LA COLORADA

 

Una llovizna fina cubría las calles de arena. El sonido del llamador de la puerta sonó en forma insistente. Abrí, allí estaba la Colorada. En sus brazos un bebé, al cual portaba con un orgullo complaciente.

-¡Quiero mostrártela!

-Es hermosa, es mi niña, es mía para siempre, podés tenerla.

Sostuve a la niña, era preciosa. Todo sucedía vertiginosamente. ¿De dónde la había sacado? Ante mi estupor dijo: el comisario y yo decidimos adoptarla.

Sólo tomemos el té.

No, no, no puedo debo marcharme.

La despedí y vi cómo se alejaba subiendo el empinado médano de la calle 109.

Estaba aturdida. No quería pensar. Me negaba a ello. Mi viaje a Estados Unidos ocupaba todo mi tiempo, organizar una nueva vida con mis cuatro hijos no era fácil.

Pensaba en los hijos de mi amiga desaparecidos. El ambiente de inestabilidad crispaban mi existencia. Me decía a mí misma: cuatro años, es poco tiempo. Ellos aprenderán inglés, conoceremos otra forma de vivir. Deseaba despojar el sentimiento que me paralizaba. Quitca ya no pintaba en el atelier del Gato Negro también se fue de improviso. No tuvimos tiempo de despedirnos. Yo amaba su pintura y las largas charlas en nuestra entrañable Villa Marina.

No podía armar el rompecabezas, faltaban piezas. Alguien las estaba tomando. Alguien se estaba apropiando despiadadamente de nuestras vidas. Debo partir.

No quiero pensar en los cadáveres de la playa, en los hijos de mi amiga, en la reciente visita de un grupo comando, mi madre pidiéndome quemar los libros de mi carrera de Filosofía y Letras. El comisario de Comodoro, el sargento, la inestabilidad económica y todavía la Colorada y esa bebita que sólo sabe Dios de dónde la habría sacado.

Ni el mar ni la tierra pudieron aclarar mis ideas. A veces sentía un punzante dolor en mi estómago. No encontraba sosiego, nada me conformaba ni siquiera la costa de California.

Después de mucho tiempo volví a mi querida Villa Marina. Por la calle principal vi una figura inconfundible ¡la Colorada! Allí estaban la niña y ella. Nos acercamos, nos reconocimos. Se estrechó fuertemente a mí. ¡Cuánto te extrañé! Mira mi niña ¿no es preciosa? Por supuesto es hermosa, le contesté. Miré detenidamente. El comisario ya no está con nosotros. Murió el año pasado. Ahora estamos solas. Creo que adivinó mi pensamiento ¿de quién era esa niña? Me dijo: pronto nos vamos de viaje, no sabemos cuándo volvemos.

¡Adiós! Nos volveremos a ver. Así desapareció de mi vida una vez más la Colorada.

Bs. As. No era la misma. La dictadura. Era indudable que el proceso había dejado hondas cicatrices en el inconsciente colectivo.

Una profunda desazón invadía mis sentimientos. La figura de la niña aparecía constantemente. Quizás en forma obsesiva. ¡La niña no es de ella! ¡Es robada!

Durante un tiempo me sentía acosada por estos pensamientos. Comencé a tener ataques de pánico con una terrible angustia de pérdida.

El tiempo transcurrió y mi espíritu inquieto me llevaba por otros caminos.

La adolescencia de mis hijos. El campo, mis caballos, las obras de arte disgregaban la imagen de la Colorada y la niña.

Pasaron los años. Me mudé al barrio de Caballito. Frente al Parque Rivadavia, en la esquina había un café. Una vez allí estaba la Colorada con la niña que ya era una mujer. No vacilé, retrocedí y entré. Me senté donde la podía observar. La niña le hablaba tiernamente. La Colorada tenía la mirada perdida apenas se dibujaba en sus labios una tenue sonrisa. Al retirarse no me reconocieron. Seguí a la distancia sus pasos. Doblaron por Irigoyen, a las dos cuadras se detuvieron en un portal de estilo francés. Entraron. Evidentemente vivían ahí. Estaba aturdida. Mi conciencia golpeaba mis sentidos. Al atardecer volví al lugar. Llamé insistentemente. Me atendió la Colorada. Buenas tardes ¿no te acordás de mí?, soy Nora. Apenas balbuceó no, no. ¡Mamá!, ¡mamá! No debes abrir la puerta a nadie. Señora retírese, mi madre está muy enferma. Tenés que escucharme, alguien tiene que decirte la verdad. ¡Ella no es tu madre! ¡Sos hija de los desaparecidos! Entre lágrimas me dijo: lo sé todo, ¡lo sé todo! Pero no puedo abandonarla. Cuando ya no esté tomaré una decisión. Ahora debo protegerla, es lo único que tengo en la vida. Ahora retírese. Tomó dulcemente a la Colorada por los hombros y la llevó a su dormitorio.

Salí a la calle, caminé hasta Rivadavia, el viento frío golpeaba mis mejillas, las lágrimas quemaban mi piel. La voz de Massera resonaba en mis oídos: ustedes me juzgan por mis crímenes, yo me responsabilizo de ellos pero no se olviden que: ustedes me lo permitieron, ¡ustedes fueron mis cómplices!

Repetí una y otra vez ¡hijo de puta!

El paisaje urbano empobrecido por la basura, los niños vagando en la más absoluta miseria, los cartoneros, los ladrones, esa droga maldita...

Una vez más resonó en mis oídos ¡Yo soy responsable, pero ustedes me lo permitieron!

 

Autora: Noemí Guillermina Guzmán. Buenos Aires, Argentina.

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