“EL ORFANATO”: BUEN DEBUT, MEJOR PADRINO

 

El español Juan Antonio Bayona, debuta con el apoyo de nuestro admirado y estimado Guillermo del Toro, quien desde siempre a tenido la “muy buena onda” de apoyar a quienes tienen talento y comparten su gusto por el cine, por el buen cine. Ya hemos comentado en estas páginas del apoyo y complicidad con que ha trabajado, desde sus comienzos, con Carlos Cuaròn, Alejandro González Iñarritù, Carlos Bolado y otros. En esta ocasión interviene como productor y nos presenta a este joven cineasta que en 1999, a sus escasos 23 años, obtuvo el primer lugar por el cortometraje de ficción “Mis vacaciones” en el festival de cortos de Barcelona.

 

“El orfanato” es una película que llega beneficiada y perjudicada al mismo tiempo por las preconcepciones del público. Me refiero a esa especie de inconsciente colectivo que la ha ido etiquetando, aun antes de haberla visto, en el mismo casillero que “Los otros” (Alejandro Amenabar, 2001). Las razones, en realidad, son tan vagas e insuficientes como el mero hecho de ver a una rubia y un niño metidos en una vieja casa en la que parece haber fantasmas (un razonamiento que, así planteado, se cae por su propio peso). Sin embargo, la cinta de Juan Antonio Bayona tiene tanto que ver con la de Alejandro Amenábar como pueda tenerlo con “Frágiles” (2005), del catalán Jaume Balagueró, que también nos hablaba de un decrépito orfanato encantado y una protagonista rubia con cuentas por saldar con el pasado. Ambas películas realizadas en el esquema de producción holywoodense.

 

Afortunadamente, la película se queda con lo mejor de esa arma de doble filo que resulta de las ambigüedades: por un lado, atrae a todos aquellos espectadores a los que gustó la propuesta de Amenábar y, por otro, posiblemente se gane el beneplácito de aquellos que sepan ver bajo la superficie y descubran que, en efecto, la película de Bayona tiene su propio espíritu y su propio pulso, aunque irónicamente sea una inteligente combinación de los de las dos obras arriba mencionadas. Por mi parte considero que la participación de Guillermo del Toro, experiencia y sapiencia, en la carrera de un joven que exhibe muchas buenas cualidades, es determinante en la manufactura del filme. Finalmente el resultado habrá de beneficiar a todos, principalmente a los amantes del cine.

 

El ambiente de la película, se ubica más en el género del melodrama con ribetes de thriller sobrenatural que a la de una obra de terror puro. Nos cuenta la historia de Laura (Belén Rueda), una mujer que se traslada con su esposo Carlos (Fernando Cayo) y su hijo Simón (Roger Príncep) al antiguo orfanato que fue su casa en la infancia, con la intención de rehabilitarlo como un modesto hogar de cuidados a niños con minusvalías psíquicas. Sin embargo, los juegos de Simón con unos amigos invisibles hacen que Laura se inquiete y comience a sospechar que hay algo que no anda bien y entre en un juego de suposiciones y desvaríos a pesar de su esfuerzo de mantenerse ecuánime y racional, desequilibrio que la irá llevando gradualmente a una insospechada tragedia.

 

Quizás el mayor lastre que arrastre el filme sea un comienzo y un final un tanto alargados. En el primer caso, se entiende perfectamente, dada la necesidad de asentar las bases de la historia y las claves necesarias para comprender en toda su dimensión el alucinante viaje emocional que nos depara Bayona, aunque tal vez pida con ello demasiado a ese espectador medio, poco acostumbrado a que una película de suspenso tarde tanto en empezar a sacudirle. En el segundo caso, posiblemente sí se le haya ido la mano a la hora de subrayar la dimensión poética del relato e incluso de atar cabos (muchos de los cuales siguen quedando sueltos) con esa sucesión de epílogos a mi juicio un tanto excesiva.

 

En cualquier caso el film funciona sorprendentemente bien a todos los demás niveles -aquí es donde son más notorias, a mi juicio, las influencias de Del Toro-. Y digo sorprendentemente porque es dirigido por un debutante y con un reparto encabezado por Belén Rueda, actriz más conocida por sus pocos espectaculares trabajos televisivos, en su primer papel protagonista para la pantalla grande y del que comentaremos mas adelante. El caso es que ha sido una agradable sorpresa descubrir una mano férrea y segura por parte de Bayona, que demuestra haber digerido y reformulado espléndidamente lo mejor de sus referentes, Amenabar y Balguerò, aunque españoles ambos, absorbidos por la industria y el estilo americanos. Con las ventajas en recursos económicos y humanos que esto representa. El éxito comercial e internacional de estas películas parte de una materia prima muy del gusto estadounidense y, por ende, casi global. Lo que se aplaude es la capacidad de adaptación a una manera estilizada, de impecable factura. Quiero pensar que hay una búsqueda en el ámbito de la economía, por no depender de ese sistema global. Del Toro esta demostrando que se puede pelear y hacer resistencia dentro de la industria, y aun dentro del sistema que todo lo absorbe, cuando se tiene el talento y la calidad para justificar la necesidad de ser “independiente”, de expresarse en su propio idioma y con recursos propios, también se puede pelear para que el negocio se haga dentro del país de origen y las ganancias no se “dispersen”, para decirlo de manera agradable.

 

Si en lo económico hay una batalla, la lucha por la identidad cultural también cuenta y es válido, como dijimos arriba, retomar el idioma, la idiosincrasia, el estilo, el carácter universal del arte “echo en casa” sin que esto tenga que ser peyorativo. “El orfanato” como un cuento tradicional leído a trasluz, su referencia a los relatos de niños abandonados, al cuento de amor/cuento de terror. Situar la trama en el contexto español es un acierto que no resulta vano: se aprovecha el aroma de leyendas y se rescatan los tradicionales rumores españoles de carácter tremendista cercanos a un cierto estilo gore de índole rural, si bien es precisamente en esos puntos donde saltan múltiples cabos sueltos. Pero, en toda buena película de terror que se precie, la búsqueda de las fronteras entre realidad y fantasía va dejando un portal abierto a una duda desasosegante, una alegoría más de la lucidez que va mermando en la mente, lo mismo en la de los personajes que en la del espectador.

 

 “El orfanato” tiene tantos descosidos como el rostro de su fantasma, pero no importa, las zonas muertas no son obstáculo en una historia de terror. El querer racionalizarlo todo es una de las características de nuestro idioma, nos enredamos en los interminables “porqués”. Dado nuestro creciente escepticismo ante cualquier rastro sobrenatural, la confianza científica y racionalista merece historias que pongan en entredicho esos juicios de valor. El guionista, Sergio G. Sánchez, encontró la forma para justificar las aparentes contradicciones de su relato. Ha sabido aprovechar los temores más instintivos aplicables a cualquier espectador: el de la pérdida de un ser querido y el remordimiento de la responsabilidad sobre él.

 

Fusionados guión y fotografía, el filme va creando un telar de causalidades y guiños, unas veces agraciados, otras tirando a simples, otras crueles como esa violenta irrupción de la realidad en pleno frenesí sobrenatural, clímax que es el verdadero hallazgo del film. Hay en la película ejemplos de elegancia, eficacia y creación de atmósferas sin necesidad de recurrir excesivamente a lo efectista, es en el aspecto técnico y de dominio del lenguaje cinematográfico donde Bayona sabe jugar sus mejores cartas. Pero renquea peligrosamente en lo que se refiere a la otra pata fundamental que debería servir para elevar la cinta por encima de la media: la parte actoral. Un apartado que, si no acaba de estar a la altura, es sobre todo porque se adjudica demasiada responsabilidad a una actriz tan limitada como es Belén Rueda. Por más que una ajustada campaña de marketing parezca empeñada en convencernos de sus bondades como actriz. El papel de la madre se antojaría, a mi parecer, en un registro que fuera “en crecendo”. El personaje aparece angustiado desde el principio y no evoluciona, fracasa por su incapacidad para salir de un registro monótono en el que la misma expresión pretende representar tristeza, o miedo, o dolor, o angustia, o culpa, o mil y unas cosas más. Se ha repetido en muchas ocasiones la comparación con “Los otros”; pero, sinceramente, aquí no hay una Nicole Kidman que consiga desarrollar las complejas emociones que requiere el papel.

 

“Orfanato”, una obra que se ve con agrado, fascina por momentos e incluso araña la belleza, aunque dista de ser la gran, gran película que la publicidad –en todo su derecho- lleva semanas repitiéndonos. El de Juan Antonio Bayona se trata de uno de los arranques más prometedores, sobre todo cuando detrás hay alguien con el talento y la perspicacia de Guillermo Del Toro.

 

 Deseamos, a Orfanato toda la suerte en su camino hacia los Oscar; que no sea redonda –muchas ganan sin merecerlo, como dijimos en la entrega anterior- no quiere decir que no sea digna de obtener la estatuilla en algún rubro.

 

 Autor: Rafael Fernández Pineda. Cancún, Quintana Roo. México.

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