Presidentes y desprendimientos de retina.
Por el Dr. Bulmaro Landa Quezada.
Corría el año de 1965, en México se gestaban las condiciones sociales que darían lugar a los sangrientos hechos de 1968, era presidente el Lic. Gustavo Díaz Ordaz, quien era bastante impopular y de aspecto grotesco, tenia una miopia alta, usando lentes con cristales bastante gruesos, en el mes de diciembre el Centro Médico Nacional, orgullo del Instituto Mexicano del Seguro Social, que años más tarde fuera totalmente destruido por un temblor, recibía la orden de la presidencia de la repùblica para que se le reservara un lugar al señor presidente que habia tenido un desprendimiento de retina y tenia que ser fotocoagulado con el flamante equipo alemàn que recién había sido adquirido, medio piso del hospital fue reservado, haciendo movimientos para reubicar a pacientes previamente hospitalizados, porque por razones de seguridad, ésa área del hospital tenia que ser custodiada por una veintena de hombres, siendo accesible solo y estrictamente por los mèdicos tratantes y una o dos enfermeras, de todo èsto el pueblo jamás se enteró, pues el control sobre los medios de comunicaciòn era impresionante.
Theodore Roosevelt (1858-1919), el futuro presidente de Estados Unidos, fue un niño inquieto y locuaz, pero con mala salud desde sus primeros años. Sufría de periódicos resfrios, fiebres, gastroenteritis y especialmente asma. Según una descripción de esa época, "era un muchacho pálido y huesudo, con piernas delgadas, pecho hundido, rodillas duras, escaso cabello color arena, dientes protuberantes y defectos de habla". A los 13 años descubrieron que también tenía problemas de visión, tuvo que usar gruesos lentes para corregir su miopía.
Desde entonces y por el resto de su vida Su padre tuvo una decisiva influencia sobre el joven Theodore y su muerte significó un golpe emocional devastador en su vida.
Las anotaciones en su diario de infancia revelan la naturaleza crónica de su asma y la frecuencia y severidad de los ataques: "Era desdichado, sufría mucho de asma, nadie creía que podría vivir". Cuando despertaba en medio de la noche, ahogado, su padre lo tomaba en sus brazos y caminaba durante horas con el niño, Otras veces envolvía al pequeño Teddy en mantas y lo llevaba a dar rápidos paseos en coche para que tomara aliento. Su madre intentaba calmarlo contándole historias y friccionándole el pecho. Sus abnegados padres intentaron todos los remedios disponibles, incluyendo una gran variedad de medicamentos populares de esa época: píldoras de riubarbo, cataplasmas de mostaza, ipecacuana, magnesio, cigarros, vapores de la quema de la hiedra jimson y café negro. Afortunadamente, la familia tenía los medios financieros para dedicarle toda la atención que necesitaba, además del permanente apoyo afectivo. Le contrataron tutores privados y buscaron los ambientes y climas más favorables: temporadas en la playa y en las montañas, veranos en el campo y viajes al extranjero, Con la esperanza que un cambio de clima ayudara a Teddy y a su hermana Corinne
que también sufría de asma, los Roosevelt hicieron un viaje por Europa, visitando París, la Riviera, Italia, Austria y Alemania, Pero, excepto por breves períodos de descanso cuando estaba en los centros vacacíonales, los ataques asmáticos de Teddy continuaron. "Difícilmente ha tenido tres o cuatro días de completa excepción, y nos mantiene constantemente intranquilos. En el Lago Mayor legó a un Punto en que tenía que sentarse en la cama para respirar. Después de tomar una taza de café negro, la parte espasmódica del ataque cesó y durmió. Anoche durmió toda la noche sin despertar, lo que fue un gran avance, a pesar de que respiraba muy mal.", contaba su madre en una carta desde Viena.
Cuando Teddy tenía 12, un prestigioso neurólogo de Nueva York recomendó una terapia de fuerte ejercicio físico, basado en la idea de que el asma era una enfermedad del sistema nervioso. Con ese plan en mente, Roosevelt padre le aconsejó a su hijo: "Debes forjar tu cuerpo". Teddy siguió estrictamente el consejo. Le construyeron un gimnasio en el segundo piso de la casa y el joven Roosevelt inició una
Práctica de ejercicio diario de dos horas, costumbre que siguió casi el resto de su vida. Aunque el asma no desapareció inmediatamente después de comenzar los ejercicios y continuó sufriendo crisis durante largo tiempo, a los 18 años sus esfuerzos para "forjar su cuerpo" dieron frutos: estaba casi libre de ataques asmáticos. Fortalecido por años de intenso ejercicio, desarrolló un poderoso físico y sé
Volvió experto en varios deportes, íncluyendo boxeo, lucha, tenis, caza y montañismo. Siguiendo la Recomendación de que montar a caballo junto con la caminata enérgica- era el ejercicio más beneficioso para los asmáticos, llegó a ser un eximio jinete. Gracias al trabajo duro y metódico para compensar la enfermedad pudo desarrollar toda su energía y convertirse en uno de los presidentes más poderosos y una de las figuras más coloridas en la historia americana. Hubo una clara mejoría en su asma después de entrar a la vida adulta, aunque todavía experimentó algunos ataques periódicos. Dos factores detonantes resultan especialmente interesantes. En un caso, fue el estrés emocional cuando su esposa entró a la labor de parto. Otro caso más especial se relaciona con las habituales peleas de almohadas con sus hijos. Como ese esfuerzo difícilmente podía afectar su gran vigor, lo más probable es que los ataques se produjeran por alergia a las plumas. En los años siguientes, el asma reapareció en medio de una crisis emocional por una serie de hechos dolorosos. El primer golpe fue la muerte de su querido padre. Seis años después tuvo que enfrentar una doble tragedia. Su esposa falleció inesperadamente, luego de haber dado a luz a una
hija, y apenas doce horas más tarde una fiebre tifoidea terminó con la vida de su madre. Teddy quedó destrozado. Cuando terminaba una sesión legislativa, agobiado por la tristeza, le sobrevino una crisis asmática. La persistente tos hizo sospechar al médico que podía tratarse de tuberculosis y le aconsejó trasladarse a un clima más sano en el oeste. Su rancho en Dakota que había comprado el año anterior fue el lugar de retiro ideal, para dedicarse a sus aficiones favoritas: las rudas labores de vaquero al aire libre y, en la tranquilidad de su escritorio, escribir ensayos de política e historia norteamericana. Venciendo sus problemas de salud, a los 42 años llegó a ser el presidente más joven en la historia de
Estados Unidos. Con fuerzas renovadas volvió a la escena pública, en el civilizado este urbano. Se casó con una amiga de la infancia y, a los 31 años, fue nombrado Comisionado de Servicio Civil. Durante Los próximos seis años aprendió los entretelones de la política y los caminos del poder en Washington. Durante la guerra con España, el hombre de acción se impuso al político. Roosevelt dejó su puesto en el gabinete y se convirtió en una especie de héroe nacional, luchando en Cuba al mando de la legendaria Caballería Voluntaria, más conocida popularmente como los "Jinetes Broncos".
De regreso a la arena política, gracias a su popularidad ganó fácilmente la elección para Gobernador de Nueva York y luego, inesperadamente, conquistó la Casa Blanca como el presidente más joven en la historia de Estados Unidos, a los 42 años.
Dueño de una personalidad exuberante, derrochó energía con su estilo de vida infatigable. Sin embargo, él Ritmo de su existencia terminó por cobrarle su precio. Un golpe accidental en su ojo izquierdo, ocurrido durante uno de sus habituales ejercicios de boxeo en la Casa Blanca, le provocó hemorragias y desprendimiento de retina, hasta perder la visión de un ojo. Tenía dificultades para caminar por la lesión en una pierna, producto de una colisión entre su carruaje y un trolley. Además, sufría de artritis reumatoidea y cada vez subía más de peso, En el fragor de una campaña política, le dispararon un tiro en el pecho. Milagrosamente la bala fue desviada por un estuche de anteojos de metal en el bolsillo de su abrigo y se alojó en los músculos de la pared del tórax. Durante una aventura exploradora por Sudamérica contrajo una fiebre virulenta casi fatal de la que nunca se recuperó totalmente y que le produjo recurrentes infecciones bacterianas por el resto de su vida. Su artritis fue empeorando y en varías ocasiones requirió hospitalización. Cuando Estados Unidos entró a la Primera Guerra Mundial, tuvo que conformarse con mirar la lucha desde lejos, mientras sus hijos partían a Europa. El menor, Quentin, murió en acción.
Los acontecimientos de los años de guerra le dieron un incentivo adicional y nuevos temas para continuar escribiendo. Para la época de su última publicación, la lista de libros de historia, política, biografía, viajes, asuntos militares y temas del rancho y caza llegaba a 23 títulos. A los 61 años, murió plácidamente mientras dormía, víctima de una oclusión de la artería coronaria. Su muerte fue posiblemente el único acto que realizó con calma en toda su agitada vida.