El horóscopo de hoy

Ocho, cuatro y dos tus números de la suerte. Eso fue lo último que escuchó. La pitonisa del noticiero matutino cerró sus predicciones con los tres números de la suerte para ese día. Él no creía en esas cosas, se define como escéptico siempre que el tema sale al paso, pero se detuvo a escuchar la cifra.

Terminó de secarse, se enredó la toalla al cuerpo y se dirigió al vestidor. Un pantalón de mezclilla y una camisa a cuadros, lo de siempre, ropa para trabajar. Salió nuevamente a la recámara y se detuvo ante la televisión. Había terminado ya el noticiero ¡carajo! Las ocho de la mañana y él aún estaba en casa. Le tomaría por lo menos una hora llegar al taller. Otra vez tarde. Siempre era así.

De mala gana se puso la chamarra y salió de la casa.

Cuando llegó al estudio todo era un caos. Sus ayudantes no habían llegado y, a juzgar por el aspecto del local, lleno de botellas de cerveza vacías, no llegarían hoy. Es más, ya no llegarían nunca porque en ese momento decidió despedirlos.

Caminó hacia su privado. Se sentó en su mesa de trabajo. ¿Y el periódico? Olvidó comprarlo. ¿Pero qué pasa? se preguntó, ¿Por qué no me detuve a comprarlo? Metió la mano al bolsillo del pantalón y sacó un puñado de monedas, catorce en total: ocho monedas de un peso, cuatro monedas de cincuenta y dos monedas de veinte centavos. ¡Qué curioso! Ocho, cuatro y dos, los tres números de la suerte. Sonrió.

Eran casi las cuatro de la tarde. El tiempo había volado. Se enderezó. Estiró los brazos y echó hacia atrás la cabeza. Tiró el lápiz sobre la mesa y recorrió con la mirada el boceto recién terminado. Le satisfizo totalmente. Se levantó, miró nuevamente el reloj y decidió salir a comer algo. Caminaba hacia la fonda cuando se cruzaron tres chiquillos; uno de ellos casi choca con él, los otros dos frenaron la carrera y rieron a carcajadas. Él se detuvo por un momento para dejarlos pasar, oyendo como las voces se alejaban. Iba a dar el primer paso cuando escuchó: ¡ocho, cuatro, dos! Volteó asombrado. Los niños gritaban y corrían. No puede ser, pensó. ¡Otra vez esos malditos números! Bah, son sólo coincidencias. Sacudió la cabeza como queriendo sacudir también los pensamientos e inició la caminata hasta la fonda.

¡Vaya embotellamiento! ¿Qué pasaría? Ya son casi las once y media de la noche, el tránsito debería ser fluido ya. Descansó el antebrazo izquierdo en la ventanilla del auto, se llevó la mano a la cara y se quitó los anteojos por un momento. Asomó un poco la cabeza y vio la interminable fila de autos estacionados. Suspiró, volvió la cabeza, se colocó los anteojos y miró hacia delante. ¡Qué color tan extraño para un auto! ¿Rosa mexicano? ¿Fucsia? Demasiado brillante. ¿O sería la luz? Bajó la vista topándose con las placas: 842BHA. Ochocientos cuarenta y dos BHA. Ocho, cuatro dos. ¿Otra vez? ¿Qué es esto? ¿Me persigue la suerte? ¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Comprar un billete de lotería? ¿Apostar en las carreras?

Se revolvió el cabello desesperado, excitado más bien. Puso la direccional y empezó a circular hacia la salida del periférico. Tomó la lateral y llegó a la zona de centros comerciales. Vio el reloj: media noche. Todo estaría cerrado. ¿Quién en su sano juicio querría comprar lotería a esa hora?

Llegó a la esquina y el semáforo cambió a rojo. Se detuvo. Sumido en sus pensamientos no se dio cuenta de que un hombre se aproximó al auto. Cuando éste acercó a su cara la tira de billetes, el sobresalto que le causó lo hizo casi gritar. Con la respiración agitada y la voz entrecortada, preguntó al hombre -¿qué quiere? Sin hablar, volvió a mostrar los billetes: una serie completa de lotería. Esto es más que una coincidencia, pensó. Sin ver con detalle, sacó dinero del bolsillo de la camisa, se lo dio al hombre y tomó la tira. No arrancó. Ahí detenido encendió las luces interiores y revisó los billetes: 0842. Asustado cerró el puño arrugando el papel. Sin soltarlo tomó el volante y aceleró. Circulaba solo. Aceleró más.

Cuando despertó estaba en el sofá. Tardó un poco en aclarar la mente. Empezó a recordar: los billetes de lotería, las placas, los niños, las monedas, la astróloga en la televisión. Se rió. ¡Qué sueño tan absurdo! Se dirigió a la recámara, encendió la televisión y entró al baño.

¡Qué maravilla! Una ducha siempre es vigorizante. Salió del baño, terminó de secarse el cabello, se enredó la toalla a la cintura y se acercó al televisor. Subió el volumen. Madame Pikard estaba en la pantalla. La voz de la mujer retumbó en su cabeza como ningún sonido que él recordara: ocho, cuatro y dos tus números de la suerte Aries. Confía en ella, hoy te sonríe.

Silvia Elena Llaguno

Regresar.

Hosted by www.Geocities.ws

1