca tarde- ¿y Falta? Cuando lo operaron de hernia inguinal únicamente…

¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cómo se ensaña el tiempo! Nos hunde en el olvido nos convierte en viejos. Nos quita lo que amamos… y después no servimos para nada.

¡Atilio! ¿Cuándo llegaste? A no ser por el agua no me hubiera dado cuenta que llegaste ¡ah! Y por el desorden en el living ¡Qué barbaridad! No se puede tener la casa en condiciones por más que me mate trabajando.

¿Te costaba mucho dejar el sobre todo en el patio, colgado en una percha? ¡Ay! El portafolio está mojado y lo dejaste en el sillón ¡vos si no tenés cabeza!

¡Estoy cansada! No valoran mi trabajo. ¡Estoy harta de no ser respetada!

Menos mal que tuviste la delicadeza de dejar los zapatos afuera: por si no te diste cuenta acabo de lustrar los pisos pero a vos ¡Qué te importa! dejas la casa convertida en un caos y cuando regresas encontrás cada cosa en su lugar la mesa lista y la comida a punto.

Mirá, te lo tengo que decir…vos, Atilio, salís de tu casa muy perfumado y limpio es cierto, te vas a trabajar; pero tenés oportunidad de hablar con la gente de saber que pasa en el mundo de mirar a las mujeres… ¡por que no me digas que no miras a las mujeres! ¡Ja! ¿Te acordás la historia que tuviste con la cajera del banco ciudad? ¡La rubia! ¡De ojos azules! Vos… siempre lo negaste; pero a mí…-no se me mete el dedo en la boca tan fácilmente- “¡Cómo no señor Mendizábal!” no tiene más que llamarme y solucionamos cualquier problemita. Clientes como usted se merece la mejor atención” ¡Hipócrita! Hasta un ciego podía ver el interés que ponía en agradarte. Y vos lo negabas, lo negabas, lo negabas; pero, como Dios no quiere cosas turbias… ¡Los pesqué en el bufete del Banco! ¡Ja! La cara que pusieron.

Te digo la verdad Atilio…-ya te lo dije otras veces- -¡me dio vergüenza acercarme a saludarlos!- ¡y ella… como si nada! Me saludó con su pelo rubio y sus ojos azules, la sonrisa falsa temblándole en la boca muy pintada.

Dejemos esto ¿para que recordar? Puedo verte con mil “ojos azules” de polleras cortas que no se me mueve un pelo. Si se rompe un vaso a lo mejor los uno con pegamento;-pero es solo un remiendo.

 

Las campanas de la iglesia y la marcha nupcial… ¡que joven se casó Laurita! ¡Cómo temblaba mi mano mientras caminábamos hacia el altar! Me dolía el pecho, menos que ahora… ¡estaba emocionado! hoy…-decepcionado-.

Todos mis sueños, mis proyectos de vida borroneados por la mano que escribe “despedido”.

 

Atilio Mendizábal:

Presidimos de sus servicios.

Reducción de personal la compañía les da las gracias

Por su trabajo y la permanencia en la empresa.

 

Le daban las gracias y quedaba con las manos vacías y el corazón suspendido en la pregunta: ¿Qué hacer a los cincuenta y cinco años? ¡Cómo se puede empezar!... y gritó. Gritó con dolor y amargura. ¡Cómo decirle a Rosario! ¿…no lo entendería, él no lo entendía?

El agua cantaba una canción tibia sobre el cuerpo de Atilio Mendizábal que no gritaba. Temblaba, mientras el agua se secaba a saltitos de la bañera corriendo por debajo de la puerta.

 

¡Atilio cerrá la canilla! ¡Sos estúpido! ¡Te dije que había lustrado los pisos! Pero ¡claro! A vos ¡Qué te importa! El señor disfruta de todos los placeres y la –imbécil friega-

¡Cerrá la canilla! Mirá Atilio no me va a importar los treinta años de matrimonio…

¡Carajete! Este secador anda como la ¡mierda!

¡Cerrá la canilla! ¿Qué te pasa? ¿Estás sordo Atilio?

¡Ay! ¡Cómo te odio! ¡Cerraste con llaves! ¡Hijo de puta!

¡Abrí! ¡O rompo la puerta a patadas!

Te has propuesto romperme los nervios.

¡Maldigo la hora que me casé con vos!

¡Idiota! ¿Te olvidaste que la llave del dormitorio también sirve?...

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Rosario.

El telegrama colgado del espejo:

Prescindimos de sus servicios.

Reducción de perso…

El grito se negó a salir.

La llovizna helada era más densa y el cielo más oscuro en Buenos Aires.

 

Autora: Betty Capella. Lanús, Buenos Aires, Argentina.

[email protected]

 

 

 

Regresar.

 

 

Hosted by www.Geocities.ws

1