INVASIÓN INSÓLITA

 

                   El tema lo tenía bien claro en mi mente… sucedió en pleno invierno cuando irrumpió una flota inglesa en la Ensenada de Barragán. Fue el 24 de junio de 1806, día en que desembarcó una fuerza militar al mando del general Béresford, ocupando el fuerte de Buenos Aires. La mayoría de la población no ocultó su hostilidad y las autoridades comenzaron a preparar la resistencia. El episodio bélico se desarrolló con el apoyo de los pobladores que combatían desde sus propias viviendas, convirtiéndolas en pequeñas fortalezas desde donde se arrojaban piedras, agua y aceite hirviendo sobre los invasores.

- ¡Invasión inglesa! ¡Afuera los invasores! –Gritaba la población enardecida.

A medida que yo recordaba los hechos, me compenetraba y los iba volcando en la hoja sin omitir detalles.

Fue así que en una de esas casas, en cuyo frente podía leerse “La Madrileña”, resultaba llamativa ante el aspecto ostentoso, totalmente cerrada y con apariencias de abandono. La misma no pasó inadvertida para Smúggler, el joven Capitán inglés que batallaba en aquel lugar. Caída la noche, ordenó a sus súbditos derribar las puertas. Empuñando el sable aseguró la pistola en su cintura, cambió una rápida mirada con el Sargento, y entró Sin hallar a nadie. Abrió una puerta lateral introduciéndose en un salón muy elegante, decorado al estilo español con tapices, muebles labrados, pequeños divanes de telas con hilos de oro, y amplios jarrones en los rincones. Se esparcía una luz de finas velas sobre una mesa ricamente servida, con botellas europeas.

Aquí me detuve un momento para no olvidar a ninguna persona de aquel lugar, aunque solo se encontraban tres: un oficial con uniforme argentino que supuestamente debería haber estado combatiendo a órdenes de Santiago de Liniers, una hermosa dama quien dijo llamarse Herminia Núñez Aragón y una mulata sirviéndolos. Se levantaron como movidos por un resorte, mostrando la boca abierta ante la sorpresa. El Capitán británico juntó con energía sus talones, se cuadró y llevó el sable a la visera del gorro, saludando militarmente. Aquel inglés era un arrogante joven de unos veinticinco años, de elevada estatura, con ojos color cielo que parecían llamear, una barba candado que le proporcionaba un aspecto altivo, y de piel muy bronceada.

Hasta me parecía estar oyendo sus voces con nitidez, pausadas y respetuosas.

- Como argentino bien nacido que soy, os exijo que me informe ¿a qué viene usted, Capitán? Inició así un diálogo el militar argentino mezclando el castellano de época y un estilado inglés, después de haberlo mirado atentamente.

- Cumplo órdenes de la Reina de Inglaterra.-Dijo el capitán- ¿No nos esperaba usted? ¿No debería estar combatiendo? ¿No será un desertor, verdad?

- Así es, estoy en servicio de armas, pero este es mi puesto. Debo proteger a esta dama, en nombre de la justicia.

La situación se tornaba cada vez más complicada. Nervios, indignación y la incertidumbre de sus destinos ¿podría ser la muerte, quizás? A pesar del ambiente bélico que se vivía, no faltaban las escenas con gestos de humanidad. El oficial argentino siguiendo la mirada del capitán, percibió que la fijaba insistentemente en Herminia, la cual bajó los ojos ruborosamente. ¡Ah! -pensó, arrugando el entrecejo- Parece que se entiende bien la sangre angloespañola. El británico hizo un gesto, indicándoles la dirección a seguir. ¡Prepárense ustedes para marchar! dijo, mirando de un modo particular a la mujer madrileña. Comprendieron que ya eran prisioneros y que debían alistarse para ello. El inglés y buen cortés, destapó una botella, llenó tres copas y ofreció una al oficial y otra a la dulce Herminia.

- No permitirais que nos traten como vulgares prisioneros, ¿verdad? Dijo la joven mientras se echaba sobre los hombros un manto de seda cubriendo su espalda.

- Estamos de batalla. Aún cuando no hay nada que temer les daré a ustedes escolta hasta el muelle, respondió el Capitán mirando tiernamente a los ojos de la dama.

Los corazones se agitaban ante el temor de lo que pudiese suceder y tal vez porque el amor parecía rondar.

Chaquetas rojas y correajes blancos destacaban a los invasores que abrían el paso. Detrás iban Herminia, el oficial argentino y el inglés, seguidos por otros soldados. Llevaban algunas antorchas para alumbrar el camino, pues el cielo se había vuelto a cubrir con un espeso velo de bruma que impedía que las estrellas proyectaran su vaga luz. Un extraño silencio reinaba en la incipiente Colonia de los Buenos Aires, sobre la cual posaba el muelle, y sólo era interrumpido por los cadentes pasos del grupo. Incluso el bullicio del combate callejero parecía haberse calmado, probablemente a causa de alguna estrategia del defensor, don Santiago de Liniers. El Capitán murmuraba palabras a la joven, que el argentino no lograba captar. En cuanto el inglés vio los botes se dirigió al oficial argentino, que estaba junto a Herminia y le tendió la mano, diciéndole:

- Está en libertad, puede usted marcharse, oficial, ¡confíe en mí! mantendré a salvo a esta hermosa dama.

A esa altura de los acontecimientos yo sentía una gran emoción y continué escribiéndola con puntos y comas. De esta manera se iba definiendo la situación… el sonriente rostro del inglés expresaba demasiada satisfacción, como quien goza la propiedad de un botín de guerra.

Mientras el capitán invasor pronunciaba estas palabras, el argentino le apretó con tal fuerza la mano, que le hizo crujir los dedos y le paralizó el brazo. Lo tenía tomado de este modo para impedir que desenvainara el sable, y lo empujó arrojándolo al suelo. Los patriotas que observaban ocultos, se precipitaron sobre los soldados británicos, y en un abrir y cerrar de ojos inmovilizaron al Capitán.

- ¡Son mis prisioneros! ¿Qué significa esta agresión? -Gritó el inglés, pálido de ira. ¿Quién es usted, desertor?

El oficial argentino saludándolo con soberbia, contestó:

- Soy el Teniente Galán de Barracas, custodio de la señorita Herminia Núñez Aragón, cautiva por haber intentado envenenar al Virrey Sobremonte. Y considerando que usted acaba de concederme la libertad, yo he de retribuirla permitiéndole que se embarque y se marche de inmediato a su terruño, pero sus hombres, desde ya son nuestros prisioneros de guerra.

- ¿Y qué piensa hacer con esta mujer, oficial?—Preguntó el capitán Smúggler.

El argentino que dominaba la situación, los observó detenidamente en silencio. Luego expresó:

Habiendo leído el pensamiento a través de vuestros ojos, la dejaré libre con tal de que vuelva a su España, o a donde vuestros corazones indiquen anclar. Regresen a donde pertenezcan, son prisioneros de vuestro amor, yo me quedaré con el honor de la libertad y el amor a mi Patria Argentina.

El Capitán Smúggler, ya indiferente a la derrota, abrazó a Herminia y bajo el asombro de los soldados, la besó con pasión. Luego tomó de una mano a la joven, quien no había dicho una palabra, y la guió cortésmente al bote donde la hizo sentar en la popa, iniciando el viaje hacia el barco.

Aquel bote se fue alejando con gran serenidad sobre el oscuro río de la Plata. Atrás quedaba una invasión inconclusa, que al igual que la estela de pronto se iluminaba ante el brillo de una luna cancina…

Y fue así que, gracias al amor, la República Argentina rechazó la primera invasión inglesa.

Lo que no logro entender aún, es por qué me rechazaron ese examen de historia...

 

Autor: © Edgardo González. Buenos Aires, Argentina

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