¡ME NIEGO A MORIR!

Este relato se originó por un sueño.

Hola soy Alberto, tengo medio siglo de edad y en todo este tiempo de vida nunca había experimentado lo que estoy haciendo, ¡estoy volando!, junto con mi compañera de trabajo Lucre, ella es chaparrita, de ojos grandes, pelo negro largo y lacio; originaria del estado de Guerrero, tez morena clara, entre los 30 a 35 años. Nosotros trabajamos en un laboratorio de revelado de fotografías. La ciudad está a nuestros pies, es de noche y las luces la hacen ver bonita.

No lo comprendo, ¿cómo es que puedo volar, sin ningún esfuerzo?, ¿cómo aparecí de repente en el cielo? Pero el cielo se ve raro, una espesa nube de donde salen rayos de luz muy blanca como si fueran haces de luz de las fuerzas armadas que buscan aviones bombarderos y derribarlos, pero estos chorros de luz salen de arriba hacia abajo y se mueven como peinando la zona, hay 4 chorros en especial muy brillantes y se acercan hacia Lucre y a mí, pero los eludimos y nos alejamos de ellos. Es bonito volar y hasta le digo a ella:

-Oye como que hemos visto mucho la película de Superman ¿no crees?

         Ella que es de carácter muy seco me contesta:

–Yo ni al cine voy, no tengo tiempo, debo ver a mis hijas, y por cierto ahí abajo esta la casa donde vivo con mi hermana Sandra, bajemos para decirle que podemos volar y así ahorrarnos lo del pasaje del servicio colectivo.

         Descendemos controladamente pero algo está mal, cuando debemos tocar la azotea nuestros pies se hunden en el concreto, lo estamos atravesando, veo las varillas, la formación del cemento, ductos de la instalación eléctrica; me empieza a entrar pánico. Lucre y yo, nos quedamos mirando a los ojos, siempre he dicho que tiene los ojos grandes, pero ahora los abre como platos, y se le empiezan aguar: ¡estamos muertos! nos decimos al unísono. Yo comento en voz alta:

-¡no puede ser, yo tengo a mi familia! ¡Me niego a morir! Yo debo de llegar mínimo a mis ochenta años, me faltan 30 por vivir y por eso me cuido.

Lucre me dice:

-Sigamos bajando, esta es la casa de los Pérez.

Tienen una pecera con 4 grandes peces ángel, me acerco para verlos más de cerca, pero éstos se alborotan y uno se sale de la pecera; en eso pasa la mascota que es un hermoso gato de angora, al vernos se arquea, se eriza todo, levanta la cola, se ve tétrico, con los ojos dilatados, el hocico antes chico, se abre enormemente mostrando sus colmillos y su interior rojo, seguido de un sonido como: ggggssss y sale corriendo y se arrincona con un sonido como: mmmmiirirrr gggggggssss que hiela la sangre.

-¿Qué te pasa micho?- le dice su ama que entra a la sala, porque el gato en su carrera loca tira un jarrón con flores, derramando el agua, su hijo le dice:

-Mamá, mira se salió un pececito.

-¡Ah gato condenado te los querías comer!,

Pero nosotros ya estamos atravesando el suelo para el siguiente departamento de los Hernández, sale a nuestro encuentro un perro salchicha que se llama Sparki, según me comenta Lucre, que al verla el perrito mueve su cola, se ve que la conoce, pero el perro al verme a mí, emite un aullido largo aauuuuu.

Lucre tiene prisa por llegar porque me jala hacia abajo, y llegamos a su casa, todo está callado. Sandra, su hermana, está sentada con la cabeza agachada muy triste, su pelo también negro lacio abundante y pesado le tapa su entristecida cara; ella es enfermera de profesión, también baja de estatura, sus facciones guerrerenses más marcadas, labios gruesos, cara redonda, tez morena clara, se ve mas blanca con la palidez de su tristeza. En sus manos tiene anotados en un papel los números de los teléfonos del hospital donde le informaron que cuatro cuerpos se encontraron en calidad de desconocidos, 3 hombres y una mujer con golpes por todo el cuerpo en estado de coma muy graves. Y que tenía que ir a identificarlos, ella sabía que se trataba de Lucre.

         Lucre se desploma sobre el sillón a un lado de su hermana, ésta levanta la cara y mira por todos lados y no ve nada, se vuelve a meter en sus pensamientos.

A mí me entra la angustia de que tengo varios pendientes, mis hijos con sus estudios, y el dolor que le voy a dar a mi esposa por mi muerte prematura: ¡me niego a morir! ¡Debo de llegar a mi cuerpo!, Me desespero y doy una patada a un mueble, pero caigo porque lo que hago es atravesarlo, pero en mi caída pego con algo y tiro unos papeles, Sandra se sobresalta y dice:

-¿Quién esta ahí?

         Lucre me dice:

-¿Por qué haces eso?

-Perdón Lucre pero ¡me niego a morir!

Ella dice:

-Pero ¿qué podemos hacer ya?

         Sandra toma el teléfono y marca:

-¿Eres tu Mónica? Me enteré que en el Hospital El Calvario están 4 desconocidos en estado de coma, muy graves, con golpes múltiples. ¿Qué sabes tú?

-Son ellos-, le confirma Mónica.

         Que curioso –pienso- puedo oír el teléfono y se que es mi hermana, que es invidente.

-Oye tengo miedo, -dice Sandra-, estoy sola pero se cayeron unos papeles y las ventanas están cerradas, no hay corrientes de aire.

Mónica que es muy receptiva la tranquiliza y le dice:

-Cálmate y concéntrate, ellos están ahí y te quieren decir algo.

-No me digas eso Mónica, me da miedo.

-Sandra tú tienes un don y por eso ellos están ahí, tranquilízate y trata de hacer contacto con ellos. Voy para allá para estar contigo.

-¡Ya basta Mónica!, no me digas eso, que me da miedo, me voy a salir de la casa, no quiero estar sola.

-Hazme caso, voy para allá, ahí esta la clave de esto.

-Por favor Mónica, te llamé para que nos apoyemos en este momento, no para que me martirices con eso.

-Si no haces lo que te pido los perdemos, voy para allá.

         Se corta la comunicación y en eso a través del techo aparecen un fotógrafo que se llama Rogelio y su ayudante Martín.

-Oigan como son, -comentan los recién llegados-, nos dejaron solos y no los encontrábamos.

         Lucre pregunta:

-¿Qué pasó Rogelio, por qué nos morimos?

-Les ofrezco una disculpa, -contesta Rogelio-fue por las fotos que imprimimos, nos mandaron matar, son fotos que comprometen a políticos que están inmiscuidos con la mafia, y ustedes son los menos culpables, pero no quieren dejar cabos sueltos.

         Sentí cómo la rabia se me iba subiendo, cómo era posible que nos hubiera arriesgado a algo que no lo buscamos. Del coraje me le fui encima a Rogelio que como éramos de la misma materia, sí hicimos contacto, él se defendía y yo lo atacaba cegado por la cólera, perder la vida por nada, él se metió en el lío y nos arrastra a su hoyo. Martín y Lucre nos trataban de separar y con nuestro alboroto, nos olvidamos que emanábamos energía, y en eso Sandra gritó:

-¡Por favor, en nombre de Dios Nuestro Señor el que esté ahí déjenme en paz!-, y se disponía a salir corriendo de su casa cuando tocaron a la puerta y Sandra grita como histérica. Al otro lado de la puerta se escuchó:

-Abre la puerta Sandy, soy Mónica vengo con María.

-¡Sandy abre la puerta!-, insiste Mónica, pero Sandra no respondía por su histeria.

-¡Sandy abre la puerta!-, volvió a repetir Mónica.

En ese momento llega Graciela la hija de Lucre, abre la puerta con su llave y ve a su tía fuera de sí. Mónica se le acerca y la abraza queriéndola confortar, Mónica con sus conocimientos de meditación y yoga aprendió que si se le pellizca en la parte de la nuca puede calmar lo inquieto de los niños y se lo aplica a Sandy y además con sus oraciones y palabras la empieza a meter en razón.

-Dime Sandy ¿qué te pasa?

-Es que de repente oí ruidos que no distingo y no veo qué pasa, y ya no quiero estar en esta casa y debo ir al hospital.

-Tranquila déjanos pasar -dice Mónica-.

Nosotros los fantasmas, si así se puede llamar nos quedamos quietos, yo tenía por el cuello a Rogelio, que de un tirón se soltó, Lucre estaba cerca de su hermana puesto que la quería consolar y decirle lo que pasaba.

         Mónica rezaba, Graciela le decía a su tía:

-Encontraron a "ma", está muy grave en el Hospital El Calvario, vamos para allá.

         Mónica comenzó a decir:

-Si alguien está ahí, manifiéstese que lo queremos ayudar.

Yo empecé a llamarlas pero ellas no nos escuchaban, Lucre llamaba a Sandra pero ella estaba como en trance diciendo:

-No, esto no puede suceder.

Mónica le decía:

-Concéntrate y reza, protégete con la grandeza de Dios.

Lucre se le acerca a Sandra y le dice susurrándole al oído:

-Sandra ve al hospital y cuida nuestros cuerpos, dile a Ricardo el judicial que nos proteja, estamos en peligro, nosotros volamos para allá.

         Sandra casi se desmaya y Mónica le dice:

- Sandy no te asustes, se que hiciste contacto, lo siento en tu energía, cálmate y dime qué te dijeron.

-Te lo diré camino al hospital.

Y las cuatro mujeres salieron apresuradamente.

-Bueno volemos de regreso al hospital-, les comenté a mis compañeros.

-Alto ahí-, se oyó una voz al fondo de la habitación, había un señor gordito colorado muy canoso con facciones dulces, y se dirigía a nosotros, diciendo:

-Ustedes no pueden estar deambulando y volando por todas partes, ustedes deben de tomar un succionador, que son los rayos de luz que los llevarán a su descanso eterno, los más brillantes son los de ustedes, cada uno debe de tomar uno, los están buscando y ustedes se deben de dirigir a ellos, murieron en un mismo evento y por eso cualquiera de los más brillantes que tomen los llevará a su nuevo destino; no pueden tomar alguno de los menos brillantes porque están designados para otras almas y estos no los van a succionar.

Yo le dije:

-¡Me niego a morir!

-No seas terco, -me dijo el señor gordito-, para llegar a tu cuerpo que está muy maltratado te queda menos de una hora, y te puedes alejar volando pero no te puedes acercar volando, esta es nuestra nueva naturaleza, y los succionadores los están localizando más rápido, entonces tendrían que ir caminando hasta el hospital, no les va a alcanzar el tiempo, les queda menos de una hora para alinearse a su cuerpo y para esto los succionadores ya estarán sobre ustedes.

Martín dijo:

-Yo ya estoy arto de este mundo, yo voy a buscar mi rayo y a otra cosa mariposa, pude ver mi cuerpo y no quedé nada bien, me rompieron la columna y no quiero una vida de cuadraplégico, así que a mejor vida.

-Buena decisión -dijo el gordito- tu rayo te espera, no puede entrar en las casas, tu alma tiene que volar o salir a la calle y el succionador te localizará.

Martín saltó por la ventana y la atravesó y se escuchó un sonido: suf. Había partido para siempre.

-¿Y ustedes? -preguntó el gordito-, sólo tienen una hora, después será irremediable.

Lucre, Rogelio y yo salimos corriendo y comenzamos a ver que nuestra materia empezaba a perder su color carne y hacerse seca y azulosa.

-¿Qué nos pasa?-, nos preguntamos y en eso pasa una persona por las escaleras, que estaba seca totalmente y nos dice:

-Se están convirtiendo en almas errantes, si pierden su succionador, serán almas errantes como yo, hasta que se abra otro Portal y salga un rayo que los llevará a otro destino, o encuentran su cuerpo o toman su rayo.

         Corrimos hacia el hospital y teníamos que tomar un transporte porque no podíamos volar, yo pedía con fervor:

-Dios, me niego a morir, ayúdame a alinearme a mi cuerpo.

En ese momento observé que una pipa de gas estaba estacionada, el chofer bajó del camión para quitar una escalera para recargarla en una casa. Yo les digo a los compañeros que subamos al camión, estaba funcionando, subimos pero nuestras manos no agarraban el volante ni la palanca, y les comento:

-Muchachos vamos a concentrarnos, hemos movido papeles, ¿por qué no vamos a mover esta palanca?-, pero por mas que hacíamos no lográbamos hacer contacto.

-Ahí viene el chofer- dice Lucre.

Y yo les digo:

-Este camión es nuestro medio de transporte para salvarnos, juntemos las tres almas en un mismo lugar y concentremos nuestro sentido en el punto.

Fue extraño sentir la materia de Lucre que se alineaba a mí, y cuando Rogelio se nos juntó, sentí algo fuera de lugar, sentíamos dolor en el vientre, agudo, hinchado, pero nos concentramos en la palanca de velocidades y el camión brincó avanzando y derribando al chofer que ya abría la puerta de la pipa; nos concentramos en el volante pero nos faltaba precisión, como era de bajada la calle, el camión daba tumbos, golpeábamos de rozón a carros estacionados, a veces hacíamos contacto con el acelerador, lográbamos girar el volante pero luego lo atravesábamos, gritábamos cuando pensábamos que íbamos a atropellar a alguien, pero en nuestra desesperación lográbamos desviar el vehículo, nos pasamos tres altos de los semáforos, golpeamos coches que se cruzaban y los dejábamos dando vueltas, entre la bajada y lo que acelerábamos, nos acercábamos al Hospital El Calvario, que nombre tan adecuado para el momento.

         Para colmo de males, la policía había sido notificada que una pipa de gas sin control bajaba velozmente sin conductor dando tumbos por todos lados por una avenida principal, brincando de un carril a otro, había que pararla

         ¿Cómo me enteré de eso? no lo se, pero la policía ponía barricadas de tanques con agua para frenar el choque del camión desbocado, unas sierras con picos en el piso para reventar las llantas y que el camión perdiera carrera; ya nos habíamos olvidado de los succionadores, pero tres de ellos venían rápidamente hacia nosotros, empezaba a amanecer, la luz los empezaba a hacer difusos, nosotros los veíamos por el espejo retrovisor.

Parecía que ya controlábamos el camión cuando las llantas hicieron contacto con las sierras desinflando las llantas, se disminuyó la velocidad pero nosotros acelerábamos con desesperación y con lo empinado de la bajada y lo pesado de la unidad afortunadamente no se detenía, estábamos a tres cuadras del nosocomio. El dolor que nos transmitía Rogelio se hacía a cada momento más insoportable, nuestra piel se veía muy mal y nos chupábamos y nos secábamos cada vez más, los rayos se acercaban rápidamente. No nos fijamos en un carro compacto que estaba estacionado y chocamos directo con él, destrozándolo completamente al grado que nos desvió la dirección y chocamos con los contenedores de agua, pero los atravesamos y terminó nuestra carrera con un poste que tenía un generador de electricidad, cayendo el generador en la pipa. Excuso decirles que la explosión que se detonó, fue catastrófica, si no estuviéramos muertos, ahí nos moríamos; el ruido fue ensordecedor, nos aturdió pero no sentimos nada, salimos caminando de los restos del vehículo, pero al desalinearnos, sentimos como si nos jalaran todo; se me quitó el dolor abdominal, pero Rogelio seguía con el dolor más intenso, se veía muy mal y nosotros un poco menos entre lo chupados y azulosos que estábamos.

Arrastramos a Rogelio, Lucre y yo, corrimos al hospital y los rayos no pudieron entrar en él. Aun dentro del hospital debíamos buscar que no nos tocaran ventanas puesto que por la explosión se rompieron los cristales y se metían los rayos que nos rastreaban.

Era la locura, gente que salía para auxiliar a la gente que habíamos afectado por los desastres de la explosión. Vi que se incrementó el número de rayos porque succionaban muchas almas.

Por fin vimos a Mónica, Sandra, María, Graciela y muchos familiares más; tanto de Martín que ya se llevaban el cuerpo inerte, tenía una hora que había muerto. Nos quedaban 5 minutos para alinearnos, corrimos a terapia intensiva donde nos tenían, y había policías franqueando la puerta, lógicamente no nos veían, pero Rogelio reconoció al político desgraciado que nos había mandado matar, iba acompañado con una enfermera, que le daba una pistola para inyectar animales salvajes a distancia, con el fin de dispararnos un líquido letal para que nos diera fin.

Lucre consiguió alinearse a su cuerpo.

De repente Rogelio pega un grito de desesperación, ¡su cuerpo no estaba en este hospital!, su familia no oyó las súplicas de Mónica que lo dejaran ahí, sus familiares le dijeron que lo llevaban a un hospital más costoso para que lo atendieran mejor., Rogelio se dobló del dolor. Yo localicé mi cuerpo y empezaba a alinearme, cuando veo que Rogelio grita desesperadamente y se avienta contra la enfermera que apuntaba la pistola a mi cuerpo para matarme definitivamente, todo ocurrió en un instante, por una ventana al fondo del corredor, Ricardo el judicial que seguía al mafioso, entra para detener el ataque, pero deja pasar el rayo succionador que absorbe a Rogelio y éste en el último instante desvía la mano de la enfermera al lado donde estaba el causante de nuestros males en el momento que ella dispara inyectando al político deshonesto, y con una mirada de odio y espanto siente como la sustancia penetra en su cuerpo, retorciéndose en convulsiones cae al suelo envenenado.

El rayo desaparece con Rogelio y yo termino de alinearme, logro ver que el color de mi mano recobra su naturalidad, pero siento el verdadero dolor de mis heridas, cómo me duele mi cuerpo: costillas rotas, la muñeca rota, golpes en la cabeza; pero en todo este dolor siento un gran alivio, Dios me dio la dicha de soportarlo, porque escuchó mi ruego:

Me niego a morir, ¡gracias Dios mío!

Autor: Roberto Aguilar.

Cuernavaca, Morelos. México.

[email protected]

 

 

Regresar.

Hosted by www.Geocities.ws

1