JUGUETES

Los padres estaban fascinados con Gabriel de ocho años, al cual le satisfacían todos los deseos. Así, su habitación era mucho mejor que una juguetería, él tenía seleccionados los más sofisticados ¡Y fantásticos juguetes! Cuando el sol espiaba por la ventana, parecían cobrar vida los cientos de juguetes dentro de su habitación. Había robots, instrumentos musicales, ametralladoras con luces, pistolas espaciales, trenes y juegos electrónicos en el piso. ¡De todo! Gaby no permitía que los amigos entraran a su cuarto, sólo podían mirar desde la puerta mientras él hacía demostraciones con las novedades recibidas. Además gozaba viendo los rostros de deseos y admiración. No compartía con ellos nada más que las palabras, a pesar de tener en los cajones tantas golosinas como un quiosco. Agradecía a su mamá que no le había dado un hermanito o lo que hubiese sido peor ¡una hermana! porque con seguridad destruiría sus tesoros.

Un domingo primaveral, se entretenía jugando en el jardín con una pelota que lucía los colores de Boca, haciendo juego con su equipo deportivo y botines con tapones, mientras Johny, Andrés, Erik y Alan, sus amigos vecinos lo observaban con inquietud tras la verja, desesperados por ingresar a compartir la pasión del fútbol. No le quitaban los ojos de encima, pero se resignaban porque ya lo conocían. La situación se complicó cuando Gaby detuvo su entrenamiento solitario y delante de las narices de los niños, abrió una enorme botella de gaseosa bebiéndola lentamente, Y saboreaba alfajores de chocolate. Por ansiedad de los pequeños envidiosos, comenzaron a pedirle que los convidara, que compartiera con ellos, pero al sentirse ignorados, éstos alzaron sus voces, le gritaron algunas groserías y luego con bronca le arrojaron algunas piedras. Gabriel enojado, muy convencido de que su actitud era la correcta, con la ayuda de la mucama los alejó empleando una manguera con agua, pero lamentablemente los niños habían roto el vidrio de una ventana, sin intención, porque en realidad le habían apuntado a la cabeza de Gabriel. Abatido, el niño prodigioso ingresó al interior del hogar, preparándose para ser reprendido por el vidrio dañado cuando regresasen sus progenitores, a la vez que murmuraba: "Mis papis tienen razón, esos chicos no son como yo". Atravesando el living se detuvo frente a un crucifijo, lo miró pacientemente y lo llevó al dormitorio para que lo protegiera de la maldad de los pequeños bandidos, los que pretendían compartir salvajemente su patrimonio.

Esa noche en momentos que Gabriel dormía profundamente, un ruido espantoso lo despertó. Sobresaltado se sentó en la cama y vio algo que no podía creer: estaban funcionando todos los juguetes, brillaban luces de colores, los robots caminaban moviendo sus brazos, sonaban las sirenas al igual que las cajas musicales, los aviones de combate sobrevolaban a nivel del cielo raso, los trenes se movían. ¡Era algo sensacional! Pero Gaby asombrado se asustó cuando vio que el mismísimo Jesucristo manipulaba un helicóptero con destellos intermitentes. Pensó preocupadamente que no sabría usarlo y podría romperlo. Sintiéndose invadido por el bullicio y la distinguida visita, decidió hablar con Jesús que ni siquiera lo miraba porque se encontraba ocupado, muy entretenido:

- ¿Qué hacés en mi cuarto, con mis cosas, Jesús?

- ¿Son todas tuyas? ¡Están alucinantes!

- Sí, sí. Pero no me gusta que toquen mis juguetes.

- O sea que. ¿No me dejás jugar con este helicóptero, Gabriel?

- Bueno a vos sí, pero a los otros chicos no. ¡De ninguna manera!

- No entiendo el por qué. ¿Qué tengo yo de diferente a ellos?

- Y, que vos, sos vos: ¡Sos Jesús!

- Te voy a contar una cosa: Cada uno de tus amigos, cada niño o niña del mundo, me lleva dentro de su corazón. Eso quiere decir que todo niño es parte de Jesús. Yo tengo el corazón tan puro como el de un niño, entonces soy simplemente un niño más.

- ¡Pero ellos me hacen daño, me rompen todo!

- Gabriel, Gabriel: Estás prejuzgando. Jamás te han roto nada. Nunca les has dado la oportunidad, porque jamás has prestado nada.

- ¿Y si lo hago y me destruyen algo, Jesús?

- Un juguete es algo que está de paso, es para disfrutarlo un tiempo mientras dure, pero hay que usarlo para llenar de alegrías el alma de los angelitos. Sea una muñeca o una pelota que se rompa, no importa, lo valioso es poder compartir la felicidad con alguien querido o desconocido. Estas paredes están llenas de elementos de colores pero entristecidos, parecen un cementerio de juguetes. Reuní a tus amigos y todos juntos ¡A jugar! ¡Hacelos vivir!

- Está bien, trataré. ¿Pero si ellos, los otros no me prestan nada?

- Tenés que entender que lo importante es "Compartir", hay que dar para poder recibir, eso es amar al prójimo, es ayudar a crecer, a vivir.

Mientras Gaby prestaba atención a cada palabra de Jesús, dirigía la mirada hacia su mamá que hacía rato había entrado y permanecía uniendo sus manos al frente, en absoluto silencio.

- Jesús, por favor te suplico, no me dejés solo, estoy muy confundido –Dijo Gaby-.

Dirigiéndose al niño antes de despedirse, Jesucristo intentó darle un ejemplo para orientarlo:

- Observá bien a tu alrededor, y decime de todo lo que hay en esta habitación ¿Qué es lo más preciado para vos? ¿Qué es lo que más querés?

El niño miró en ambas direcciones y sin dudar, señalando un objeto, le contestó:

- Ese, el "Black Bird", el Pájaro Negro, ese avión supersónico que lanza misiles.

- Seguís confundido, Gabriel. Te has olvidado que aquí adentro también tenés. ¡A tu propia madre!

Espontáneamente la habitación se convirtió en una nube oscura y silenciosa, las luces destellaban esfumándose como estrellas al amanecer, los motores y notas musicales callaron, todo se calmó y el Señor Jesús reapareció en la cruz. A la mañana siguiente Gaby se despertó con una inmensa sonrisa, con alegría plena del alma y tomando papel y lápiz, escribió con ansiedad:

"Señor Jesús, faltan pocos días para la Navidad y el Día de Reyes, por favor avisales a Papá Noel, Gaspar, Melchor y Baltazar, que pueden venir a buscar mis juguetes y las golosinas que quiero compartir con todos los niños del mundo. Voy a dejar las bolsas preparadas y la ventana tan abierta como mi corazón. Si no los puedo atender, les ruego que me perdonen, porque seguramente estaré abrazado a mi mamá".

Autor: Edgardo González

Buenos Aires - Argentina.

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