Y LA RADIO SUENA

Autora: Irma Guadalupe Vela Meza.

No se exactamente cuándo tomé conciencia de la existencia de ese aparato, solo se que estaba ahí desde antes de que yo naciera. Me despertaba escuchando la voz del locutor que hablaba sin parar, otras veces eran las canciones de "Cri Crí El Grillito Cantor", también se daba el caso en que una hermosa música instrumental me hiciera abrir los ojos amodorrados para darme cuenta de que era hora de levantarme y empezar el día. No olvido a los patrocinadores que hacían posible que subsistieran las radiodifusoras. "¡Siga los tres movimientos de Fab: remoje, exprima y tienda! Comerciales que muchas veces el mismo locutor tenía que leer o cantar.

La caja cuadrada se llamaba radio, tenía dos perillas, una servía para que sonara más alto o más bajo, era el volumen. La otra movía una aguja que servía para cambiar las frecuencias y sintonizar otras radiodifusoras. Me llevó su tiempo hacer estos descubrimientos, pues en un principio, a los cuatro años de edad, me sentaba en un pequeño sillón y trataba de descubrir la magia que provocaba que aquel artefacto emitiera diversos sonidos.

Para la mente de una niña era más fácil creer que un grupo de enanos se encargaba de producir aquella magia. En la casa de las tías abuelas los enanos se convertían en diminutos hombres y mujeres que entonaban las zarzuelas, o actuaban una dramatización. ¿Quién se privó de escuchar "Anita de Montemar", "Chucho El Roto", "Tres Patines"?, tantas radionovelas y programas cómicos que reunían a la familia en torno de la radio para seguir la vida de esos personajes que pasaron a formar parte de nuestro decir cotidiano. ¡Pobre Chucho El Roto!... ¿Oíste el capítulo de ayer? Pregunta obligada entre las amigas que se encontraban en la escuela, entre las amas de casa que se veían en el mercado al realizar la compra, incluso oficinistas disfrutaban de la compañía de un radio en su escritorio y comentaban en los momentos de descanso la programación.

Transcurrió mucho tiempo para que me fijara en el interior de un radio y descubriera que no había ningún tipo de seres sobrenaturales viviendo ahí. Descubrí los cilindros que hacían funcionar el aparato.

Con los seis años llegó la desilusión de saber que mi hermoso radio rojo funcionaba mediante la electricidad que alimentaba sus bulbos y que las voces que emitía eran de seres tan humanos como yo. Crecí con este terrible desengaño, pero en mi interior, en el íntimo recoveco del ser, ahí donde sigue habitando la niña; conservé la idea de la magia del radio rojo. Porque fue él el que estuvo a mi lado en los largos días que pasé en cama con las clásicas enfermedades infantiles, fue él el que sonaba cuando recibí el primer beso.

Llegó la radio de transistores: ¡Radios portátiles! Nada cambió entre el aparatito y yo, seguía siendo un amigo, las voces que salían por su bocina me enseñaban cosas nuevas, daban consejos, difundían noticias. Seguía siendo mágico el modo en que aquellos sonidos y voces surcaban la distancia, el espacio, para meterse en la radio y llegar a mis oídos.

Los sábados por la noche, cuando era una joven de diecisiete primaveras, partíamos con los amigos rumbo a las lunadas que se hacían en la playa. Alguien llevaba su radio, lo prendía y bailábamos hasta la media noche al son de las melodías que salían del pequeño aparato. Nuestro radio nos acompañaba a todas partes, dentro de casa solía estar en la sala, el comedor, la cocina, el patio, la recámara, el baño, etc. Los lugares a los que frecuentemente iba acompañada por la radio eran tan ilimitados como mis pies me lo permitían.

Con mi radio rojo encendido, las labores del hogar eran amenas, podía cantar a dúo con Lola Beltrán, Camilo VI, Angélica María, Enrique Guzmán, Julio Iglesias, Sandro de América, en fin, con todos mis artistas favoritos. ¿Quién no ha cantado en la ducha mientras escucha la radio?

Así crecí, entre música y programas culturales. Entre noticias y comentarios. ¡Claro que también existía la televisión! Pero la radio podía funcionar con pilas y eso lo hacía portátil. El televisor no cabía en una bolsa, era muy pesado, además; su programación era impersonal, no poseía la calidez de un locutor con el cual pudieras hablar. Sí, llamar a la radiodifusora y decir: por favor: ¿puede poner "Piel de Ángel"?. Y... ¿dedicarla con todo mi amor a Perico Pérez de los Palotes de parte de Cuquita? Pasados unos minutos el locutor, con su voz de barítono anunciaba: ahora, escucharemos "Piel de Ángel" dedicada a Perico Pérez de los Palotes de parte de su amada Cuquita.

Hoy, después de tantos años, mi querido radio rojo ha dejado de funcionar, lo suple una radio grabadora que me acompaña a la playa, al campo, a donde yo quiera llevarla. Mis radiodifusoras favoritas ya no se limitan a difundir su programación a un solo aparato receptor, ahora, puedo escuchar mediante la computadora una gama de programas tan amplia, que incluye más de la mitad de países de nuestro amado globo terráqueo. Con Internet, navego por páginas de diversas estaciones de radio. ¡Puedo escuchar música China!... ¡Puedo escuchar al locutor! "Tachuqui tafea tuca rangola"... ¿Qué dijo?... "Tapes tatu boqui tafuchi"... Mejor busco otra radiodifusora y termino escogiendo una en castellano. ¡Encuentro la RNE!... Con archivos de programaciones de aquellos tiempos en que amarrábamos a los perros con longaniza y los perros no se la comían. Hoy es difícil comprar longaniza aunque sea de perro. Afortunadamente todavía encuentro en la radio buenos locutores, cuidadosos de la dicción, hombres y mujeres que transmiten su cálida personalidad junto con los múltiples programas que contemplan desde la difusión musical, noticias, apoyo social, deportes, reseñas de arte y espectáculos; es imposible enumerar los temas de transmisión, son ilimitados.

Independientemente del aparato que utilice para escuchar la difusión radiofónica, la importancia de este recurso de comunicación sigue incrementando en mi persona el nivel sociocultural y me mantiene entretenida hasta la fecha.

 

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