PARTIDOS Y POLÍTICOS
Por Gilberto Rincón Gallardo
La democracia en México es, por definición legal, una democracia de partidos. Esto quiere decir que los partidos políticos son los principales sujetos de la competencia electoral, son las únicas agrupaciones autorizadas para proponer candidatos a los puestos de representación popular; son, en consecuencia, la fuente de los poderes Legislativo y Ejecutivo, e incluso, a través de las decisiones de estos poderes, fuente también del Poder judicial.
Son, además, los vehículos lógicos para la expresión de demandas sociales y también son los principales mecanismos para la consolidación de una ciudadanía democrática. Para cumplir con estas tareas, reciben altas cantidades de recursos públicos tanto para sus actividades regulares como para financiar sus campañas electorales, toda vez que la Constitución los define como "entidades de interés público".
Y se trata de "entidades de interés público" porque el diseño de la democracia mexicana confía en que el pluralismo de partidos es la mejor expresión de la pluralidad de intereses políticos y sociales que existe en la nación.
Se supone que los partidos son todo esto porque lo dice la ley; sin embargo, lo cierto es que los partidos políticos parecen estacionados en una situación de crisis permanente y de un descrédito generalizado. En este contexto, si lo que se espera del sistema de partidos es que ofrezca programas y proyectos diferenciados y capaces de representar los intereses de los ciudadanos y de canalizar sus simpatías e inclinaciones, lo que en realidad tenemos es un desdibujamiento de tales programas, una tendencia a reducir sus tareas a la mera búsqueda del poder y una crisis de representación que hace que muchos ciudadanos no se sientan identificados con ellos.
Una de las razones más importantes de este proceso de desdibujamiento de los partidos en México consiste en la gran movilidad que muestran mucho de sus líderes. En la medida en que los partidos, día con día, están más atados a las decisiones de algunos políticos y cada vez menos conducidos por programas e identidades coherentes, empiezan a perder relevancia como partidos propiamente dichos y se convierten en vehículos ocasionales de los intereses de algunos políticos.
En México, se ha convertido en una práctica generalizada, y ello no admite excepciones, el que los políticos descontentos con alguna decisión de su partido aparezcan, de la noche a la mañana, como miembros y candidatos de un partido diferente, sin que se sientan obligados a dar ninguna explicación a la propia ciudadanía.
Los propios partidos han promovido estas conductas al buscar únicamente el beneficio electoral que el descontento de un candidato, antaño opuesto, les pueda generar, sin dar importancia a si este candidato tiene alguna afinidad ideológica real con el partido. En efecto, si ese político estaba en una posición diferente, el simple descontento no lo convierte en buen representante de un programa o ideología distinta.
El problema se agrava porque el descrédito de los partidos genera un verdadero círculo vicioso, pues el electorado con frecuencia premia a los políticos rupturistas, precisamente como una forma de expresar su repudio a los propios partidos. De esta manera, políticos cuyo futuro se ha agotado en una organización partidista, reviven y se convierten en triunfadores bajo las siglas de otro partido. Ganan, en efecto, estos políticos, pero ya no se sabe qué proyecto o ideología se ha quedado con la representación de la sociedad.
Desde luego, toda persona con inquietudes políticas tiene el derecho de ejercer sus derechos en el grupo político que considere más adecuado. Sin embargo, este transfuguismo constante de políticos lleva a la sociedad a pensar que todos los partidos son, en última instancia, grupos intercambiables y vacíos de contenido.
Si los partidos lo único que hacen es ir a remolque de políticos itinerantes, lo que sucede en última instancia es que la propia democracia de partidos ha dejado de ser lo relevante y ella es la que va a remolque de estas personalidades.
Los propios dirigentes de los partidos deberían contemplar en serio el riesgo que estas prácticas implican para el futuro del propio sistema de partidos en México.