LA PROFESORA.
Por Sergio Pérez.
Mario tenía nada más que 42 años, de elevada estatura, más bien delgado, pero de complexión atlética y bastante bien parecido, lo que le posibilitaba tener muy buen éxito con las mujeres. Si estos atributos no bastaban, tenía además una bien timbrada voz de barítono, sabía sostener una conversación sobre casi cualquier tema y era carismático en extremo. Lo que se dice un tipo fácil, de esos que inspiran confianza y a casi todo el mundo caen bien.
No obstante, Mario Antúnez tenía una gran frustración en su vida. Esto no quiere decir que su ocupación actual no le satisficiera o se sintiera incómodo con lo que hacía, porque también le encantaba, pero allí, en lo profundo de su ser, le había quedado la insatisfacción de no haber podido ser músico de profesión.
Desde los 22 años Mario estudió música con una profesora en la secundaria de la finarmónica de Montevideo. Quería aprender a tocar un instrumento tan difícil como el oboe, pero diversos acontecimientos fustraron sus expectativas , tal vez el de más peso
Fue el tener que estudiar con la profesora más exigente de la escuela.
Aún la recuerda, la recuerda con odio, jamás se olvida de su nombre, Lucía, si! Así se llamaba la maldita! profesora que no le dio las posibilidades de cumplir con su sueño, ese sueño de ser un excelente músico, ella le dijo, -Mario!, estás perdiendo tu tiempo, mejor dedícate a otra cosa la música no es para ti!.
Se recostó en el asiento de su auto, ya habían pasado 20 años, 20 largos años, de aquella frustración, respiró profundamente, y esperó, esperó con paciencia, con mucha paciencia.
Lucía miró por la ventana de la cocina y pudo distinguir con nitidez todo el panorama que se observaba desde su posición hacia la desembocadura del Río de la Plata, a pesar de que eran ya pasadas las ocho de la noche.
Hacía poco tiempo que ocupaba el apartamento del lado oeste, en el sexto piso del nuevo edificio de la Rambla de Montevideo, sin contar la planta baja, que se construyó para el Sindicato de Músicos al Oeste de la ciudad, en la llamada Plaza Independencia.
El hecho de que a esa hora aún hubiera claridad suficiente para distinguir las márgenes del río, muy ancho en su desembocadura hacia el Océano Atlántico, las edificaciones a ambos lados, las embarcaciones amarradas en las orillas, e incluso a las personas que paseaban por los muelles, se explicaba porque ya estábamos a finales del mes de Setiembre y comenzaba a producirse el hermoso fenómeno conocido por las noches de enamorados en esa latitud.
Lucía había sido profesora de música en una escuela de nivel secundario en la ciudad durante cuarenta y dos años, en los cuales, siempre se destacó por ser demasiada exigente con sus alumnos, esto le llevó a cosechar barios enemigos ya que tan solo un diez por ciento lograba sortear con éxito el curso de música que dictaba Lucía, y ahora disfrutaba de su jubilación reciente, que coincidía con la terminación del edificio del Sindicato de Músicos y la entrega del moderno y cómodo apartamento, donde seguramente habría de residir el resto de su vida.
Lo que no podía sospechar la recién jubilada profesora de música era que le quedara tan poco de ese resto de vida.
Dejó de mirar por la ventana hacia la desembocadura del Río y se concentró en la cena que estaba preparando, para tener tiempo de comer, fregar la vajilla y dejar limpia la cocina antes de que comenzara el concierto que habría de transmitir la televisión a las nueve de la noche.
Transcurridos seis años de la muerte de su esposo, Lucía ya estaba acostumbrada a vivir sola, acompañada por el silencio que era roto sólo cuando, como esta noche, prendía el aparato de televisión para disfrutar de un programa musical, o se sentaba al piano para tocar alguna melodía que le trajera viejos recuerdos, aunque esto último lo hiciera en muy contadas ocasiones, porque siempre que lo hacía se llenaba de nostalgia y terminaba por ponerse triste y sentirse en todo su rigor la soledad que la rodeaba.
Por eso, acostumbrada como estaba al silencio, se sobresaltó cuando le pareció escuchar un ruido dentro del apartamento. Fue un chasquido muy leve, como si la puerta de entrada, que daba al pasillo del piso, se abriera y cerrara con mucho cuidado.
Lucía salió de la cocina, espumadera en mano, se asomó con cierto temor a la sala, pero no vio nada anormal, por lo que se dirigió a la puerta para ver si era que ella misma la dejara abierta y el viento la empujara, pero enseguida pudo comprobar que estaba cerrada firmemente e incluso tenía pasado el cerrojo de seguridad, por lo que regresó más tranquila a la cocina para continuar con sus quehaceres, pensando que, a lo mejor, el ruido se habría producido en el apartamento vecino o puede que abajo, en la calle.
Luego de disfrutar de su cena, que se hizo acompañar por una copa de vino, la profesora de música recogió la mesa, llevó la vajilla y cubiertos a la cocina y fregó todo. A continuación escurrió y secó platos, copa, tenedor y cuchillo, los colocó en sus respectivos sitios, comprobó si todo estaba en orden y apagó la luz para dirigirse al baño a lavarse las manos con jabón de olor para eliminar los restos de grasa y untarse un poco de colonia.
En eso estaba cuando le pareció oír un nuevo ruido dentro de su apartamento, por lo que se puso en guardia y trató de aguzar el oído para determinar con exactitud su procedencia, si se producía de nuevo, pero nada más que silencio fue lo que percibió.
No obstante, salió recelosa del baño y se encaminó despacio, sin hacer ruido, hacia la sala, mirando temerosa para todos los rincones del apartamento, como presintiendo que algo anormal estaba ocurriendo.
Lucía llegó a la sala, prendió la luz principal, a pesar de que todavía entraba claridad por los amplios ventanales y, como no encontró nada para inquietarse, se fue calmando y llegó a la conclusión de que todo eran figuraciones suyas, que debía estar nerviosa por algún motivo y que lo más sensato era acabar de prender el televisor y sentarse a disfrutar del anunciado concierto, pues eso relajaría sin duda su estado anímico.
Así lo hizo. Conectó el aparato de televisión, sintonizó el canal correspondiente, ajustó el brillo y el contraste de la pantalla, así como el nivel de audio exacto para poder escuchar la ejecución de cada instrumento sin estridencias y se dejó caer en su butaca favorita frente a la pantalla.
A la hora señalada en punto comenzó el concierto, transmitido en vivo desde la sala grande de la Filarmónica del sodre, y pronto la profesora de música se sintió transportada cuando los violines y violas acometieron un melodioso pasaje que le hizo entrecerrar los ojos para disfrutarlo mejor.
Pero fue en una vigorosa entrada de las trompas y los trombones que vino a continuación, que Lucía saltó y se puso rígida en su butacón, cuando su entrenado oído pudo distinguir con claridad un sonido ajeno a los que se escuchaban a través del televisor y que no tenía nada que ver con ninguno de los instrumentos de la orquesta.
La vieja profesora se puso de pie, bajó el nivel de audio del aparato y se volvió lentamente hacia el balcón, que en su piso daba hacia la fachada posterior del edificio, pues tenía la seguridad de que el sonido ajeno al concierto había partido de allí.
-¿Hay alguien ahí? -preguntó con temblorosa voz que se ahogaba en su garganta.
No obtuvo respuesta, por lo que comenzó a andar con paso vacilante hacia el balcón, cuyas puertas de acceso parecían estar cerradas. Mas, cuando llegó, un temblor la sacudió de pies a cabeza porque pudo comprobar que solamente estaban cerradas en apariencia, pues los pestillos y cerrojos se encontraban desactivados, cuando ella tenía la certeza de haberlos cerrado firmemente esa tarde, después de limpiar el polvo del piso del balcón.
Lucía abrió lentamente una de las hojas de la doble puerta encristalada y asomó la cabeza para recibir la brisa todavía muy fresca que venía del río, aunque recién comenzaba la primavera…
-¿Hay alguien ahí? -volvió a preguntar sin atreverse a salir completamente al balcón.
Como no obtuvo respuesta y tampoco vio a nadie desde su posición, asomada a la puerta, que le impedía tener una panorámica completa, se armó de valor y acabó de abrir la otra hoja, saliendo de una vez al balcón.
Fue entonces que vio aquella figura encapuchada pegada a la pared, del lado contrario a la baranda, y se llevó la trémula mano a los labios intentando gritar, pero la voz no le salió.
Como atragantándose, la profesora de música preguntó con un hilillo de voz que fue lo único que salió de su garganta:
-¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? ¿Qué quiere de mí?
El encapuchado no respondió. En lugar de eso, avanzó muy lentamente sobre la aterrada mujer, que no conseguía acopiar fuerzas para gritar pidiendo socorro.
-Por favor… -gimoteó lucía suplicante y temblorosa, mientras los ojos parecían querer salírseles de sus órbitas.
Las piernas le temblaban y ya estaban a punto de negarse a sostenerla, cuando el encapuchado llegó junto a ella y la sostuvo por los brazos antes de que la infeliz mujer se desplomara de terror.
-Por favor, no me haga daño -volvió a suplicar la vieja profesora.
-Juré que todos ustedes me las pagarían -le oyó decir entre dientes al desconocido, con un dejo de rencor intenso.
-¿Qué le he hecho yo, señor? Ni sé quién es usted –musitó Lucía.
-¡Eso no importa para nada ahora! -volvió a gruñir el encapuchado-. ¡Lo único que importa es que llegó la hora!
-Por favor, no entiendo -no supo qué decir la mujer, en un intento por tratar de evitar lo que sabía ya inevitable.
Pero el desconocido visitante nocturno no dijo más, En vez de eso, lo que hizo fue ir empujando lentamente a la profesora de música hacia la baranda, atenazándola con sus poderosas manos por los brazos, de manera que el cuerpo de la mujer parecía un monigote.
Cuando ya la baranda le impidió avanzar más, lanzó una última mirada que pareció como un flechazo a los ojos de su víctima, la alzó con relativa facilidad por los codos hasta que la cintura traspuso la altura del pasamanos y con un rápido empujón la precipitó al vacío.
El frágil cuerpo de la infeliz profesora de música se estrelló en la acera, sin saber nunca quién ni por qué razón había cometido aquella atrocidad….
La figura de elevada estatura, más bien delgada, pero de complexión atlética, se volvió hacia la salida, murmurando entre dientes, tal ves, tratando de anestesiar su dolor de músico de oboe fustrado.