LIBERACIÓN MAPUCHE
La
inquietud por investigar sobre costumbres y culturas de aborígenes argentinos, me
llevó a conocer una familia descendiente del Coronel Álvaro González Ordóñez,
uno de los tantos conquistadores de la Campaña del Desierto. De aquella campaña
histórica ya habían pasado más de ciento veinte años, pero existían muchas
huellas anecdóticas, secuelas y sorpresas.
Mi esposa no quiso permanecer ajena a
mis investigaciones, pues también es apasionada por esos temas. Fue así que
partimos un hermoso día otoñal, plenos de curiosidad. Durante el viaje Pudimos
ver inmensos campos sembrados y otros desolados o a medio cultivar, mientras
atravesábamos la provincia de Buenos Aires hacia el sur. Al llegar nos
encontramos con un viejo caserón, lo que habría sido un palacio en su apogeo.
Era grande y estaba algo destruido, con sus paredes deterioradas y el pasto
crecido salvajemente a su alrededor, igual que en el terroso camino que nos
condujo desde la bifurcación de la ruta. Sorprendidos, no podíamos creer que
nos hubiesen invitado a un lugar como ese, en condiciones paupérrimas. De
pronto se acercó un gaucho a caballo y nos indicó que el casco nuevo estaba a
unos tres mil metros por un camino lateral, y hacia allá nos encaminamos con
nuestro auto. Entre campos de trigales, eso ya era otra cosa, era una estancia
moderna. Nos recibió una mujer anciana y muy flaca. El pelo canoso lo tenía
recogido sobre la nuca en forma de rodete con un peinetón y su ropa era oscura
y amplia, clásica de su época.
Tomando mate con galletas, comenzamos
una charla plagada de ansiosas preguntas de parte nuestra. Aquel caserón abandonado
nos había inquietado y, luego de mucho insistir, doña Beba nos acompañó hasta
allí, hasta el casco viejo, como lo denominaban.
Cuando llegamos, ella no pudo evitar la
emoción y nerviosamente comenzó a contarnos que ese lugar había sido construido
por orden del Gobernador, Brigadier General Don Juan Manuel De Rosas para su
alojamiento, debido a la atención que como Jefe del Ejército, lo obligaba a
instalarse personalmente por largos períodos en este lugar estratégico.
Nosotros pudimos percibir que en su
interior flotaban historias, leyendas, supersticiones y realidades que se
entrelazaban con los adobes. Nos impactó cada rincón y hasta parecían
escucharse voces en esa fría soledad. El antiguo mobiliario europeo estaba
prácticamente intacto si no fuese por el polvo. Mientras la recorríamos, la
anfitriona nos preguntó: “¿Ustedes oyeron hablar algo de Ailín y de Antonella?”
A lo que le respondimos que ignorábamos demasiado de ese lugar, pero sí
queríamos saber todo, todo.
Ellas fueron jóvenes mujeres que supieron
vivir aquí, con diferentes orígenes y destinos. Ailín era una hija mestiza del
coronel, cuya madre fue una mapuche que permanecía a su servicio. En cambio
Antonella, hija legítima de este hombre y de doña Josefina, fue ahijada de
Rosas y contó con todos los privilegios.
Evitando el olor a humedad salimos
pisando los crujientes pisos de madera hacia el jardín con flores enredadas con
cardos y ortigas.
Aylín –continuó relatando la señora
Beba- tuvo en su niñez y adolescencia una etapa oscura donde sufrió la
presencia hostil y despiadada de un malvado que hizo callar su llanto inocente,
por ser una india. Desde aquellos instantes comenzaron a confundirse emociones,
sentimientos y odios. Ese alguien malvado, su padre, quedó mal clavado en su
mente para siempre.
Al escucharla, por nuestras espaldas
corría una extraña sensación y no dejábamos de mirar fijamente a doña Beba,
quien prosiguió:
Ahora bien, si hablamos de Antonella,
supo ser una niña caprichosa a la cual le concedían cuanta pavada se le ocurriese.
Desde ya contaba con un sulky y su propia yegua. ¡Guay al que se le opusiera!
Toda la gente sabía que el coronel era impiadoso, y también conocían su
condición de “cortacabeza de indios”. Por algo le tenían miedo. A medida que
ella crecía, la situación se complicaba. Era muy bella, voluptuosa y cuando aún
no había cumplido los diecisiete años, ya parecía una mujer robusta de
veinticinco. Su tez era como las magnolias bajo una cabellera dorada. Era
sumamente orgullosa. Su madre desapareció cuando era muy pequeña, y nunca se
supo cómo o de qué murió. Aunque parece ser que durante aquellas largas
ausencias del coronel masacrando aborígenes, Josefina lo masacraba a él
“metiéndole los cuernos” y bueno, así terminó... Antonella siempre había hecho
cosas extrañas. Pedía un caballo y se iba sola hasta la laguna. Allí se bañaba
casi desnuda mostrando su cuerpo sumamente atractivo. Cada movimiento era
recibido como un golpe de espuelas en los ojos de la peonada que observaba
oculta entre las cañas tacuaras. A los muchachos les temblaban las barbas hasta
babear.
El intrigante relato se truncó al sonar
una campana avisando la hora del almuerzo. Luego de “devorar” un suculento
locro, la gente se entregó a una siesta. La ansiedad que invadía a mi esposa y
a mí, en lugar de acostarnos, nos llevó de vuelta a recorrer aquel caserón.
Caminamos apreciando que a lo lejos, el
campo se fundía en una inmensa laguna, A la izquierda estaba el monte de cañas
tacuaras que mencionó Beba, y muchos sauces llorones rodeando las aguas. Antes
de llegar al casco viejo encontramos una vetusta capilla Católica con una
habitación para un cura, todo abandonado Vaya uno a saber desde cuándo.
Espiando su interior alcanzamos a ver unos estandartes y antiguas armas
colgando en una pared, a modo de museo. Ya dentro del caserón, en uno de los
dormitorios con su particular atmósfera y las largas sombras de la tarde
avanzando lentamente, tuvimos una sensación escalofriante, había un retrato mal
conservado pero… ¡Muy bello! Una niña de mirada seria, con pálido cabello
dorado peinado hacia atrás desde la frente y cayendo en rizos sobre sus
hombros. Era la apariencia de Antonella, sobre quien Beba nos contaba una
historia complicada. En el salón principal, como si fuesen los días de la
Campaña del Desierto, había un mapa del ejército, bien marcado con pluma y
tinta negra, con indicaciones de nombres de los principales pueblos y
detallando la posición de los fortines.
Regresamos y al estar cenando
pretendíamos que doña Beba nos siguiera relatando la historia del lugar. Nos
miró raro como indicando que había otras personas a las que no les interesaba.
Más tardecito, mientras gustábamos un café, retomó su relato.
Ailín era pretendida por Ñancul, uno de
los mapuches, aquellos peones-esclavos traídos por el mismo coronel. Pero ella
era retraída, tenía mucho miedo. Un día ante una mínima sospecha sobre esa
relación, el coronel le pegó una tremenda paliza a ella y a Ñancul, además de
amenazarlos a morir como indios.
Ahí comenzó algo así como una guerra.
En un momento ella miró dentro de sí, y
no logró distinguir más que sombras. Ni la claridad de la habitación, ni el
lejano canto de unos pájaros pudieron interrumpir su meditación. Miró a su
alrededor y todo le pareció vacío, sin vida. Así fue admitiendo que cada instante
se tornaba más doloroso. Sabía que la única persona que la contenía y trataba
con afecto, era Herminia, una mujer criolla y regordeta que oficiaba de
cocinera.
Ailín comenzó a reaccionar sobre su
existencia, en todas las cosas buenas que nunca tuvo y en el pasado que ataba
su vida a un montón de hechos desagradables y obscenos. Fue así como engendró
el odio hacia su seudo padre.
Entonces dijo “¡basta!” Su odio se
fundió con el que cargaba Ñancul y éste decidió esconder una víbora yarará en
la cama del coronel. ¡Eso fue algo terrible!
¿Y qué pasó? –Preguntamos al unísono-.
Ya es muy tarde-dijo doña Beba- hay que dormir. Buenas noches. Y se retiró sin
más. Realmente nosotros también estábamos cansados y aunque nos hubiese gustado
seguir, no tuvimos más alternativa que irnos a la cama.
Muy temprano comenzamos a oír la melodía
del campo. Se escuchaba el mugido lejano de las vacas en el tambo esperando su
turno de ordeñe. Como también los vivos gritos de la peonada arreando el
ganado. Desayunamos apenas amaneció, sin perderle pisada a doña Beba. Ella se
adelantó y nos dijo: “Más luego iremos al casco viejo y ahí terminaré de
contarles todo lo que yo sé”.
En esa oportunidad fuimos por otro
camino y nos mostró la cuadra de los peones, una casa de ladrillos con techo de
paja, a su lado estaban los galpones donde se guardaban los aperos, las
herramientas, el forraje y las provisiones.
En el interior del caserón nos sentamos
a una mesa que mi esposa había limpiado el día anterior y doña Beba siguió
relatando:
Aquel día de la víbora, el coronel se
acostó a dormir la siesta y la yarará hizo lo suyo. Rápidamente manoteó el
sable y se tajeó sobre la picadura, tratando de sangrar y eliminar el veneno,
aunque la tóxica reacción no tardaría mucho.
Supo enseguida quien fue el autor porque ya lo había leído en sus
ojos. Entre huellas de sangre, rengueando salió a buscar al peón y pronto lo
enfrentó. Sin dejar de insultarlo, alzó el sable como para degollar de un golpe
seco a Ñancul. Detrás del coronel se aproximaba Ailín con los ojos fuera de
órbita, gritando: “¡Basta, basta, hij’una gran puta!”Al tiempo que empuñaba una
enorme cuchilla. Herminia, la cocinera, se la arrebató diciéndole: “No,
querida, esta tarea la soñé mil veces, ahora es mío, es mío”. Antes que bajara
el sablazo mortal, el coronel recibió seis puñaladas cargadas de infinito
rencor. “¡Ahora andá a violar a tu abuela o al mismísimo diablo!” fueron
algunos de los murmullos que se perdieron en el viento.
Mi esposa se puso demasiado nerviosa. ¿Y
qué sucedió después de ese hecho terrible? –le pregunté a doña Beba.
Bueno, las cosas cambiaron mucho y para
mal. El día de esa muerte, Antonella no estaba en casa. Nunca supo porqué
desapareció su padre. Tampoco yo sé dónde lo ocultaron o si fue comida de los
caranchos, aunque se comenta que reposa bajo el `piso de la capilla.
Entonces esta niña ya veinteañera, tomó
las riendas de la estancia con mayor rudeza que la demostrada por el extinto
coronel. El trato despectivo e insultante era cotidiano. Seguía provocativa
frente a la peonada con sus exagerados escotes mostrando sus gordas ubres o con
movimientos de caderas que hacía frente a ellos. Supo traer un tipo robusto,
grandote al que llamaban Curru (“Negro” en lengua mapuche), el que manejaba un
látigo que les sacudía a los muchachos cuando los veía babosos ante las
provocaciones de esa yegua en celo.
Fue así que una tarde, Antonella salió
casi desnuda para montar su caballo y enfilar hacia la laguna. Uno de los
peones se “desbocó” y le metió una mano, usted sabe como son esas cosas…
Ella ordenó su muerte inmediata. El
Curru sonreía feliz preparando un puñal para el degüelle. Hasta ahí llegó la
paciencia de los peones mapuches. Ganándole de mano, se abalanzaron sobre el
verdugo y lo arrojaron al pozo del aljibe. Luego lo sacaron… pero al día
siguiente, claro.
¡Esta historia es impresionante! –le
dije a doña Beba. Usted conoce todos los detalles. ¿Cómo puede saber tanto?
“Yo vengo a ser bisnieta de Herminia,
aquella cocinera que supo tener el coronel, y gracias a Dios por mis venas no
corre sangre de ese degenerado… Bueno, al menos eso creo...” En fin, el asunto
es que pronto desaparecieron los peones, partieron siguiendo a Ailín y Ñancul
quienes usaron la yegua y el sulky de Antonella. Todos regresaron a sus
terruños mapuches en el Neuquén, para vivir en libertad.
Mi esposa acotó: “Bueno, al final
triunfó Antonella, pues se quedó con todo, como dueña y señora del lugar”. Doña
Beba la miró como sorprendida y le respondió: “No, no fue así. A cargo del
lugar quedó mi bisabuela Herminia, luego mi abuelo, mis padres y finalmente la
herencia la recibí yo”.
Y a todo esto, ¿qué fue de la vida de
Antonella? –Pregunté extrañado.
Al morir el Curru, su protector, intentó
mostrarse mas dura aún con la peonada, cosa que no le duró mucho. Una tarde
volvió a salir incitante, casi desnuda, pero con un látigo en la mano. Era una
provocación feroz. Montó su yegua y se encaminó hacia la laguna. La peonada
estaba muy alborotada y parecían alistarse para una cacería en malón. Mi bisabuela
presagiaba algo malo. Intentó calmarlos pero fue imposible. Ellos se
encaminaron y Herminia los fue siguiendo en forma oculta, se deslizó entre las
cañas tacuaras como antes obraban ellos. No hacía más ruido que una víbora al
moverse entre los yuyos. De pronto, entre los sauces con sus copas caídas hasta
el suelo, fueron apareciendo los peones. A medida que avanzaban hacia la
laguna, Herminia sentía miedo, un miedo creciente por lo que pudiera pasar,
pero estaba como fascinada por la curiosidad. La yegua de Antonella tenía sus
patas en la laguna y le impedía la vista plena. No había mucho viento, pero
empezó a oírse un murmullo. Ese murmullo fue creciendo, era como de voces
sofocadas, de sonidos roncos semejantes al aullido de una jauría de lobos que gozaban
devorando alguna presa. Tan solo se oía repetir: ¡Guacha, guacha…!
¿Dónde estaría Antonella, dónde estaría
ella…?
Autor: ©Edgardo González. Buenos Aires,
Argentina.